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Hijo de Circe · Aug 13, 2026

Viajo a Ítaca: la isla de Odiseo | ¿Qué pasa después de la Odisea?

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Pablo María Pineda · Hijo de Circe

Este es el segundo episodio de VOLVER A ÍTACA 🏛️, un proyecto para recorrer las islas del mar Jónico siguiendo la estela de Odiseo. Hoy desembarcamos en la isla del héroe, Ítaca. Puedes ver toda la aventura en YouTube

Durante mi recorrido por Ítaca me planteo las siguientes cuestiones:

  • ¿Qué pasa cuando Odiseo llega a Ítaca?

  • ¿Qué pensó Odiseo al ver Ítaca tras 20 años?

  • ¿Eres un ser errante o con propósito?

  • ¿Existió Odiseo realmente?

  • ¿Cómo es la isla de Ítaca?

  • ¿Cómo es el palacio de Odiseo?

  • El siguiente viaje de Odiseo

  • El hijo de Circe y Odiseo

  • Circe según Campbell y Jung

  • Mi propia Odisea

  • Ítaca, de Constantinos Cavafis

Al cruzar el istmo de Ítaca, la carretera pasa por un paraje que los propios lugareños llaman todavía Kastro toû Odysséa —el castillo de Odiseo—, que Schliemann identificó con Alalcomenas, la antigua capital de la isla. Desde 1930, los arqueólogos de la Escuela Británica de Atenas han sacado a la luz un santuario arcaico datado alrededor del 1200 antes de Cristo, más o menos la misma época en que Odiseo habría regresado a casa tras su largo extravío. Más al norte, la zona que los lugareños llaman Agrós Laértou —la finca de Laertes— se identifica con el lugar donde el padre de Ulises se retiró a vivir mientras esperaba, año tras año, el regreso de su hijo.

En el pueblo de Stavrós hay un pequeño parque con un busto de bronce de Odiseo, porque la tradición local sitúa allí cerca, en la colina de Pelikata, el emplazamiento de su palacio. Y en el museo arqueológico de las afueras se conserva un fragmento de máscara con rostro de mujer, de época romana, que lleva una inscripción todavía legible: “Dedicado a Odiseo”. Se encontró en un santuario excavado en la roca, junto a la bahía de Polis, y todo indica que allí se celebraron durante siglos unos juegos llamados los Odiseos, en honor de un héroe que los propios habitantes de la isla seguían venerando, como a un dios menor, todavía en el siglo III antes de nuestra era.

Para Ulises, llegar a casa no es el final del viaje, sino donde empieza el problema más difícil. Los feacios lo dejan en esta orilla mientras duerme, sin que ni siquiera él sepa todavía que ha llegado. Volver a casa, volver a uno mismo, nunca ocurre del todo despierto, porque se llega siendo ya otro distinto del que partió, sin haber podido presenciar del todo el propio cambio.

Ítaca, en su ausencia, se ha convertido en un caos. Por eso Atenea transforma a Ulises en un mendigo viejo y harapiento: para que nadie pueda reconocerlo.

Se dirige a la humilde majada del porquero Eumeo, uno de los pocos hombres de la isla que sigue siéndole fiel sin saber siquiera que es él a quien tiene delante. En este mundo, cada vez que se le pide a alguien que diga quién es, en realidad se le está pidiendo que cuente su historia: identidad y relato son, aquí, casi la misma cosa. Ulises le ofrece a Eumeo una historia falsa, cuidadosamente construida.

Mientras tanto, Telémaco regresa de Esparta, esquivando la emboscada que los pretendientes le habían preparado, y llega también hasta la majada de Eumeo. Es allí donde Atenea le devuelve a Ulises su verdadero aspecto por un instante, solo para su hijo. Telémaco no lo cree al principio: piensa que tiene delante a un dios. Ulises insiste: no soy ningún dios, soy tu padre. Y ahí, en la cabaña de un porquero, se produce el primer reencuentro de toda la Odisea.

Hay algo casi litúrgico en la forma en que Ulises se revela: “soy yo”, “soy tu padre”. Es la expresión propia de quien, por un instante, hace coincidir del todo la conciencia que tiene de sí mismo con lo que verdaderamente es. Ulises, por primera vez en toda su travesía, se entrega confiadamente a otra persona sin necesidad de ningún engaño de por medio.

Pero Ulises tiene que recorrer, ahora ante los suyos, un camino parecido al que ha hecho a solas durante veinte años: de nuevo amenazas, de nuevo paciencia, de nuevo astucia. Tiene que salvar la distancia entre el hombre que se marchó a la guerra y el que ha vuelto, porque nadie sigue siendo el mismo veinte años después.

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En la entrada de la finca, un perro viejo levanta apenas la cabeza. Es Argos, que era todavía un cachorro cuando Ulises partió a la guerra, y al que él mismo adiestró para la caza. Nadie más lo ha reconocido en toda la isla. Pero Argos, apenas percibe su olor, mueve el rabo, baja las orejas, y exhala, justo después, su último suspiro. No necesita ninguna diosa que le revele nada: cuando la naturaleza es solo naturaleza, sin el estorbo de la duda ni del cálculo, el reconocimiento es puro instinto, y no se equivoca nunca.

Ulises tiene que contener las lágrimas delante de Eumeo, y solo se atreve a preguntar, como quien no quiere darle demasiada importancia, qué ha sido de aquel perro.

Hay algo más que Ulises sabe, aunque nadie se lo diga: cuanto más se espera a alguien, más difícil resulta reconocerlo cuando por fin llega. Ocurrió con Agamenón, que volvió de Troya sin que nadie lo protegiera de la traición que lo esperaba en su propia casa. Quizás sea así porque lo que se espera con demasiada fuerza se prefigura también con demasiada fuerza en la imaginación, y termina por no caber del todo en la persona real que finalmente llega.

Ulises se sienta en la penumbra de un rincón de la cocina, temiendo que su vieja nodriza, Euriclea, lo reconozca al tocarlo: tiene en una pierna la cicatriz de una herida que le hizo un jabalí, siendo apenas un muchacho, durante una cacería con su abuelo Autólico, el mismo que le puso el nombre. Se le agolpan, mientras espera, todas las imágenes de aquel día. Y, tal como temía, en cuanto Euriclea le lava los pies, sus manos reconocen la vieja cicatriz antes de que su mente termine de comprenderlo.

El tacto, aquí, es el criterio último de la verdad. La identidad de un hombre se establece, al final, por su cuerpo, y el reconocimiento llega siempre por sus fracturas, por sus cicatrices. Al ser humano se le reconoce, sobre todo, por dónde se ha roto. Por eso en tantas culturas antiguas, para poder reconocerse después de mucho tiempo, dos personas rompían un mismo objeto por la mitad y guardaban cada una su fragmento: es lo que los griegos llamaron symbolon.

La identidad de un héroe no se demuestra con palabras, sino repitiendo, ante testigos, la única hazaña que solo él fue capaz de realizar. Por eso Penélope, inspirada por la diosa, decide someter a los pretendientes a una prueba concreta que solo Ulises podía realizar: les entregará el arco de Ulises, y se casará con quien logre tensarlo y hacer pasar una flecha a través de los ojos de doce hachas alineadas. Quien haga lo que hacía Ulises será, en la práctica, el más parecido a Ulises. Porque en este mundo un hombre es, sobre todo, lo que es capaz de hacer.

No es la primera vez que un matrimonio se decide así. Cuando Helena tuvo cientos de pretendientes, se resolvió del mismo modo: con unos juegos y un pacto previo, propuesto por el propio Ulises, por el que todos los aspirantes juraban aceptar al vencedor y defender después ese matrimonio con las armas si hacía falta. De aquel juramento nacería, años después, la coalición entera que partió hacia Troya.

Ulises lo tensa sin esfuerzo y la flecha atraviesa limpiamente los doce ojales de hierro. Entonces se quita los andrajos. Telémaco se coloca a su lado, armado. Y empieza la matanza.

Matar, aquí, no es un exceso: es lo único justo que cabe hacer. La venganza es, en este mundo, una forma concreta de justicia: dar a cada uno exactamente lo que le corresponde por lo que ha hecho. Y sin embargo, incluso cuando el castigo es merecido, la muerte sigue siendo algo que excede el poder de cualquier hombre, igual que excede su poder el dar la vida. Por eso, incluso en medio de la matanza, hay lugar para el perdón de unos pocos, y para los ritos de purificación que vienen después: como si hasta la justicia más severa necesitara, al final, algo parecido al duelo.

Con la casa vacía de enemigos, Penélope pone a Ulises a una última prueba, la más difícil de todas. Ordena a la nodriza que saque el lecho nupcial de su alcoba y lo prepare fuera, con pieles y colchas nuevas. Es una trampa deliberada, y Ulises, sin saberlo, cae exactamente donde Penélope quería que cayera: pregunta, indignado, quién le ha puesto la cama en otro sitio, porque sería difícil incluso para el más hábil de los hombres moverla sin que un dios interviniera en persona.

El lecho de Ulises no se puede mover porque está construido sobre un árbol vivo, todavía enraizado en la tierra. Solo el hombre que lo hizo con sus propias manos podría saberlo. Al oír esa respuesta, a Penélope se le aflojan las rodillas: corre hacia él, lo abraza, lo besa, y le pide perdón por su desconfianza.

Se abrazan y lloran largo rato, y solo entonces, ya reconocidos el uno por el otro, se permiten el placer más sencillo de todos: contarse, palabra por palabra, todo lo que han vivido separados. Ulises le relata sus veinte años de naufragios. Penélope, sus veinte años de espera. Y ninguno de los dos deja de escuchar hasta que el otro termina.

Ulises se ha construido a sí mismo lejos de ella, isla a isla, nombre falso tras nombre falso. Penélope se ha sostenido a sí misma sin moverse de su sitio, tejiendo y destejiendo la misma tela durante años. Los dos han salido de sí mismos para poder llegar a ser alguien, pero de maneras opuestas: él abandonando su casa para medir el mundo entero con sus propios pasos; ella quedándose exactamente donde estaba, sosteniendo con su sola presencia el único lugar al que él podía, en teoría, regresar. Ninguno de los dos podría haber alcanzado su propia identidad en soledad. Hacía falta el reconocimiento del otro para que todo lo vivido por separado dejara de ser un montón de hechos dispersos y se convirtiera, por fin, en una sola historia compartida.

Platón, muchos siglos después, imaginó cómo terminaba de verdad esta historia. En el mito de Er, al final de la República, cuenta que las almas de los héroes muertos, tras ser juzgadas, eligen el cuerpo y la vida en la que van a reencarnarse, según cómo hayan vivido la anterior. Orfeo escoge la vida de un cisne. Áyax, la de un león. Agamenón, la de un águila. Y cuenta Platón que, cuando por fin le toca el turno al alma de Ulises, la última de todas, esta deja a un lado cualquier ambición y busca, durante largo rato, entre todas las vidas disponibles, la de un hombre corriente, sin cargos ni honores, una vida que nadie más ha querido y que yace olvidada en un rincón. Y al encontrarla, dice que la habría escogido igual aunque le hubiera tocado elegir primero.

Ulises elige ser, otra vez, solamente un hombre. Es lo mismo que había elegido ya en vida, cuando rechazó la inmortalidad que le ofrecía Calipso: prefirió ser mortal junto a una mujer mortal antes que ser un dios solo. Y esa vida corriente que finalmente escoge no es, en el fondo, tan distinta de la que ya vivió: sigue estando hecha de lucha por sobrevivir, de trabajo, de vínculos con los demás, de deseo. Lo único que cambia es la posición desde la que se vive todo eso: ya no desde la ambición de ser el mejor entre todos, sino desde la simple voluntad de seguir siendo, sin más, quien uno es.

Read the original on hijodecirce.substack.com

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