El martes pasado sufrí en el partido de Argentina contra Egipto. Qué viva, qué original (dijo nadie nunca). Pero lo que me afectaba y generaba tensión era imaginarme la situación de la derrota justo cuando mi hija estaba en el colegio viéndolo con los compañeros. ¿Cómo iban a estar sus docentes? ¿Y los chicos? Tenía ganas de trasladarme al patio del colegio y abrazarla.
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Para sorpresa de nadie, no soy futbolera. Me reconozco del Bicho porque nací en La Paternal y de Boca por herencia amorosa, pero aun así ninguna de las dos terminó de calar.
Sin embargo, otra vez ese sufrimiento apareció el sábado pasado contra Suiza. Pasado el primer tiempo, vi el gol del empate y me empecé a desesperar. Pensé en mis vecinos, escuchaba sus gritos y me angustiaba por ellos.
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El fin de semana me invitaron a un streaming y me hicieron una pregunta sobre el Mundial y los conflictos del mundo. ¿Cómo ver el Mundial y festejar un gol mientras el país y el mundo arden en llamas?
La pregunta tiene un punto y también me pregunto dónde está el límite. Pero no tengo esa respuesta, y desconfío de quien dice tenerla.
Por un lado, lo que está pasando en el país y es imposible pasar por alto: la situación de emergencia en discapacidad, los jubilados, el sistema científico y universitario, y la lista podría seguir.
Por otro lado, las ganas de abrazarnos y gritar un gol.
Lo que me hace ruido no es pensar el problema, sino cuando el cuestionamiento se convierte en tribunal moral. Cuando alguien decide qué tenés derecho a sentir, como si no dejarse conmover nunca por nada fuera un mérito.
Tati Almeida decía que a la militancia hay que ponerle joda. Una mujer que perdió a su hijo, que buscó durante décadas, que tenía todas las razones del mundo para no reírse nunca más, decía que hacía falta fiesta.
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El miércoles Argentina juega uno de los partidos más importantes, deportiva y sobre todo políticamente, de los últimos cuarenta años. Con mis hijas vamos a repetir nuestra cábala: cantar a los gritos “Argentina, amor de mi vida” y comprar una picada saludable que consta de variedad de quesos, chizitos y papas fritas. Ellas acompañarán con un vaso de agua y yo con Coca Zero (“Mamá, ¿por qué tomás Coca si vos misma me dijiste que es una porquería?”. Dejemos esa pregunta para otro día). Estaré gritando como loca que estoy enamorada de Scaloni, mi hija preguntándome cómo puedo amar a alguien que no es su padre, Olchi, la menor, gritando que también ama a Messi.
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Pienso en lo que implica un Mundial en un mundo como este, justamente. No sé cuántos eventos nos interpelan a casi todos por igual. Año Nuevo, a lo sumo Navidad y pará de contar.
El Mundial es una de las pocas experiencias que todavía compartimos. Lo vivimos hace cuatro años, después de la victoria contra Francia en la final, con millones de personas festejando desde todas partes del mundo. Salís a la calle y hay banderas colgadas de los balcones. El vecino que nunca te habla te saluda. La ciudad está de mejor humor por un rato. Hay una búsqueda de la felicidad que por unos días se vuelve común.
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El Mundial como un impasse. Un estiramiento del tiempo, un paréntesis dentro de la vida que sigue. Ratos donde no estemos buscando el error, donde no estemos midiendo la coherencia de nadie, donde podamos simplemente estar contentos con otros. Y esas dos cosas -la alegría y la crítica- conviven. Se dan al mismo tiempo, de manera incómoda y hasta a veces incoherente.
Un rato de fiesta no cancela nada. El mundo sigue igual de roto el jueves a la mañana. Nadie que festeje un gol está firmando un acta de conformidad con el estado de las cosas. Y sin embargo, qué necesario se vuelve encontrar estas alegrías compartidas.
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Y en la crianza también, ¿no estoy acaso construyendo un recuerdo con mis hijas? Para que en unos años, juntas digamos: “¿se acuerdan del Mundial de 2026?”.
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Nada de lo que vaya a pasar el miércoles es racional. Voy a gritar por once tipos que no conozco, en un deporte que no miro, por un país que me duele bastante seguido. Y qué suerte, porque ahí vamos a estar.
El festejo en el balcón, el hincha que sale corriendo al centro a encontrarse con otros, el griterío en los colegios, los clubes con el proyector. El país entero en un sillón.
Queridos mapadres y cuidadores:
¿Cómo están? Hoy no pude ir a la clase de baile de los martes porque tuve reunión con las docentes de mi hija menor, pero los leo mientras ya doy por iniciada mi jornada laboral y tomo mi primer café del día.
El correo de hoy es atípico, primera vez que escribo de fútbol, pero en realidad no es tanto de fútbol en sí sino de ciudadanía y de alegrías populares. ¿Cómo están viviendo ustedes este Mundial? Pueden darle responder a este correo y contarme.
Aprovecho para contarles:
La charla en cuestión, en la que participé, fue muy interesante. Hablamos con Gabriela Ivy y Nelson Santacruz de cómo la filosofía se inmiscuye en la vida cotidiana, sobre si hay filosofías de derecha y también sobre la IA. Un cocoliche hermoso. Acá les comparto para escucharla (un día puedo hacer un curso de cómo estropear todas las fotos, jaja):
Seguimos con inscripciones abiertas para el taller de escritura y filosofía que voy a estar dando en Naesqui (CABA) los martes 11, 18 y 25 de agosto. De 18 a 19:30. Son tres encuentros en los que vamos a trabajar un método, una forma de trabajo que uso para encarar proyectos de escritura o creativos. Vengan, se van a llevar herramientas concretas para encarar la hoja en blanco. Con el código “florsichel” tienen un 10% OFF:
https://tally.so/r/obvD0xSe viene la segunda mitad de año de la gira de Todas las exigencias del mundo. Les tiro una primicia: Pilar, Comodoro, Mendoza, Montevideo. Ay, ay, ay, qué alegrón. Por lo pronto, este sábado 25/07 retomo funciones después de un mes de descanso y nos reencontramos en la querida Sala Orsai. ¡Quedan las últimas entradas! Les dejo el link: https://www.plateanet.com/obra/30848?obra=FLOR-SICHEL---TODAS-LAS-EXIGENCIAS-DEL-MUNDO&paso=inicio
Si hay algo en particular sobre lo que quieran que escriba, solo tienen que responder este mail o dejar su preocupación acá.
Creo que eso es todo por hoy.
Nos vemos en la próxima entrega.
¡Les mando un súper abrazo!
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