En un mundo que se aleja con prisa e inmediatez, que promueve el hiperconsumismo y mitifica la profundidad, la espiritualidad y la sexualidad se crean cuestionamientos impostergables: ¿Cómo se habita la vida desde lo consciente, íntimo y genuino? ¿Es la espiritualidad una vía? ¿Es la banalidad la corriente que nos lleva en lejanía hasta el individualismo?
Conviene definir la espiritualidad para este texto como una práctica continua de presencia consciente; en este punto un gesto de resistencia en un mundo que prioriza lo material. Esta práctica implica interrogar el deseo, el consumo y la inmediatez como hábitos que nos alejan de lo esencial. Se ha experimentado esta desconexión en múltiples masas que afecta la forma de apreciar y experimentar la vida. Desde esta mirada, encuentro pertinente la necesidad de experimentar con elementos cotidianos como la prisa, la saturación de estímulos y el consumo constante. Estos, sin notarlo, se convierten en barreras para practicar y experimentar desde lo genuino.
A raíz de este pensamiento, ¿qué banalidades interfieren con una auténtica conexión espiritual? En una cultura mecánica, la inmediatez sostiene que debemos reaccionar sin reflexión, buscando la satisfacción inmediata, entre más rápido, mejor. Se insta a vivir la vida como un consumo constante de rellenar el vacío que es auto provocado para un círculo vicioso en donde la falta se crea para vender la solución. Esta lógica crea una distorsión en las emociones, lo psicológico y las dimensiones humanas. Esta desconexión no solo se manifiesta en lo espiritual, sino que invade hasta alcanzar lo íntimo y las relaciones que tenemos con nuestra forma de experimentar el cuerpo, el deseo y la sexualidad. La sexualidad que se ha convertido en un acto mecánico, facilitado por la desensibilización que se ha construido de la dimensión emocional, espiritual y humana.
En la cultura contemporánea, la accesibilidad al consumo sexual se ha convertido explícita en varías áreas, exponiéndose como algo público, lejos de conexiones e intimidad. Esta inmediatez interrumpe un desarrollo de una conexión espiritual genuina, distrayendo estas conexiones a un sentido de superficialidad emocional. Uno de estos casos es la pornografía y cómo ha desfigurado la manera en que se entiende y atiene el deseo. El lenguaje del cuerpo y alma se convierte en performance, creando una línea difusa entre lo que realmente se desea y lo consumido. No solo entra la cosificación del otro, sino del acto, exigiendo recompensa instantánea. Lejos del disfrute de la conexión de los cuerpos, el acto se reduce a la obtención del orgasmo, atrofiando la capacidad de exploración y conexión íntima.
Así, el encuentro se transforma en un acto individualista cuando el acto sexual se convierte en un acto mecánico. El deseo se desvincula de la experiencia presente y relacional, volviéndose al acto de consumo fugaz, en donde el encuentro más buscado es la recompensa y escape. Esta forma de experimentar el placer afecta el funcionamiento de recompensas en el cerebro. En donde la exposición continua a estímulos intensos y artificiales como la pornografía genera un sobre estímulo que irregula los niveles naturales de dopamina. Este intercambio en grados proporcionales se vuelve adictivo, lo que lo lleva a una práctica recurrente y vacía en donde se necesita más estimulación para llegar al mismo sentir, perdiendo la sensibilidad de lo real y sutil.
Por ejemplo, en una relación de pareja donde uno de los miembros mantenía este tipo de hábito donde consumía pornografía 2-3 veces al día, comenzó a notarse una desconexión sexual progresiva. El encuentro íntimo entre ambos se volvió inexistente, reemplazado por una búsqueda apresurada del orgasmo. La presencia, la exploración y vulnerabilidad fueron desplazadas por la urgencia individual.
La mente deja de habitar el presente y su conexión, se atrofia la capacidad del sentir alejando el camino del placer. La mente no presencia consciente los actos, se acostumbra al estímulo sin la conexión. Cuando el deseo se convierte en algo que se practica sin interiorizar, la experiencia humana se vuelve mecánica. El cuerpo, en lugar de ser templo, se convierte en mercancía; lo banal se convierte en orden y significancia del ser.
Este sistema de recompensas, al igual es una vía sutil para experimentar distintas dimensiones humanas: desde la espiritualidad hasta la manera en que habitamos nuestros vínculos y hábitos. Las conexiones eróticas y amorosas que trascienden lo físico, abren un espacio para el encuentro profundo con nuestras acciones, el contacto real entre cuerpo y emociones, y la profundidad entre las conexiones interpersonales.
Sin embargo, el ser humano no solo se ha alejado de lo sublime, a menudo ha dejado de reconocer que lo sublime existe, creando un intersticio entre el yo y el otro, marcando un sentido de culpabilidad a quienes aún se permiten vivir con intensidad y espiritualidad al mostrarla. La inmediatez ha hecho de la experiencia un producto; se ha intercambiado la intimidad con la accesibilidad, desencontrando la conexión real que necesita tiempo y vulnerabilidad, algo que no se está dispuesto a brindar. La rapidez ha desensibilizado la experiencia, todo se acelera y perdemos el valor y dedicación al proceso. Se ha entrenado a desear, sin sentir, sin habitar; se ha mercantilizado la experiencia, el amor y el cuerpo. En un mundo que nos lleva a espacios mecánicos, la presencia consciente se vuelve un acto de resistencia. Hemos olvidado que la verdadera simplicidad requiere tiempo, vulnerabilidad y atención. Recuperar la espiritualidad y nuestro espacio, es un gesto de cuidado personal. Una pausa consciente. Una reconexión entre el cuerpo y esencia es un espacio que se brinda a uno mismo. Una recuperación del alma.

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