Llevamos ochenta años viviendo dentro de una anomalía histórica. El periodo de paz más largo entre grandes potencias desde la época del Imperio Romano, según el propio análisis de Graham Allison en Harvard. Ochenta años de crecimiento de clases medias, comercio abierto y expansión democrática construidos sobre un sistema —Bretton Woods, Naciones Unidas, el orden de 1945— diseñado para un mundo mucho más lento y mucho más homogéneo del que tenemos hoy.
Esa anomalía se está terminando. Y no se está terminando por una sola causa, sino por la confluencia de cinco revoluciones que la humanidad nunca había vivido de forma simultánea. Cuatro de ellas son ampliamente reconocidas en el debate geopolítico y económico. La quinta, la que a mi juicio termina determinando el resultado de las otras cuatro, es la que casi nadie está nombrando todavía con la seriedad que merece.
La automatización de la economía física. Según McKinsey, hasta el 30% de los empleos en Estados Unidos y hasta el 20% en Europa podrían verse afectados por la robotización antes de 2030.
Es importante ser matizado aquí: la robotización, históricamente, acaba generando más empleo del que destruye. Pero lo hace en otros lugares, con otras condiciones salariales y con un desfase temporal entre la destrucción y la creación que puede ser políticamente muy costoso. Ese desfase —no la automatización en sí— es lo que genera inestabilidad social a corto plazo.
La capacidad de editar ADN con precisión de “cortar y pegar” plantea implicaciones éticas de una magnitud que todavía no hemos empezado a procesar colectivamente. Por esta vía se abre la posibilidad real de intervenir en rasgos humanos de forma heredable, con todo lo que eso implica en términos de desigualdad genética y regulación internacional prácticamente inexistente.
De las cinco revoluciones, es la que tiene menor recorrido regulatorio construido y mayor carga ética sin resolver.
El avance exponencial de la capacidad de procesamiento. Un ejercicio útil para dimensionarlo: si el ritmo de mejora de los semiconductores se hubiera aplicado a la industria del automóvil desde los años setenta, un coche actual viajaría a cientos de miles de kilómetros por hora consumiendo una fracción ínfima de combustible. Ese es el orden de magnitud del progreso que se ha dado en cómputo mientras el resto de la economía avanzaba a un ritmo completamente distinto.
Aquí se libra la competencia tecnológica más relevante de la década, entre Estados Unidos y China, con una asimetría estructural en favor de China: más densidad de emprendedores tecnológicos, más respaldo estatal directo a la inversión en IA, y sobre todo, más volumen de datos de entrenamiento disponible, porque el marco regulatorio chino no exige el mismo nivel de consentimiento para su uso que exige Occidente.
De 300 millones de habitantes en tiempos de Cristo —menos población que la actual de Estados Unidos, para toda la Tierra— a 2.500 millones al final de la Segunda Guerra Mundial, a 8.000 millones hoy. Ese crecimiento, concentrado además en las últimas ocho décadas, genera una presión sin precedentes sobre agua, alimentos y energía, presión que va a ser uno de los grandes vectores de conflicto e inestabilidad de la próxima década.
Estas cuatro revoluciones, actuando a la vez sobre un sistema que no fue diseñado para absorber cambios de esta velocidad ni de esta magnitud simultánea, son las que están erosionando los cimientos del orden de posguerra. Generan inseguridad, generan angustia, y esa angustia alimenta los populismos que ofrecen explicaciones simples a fenómenos que en realidad son extraordinariamente complejos.
Pero a este marco, tal como se discute habitualmente, le falta una pieza.

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