Hay una imagen que cada vez vemos más. Alguien delante de la cámara, micrófono lavalier en mano, sujetándolo como si fuera un helado que no quiere que se le caiga. O peor: pinzado a un bolígrafo que sostiene con aire de autoridad mientras habla a cámara.
Y nosotros ahí, intentando entender qué está pasando.
El micrófono lavalier, por si alguien no lo sabe, es ese micrófono pequeño que se engancha a la ropa, cerca de la boca, para que capte la voz de forma limpia y constante sin que tengas que pensar en él. Su gracia, toda su gracia, es precisamente esa: que no se ve, que no estorba, que te libera las manos y te permite hablar con naturalidad. Es una herramienta diseñada para desaparecer.
Sujetarlo con la mano es como usar unas muletas de adorno.
¿De dónde viene esto? De copiar. De ver a alguien que lo hace, pensar que queda profesional y reproducirlo sin preguntarse por qué. Porque en algún momento alguien con muchos seguidores apareció con el micro en la mano y la gente pensó que era parte del estilo, de la marca, del personaje. Y se extendió. Como se extienden todas las cosas en internet: rápido y sin criterio.
El problema no es estético, aunque también. El problema es que sujetar el lavalier con la mano lo aleja de donde tiene que estar, lo mueve cada vez que gesticulas, roza con los dedos y capta todo ese ruido. El resultado es un audio irregular, con picos, con fricción, con una calidad que desmiente exactamente la imagen de profesionalidad que se estaba intentando proyectar.
Pero claro, queda muy bien en el thumbnail.
Y luego está la protección antiviento. Esa pequeña esponja o pelo que cubre el micrófono y que existe por una razón muy concreta: evitar que el viento golpee la cápsula y arruine la grabación. Es un accesorio de exteriores. De terrazas, de calles, de campos. En interior no hace falta porque no hay viento. En interior lo único que hace es amortiguar la voz y restar claridad al audio.
Pero queda muy pro. O eso parece.
Aquí está el patrón: se coge un elemento técnico que tiene una función específica, se descontextualiza, se convierte en señal de identidad y se replica hasta que todo el mundo lo lleva aunque nadie sepa muy bien para qué sirve. Es lo que pasa cuando se copia la forma sin entender el fondo.
Y esto, que parece una tontería de micrófonos, es exactamente lo que pasa con la oratoria.
Hay gestos, recursos, estructuras que funcionan en manos de quien los usa con criterio, porque los ha elegido conscientemente, porque encajan con su mensaje, con su cuerpo, con su audiencia. Y luego hay quien los copia porque los ha visto y quedaban bien. El tricolon, el silencio dramático, el paso hacia el público en el momento clave, la anécdota personal de apertura. Todo eso funciona cuando hay una razón detrás. Cuando no la hay, se nota. Por supuesto que se nota.
La diferencia entre un orador que impacta y uno que imita a un orador que impacta es exactamente esa: uno sabe por qué hace lo que hace. El otro solo sabe que funciona, o que parece que funciona, o que lo ha visto en alguien con muchos seguidores.
Copiar sin entender no es aprender. Es disfrazarse.
Así que la próxima vez que vayas a incorporar algo a tu forma de hablar en público, hazte una sola pregunta antes: ¿para qué sirve esto? Si tienes la respuesta, adelante. Si no la tienes, quizá lo que estás haciendo es sujetar el micro con la mano.
Simon Sinek dio su charla How great leaders inspire action en TEDxPugetSound en 2009. El audio es malo. La imagen es mediocre. No hay producción que valga. Y aun así es una de las charlas más vistas de la historia de TED, con millones de reproducciones y una idea que lleva quince años repitiéndose en empresas de todo el mundo.
Tu reto: Escúchala prestando atención específicamente al audio. Luego pregúntate por qué no importa. La respuesta tiene mucho que ver con todo lo que hemos contado hoy.
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