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sonotopías · Jul 28, 2026

Verano cruel

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Juan Pablo Huizi Clavier · sonotopías

Al teclear “Cruel Summer” en el ordenador, el algoritmo, o lo que sea que sea, determina cuál de las dos canciones con el mismo nombre es la más cruel. Para tres cuartas partes de la población mundial, es la canción de Taylor Swift. Para un pequeño grupo del resto del mundo, es una de Bananarama. Estas dos canciones comparten la misma estación cálida. Hace unos años, cuando se les preguntó a las chicas de Bananarama sobre esta coincidencia, admitieron que nunca habían escuchado a Taylor Swift. Creo que cada generación está convencida de que la canción del verano, cruel o no, es la suya.

Bananarama.

Agosto de 1983. Una ola de calor azota Brooklyn. En los muelles, tres chicas inglesas, en su primera visita a Nueva York, graban un videoclip. En el libro “I Want My MTV” se relata una anécdota: durante la hora de almuerzo, unos estibadores del puerto les ofrecieron cocaína (la primera vez que la probaban). Como resultado, las tomas de la mañana muestran a las chicas derretidas, arrastrándose por el asfalto, mientras que las de la tarde las capturan “un poco más alegres”.

Hot summer streets and the pavements are burning; I sit around. Trying to smile, but the air is so heavy and dry.

En los Estados Unidos la canción llevaba un año muerta. Fue top ten británico en julio del 83 y en Norteamérica no había pasado nada, hasta que en junio del 84 sonaba en Karate Kid, mientras el nuevo chico del barrio pedaleaba hacia su destino de cinta negra. Ellas se negaron a ceder el tema para el disco de la banda sonora, no fueran a quedar ligadas para siempre a una película de adolescentes, patadas y moscas. Todo eso dio igual. El sencillo relanzado gracias al boom de la película fue su primer éxito en aquellas tierras, eso sí, con un año de retraso y por la única puerta que habían pretendido cerrar.

Londres, 1983. Los productores Steve Jolley y Tony Swain llegan al estudio con una base rítmica a medio hacer, y son ellas —Sara Dallin, Siobhan Fahey, Keren Woodward— quienes escriben encima la melodía y la letra. El origen no puede ser menos mítico. Sus amigos se iban de vacaciones y ellas no, atrapadas en la rueda de promoción, sudando en una ciudad vacía. Dallin lo explicó años después en The Guardian: quisieron el lado oscuro de las canciones de verano, el calor opresivo, la miseria de querer estar con alguien mientras el verano se les escurre.

Además, eran tres chicas que seguían pasando por la oficina de desempleo. De esa contabilidad sale el himno. Una queja laboral bailable. El tema de verano por excelencia de la generación X es una canción contra el verano escrita por las que se quedan currando. Hasta aquí, una buena historia con moraleja más o menos amable. El mundo bailó una canción triste.

Otra vez una canción triste.

Es 1981. Sara y Keren se han quedado sin casa y Paul Cook, batería de los Sex Pistols convertido en un superviviente con oficio, les presta el piso de arriba de su local de ensayo en Denmark Street, Londres. Es una época que las chicas describirían como “dickensiana”. Duermen en el estudio, viven de nada, y sin haber grabado aún ya son un rumor de la escena, porque se suben a hacer coros a cualquier escenario que las deje (Iggy Pop, The Jam, The Monochrome Set, la banda de un jovencísimo Shane MacGowan). Cuando por fin graban una maqueta, lo hacen en dos breves ensayos en la mesa de pistas de Cook, y esa maqueta, tal cual, sin retocar, es el single que sale ese septiembre a través de un sello independiente.

No entra en listas. Le pasa algo mejor. John Peel la suena por la radio, aparece una reseña en la revista The Face, y el mismísimo Terry Hall, que acaba de fundar Fun Boy Three, levanta el teléfono. De los coros para Terry Hall sale un top five en UK; de la devolución del favor, otro.

Fun Boy Three - ‘Tain’t What You Do (It’s the Way That You Do It) / 1981

Bananarama - Cruel Summer / 1983

Entre tantas manos tendidas hubo una que rechazaron. Malcolm McLaren, el cerebro detrás de la estafa conceptual Sex Pistols, se ofreció a gestionar el trío. Sin embargo, según ellas declararon, las ideas de McLaren se centraban en la fetichización sexual, lo cual no encajaba con la imagen que las tres chicas querían proyectar. Rechazaron su oferta y decidieron trabajar con Jolley & Swain. Cinco años después, repitieron el gesto en espejo: escucharon “You Spin Me Round” de Dead or Alive, preguntaron quién la había producido y buscaron a Stock, Aitken & Waterman (abreviado como SAW y también conocidos como “Hit Factory”), quienes aún no eran “la fábrica de éxitos” que llegarían a ser. El resultado fue “Venus” y un número uno en Norteamérica. Dos veces tuvieron delante al ideólogo y dos veces contrataron al “técnico”. Si alguien quiere entender cómo el underground británico de aquellos años se convirtió en el pop del mundo, el mecanismo parece evidente. Decidían los artistas, no las disqueras.

Tenían (ya se ve) un olfato infalible para las personas.

Bananarama - Venus / 1986

Para su primer single, eligieron una canción que no entendían. La habían oído en una discoteca en Francia: se llamaba “Aie a Mwana”, la cantaba un grupo llamado Black Blood, y estaba en suajili. La aprendieron de oído y así la grabaron. Tres londinenses veinteañeras cantando con total convicción palabras cuyo significado ignoraban. El disco donde acabaría viviendo se tituló “Deep Sea Skiving”, una errata deliberada de “Deep Sea Diving” (hasta el título era un error fabricado a propósito). Eso sí, quedaba pendiente una pregunta que nadie se hizo… ¿Qué diantres decía la canción?

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La respuesta está en Bruselas. En 1975, un cantante zaireño llamado Steve Banda Kalenga forma un grupo con músicos angoleños que con los años será más parecido a un mapa: El bajista de Angola, el batería de Senegal, el guitarrista de Eritrea y sesionistas belgas. El productor Michel Jaspar, belga nacido en el Congo Belga, los rebautiza con otro nombre: Black Blood. La canción que graban no es suya y no es africana: es una pieza del catálogo de los autores Daniel Vangarde (productor francés y padre de Thomas Bangalter del dúo Daft Punk) y Jean Kluger (compositor belga), reescrita para la ocasión en un suajili redactado por un productor blanco para músicos congoleños.

“Aie a Mwana” no significa nada, pero fue número uno en Bélgica y en Francia.

Black Blood grabó dos discos, en 1975 y 1976. Después no hay nada: el grupo desaparece, y del destino de Kalenga no existe documentación en ninguna parte. La biografía que hoy sirven las plataformas de streaming, heredada de una vieja enciclopedia musical, los describe como una banda de rhythm and blues de ocho miembros de Baton Rouge, Luisiana. Los coleccionistas señalan el error desde hace veinte años. Nadie lo ha corregido.

El último piso. Si la letra la escribió un belga y el título no significa nada, ¿de dónde salió la melodía?

De París, en 1971, de dos señores con un diccionario.

Vangarde & Kluger (sí, los mismos de antes) compusieron un álbum entero en japonés fake: “Le Monde Fabuleux des Yamasuki”, un delirio de estudio con las letras redactadas a golpe de diccionario, cantado por un coro de niños, con un maestro de judo auténtico soltando gritos marciales entre canción y canción.

Yamasuki no existía. Se editaron singles, y uno de ellos (“Yamasuki” tiene un remix con baile propio incluido) se publicó en el Reino Unido en Dandelion Records, el sello discográfico de John Peel. En su cara B viajaba una cancioncilla llamada “Aieaoa”. La misma que cuatro años más tarde, vestida de suajili, sería la cara B de Black Blood. La misma que otros seis años después tres chicas sin casa aprenderían de oído en una discoteca francesa. Ese es el fondo del pozo, y en el fondo del pozo hay dos loquitos inventando una lengua que no habla nadie, para un grupo que no existe, con un éxito escondido en la cara oculta del 45.

Bananarama en 2016.

Este verano, al teclear “Cruel Summer”, la máquina me devuelve cuarenta años de música construidos sobre un terreno inestable. Todo se basa en un malentendido, pero aquí, ese malentendido es la esencia misma de la historia. Como es lógico, la última palabra no la tiene la música, sino los archivos. En la información de algunas plataformas, Black Blood, compuesta por músicos zaireños, angoleños, senegaleses, eritreos y belgas, y bautizada por otro grupo que desapareció sin dejar rastro, sigue siendo una alegre banda de ocho miembros de Baton Rouge, Luisiana.

Feliz verano cruel.

Gracias por llegar hasta aquí. Feliz escucha.

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Read the original on hzclvr.substack.com

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