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Historia y moda · Aug 13, 2026

El fascismo como proyecto estético

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Historia y moda · Historia y moda

Italia es uno de esos países cuya identidad parece tan evidente que rara vez nos detenemos a preguntarnos cómo llegó a construirse. Basta mencionar su nombre para que aparezcan una serie de imágenes familiares: la sastrería impecable, el cuero trabajado por artesanos, las plazas bañadas por el sol del Mediterráneo, italianos hiper bronceados (Giorgio Armani QEPD y Donatella Versace), los pueblos de piedra, las mujeres vestidas de negro caminando por las calles de Sicilia, los pañuelos sobre la cabeza, los mercados al aire libre o la sofisticación de marcas como Gucci, Ferragamo o Dolce & Gabbana.

Dolce & Gabbana

E incluso olores: la pizza, la focaccia, una moka en la mañana con café recién hecho, una salsa de tomate fresco. Todo ese universo parece formar parte de una tradición ininterrumpida, como si Italia siempre hubiera sabido quién era y cómo quería presentarse ante el mundo.

Sin embargo, esa imagen es mucho más reciente de lo que solemos imaginar. Durante buena parte del siglo XIX, Italia ni siquiera existía como un Estado unificado. La península estaba fragmentada en reinos, ducados y territorios bajo distintas influencias extranjeras. Cuando finalmente se consolidó la unificación política en 1861, surgió un problema que iba mucho más allá de las fronteras: era necesario convencer a millones de personas, con dialectos, costumbres y tradiciones profundamente distintas, de que ahora pertenecían a una misma nación.

El estadista Massimo d’Azeglio resumió ese desafío con una frase que se volvería célebre:

Hemos hecho Italia. Ahora debemos hacer a los italianos.

Cuando yo llegué a vivir a Milán, me contaron que hasta finales de los años 60 todavía se daban clases de italiano para los italianos gratis en TV abierta.

La sentencia de d’Azeglio sentencia no hablaba únicamente de política. Hablaba de identidad. Una nación no se sostiene sólo sobre un mapa o una constitución; necesita símbolos compartidos, relatos comunes y una imagen capaz de hacer que personas muy distintas se reconozcan como parte de un mismo proyecto colectivo.

Durante las décadas siguientes, intelectuales, artistas, escritores y políticos comenzaron a hacerse una pregunta que resultaría decisiva para el futuro del país:

¿cómo debía verse Italia?

Podría parecer una cuestión superficial, pero en realidad escondía un problema mucho más profundo. Si Francia era reconocida por su refinamiento, Inglaterra por su industria y Alemania por su poder militar, ¿qué imagen debía proyectar una nación tan joven y, al mismo tiempo, heredera de una de las civilizaciones más influyentes de la historia?

Cuando Benito Mussolini llegó al poder en 1922 encontró una respuesta que iba mucho más allá de la política. El fascismo no pretendía únicamente gobernar Italia. Aspiraba a darle una forma. Comprendió que la identidad nacional también podía diseñarse y que la estética era una de las herramientas más eficaces para lograrlo.

Los uniformes fueron una parte visible de ese proyecto, aunque apenas representaban la superficie. El verdadero objetivo era mucho más ambicioso. Había que transformar el cuerpo de los ciudadanos, redefinir la belleza, reorganizar las tradiciones regionales, promover nuevas formas de vestir, construir una industria nacional capaz de competir con París, controlar las imágenes que circulaban en revistas y películas e incluso decidir qué palabras debían utilizarse para hablar de moda.

En otras palabras, el fascismo convirtió la cultura material en un instrumento político.

Y es aquí donde la historia comienza a volverse inquietantemente contemporánea. Este episodio no trata únicamente sobre vestidos, desfiles o diseñadores italianos, sino sobre la capacidad que tienen los Estados para construir imaginarios colectivos; sobre la manera en que la ropa, el cine, la arquitectura, la fotografía o el diseño participan en la creación de aquello que llamamos identidad nacional.

¿Qué ocurre cuando un gobierno intenta diseñar la apariencia de toda una nación?

Read the original on historiaymoda.substack.com

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