Hace unos días me mudé.
Me mudé ligera con unas buenas sudaderas para el frío, un par de velas, dos peluches y mis libros, porque hace tiempo aprendí que el hogar hay que poder meterlo en una maleta.
Llegué a un país desconocido con una backpack vacía; no tenía más que un cepillo de dientes, un libro y una libreta. Y ahí aprendí que una no precisa nada más, que todo lo demás es de adorno.
En mis libretas está contenida mi existencia. No hay nada que me haga sentir más segura que tenerlas cerca. Por eso cuando comencé a empacar fue lo primero que metí a la caja.
Y en ese rincón donde están ellas es donde siento más hogar; el resto de la casa aún me sabe ajena. Se siente como cascarón vacío, una de esas pieles que las serpientes acaban de mudar.
¿Cómo llena una de sí misma todos los rincones? ¿Cuánto dura el polvo de quienes habitaron antes?

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