Mientras lees estas palabras, millones de tus células han decidido suicidarse por el bien del organismo.
No se lo has pedido tú. No lo sabes. No lo sentirás.
Y sin embargo, ha ocurrido, está ocurriendo, y volverá a ocurrir dentro de un instante, en algún rincón de tu cuerpo que jamás visitarás con la mente.
Tu corazón tampoco te ha pedido permiso para latir ni una sola vez desde el día en que naciste. Lleva más de dos mil millones de contracciones a sus espaldas, y ni una sola ha esperado tu aprobación. Tú crees que diriges tu cuerpo. Pero la verdad es más incómoda y, a la vez, mucho más hermosa: tu consciencia es apenas un pasajero que mira por la ventanilla de un tren que ya sabe conducirse solo.
Este artículo trata sobre esa civilización invisible que te habita. Sobre los billones de entidades microscópicas que cooperan, se comunican, se sacrifican y se reparan sin que tú intervengas jamás. Al terminar de leerlo, es probable que mires tu propia mano de otra forma.

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