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Fran Nortes · Aug 9, 2026

Lo que se ve y lo que hay

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Fran Nortes · Fran Nortes

Esta semana he viajado. No ha sido un viaje largo, ni mucho menos lujoso, aunque sí comiendo y cenando bien (muy bien porque es verdad que a la hora de salir en vacaciones después de un año de trabajo, nuestra forma de disfrutar incluye la parte gastronómica, pero sin estrellas Michelín, sino sitios de referencia de los lugares que visitamos). Ha sido uno de esos viajes que con pocos días de antelación uno organiza con ilusión, marcando en el calendario mental el día en que iba a salir de casa. El viaje incluía conocer en persona a alguien que llevábamos tiempo siguiendo desde la pantalla. Mi mujer y yo, junto con unos buenos amigos, cogimos el coche y recorrimos unos cuantos kilómetros desde Murcia en un viaje que incluía la visita al negocio de una persona con muchísimos seguidores en redes sociales, alguien con quien ella mantiene cierto trato porque es clienta habitual, alguien cuyo nombre reconocerían muchas de quienes hoy me leen si lo escribiera aquí. Confirmamos la visita. Avisamos de que íbamos. No fuimos solo por eso (aprovechamos el viaje para más cosas), pero aquella parada tenía, lo reconozco, un punto de ilusión añadida para mi mujer.

Llegamos. Entramos. Compramos. Nos gastamos alrededor de trescientos euros en la tienda que, todo hay que decirlo, es buena, muy buena. Y esa persona, la que suma decenas de miles de seguidores, la que publica su día a día con una cercanía aparente que emociona a tanta gente al otro lado de la pantalla, no salió ni un solo minuto a saludar. Estaba allí, lo sabíamos porque nos lo dijo una empleada, que nos explicó que no podía salir a saludar porque tenía mucho trabajo.

No escribo esto desde el rencor, quiero dejarlo claro desde ya. No busco tampoco señalar a nadie con nombre y apellidos. Ni mencionar la localidad que bien merece una visita con gente excepcional del pueblo que te hacen sentir uno más.

En el viaje de vuelta a nuestro alojamiento, mientras comentábamos la experiencia y pude certificar con varias personas que reconocieron dónde estaba en un reel que compartí por Instagram e identificaron su pueblo, empecé a darle vueltas a algo que llevo años intuyendo: las redes sociales han construido una ilusión de cercanía que no siempre tiene detrás una cercanía real. Vemos a alguien contarnos su desayuno, su rutina, sus dudas, sus alegrías, y sentimos que lo conocemos, que hay una relación, que si algún día coincidimos habrá un gesto, una mirada, un minuto compartido. Y a veces sí lo hay. Pero otras veces descubrimos que esa cercanía solo existía en un sentido, que era de pantalla hacia nosotros y no de nosotros hacia la pantalla, y ese descubrimiento, aunque pequeño, deja un poso extraño.

Yo tengo una comunidad, tú lo sabes bien porque eres parte de ella. No sumo ni de lejos las cifras de quien visitamos esta semana, pero cada domingo hay quien abre este cuaderno, cada reel hay quien lo comenta, cada mensaje que me llega tiene, al otro lado, a alguien esperando una respuesta. Y ahí es donde yo he decidido situarme: cuando alguien me habla en persona, me detengo. Siempre. No importa si es en la calle, en un restaurante o en el Mercadona. Me paro, escucho, contesto. Es cierto que no puedo responder ni leer todos los mensajes que me llegan. Eso lo pude hacer hasta cierto número de seguidores pero, desde hace tiempo, es imposible, así que abro los mensajes al azar y esos son los que respondo. Ya no digo nada de los mensajes de voz... Ahora bien, en persona, siempre me paro.

Y sí, confieso también algo que quizá delate mi manera de organizarme: salgo de casa con la intención de llegar a una hora concreta y llego tarde con más frecuencia de la que me gustaría admitir. Pero cuando eso ocurre, lo digo. Aviso, explico, pido disculpas si hace falta. Y siempre, siempre, encuentro comprensión al otro lado. Porque creo firmemente que la sinceridad sobre nuestras limitaciones vale más que la impecabilidad fingida de quien nunca falla porque, en realidad, nunca se compromete del todo.

Estar en redes sociales, y más aún si detrás hay un negocio, un proyecto, una marca que vive de la confianza de la gente, conlleva también atención y cercanía. No es solo mostrar lo bonito, lo cuidado, lo que genera «me gusta». Es mantener, aunque sea con un minuto, aunque sea con una mirada, la relación que uno mismo ha construido a base de publicaciones, de historias, de esa falsa sensación de intimidad que las pantallas regalan tan generosamente.

Quizá la lección de esta semana no sea tanto sobre aquella persona como sobre nosotros mismos, sobre qué clase de cercanía queremos ofrecer a quienes nos siguen, nos leen o son clientes. Las apariencias venden, no lo voy a negar, y a veces venden mucho. Pero la realidad, esa que se mide en minutos regalados y en gestos pequeños, es la que de verdad sostiene cualquier comunidad en el tiempo.

Yo prefiero, siempre, quedarme del lado de la realidad.

Besos y abrazos,

Fran Nortes

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