La última vez que mi dedo recorrió la pulpa fantasmática de un texto digital fue con El libro de todos los libros, de Roberto Calasso. Un acto físicamente desabrido, indistinguible del resto de reflejos táctiles condicionados por las pantallas, que solo reveló su ironía al llegar al límite del archivo: acababa de concluir una deslumbrante travesía por la Biblia hebrea —libro de libros— en un vehículo sin cuerpo. Como el dato sensorial de un ardiente encuentro amoroso que va tornándose insípido con el tiempo, no podía sustraer la experiencia de su formulación conceptual. Aquello parecía ser una deglución más de caracteres sobre una superficie de cristal líquido. Una lectura sin huella.
Al encontrarme meses después con el mismo volumen en una librería de la ciudad —un libro macizo, de presencia desafiante, con un peso casi mineral— me atravesó una punzada de rencor: no sentí que había leído ese libro. O peor aún: no pude demostrarlo ni siquiera ante mí mismo. Lo levanté del estante, le sobé el lomo con las dos manos, dejé que las yemas de los dedos se estremecieran con los bordes filosos de las páginas, luego lo acosté sobre mis palmas, procurando registrar esa ligera torsión de la muñeca que verifica la presencia de un cuerpo que ofrece oposición y, al mismo tiempo, requiere cuidado —una antigüedad, un animal pequeño, una fruta suculenta, por ejemplo—, y me vi obligado a admitir que no podía recuperar nada de la experiencia de leerlo. Desde luego, también era incapaz de recordar una sola frase del libro, de modo que regresé a mi casa con la idea de que la mía no había sido una lectura en sentido estricto, sino un recorrido visual por un texto borroso, de esos que aparecen y desaparecen en la trama infinita de la red.
Uno de los supuestos servicios de estas estanterías ilimitadas es la conservación de las marcas propias de lectura frente al catálogo universal, eternamente creciente, de libros disponibles para leer. Para negarme a mí mismo lo que estaba sucediendo, regresé a la plataforma de lectura donde tenía “conservado” mi ejemplar. No obstante, al entrar a la aplicación me encontré con que todos mis subrayados y notas se habían perdido por una falla en el cobro de la suscripción anual. Ahora podía ver el rastro de mi conducta lectora en una línea de tiempo con el registro típico de la performance digital —me gustó esto, seguí tal cosa, comenté aquello—, pero no mi lectura: no estaba en la pantalla, no estaba en el libro, tampoco estaba en mí. Se había esfumado tras un muro de pago. La pérdida de un acceso estaba significando la cancelación retrospectiva de una experiencia.
En su Carta a Borges, de 1996, Susan Sontag vaticinaba la muerte de la introspección y la extinción de los libros ante la llegada de las plataformas de lectura digital (“pantallas-libros”, les llamó entonces): adefesios tecnológicos que amenazaban con devorar el cuerpo inmemorial de los libros y convertirlos en una gran masa textual disponible para una interacción constante, aparentemente democrática. “Cuando los libros se conviertan en “textos” con los que “interactuamos” siguiendo criterios utilitarios, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisada regida por la publicidad”, le escribía Susan al fantasma de Jorge Luis Borges. Su temor, a diferencia del que recorrió la industria editorial a inicios de los 2000, no era tanto que los libros desaparecieran quemados en la gran pira de la obsolescencia, como que las condiciones de la lectura, que posibilitan la literatura y sus efectos en el espíritu, se extinguieran primero.
Alexander Kluge se refería a los libros como “la última barrera de carros de la subjetividad”, aludiendo a la antigua Wagenburg: una fortificación militar improvisada en la que vagones, carruajes y carretas se disponían en círculo para protegerse de la caballería enemiga. En su lectura, esa imagen funcionaba como una metáfora de resistencia frente a las presiones de los medios y del capital contemporáneo. En las viejísimas historias que contienen los libros, decía Kluge, aún persiste una reserva de sentido —y de protección— frente a aquello que la realidad tiene de falso.
Para nadie es un secreto que la nuestra es, en el fondo, una época de contracciones: menos espacio, menos tiempo, menos recursos, menos. Una idea difícil de aceptar cuando la política de la renta ha impuesto la fantasía de la expansión. Catálogos infinitos, membresías anuales, accesos perpetuos, diversión ilimitada: el lenguaje de un todo incluido cultural que termina confundiendo la experiencia con la mera disponibilidad para experimentar. Allí donde todo puede ser desplazado, actualizado o eliminado de un menú, los objetos empiezan a parecer excesivos y los libros, obsoletos. Mientras más se acentúa el delirio expansivo de la red, más se contrae la capacidad de percibir los puntos de roce cotidiano con las fuerzas negativas de lo real. Se abre el círculo de carros y se revela la desprotección.
Aquellos largos procesos de selección y rechazo, de conservación e intercambio —allí donde se fijan los gustos y las aversiones mediante el contacto físico: esos ejercicios sensoriales de los cuales uno obtiene tantos datos sobre sí mismo y construye a fragmentos su autobiografía— parecen hoy perdidos detrás de los catálogos infinitos de contenidos. Los museos íntimos son derribados. Los anclajes al tiempo y al espacio vital son abandonados en una deriva marina, sin faros para orientarse. Esa, creo, es la conversación de los objetos. Eso gritan en su ausencia, en sus espacios desocupados en el gran páramo minimalista. Es como si en ellos se acumulase un sedimento de sentido: un archivo de usos, de gestos repetidos, de relaciones con otros lugares y otros cuerpos —pasados y presentes— que impiden que la experiencia se vuelva completamente intercambiable. Son, quizá, los únicos que recuerdan que el infinito es una idea metafísica y no una fantasía algorítmica.
Más que una nueva transformación de los hábitos de lectura —en las estanterías digitales hasta la lectura misma puede carecer de pruebas— lo que se ha acentuado es una guerra disimulada contra los objetos y, a través ellos, contra su capacidad de fijar la experiencia y dejar huellas materiales. Susan Sontag, en pleno estreno de la utopía de la revolución digital, alcanzó a vislumbrar ese rasgo cultural que la tercera década del siglo XXI —una época que, en su agudeza visionaria, pondría a prueba el espíritu de maneras nuevas— mostraría en todo su esplendor: la humillación de la escritura ante la imagen, la sustitución de la introspección por el combate perpetuo al estímulo y el decaimiento de la experiencia tras la estela perdida de los objetos. La presencia real del lector, por decirlo así, se habrá sustituido por la perenne irrealidad del espectador.
“Al hombre contemporáneo el cuerpo le huye, se le convierte en enemigo”, decía Walter Benjamin. Bajo esa premisa, cualquiera podría experimentar la pesadilla kafkiana de despertar una mañana convertido en otra cosa: un insecto modelado por la ajenidad, un cuerpo que ya no se reconoce como propio. ¿Cómo sabrá en qué se ha convertido si no tiene nada que le haga resistencia alrededor? En esta era de subjetividades modeladas por algoritmos, los objetos cargados de imaginación se convierten en formas de resistir como sujetos. Es en esa obstinación material de los libros donde todavía se juega algo decisivo: la posibilidad de que ideas como el arraigo, la pertenencia, el reconocimiento, no se disuelvan por completo.
Me inclino a pensar que Benjamin y Sontag, ambos vigilantes de los actos de inhumanidad ocultos en los eventos mínimos de la vida cotidiana, sabían que escudarse en esos materiales donde el espíritu deja alguna marca —papeles, libros, cuadernos de notas, fotografías— era una manera de impedir que el propio cuerpo se convierta en enemigo.
Una lucha feroz, aunque silenciosa, contra la ajenidad.
El ser abandonado por un enjambre de textos digitales —algo que jamás harían mis libros, salvo en situaciones catastróficas que prefiero no evocar aquí— me obligó a reclamar la presencia de los objetos. La pelea contra la incorporeidad que inició con aquella estantería esfumada —y que se convirtió en un irritado cuestionamiento de mi pequeña sala incapaz de albergar una biblioteca de verdad, en delirantes posturas políticas frente a la dictadura de las suscripciones, en vaivenes de amargura económica, melancolía por lo perdido y una declaración de amor por la lectura, cuyos destellos póstumos están retratados en este texto— terminó, para mi sorpresa, en los pasillos de una biblioteca pública.
La Biblioteca Vasconcelos, esa galería de estanterías metálicas flotantes y recorridos verticales, con algo del aliento infinito de la Biblioteca de Babel y la geometría imposible de un teseracto, podría ser la mejor representación de la lectura como una dimensión navegable. 600,000 lomos expuestos en un verdadero festín democrático que exige como condición mínima el contacto. Aquí parece que el tiempo pudiera recorrerse mediante una interacción gravitacional con los objetos; como si los libros —instantes esparcidos en una arquitectura mayor que simula la totalidad del universo de las ideas— no estuvieran alineados en una secuencia, sino suspendidos en una dimensión simultánea. El encuentro físico con la grandeza de la invención humana la convierte en una especie de cuarta dimensión que puede tocarse con los dedos.
Esta podría ser una explicación de mi alegría: asomarme a esa historia, subir, bajar, elegir pedazos de ella, poder llevarlos conmigo durante tres semanas, con el compromiso de devolverlos, en el ejercicio de un músculo cívico que hoy parece atrofiado frente a la perpetua renta de una experiencia de vida cultural evanescente, individualizada al extremo. La biblioteca pública, gratuita, bien equipada —y no creo ser ingenuo en esto— remarca algo que está difuso en estos tiempos de retroceso del Estado y el sometimiento a los caprichos de los tecnopoderosos: el participar de algo que no es estrictamente propio, pero tampoco completamente ajeno. Algo tan simple como un patrimonio ciudadano, extendido a la idea del cuerpo común de la humanidad.
Tras despejar durante semanas el asombro y aprender a mirar más allá de las masas de turistas que posan frente a la arquitectura fascinante de la biblioteca, noté que sus espacios de trabajo nunca están solos: hay muchos otros leyendo, subrayando, estudiando, llevándose libros en sus bolsos, en el gran silencio y el freno temporal compartido que reina en la biblioteca. Esa nociva matriz cultural que rodea al libro en la era del orgullo iletrado —cuyo espectro podría abarcar desde esa idea que relega la lectura a lo que queda cuando todo lo importante ha terminado, o peor, la que subordina incluso el ocio a una razón productiva— parece no tener ninguna vigencia aquí. Si es solo la poiesis la que permite la insensatez de la esperanza, para decirlo en palabras de George Steiner, yo puedo afirmar que son los libros los que permiten esa arbitrariedad de sentirse satisfecho en una civilización empeñada en remarcar la falta. Ahora cada veintiún días regreso a renovar mis lecturas con la libertad de la gula: tres libros que busco entre aquellas estanterías polvorientas y devoro como una manera de ser otro y, al mismo tiempo, de afinar mis contornos.
A veces me sorprendo pensando en la austeridad como una especie de utopía extrema. Como si de algún modo me hubiese empujado por un despeñadero por una razón inconsciente, inaccesible para mí mismo. También me sorprendo relacionando todas esas ideas a la noción de destierro. Pero siempre aparecen los matices como un contrasentido. El último llegó, precisamente, en la Biblioteca Vasconcelos. Entre las chispas eléctricas que produce el roce de mis manos con la superficie de metal de las estanterías, parado sobre esos suelos de vidrio que producen vértigos terribles, entendí que mi biblioteca familiar —esa de donde proviene mi yo lector, con todo lo que eso dice de mí— no estaba tan lejos. Por primera vez en muchos años, estaba accediendo a ella desde otro plano, ya no con la distancia nostálgica de quien ha perdido algo, sino ensayando una tenue continuidad del ser, que como bien supo ver Borges, no es más que una secuencia de espasmos, memorias sueltas, sospechas.
Cooper, el héroe de Interestelar —una película cuya secuencia final tiene inquietantes resonancias con la arquitectura de la Biblioteca Vasconcelos—, no puede cambiar el pasado, pero sí interactuar con él gravitacionalmente. Tampoco viaja en el tiempo: se relaciona con distintas líneas temporales desde una dimensión superior, a la que accede gracias a la intervención de ciertos seres generosos. El objeto —un libro que cae, un reloj— establece ese contacto: hace de la gravedad un lenguaje capaz de suspender la linealidad y de abrir, en un mismo movimiento, todos los tiempos. Como aquel viajero astral suspendido en el corazón de un agujero negro, en el teseracto de los libros me fue revelado el dato faltante de una ecuación que el desarraigo había dejado irresuelta.
Y fue también con los dedos.
Esta entrega de Inteligencia Natural es pública, así que si algo te hizo pensar, reír o rabiar, siéntete libre de compartirla.
Es inusual que el fundador de una biblioteca doméstica termine deambulando como un espectro entre las páginas de los libros de sus descendientes. Tal es el caso de Antonio Fernández, un veterano general de la Revolución Legalista de 1892, formado desde los dieciséis años en las cruentas batallas de la Guerra Federal, dos veces Ministro de Guerra y Marina, y uno de los últimos contendientes frente a la Revolución Restauradora que llevaría a Cipriano Castro al poder. La gesta contradictoria del general Fernández —desertor, revoltoso, pacificador, valiente defensor de la institucionalidad, expoliador barbárico de los Andes, senador intachable: no hay consenso— terminaría narrada en decenas de libros sobre del agitado siglo XIX venezolano, que su hijo menor, un dandy del litoral central con talento literario y astucia política, se encargó de reunir junto con los pocos libros de su padre. Aquella primera biblioteca contenía poemarios de la generación del 98, cursos de francés y latín, ensayos de historia de Venezuela y una colección de ejemplares del siglo XVIII —el más antiguo que llegué a rastrear es el tomo segundo de las Oeuvres mêlées de Saint-Évremond, de 1706—, hoy cuidadosamente conservados en un armario con vitrinas de cristal corredizas, debajo de lo que parece ser una orden de pago militar “con cargo a la guerra”, fechada en 1899.
La otra mitad de la biblioteca la completó Ramón Fernández, un hosco erudito de labio leporino, nieto del general, con tratados de filosofía y psicoanálisis, 750 libros sobre el Libertador, compilaciones de los ganadores del Pulitzer, el Nobel y el Goncourt, y una profusa colección de poesía venezolana del siglo XX. Cada estantería gozaba de la protección de un talismán, a veces alguna reliquia del general, y otras, pequeños especímenes fijados por la taxidermia: dos pistolas de chispa del siglo XIX, sapos y pájaros disecados sobre caparazones de tortuga, sables de combate de hojas oxidadas y espadas de gala con empuñaduras doradas, unas cabezas reducidas de pigmeos —de absoluto terror—, monedas antiguas y pequeños ejércitos de escarabajos preservados sobre tablillas de madera. De las paredes colgaban retratos y tallas en madera de Simón Bolívar, una pancarta con la figura de Juan Bimba —símbolo del hombre común popularizado por Acción Democrática en los años cuarenta—, un cartel devocional de tono paródico de Jesucristo con un “Se busca” y oferta de recompensa, y el escudo de armas de los Bustillos, la familia materna de Ramón, una estirpe de poetas y pendencieros asentada en los llanos de Portuguesa.
Detrás de los millares de libros —unos tres mil, según las estimaciones más precisas— se desplegaba un segundo nivel de la biblioteca, menos formal si se quiere, con un lenguaje explícito y a la vez balbuceante: pines metálicos y silbatos de la campaña presidencial de Luis Piñerúa Ordaz (1978), una colección de cerámica prehispánica con escenas sexuales explícitas —una suerte de Kamasutra precolombino, en la línea de los huacos eróticos mochicas—, maletas antiguas repletas de periódicos, radios de los años cincuenta, piedras, garrotes y fragmentos de tallas indígenas en hueso que Ramón Fernández encontró durante una excavación en las playas de Palma Sola. La Venus de Tacarigua, una pequeña figura femenina tallada en marfil, chata y con cierto porte alienígena, era su pieza más preciada. Tal vez un símbolo de su destino paralelo, de no haberse convertido en otra clase de arqueólogo: de los textos de su antepasado militar.
Esa fue, digamos, la biblioteca en la que crecí. Una cueva alucinante que, para simplificar la genealogía del espacio, he llamado siempre la biblioteca de mi abuelo. Quizás haya restos de asombro infantil en esto, pero siempre creí que el estremecimiento era uno de sus sellos distintivos. En aquella guarida no circulaba el aire. Nubes de polvo y sudor concentrado ocupaban los espacios entre las estanterías. Más que un depósito de libros y cachivaches, era el lugar donde Ramón Fernández se oponía a la ley del olvido. Mitad santuario y mitad archivo, no era un área abierta al resto de la casa: era el espacio protegido de la memoria de un hombre que había tomado para sí el cuerpo de sus muertos. La entrada —una reja cerrada con pasador y candados de acero— estaba custodiada por Azufre, un cuadro de gran formato del pianista y pintor Antonio Bujanda Octavio: una visión del demonio en una pesadilla monocromática verde, con un traje de bailarín y un miembro desmesurado que, al recibir la luz, deja entrever la silueta de una calavera. Nadie cruzaba ese umbral sin su permiso.
Ordenar un estante de libros es componer una frase en lengua de iniciados. En el acto de armar bibliotecas hay una poética, un dictum, un ejercicio de articulación. ¿Cómo podía componer la suya un hombre con disglosia palatina, acosado por palabras ininteligibles que se le escapaban por las fisuras del rostro, en una lucha perpetua entre el esfuerzo físico y el vacío acústico, sin alcanzar nunca la orilla del entendimiento ajeno? Precisamente por medio de la acumulación. Aquella galería de objetos dispares, en la que también desfilaban cartas, documentos de identidad, prendas y fotografías de parientes fallecidos, quería ser una suerte de lenguaje total, capaz de narrar el relato frágil de una familia: un discurso más sólido y duradero que las palabras, menos huidizo que el significado y nunca tan equívoco como una pronunciación trastornada.
El terror que me producía entrar en esa cueva cuando niño acaso provenía del resultado irónico de esa ambición: la presencia espectral que la recorría. Mientras más objetos quedaban y menos parientes había alrededor para hablar de ellos, la fragilidad de la vida frente a la erosión del tiempo se revelaba con un matiz cada vez más oscuro. Era como estar ante otras vidas —muchas— que no habían logrado sobrevivir ni siquiera a sus objetos más preciados. Tal vez lo esquivo que fue el lenguaje con Ramón Fernández terminó por imponerle un sentido a su poética del espacio: nada puede perderse. El curador doméstico decía: hay que alimentar a los fantasmas. Y lo hacía con una disciplina paternal, casi botánica: todos los días regaba a sus espíritus, a sabiendas de que tarde o temprano tendría que enmudecer como ellos.
El día después de la muerte de Ramón se abrieron las puertas y las ventanas de la cueva, en un intento de irrumpir en la tristeza y disolver con aire limpio las nubes de polvo, que ya eran como restos suyos. Yo tenía veinticinco años y aquella primera visita sin él me pareció la entrada a un museo abandonado en una ciudad desierta. La remodelación de la biblioteca comenzó un año más tarde, como si se hubiera esperado el tiempo justo del duelo. Nuestra toma de control tenía ahora una misión clara: dejar entrar la casa en aquella biblioteca. El criterio de ese primer arreglo fue estético y podría decirse que social: debía integrarse a la sala de televisión, a los cuartos de huéspedes, al nuevo recibo del sótano, donde se hacían cada vez más fiestas y reuniones. El trabajo duró meses. Al cabo de un tiempo, la biblioteca dejó de ser una cueva literaria y se convirtió en un espacio digno de fotografías de revistas de decoración.
Con el pudor de un nuevo inquilino, me limité a ocuparla tímidamente con algunos objetos acordes al nuevo eclecticismo decorativo: unos bustos en resina de compositores del Romanticismo, una réplica en miniatura de una de las láminas de concreto del Muro de Berlín y una colección de pipas que había iniciado años atrás, de orígenes y materiales muy diversos: una patita de chivo perforada y rematada con una boquilla; dos clásicas de brezo, de caño curvo; una mazorca de maíz seca con un tronco de caoba clara y una tosca pipa haitiana —un trozo de madera tallado a mano, a golpes, con una rusticidad casi ritual: recta, irregular, extrañamente bella— que me trajeron poco antes del terremoto de 2010. No me atrevía todavía a sentarme a leer ni a escribir allí. Lo que sí hice —tal vez como una forma de ganarme el derecho de propiedad sobre esa biblioteca sin dueño— fue fichar algunos libros con un incipiente sistema de catalogación que abandoné antes del llegar al ejemplar número cien. Montañas de libros ocupaban el sótano de la casa mientras yo elaboraba aquel trabajo de fichaje. Me distraje con la mujer que me ayudaba en la tarea y terminé por ceder el criterio bibliográfico a mi tío, que, una vez más, terminó siendo estético.
Tuvieron que pasar dos años para que finalmente me atreviera a apropiarme de la biblioteca como espacio de trabajo. Me propuse darle un nuevo orden, comenzando por mi interés de lectura de entonces —la poesía venezolana contemporánea—, y abriéndolo después hacia una incorporación inédita en el acervo familiar: mi biblioteca musical, con partituras para piano, colecciones de discos de música académica venezolana, libros de jazz y teoría musical, unos DVD prácticamente inencontrables de Antonio Carlos Jobim y la Música Popular Brasileña, y una de esas colecciones magníficas de ópera que vendían en los quioscos y que, al alinearse, dibujaban siluetas fascinantes en los lomos.
Al empezar a desempolvar aquellos libros y documentos, a cambiarlos de lugar y ordenarlos por fin en concordancia con mi temperamento literario y musical, pensé que el orden mental de mi abuelo —es decir, la antigua estructura de la biblioteca— serviría como contención: un gran paraguas de legitimidad para mi nueva guarida. Como mis estanterías, yo había sido un lector acucioso, pero desordenado y sin orientación. No tomaba apuntes, no tenía itinerarios ni intereses definidos: simplemente leía. Era el reverso de la lectura metódica de Ramón. O mejor: una traducción de su impulso acumulativo al terreno de la lectura. Pronto advertí que estaba frente a un error garrafal, una agresión con consecuencias irreparables: habíamos violentado el orden prodigioso del abuelo. ¿Cómo no vi que aquella cueva literaria tenía su propio funcionamiento, que su lógica no era transferible, que el único mapa habitaba en la memoria —ya extinta— de Ramón Fernández?
Una tarde —tendría yo unos veintidós años y él, ochenta— le pedí un libro de C. G. Jung. Ya estaba casi ciego y las piernas no le daban para sostenerse en pie. “Viejo —le dije—, ¿tú tendrás Símbolos de transformación?”. Clavó sus ojos en los míos, se frotó suavemente el pellejo de los nudillos y levantó el dedo índice, trazando un recorrido imaginario en el aire: “Vas a entrar a la biblioteca. Al llegar al estante de Bolívar te paras y te volteas a la derecha, caminas hasta el segundo estante, el que da a la ventana, pegado a la columna. Buscas el tercer tramo, de arriba hacia abajo. Vas a ver un libro con lomo blanco, más alto que el resto, que no tiene nombre. Al lado está está el libro de Jung. Es de portada azul con gris”.
Y ahí estaba el libro.
Su memoria almacenaba con pasmosa exactitud cada uno de los ejemplares que había en la biblioteca, como una especie de algoritmo ciego. “La única forma de hacerlo —me decía— es que jamás cambies el orden ni la posición de los libros. Si un día sacas uno y por descuido lo pones en otro tramo o, incluso, al lado de un libro que no era su compañero original, se acabó. Lo perdiste”. Y tenía razón. Más que una estrategia nemotécnica o un método de agilidad mental, era una de sus formas de proteger la biblioteca —la otra era mentir sobre el inventario o prestar únicamente ejemplares repetidos, cuando el compromiso social era imposible de burlar—. Era, también, la manifestación de una estricta voluntad de poder sobre sí mismo y sus objetos, como esos cuentos de los antiguos cartógrafos que dibujaban planos del mismo tamaño del imperio.
Todos los libros que llegué a abrir tenían su rastro y a la vez un indicio de su método de lectura: un subrayado con regla en lapicero rojo cuando era alguna frase que captaba su interés o una culebrita vertical en el lado exterior de la caja de texto, cuando se trataba del párrafo completo. En la mayoría de ejemplares había recortes de periódico alusivos al capítulo que estaba leyendo, en lo que parecía una forma primitiva de hipertexto. También solía marcar páginas con recortes de mujeres desnudas, estampitas de santos, tarjetas de presentación de personas que jamás llegué a conocer, publicidad de comercios desaparecidos, caricaturas soeces: un archivo de objetos dentro de objetos. Pequeñas proclamas.
Jamás descubrí si había un patrón entre aquellos extraños marcapáginas. ¿Por qué algunas secciones las marcaba con tarjetas de presentación y otras con estampitas? ¿Por qué algunos libros guardaban fotos eróticas y otros, caricaturas? ¿Había una gramática secreta detrás de esas elecciones? ¿Eran simples formas de apropiarse del libro o más bien mensajes encriptados para lectores futuros? No lo sé. Tampoco me atreví a retirarlos. Cada libro leído pasa a ser un objeto de uso propio, como una almohada, una taza, un cepillo de dientes. También las marcas que dejamos en los libros son rastros de nuestras obsesiones, nuestros miedos, nuestras declaraciones estéticas. Y esas, en el fondo, son muy difíciles de borrar.
Sé que todo lo que mi abuelo no podía pronunciar lo decía con los libros, tomando prestadas las palabras de otros. Para los leporinos, la cavidad de la boca es una cueva peligrosa: un despeñadero de palabras ensalivadas sin articulación. Las sílabas chocan, dando golpes sordos contra la hendidura del paladar, y huyen atolondradas hacia las cavidades nasales. El paladar de Ramón, cóncavo y agrietado como la cúpula de una iglesia en ruinas, era tal vez el lugar exacto donde ocurría esa muerte del lenguaje. Y con esa misma boca —hambrienta, árida y al mismo tiempo de una persistente humedad— devoraba las palabras que reposan en los libros como presas fáciles.
Más que un investigador, Ramón Fernández era un lector de guerrilla erudita, siempre tras los mitos para derribarlos o ensalzarlos a su antojo. Al menos en sus libros marcados sobre el general Fernández —acaso su verdadera obsesión— había la búsqueda de una respuesta que no sé si llegó a encontrar. Tal vez un ajuste de cuentas con la genealogía, una forma de entenderse a sí mismo, un interrogatorio mudo a los fantasmas. Si la vida le había obstruido el lenguaje —no la voz, que conservaba la profundidad y resonancia de una tuba—, lo recuperó en sus contralecturas: esa forma de cuestionar el mundo desde una batalla libresca, de derribarse y reconstruirse a sí mismo y a la tradición con las armas de la literatura.
Ramón era capaz de extraer perícopas desconcertantes de la Biblia y convertirlas en provocaciones sobre el lado hostil de la palabra de Dios. A veces confrontaba el episodio en que las hijas de Lot embriagan a su padre con vino y tienen relaciones sexuales con él durante dos noches seguidas (Génesis 19, 31-36) con pasajes de La filosofía en el tocador, del Marqués de Sade; o la escena de la hemorroísa (Marcos 5, 25-34), en la que una mujer que padece un flujo de sangre crónico toca la túnica de Cristo en medio de una multitud en Galilea, provocándole un enorme disgusto —señal, según el viejo Fernández, de cierto temperamento antisocial del mesías— con El cristianismo desenmascarado del Barón d’Holbach. De ambos podía elaborar intrincados argumentos sobre la sodomía, la insidia de la religión y el rechazo de Dios a la humanidad que ni él mismo se tomaba en serio. Lo mismo hacía con Bolívar: una hagiografía negativa para derribar el mito, casi siempre entre carcajadas. De las cosas que contaba con más orgullo —y ya no sé si la leyó o se la escuchó a su padre— siempre volvía una: que el general Fernández era antes que nada un bárbaro. Una especie de Atila que recibía ministros en ropa interior y cortaba la carne asada con la espada de la Federación.
Puedo ver a mi abuelo vestido en harapos por la casa, leyendo por horas junto al ventanal de la biblioteca, con varios libros sobre la mesa, confrontando fuentes con su regla y su marcador rojo, cazando contradicciones y confirmaciones a sus teorías de conspiración histórica. Cuando no estaba allí, lo encontraba tendido en su hamaca al fondo de las estanterías, lanzando rugidos bestiales bajo una niebla de olor penetrante a ajo y sudor. Tuvo una carnicería, una papelería y una granja, en los predios donde murió el Tirano Aguirre. Nada de eso llegué a conocer. El que yo recuerdo era un ermitaño con modales toscos, un lector a tiempo completo que mataba serpientes con la mano y sacaba iguanas invasoras de la casa, agarrándolas de la cola. Era gigante y rudo con la mayoría de las materias de la tierra, pero trataba los libros con extrema delicadeza, como sosteniendo una mariposa de cristal en la mano. Había algo bestial y sórdidamente tierno en él, como si la figura de su abuelo hubiera dejado en su cuerpo una impronta espectral. No puedo evitar pensar que sufrió un rapto quijotesco en su vida entregada a los libros: se había convertido en sus lecturas.
Cuando murió, su gigantesca osamenta parecía la de un mamut abandonado en la cama. El fósil de un animal gigante que había dejado la tierra. Se fue de este mundo como un hombre amado, con toda la familia a los pies de la cama, entre rituales funerarios taoístas, católicos y paganos, como estoy seguro que hubiese preferido. Cuando se extinguió —recitando la Balada de Hans y Jenny entre pesadas exhalaciones perfumadas de manzana— todos presentimos que había acabado una era. Era junio de 2013, poco antes de que comenzara la gran emigración. A veces creo que se llevó consigo el polvo de las montañas, levantando nubes espesas sobre los huesos de otros monstruos más antiguos, tal vez las cenizas de un libro incinerado en una guerra antiquísima. Pienso en su calavera descomunal como una pieza de museo y, en algunas de mis fantasías más perversas, me lo imagino conservado como un objeto más de su biblioteca: un centinela eterno y aterrador de sus mejores libros.
Unos 800 archivos, entre libros digitalizados y documentos de procedencia incierta, con un peso promedio de 15 MB, sostenidos por la persistencia de la luz de una pantalla: tal fue mi segundo aporte a la genealogía libresca de la familia. La nueva novela hispanoamericana, la teoría crítica, estudios sobre las industrias culturales, títulos encriptados entre filosofía postestructuralista y literatura posmoderna: todo lo que mi abuelo no había alcanzado a sumar a su biblioteca, lo traía yo en volúmenes sin cuerpo, apilados en las estanterías imaginarias de una computadora portátil. No tardé mucho en darme cuenta de que era un acto hasta cierto punto aberrante: ni aquel simulacro digital era una biblioteca ni era propiamente mía. Había llegado a mí por los intrincados caminos de la circulación académica —con un largo y oscuro pasado, quiero suponer, de piratería, expolios, duplicados, torrents y conatos de samizdat— y seguía una estricta lógica curatorial que revelaba la existencia de una mente equipada, acaso colectiva, que dialogaba muy poco con la mía.
Muy pronto la sentí como un virus: el contagio de algo ajeno y deshonesto que venía a desequilibrar el linaje de la biblioteca familiar, ese carácter forjado con razones, historias y orígenes rastreables, y que la misma falta de resistencia material se encargaría de expulsar. Había algo que no iba a poder emular con los cientos de volúmenes apilados en una interfaz: el misterio de la curaduría. No eran tanto los títulos —verdaderas joyas del pensamiento contemporáneo— como su persistencia técnica y la marca de lo ajeno. Jamás supe cómo integrar esas reproducciones fantasmáticas en el paisaje de la biblioteca. Mi imaginación me dio para mantener la computadora portátil abierta sobre el escritorio, como si se tratara de un pasadizo más. Hasta que desapareció.
Poco antes de irme de Venezuela entraron a robar la biblioteca: los ladrones se escabulleron por el jardín al amanecer, retiraron cuidadosamente los cristales de la ventana y ejecutaron su misión: se llevaron mi piano eléctrico con estuche y partituras, toda mi colección de pipas, algunas monedas antiguas y mi computadora portátil, con todos los borradores de mis primeros textos y los 12 GB de la biblioteca posmoderna. La reja interior estaba cerrada con la misma disciplina de los tiempos de mi abuelo (¿acaso el demonio de Azufre, con su calavera traslúcida y su miembro prominente, les había hecho alguna advertencia?), y los criminales habían ejecutado una cuidadosa selección de objetos, imposible de realizar con poco tiempo y bajo la adrenalina de llevárselo todo. Eso, sumado a que no rompieron un solo cristal ni desordenaron nada más, levantó nuestras sospechas.
No mucho tiempo después, esos mismos ladrones se cobraron como víctima al general Fernández: sus pistolas de chispa, la Orden del Libertador, un pequeño sable de combate, sus condecoraciones militares —vistosas medallas de oro con listones tricolores desgastados y manchas de un rojo cárdeno que me encantaría imaginar que era sangre—, todo fue sustraído a plena luz del día, sin forzar ventanas ni emplear armas, con el mismo grado de selección que en el robo anterior. Esta vez, los únicos que resistieron en el armario del tiempo fueron sus libros, sus fotografías en uniforme y un ejemplar de El Cojo Ilustrado del 15 de noviembre de 1892, donde aparece con su gigantesco bigote decimonónico: todo aquello que está del otro lado del valor fundible, acaso más cerca de la Historia que de nosotros.
Nunca pudimos demostrar la culpabilidad de cierta familia de voracidad iletrada que se había infiltrado en la casa en los peores tiempos de la crisis humanitaria. Todos los indicios apuntaban a los miembros más jóvenes de aquel grupo: adolescentes ágiles, intoxicados por el paisaje corrupto de los dólares del mercado negro. Cuando aquella familia fue expulsada de la nuestra, los robos cesaron.
Una tarde, ya en Ciudad de México, mientras revolvía papeles guardados en una cesta debajo de la impresora, encontré un USB con una copia de la biblioteca posmoderna que se había perdido en aquel robo. Una copia.
Jamás he descargado un solo libro de esa colección. Me sigue pareciendo un simulacro abominable de lo que jamás podrá recuperarse.
Hay un símbolo oculto de los procesos colectivos de destierro: las bibliotecas abandonadas. Esas que se mantienen apiladas en cajas polvorientas, bajo custodia de extraños; esas que terminan desmembradas entre parientes, amigos y vecinos que han venido a comprarlas a precio de remate; esas que permanecen intactas, pero solitarias, tristes, como un museo esperando una visita que puede no llegar nunca. ¿Cómo son las bibliotecas personales tras la partida? ¿Cuál es su origen y cuál es su destino? ¿Es correcto decir reconstruir una biblioteca o es mejor absorber la demolición como un nuevo origen? ¿Hay algo así como un nuevo origen?
Una de las maneras más eficaces de protección psicológica que encontré durante los primeros meses de emigración fue no comprar libros. Antes de que fuera evidente que iba a quedarme a vivir en México, me consolaba saber que mi biblioteca —mi verdadera biblioteca— estaba en dos lugares: en mi casa y en mi cabeza. El no tener más que los dos ejemplares que me traje en el bolso de mano —una antología de poemas de Rafael Cadenas y una edición de bolsillo del libro de los Salmos—, era señal de que en cualquier momento regresaría a Venezuela. No fue hasta casi dos años después que le agregué un peso súbito a ese equipaje. Y no fue con muebles ni con electrodomésticos, sino con decenas de ejemplares impresos. Digamos que apliqué una más de mis estrategias de resguardo por autoengaño: hice ese equipaje tan pesado que ya no pude moverlo.
Durante años mi biblioteca fue un mueble desarmable, una suscripción mensual a una plataforma de lectura y un constante canto fúnebre por los tres mil libros heredados de mi abuelo, ahora a cuatro mil kilómetros de distancia. Vinieron más muebles, el matrimonio, la hija, más libros, y la biblioteca jamás abandonó su concepto a medio camino entre el lugar mental y el componente desterritorializado. Por muy pesada que estuviera aquella maleta, pasarían años —casi diez— hasta que decidí abrirla como una proclama definitiva contra la provisionalidad: es aquí, en este pequeño departamento en la Ciudad de México, donde mi vida lectora tendrá lugar. De aquellas dos semillas que me traje, nació la biblioteca que tengo hoy. Puede que sea un derivado algo pálido, una sucursal paródica de la cueva literaria, pero también tiene lo enérgico y a veces abismal de los reinicios: el foco.
Tal vez el arte de construir bibliotecas desterradas no consista tanto en reunir libros como en sostener una continuidad allí donde ha sido rota. Se empieza lidiando con el peso de los libros ausentes, con una herencia que a veces luce irreclamable y que, sin embargo, sigue operando desde algún lugar al otro lado del pequeño armario abierto en tierra extranjera. Durante un tiempo, esa biblioteca es irónica: sin evidencia, sostenida por listas, recuerdos, tentativas de sustitución, pero pronto se disloca. Deja de ser un lugar para convertirse en un tránsito entre los pocos libros que han logrado reunirse, la memoria de aquellos que permanecen en la biblioteca de origen y los de las estanterías ajenas que se recorren como si fueran propias.
Con el tiempo, esta dislocación encuentra una forma de integración lenta y en cierto modo irreversible. Ya no se trata de recuperar la biblioteca perdida, siquiera de imitarla con mayor o menor fidelidad, sino de abandonar la exigencia de que una biblioteca deba parecerse a otra. Como en las artes después de la liberación de las formas, la biblioteca desterrada cobra una unidad que ya no depende de la coherencia visible de sus estantes, sino de la persistencia de un gesto, con todas sus consecuencias caóticas. Los libros que están no sustituyen a los que faltan: funcionan, más bien, porque conservan una continuidad secreta con esa pulpa invisible donde reposan las energías del origen, aunque envueltas en el movimiento abismal del presente.
De manera que mi biblioteca, cual problema de mecánica orbital, es ahora un sistema de tres cuerpos: uno imaginario, que alcanza por la memoria la cueva literaria de Ramón Fernández; uno público, que se extiende hacia las estanterías metálicas de la sección 800, Literatura, Piso 4 y 5, Edificio Poniente, de la Biblioteca Vasconcelos; y un centro de gravedad instalado aquí, en este departamento, en la poltrona gastada donde leo. A veces puedo asomarme a ese escenario luminoso donde está el mamut tomando el sol junto a un ventanal, con iguanas colgando de las ramas a lo lejos y dos libros atravesados por culebritas rojas enfrente, regalándome una sonrisa malévola por haber encontrado un dato más sobre su antepasado bárbaro. A veces veo al diablo de Azufre arrojándose hacia mí como un reproche por haberlo dejado solo al cuidado de la biblioteca, pero le salgo al paso repitiéndome que el arte de construir bibliotecas desterradas no consiste en poseer libros, mucho menos en saldar deudas simbólicas, sino en hacer posible que, a pesar de todo, sigan siendo leídos.
Uno de los efectos de tener un cuerpo público en la biblioteca personal es toparse con el rastro de la lectura de otros: subrayados, anotaciones, signos ilegibles, marcas de grasa, ex libris ridículos, logotipos de bibliotecas privadas que quizá se disolvieron décadas atrás. Me he encontrado con libros heridos, incólumes, mutilados, alergénicos, solemnes, antipáticos, gastados por muchas manos, pero todos corpóreos: existen, como existe su casa y como existo yo. Estornudo frente a las páginas, me toco la hendidura en la piel de los hombros por el peso de la bolsa llena de libros, y entonces aparecen los otros, en carne y hueso: seres humanos que devuelven los libros a su lugar, sosteniéndolos en pilas inestables contra el pecho; transeúntes que merodean las mismas estanterías que yo, a veces con curiosidad inocente, otras con certeza arrogante; y, sobre todo, lectores a punto de dejar su rastro en el libro que han elegido. Leer así, con los otros y sus marcas a la vista, es penetrar el misterio filosófico de las otras mentes de un modo que ninguna promesa de lectura social digital ha logrado reproducir. Aquí esas marcas permanecen vivas —incluso las propias— como en una conversación inagotable en una plaza pública.
Hace unos meses, al pedir en préstamo el Prefacio a la Biblia Hebrea de George Steiner, encontré en la última página un mensaje manuscrito sobre la disfunción eréctil —“defunción eréctil”, le llamó su autor— y la tranquilidad que podría sobrevenir a la impotencia. La aparición de ese texto, en ese lugar, me resultó reveladora, además de endiabladamente divertida. El mismo Steiner había escrito en Después de Babel sobre las correspondencias entre las energías verbales y los mecanismos glandulares que controlan las funciones sexuales masculinas, situando el semen y las palabras como productos comunicativos de un mismo ser “cautivo bajo la piel”.
No pude evitar pensar que ese lector anónimo había encontrado en ese libro una superficie para arrojar una confesión incómoda: ¿acaso aquella “defunción eréctil” no sería el síntoma de una disfunción sexolingüística y por eso nuestro amigo eligió una superficie tan elocuente —¡un prefacio a la Biblia Hebrea!— para comunicarse con el mundo? ¿Era aquel ejemplar una especie de ouija erudita, secretada por una eyaculación briosa, aunque insuficiente? Entrar así, de golpe, en el universo de otro —en sus preguntas, sus desvíos, sus obsesiones— sería imposible sin los libros. Y quizá, más aún, sin los libros compartidos.
En su discurso en defensa de los impresores españoles, de 1675, el letrado Melchor de Cabrera Núñez de Guzmán escribió que el hombre era el único libro impreso entre los seis que había escrito Dios: el Cielo estrellado, el Mundo, la Vida, Cristo y la Virgen serían los otros cinco. Una suerte de biblioteca inmemorial compuesta de diversos formatos propios de la cultura escrita renacentista que incluía, respectivamente, un inmenso pergamino con un alfabeto de astros, un mapa total de la creación, un censo con los nombres de los elegidos, un molde para la reproducción virtuosa entre los hombres y un incunable prefigurado en la mente divina, antes de los siglos y la tierra.
El episodio bíblico de la imagen y semejanza —sugiere Cabrera— no habría ocurrido en la parcela floreada del Edén, sino en un taller tipográfico: Dios puso su Imagen y Sello en la prensa y luego se alegró al ver las copias que hizo de su “mysterioso Original”. El hombre —como dirá más tarde Roger Chartier— es el resultado de un trabajo de imprenta. Cuando Susan Sontag, parafraseando a Borges, decía que los libros, más que la suma arbitraria de nuestros sueños y de nuestra memoria, “nos ofrecen el modelo de la propia trascendencia”, está apuntando a esa superficie donde se imprimen formas de existir. Eso, como el mensaje de nuestro amigo con problemas eréctiles, devuelve una posibilidad más radical que la de evadirse a un mundo imaginario: la de ser, a través de la lectura, plenamente humanos.
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Cuando el legionario francés Maurice Hamonneau despertó del ataque infernal de la artillería alemana en la batalla de Verdún, se dio cuenta de que un libro le había salvado la vida. Una edición de bolsillo en francés de la novela Kim, de Rudyard Kipling —publicada en 1913 por el Mercure de France—, que llevaba en el bolsillo de la guerrera, a la altura del pecho, había absorbido el impacto de un fragmento de metralla. El proyectil atravesó la portada amarillenta del libro, a escasos milímetros del nombre de la serie —Collection D’ Auteurs Étrangers— sin tocar una letra, fue perdiendo fuerza a lo largo de los quince capítulos impresos en la pulpa del papel y se detuvo, exactamente, a unas veinte páginas del cuerpo del soldado. El ejemplar perforado de la novela se conserva hoy en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos y podría considerarse un símbolo del cruce entre literatura, guerra, bibliofilia y azar.
Por ciertas fortunas librescas, me he hecho de una pequeña colección de volúmenes antiguos —esos con encuadernaciones en piel, dorados en los cantos y hojas de una textura sedosa—, todos llegados como regalos inesperados: los dos tomos de Las confesiones de Rousseau, en encuadernación holandesa, de la editorial Garnier Hermanos (París, 1911); una antología de poemas de Amado Nervo, de 1904, y la séptima reimpresión de la célebre edición de 1888 de The Happy Prince, de Oscar Wilde, publicada por el impresor londinense David Nutt. También me he hecho de una Olivetti Lettera 32, que compré en homenaje a Calasso —la memoria me traicionó y creí estar adquiriendo el mismo modelo con el que quizá escribió El libro de todos los libros, pero la suya era una 62, más ligera y portátil—; una Smith-Corona Silent-Super, de un brillante color alpine blue, con teclas redondeadas y mecanismo insonorizado; y una Underwood Champion de la posguerra, como la que usaba Hemingway. Estas dos últimas permanecen en la cueva literaria de Ramón Fernández, al otro lado del agujero.
Puede que sea la miopía, la proximidad de los cuarenta años o una nueva batalla contra la devaluación de los objetos, pero se me ha ido afinando un ojo de anticuario con una lente capaz de atravesar el cachivache —incluso la defensa romántica de tecnologías obsoletas— y elegir aquellos objetos que afirman la vida, que acercan de muchas formas a la experiencia terrenal, y luego son capaces de contar una historia por sí mismos y por nosotros. La batalla contra la desterritorialización acaso solo sea posible a través de los objetos. Y no hablo únicamente de la literalidad del destierro, sino de la pérdida de territorios económicos, psíquicos, eróticos, morales, hacia la que nos ha empujado el plano perpetuo de lo impalpable. Aquel inmigrante de hace una década, que se negaba a comprar libros, sabía algo del arte de construir bibliotecas en tierra ajena: también a través de los libros se pueden echar raíces.
Toda rutina de búsqueda y colección pone en juego un anhelo elemental: que la experiencia tenga un soporte que no pueda ser retirado sin consecuencias. La anécdota del legionario francés se me antoja una demostración de ese lado espléndido de los objetos: a veces, en las trincheras de una guerra o en las “trincheras del día a día de la vida adulta”, como diría Foster Wallace, los libros muestran formas misteriosas de generosidad. También, podría ser una suerte de pie teórico para formular una política auxiliar de la lectura en medio de la devaluación de los objetos: escapo de aquí, aferrado a los libros, como un paracaidista que huye de un cielo incinerado por ataques enemigos. Es la pulpa de las páginas la que, sea como sea, me sirve como lugar de repliegue cuando toda mi psique me declara la guerra.

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