¡Hola!
Cuando tenía catorce años, entré con mis amigas de entonces en una tienda de cosas divertidas que ya no existe de las galerías de la Plaza Mayor de Palma, que ahora son fantasmagóricas, pero que por aquellas ya no pasaban por su mejor momento. Y ahí tuve un flechazo con una camiseta de Kukuxumusu. Era negra, de manga corta y en la parte delantera llevaba estampada en gris un Albert Einstein vaca, que sostenía entre las pezuñas una pizarrita con la teoría de la relatividad, a saber, E=mc². No tuve más remedio que comprármela y empezar a soñar con el día en que la estrenaría, al tiempo que le entregaba un billete de 20€ al dependiente. Una de mis amigas me vio comprándomela y me dijo ay, me gusta mucho, y decidió comprársela también. El mismo día, en la misma tienda, apenas un minuto después de que yo me la hubiese comprado. Y yo lo hubiese dejado pasar si se hubiese quedado ahí. Pero la cosa no quedó ahí. También me dijo a mí, solo a mí, que pensaba a estrenarla el último día de clase antes del verano. Íbamos a un colegio de monjas y ese era uno de los pocos días del año que nos dejaban olvidarnos del uniforme e ir con ropa de calle. Y estaba claro que en un día tan importante no iba a ponerme una camiseta igual que la de nadie, porque yo quería ser exclusiva. Sentí que perdía la oportunidad de demostrar mi ingenioso sentido de la moda. Me sentó fatal.
Corte a 2026. En febrero me estrené como profesora de creatividad. Mi tarea consiste en convencer a un grupo de personas de menos de 25 años de que no se rindan a la primera de cambio. No sé si se me da bien, solo sé que lo estoy intentando. A raíz de un ejercicio que mandé hacer para la siguiente clase, un alumno me escribió contándome lo que había pensado y las dudas que le atormentaban. Voy a escribir un blog (no te estoy copiando lo juro). Me entró la risa nada más leerlo. Él no se dio cuenta de que su mensaje era el mayor de los halagos. Que alguien te escriba para decirte que lo haces bien es bonito. Que alguien te escriba para decirte que le has animado a escribir es muy emocionante. Adri me dijo que no pretendía copiarme. Y yo me reí, porque lo dijo como si yo fuera la primera persona en la faz de la tierra que hubiese tenido la brillante idea de escribir en internet. Como si yo misma no hubiese decidido hacerlo inspirada por las cartas de otras escritoras que leía con fruición, como Flecha de Carmen Pacheco, que fue la primera newsletter literaria a la que me suscribí.
Entre la primera y la segunda escena han pasado dieciocho años y en ese periodo he tenido tiempo de sobra para darme cuenta de que los animales aprendemos todo lo que sabemos a base de copiarnos los unos a los otros y que solo entonces, podemos añadirle la siguiente capa de complejidad, una que los humanos hemos tenido a bien en llamar originalidad. A todos nos encanta la originalidad, pero muy a nuestro pesar, es un nivel del juego al que, curiosamente, nadie puede llegar sin antes pasar por la imitación. Es muy difícil desarrollar tu propio estilo sin antes enamorarte del estilo de otros y sentirte atraída por la idea de parecerte. Así que una primero imita los andares de los demás y cuando ya ha aprendido a andar exactamente igual, sin que ello la aboque a restregar sus labios por el asfalto, se mira en el espejo y escoge su propia forma de hacerlo. Es así. Siempre lo es. Pero quizá no nos lo cuentan lo suficiente, porque muchas de las personas que trabajamos en la industria creativa (sea lo que sea eso) empezamos nuestras carreras obsesionadas con no copiar, con no ser como los demás, con ser únicas.
Qué mala fama tiene la copia en nuestra sociedad y qué pena que así sea, con lo mucho que en realidad nos puede ayudar a lanzarnos a hacer, sobre todo en los momentos en los que estamos experimentando, probándonos a nosotras mismas, jugando con lo que sabemos y lo que nos gustaría saber hacer. Y ojo, porque no hablo de lucrarse replicando el trabajo de otros, eso claramente está mal. Yo de lo que hablo es de crecer gracias a la inspiración que nos proporcionan nuestro entorno y nuestros antecesores. Por qué sino estaríamos todas leyendo biografías y entrevistas de artistas como locas. Nos gusta entender los procesos de los demás y probar a ver cómo nos sientan a nosotras. Querer contiene trazas de copia. Cómo no iba a contenerlas. Hay que poner a prueba cómo sientan en tus propias carnes los gustos del ser querido. Cómo suena en tus orejas la música que él ama. Cómo te sienta a ti el color al que ella le reza. Contener en ti lo mejor de las personas a las que admiras, de las cosas que te gustan, de las historias que te emocionan, hasta que se convierten en parte de lo que tú eres. La copia es una forma de romanticismo, quizá una de las más asalvajadas. Y el día que lo entiendes, empiezas a dormir mejor.
En Instrucción de Novicias, Carmen Urbita y Ana Garriga describen la amistad que unía a Santa Teresa de Jesús, fundadora de las carmelitas descalzas, con María de San José, primera priora del convento de las carmelitas descalzas de Sevilla. Vale la pena leerse la historia entera, pero yo me quedo con este fragmento:
Teresa de Jesús murió el 4 de octubre de 1582 cuando María tenía solo treinta y cuatro años. Al sentimiento de orfandad y los recuerdos de las «alegrías, plegarias, sueños y copias» que habían compartido desde que María no era más que una veinteañera melindrosa, se unió enseguida un firme deseo de emulación. Teresa había sido su amiga, su confidente y su maestra. Pero ¿suya y de cuántas más? Le enrabietaba saber que Teresa era, desde hacía décadas, un cotizado role model alrededor del cual pululaban cientos de monjas deseosas de obtener unos minutos de fama. Las relaciones parasociales que trabamos con actrices, famosas o místicas sin que ellas sospechen siquiera nuestra existencia suelen ser el catalizador de una imitación testaruda y, a veces, eficaz.
Me siento completamente apelada.
Carmen y Ana nos invitan a hacernos nuestro convento portátil, para aliviar los sinsabores de hoy con las enseñanzas de las monjas del barroco. Y yo me pregunto si no podríamos hacer lo mismo con la cumbre de la copia: los mercadillos. Quizá nos podríamos fabricar un mercadillo con asas, para tener siempre a mano la lógica de las Enike, las Ardidas, las Ruyban y demás imitaciones que nos han hecho vibrar a lo largo de nuestra vida, para que apliquemos su descaro y desenfado a nuestras rutinas. Lo que es falso sin pudor, la imitación sin miedo, tiene algo de tierno, de inocente, de maravilla. La de alguien que se ha atrevido a empezar por alguna parte, cuando todavía no sabía ni siquiera lo que quería hacer. Y la verdad es que esa es la única forma de empezar. El mercadillo puede estar en todas partes y quizá deba estarlo.
Y si hablamos de copias, no nos queda más remedio que hablar de loros. Tengo una carpeta de Instagram llena de loros cantando, diciendo I love you babe, gimme a kiss, muaaaa. Pero sin duda, mi loro preferido es Auggie (de la cuenta de Instagram @the_green_bird_brigade). Es un lorito gris al que le gustan especialmente dos canciones: una que se llama Bacon Pancakes que no tengo ni idea de cuál es (bacon pancakes, making bacon pancakes, bacon pancakes, making bacon pancakes, no tiene mucho misterio) y Bidi Bidi Bom Bom de Selena. Me pongo este vídeo con cierta frecuencia, porque me hace feliz ver a un loro bailando Selena. No busquéis aquí una reflexión profunda. Es lo que es. Está bien así.
He aquí el vídeo en cuestión:
Muchísimas gracias por leer. Y por copiar bien.
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¡Nos vemos en el próximo avistamiento!

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