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Creemos que las canciones no aparecen de la nada. Se construyen con libros, películas, discos, ciudades, personas y años de obsesiones. Esta publicación existe para documentar ese mapa mientras terminamos el primer álbum de Maiah & Gabriel.
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John Frusciante es mi músico favorito. Cuando era adolescente, luego de escuchar Blood Sugar Sex Magik, moldeé todo mi look y probablemente todo mi comportamiento para vestirme, cortarme el pelo, cantar, hablar, componer, moverme y tocar como él.
En 1992, cuando dejó de ser el guitarrista de Red Hot Chili Peppers por primera vez, me deprimí tanto que me negué a comer por dos días. One Hot Minute, el álbum siguiente de Red Hot Chili Peppers con Dave Navarro, me había gustado más de lo que le gustó al resto del mundo, y eso me hizo sentir culpable, como si hubiese traicionado a mi héroe por escuchar canciones que no habían sido escritas por él.
En mayo de 1999, mientras escribía un artículo en el periódico donde trabajaba, MTV, que estaba encendido todo el día, estrenó el video de Scar Tissue. En el video, los miembros de la banda viajan en un carro destartalado, como si hubiesen sobrevivido al peor de todos los accidentes. Flea y Chad Smith se veían bastante igual, Anthony Kiedis tenía ahora el pelo corto y platinado, y el guitarrista no era Dave Navarro. Era un bicho de pelo largo y barba que me tomó más de un minuto reconocer que era John.
Unos meses después, en septiembre de 1999, a unos días de haber cumplido 21 años, me mandaron a West Palm Beach, en Florida, para cubrir un concierto de Lenny Kravitz junto a Smash Mouth y Buckcherry. Ese viaje es particularmente especial para mí, porque al final del concierto Prince se unió de sorpresa a Lenny Kravitz en el escenario para tocar American Woman.
También lo fue porque, durante el road trip del aeropuerto de Miami al concierto, el CD que sonaba en el carro era Californication, el cual se convirtió para mí en el mejor disco de Red Hot Chili Peppers, título que no se ha quitado todavía.
Un par de años después, estaba viviendo en Madrid, tratando de aprender a escribir, cuando salió By the Way. Como parte de la gira del disco, Red Hot Chili Peppers tocó en Caracas, un concierto que al parecer fue maravilloso, pero al que no fui porque no había regresado a vivir en Venezuela todavía.
En mayo de 2006, Red Hot Chili Peppers sacó Stadium Arcadium, un álbum doble monumental de 28 canciones que me pareció excesivo cuando salió, pero que unos años después, cuando John dejó la banda por segunda vez, para mí se convirtió en esa nota de voz estúpida que te manda un amigo y que no significa nada, hasta que tu amigo se muere y tú necesitas aferrarte a algo, cualquier cosa, para no volverte loco.
Los períodos de tiempo entre un álbum de Red Hot Chili Peppers y otro, así como los períodos de tiempo en los que John permanece en la banda antes de cansarse e irse, muchas veces no coinciden. Asimismo, los fans de John y los fans de Red Hot Chili Peppers no somos siempre los mismos, aunque casi siempre coincidimos.
Yo tengo serios problemas con muchas cosas relacionadas con Red Hot Chili Peppers, aunque la mayoría de esas cosas tengan que ver directamente con Anthony Kiedis. Con los años, he encontrado la manera de vivir con el hecho de haber pasado por alto muchas de las acciones que colectivamente consideramos imperdonables, simplemente porque la complejidad humana necesita tomar en cuenta el contexto histórico, sobre todo, y la intención de la ofensa, cuando menos.
Aun así, es moralmente complicado separarse emocionalmente de las canciones que prácticamente armaron tu imaginario melódico, y no sentir un poderoso vacío interior que requiere reconstruir la felicidad que me ocasiona, físicamente, escuchar Under the Bridge, ignorando el prontuario público, confeso e impune de quien canta la canción.
Por eso es una bendición que John sea tan irremediablemente prolífico. Justo antes de Stadium Arcadium, y todavía con el guayabo de no haberlos podido ver en vivo en Caracas, inicié una cruzada obsesivo-compulsiva de conseguir absolutamente todos los discos de John Frusciante en solitario, como forma de superar el síndrome de abstinencia y, peor aún, la ansiedad de que ni siquiera existiera un nuevo álbum de Red Hot Chili Peppers con él en las guitarras.
Entre CDs quemados, mp3 adquiridos de forma ilegal y robos descarados a mis amigos (gracias Eric, forever), me armé con una colección definitiva, que comprendía sus grabaciones con Josh Klinghoffer bajo el nombre de Ataxia, y todos sus discos desde Niandra LaDes and Usually Just a T-Shirt (1994). Desde que soy un adulto de mediana edad con recursos limitados pero irresponsabilidad financiera perenne, me he dedicado a reconstruir esa misma colección en vinilo y CD.
El primero que compré para este proyecto fue Curtains (2005), y no fue por casualidad. Fue porque de todos sus álbumes, no hay ninguno que sintetice de mejor manera cómo John y yo entendemos la demiúrgica falsificación de lo que es realmente la vida.
Curtains es un disco mayormente acústico que a ratos suena a Jim Croce, si Jim Croce no hubiese dormido en toda la noche. Es más, puedo identificar melodías calcadas de Seals & Crofts y Loggins & Messina, directamente desde los amaneceres en las fiestas de Laurel Canyon que le dieron forma a la figura del cantautor que está siempre a un paso del éxito que no llega, y que entonces se mete 30 pases de cocaína para darse un empujoncito, que igual no lo lleva a ningún lado, más que a morir ahogado en una piscina.
Este concepto sónico, milimétricamente minimalista, fue capturado con una grabación neurótica en su sencillez. John puso una grabadora de cinta analógica de 8 pistas Ampex 440-C colocada en su propia sala, mientras Ryan Hewitt, el ingeniero de sonido con quien ya estaba grabando Stadium Arcadium, se sentaba en la mesa de la cocina para controlar los equipos de grabación.
La batería la tocó Carla Azar (de Autolux) en varias canciones, y el bajo estuvo a cargo de Ken Wild. Omar Rodríguez-López (de The Mars Volta) tocó solos de guitarra en Lever Pulled y Anne, ambos claustrofóbicos, aunque mucho más el segundo, que lo grabaron conectando la guitarra de John y la de Omar en el mismo amplificador para causar un duelo, más que pomposo, electrizante y definitivo.
Algunos críticos dicen que Curtains tiene mucho de Syd Barrett y Cat Stevens, algo con lo que yo difiero, porque si esas fueran sus influencias principales para este disco, habría sido más como un resultado derivado y no por intencionalidad. Tras 35 años escuchando y estudiando a John, sé que nada de lo que hace es un accidente. Sé que es deliberadamente vocal y transparente con lo que se roba de otros artistas, porque puede darse el lujo de hacerlo al saber que el resultado rara vez sería una canción exactamente igual a la canción que se robó.
Un claro ejemplo se puede escuchar en este segmento de una entrevista que le hizo Rick Rubin en 2022, donde explica sin ningún pudor de dónde se robó parte de lo que usó para componer Under the Bridge (falta el segmento donde también incluye un pedazo de Joe Jackson).
Por eso sé que Curtains es un disco sobre Hollywood, que suena como lo hace Hollywood, pero donde Hollywood (el concepto, no la ciudad) es solo el escenario del estado mental que probablemente lo llevó a abandonar la banda la primera vez, para transitar un recorrido que, aunque todo el mundo haya visto como destructivo, fue, de hecho, liberador: desaparecer, desprenderse de la identidad, aceptar la soledad, el miedo al amor y, finalmente, dejar de intentar controlar lo que uno es.
Gracias por leer Forever Indie. Si crees que estas cartas pueden significar algo para alguien más, compártelas.
El primer single de Curtains es The Past Recedes. Y es la manera de John de hacer la declaración de principios de todo el álbum. El pasado retrocede y el narrador ya no quiere participar en él. Hay una obsesión con la muerte como transformación. Para realmente “estar aquí”, una versión anterior tuya tiene que morir.
La tesis del disco es clara, precisa y evidente en esta frase:
And every drop of sea is the whole ocean.
La muerte de la que canta John es metafísica. Apunta a que el individuo y el todo son la misma cosa. Si apartas la cortina que te mantiene distraído con los excesos superficiales y las sonrisas de origami, como las llamo yo, puedes darte cuenta de lo que sí es real, aunque probablemente tengas que morir primero.
Adornado con preciosas armonías vocales —todo lo que sé sobre crear capas melódicas lo aprendí de John, lo que John aprendió de Brian Wilson de The Beach Boys, que estaba clínicamente enfermo con un trastorno esquizoafectivo—, si se le presta atención a las letras de todas las canciones, lo primero que llama la atención es el descenso inevitable hacia un espacio, en principio inasible, pero necesitado, donde pueda por fin estar en paz.
En el documental Stuff (1993), que filmó Johnny Depp en el apartamento donde John se había refugiado en el consumo indiscriminado y agresivo de drogas, en una mítica entrevista para la televisión alemana en 1994 y en posteriores declaraciones, es fácil notar un patrón de caos, decisión y culpa, solo que en cada etapa el lenguaje usado va haciéndose más coherente, aunque nunca del todo comprensible.
Curtains es, de alguna forma, la organización más clara de esas ideas, a primera vista delirantes, pero absolutamente consistentes.
Lever Pulled trata del dolor que se activa casi mecánicamente. “Forever is right where we were” parece decir que aquello que ocurrió permanece eternamente en el lugar donde ocurrió, aunque nosotros sigamos adelante.
Anne es sobre sentirse perseguido por la propia vida y, al mismo tiempo, abandonar el yo.
The Real explora literalmente no poder distinguir la realidad de la percepción. No sabe qué vio realmente, dónde estuvo, cuáles pensamientos son propios y cuáles pertenecen a otra persona. El tiempo tampoco funciona normalmente. El deseo de llegar a un punto donde “estás” sea solamente un estado mental lleva a una idea central del álbum: la realidad exterior importa cada vez menos; todo ocurre dentro de la conciencia.
Y termina otra vez con la nostalgia por aquello que desapareció.
A Name intenta poner en palabras algo que precisamente no puede nombrarse y explora la imposibilidad de explicarse a uno mismo y la sensación de que la vida puede estar determinada por elecciones casi accidentales.
En Control insiste: “I’m sick of people knowing me.” No sabe cuál es su propio terreno; lo que tiene revela aquello que no es. Incluso le pide al amor que no lo elija. Y al final encuentra refugio únicamente en “estas letras”: escribir es el lugar donde puede desaparecer y, simultáneamente, existir.
Your Warning trata del miedo al amor como principio organizador de la vida. Esa línea es fundamental: “What we are we owe to the fear of love.”
Hope tiene un título prácticamente irónico. Es una canción sobre el final absoluto de la esperanza. Ya no hay tierra, solo agua; no hay escapatoria; los días desaparecen; están perdidos en el mar; incluso la identidad empieza a disolverse: “I wouldn’t know my face if you all were me.” Y termina explícitamente: “There is no more hope, there are no dreams.”
Ascension, inmediatamente luego de Hope, aparece como una canción cuya última palabra conceptual es ascender. Mira toda la vida sin tener que morir, deja de preocuparse por escoger constantemente el camino correcto: “You once saved me / And now I’m where you want me to be / Ascending endlessly and I don’t even have to try.”
Time Tonight es sobre estar atrapado en el tiempo y en la propia mente. Los sueños compensan una vida insuficiente; el mundo gira lentamente; no quiere que nadie le hable; no hay nadie en su vida y, paradójicamente, tampoco “hay tiempo”.
Y al final, Leap Your Bar funciona como epílogo.
“When does the whole of to be / Become infinity?”
Después de un disco entero intentando desprenderse de sí mismo, termina preguntándose cuándo el individuo deja de ser individuo y pasa a formar parte de algo ilimitado.
Curtains parece decir: la persona que ustedes ven es una representación; voy a cerrar las cortinas y averiguar qué queda cuando ya no tengo que representar a nadie, cuando puedo desaparecer y convertirme en océano.
Tengo una teoría (siempre tengo una teoría sobre todo) sobre lo que hay detrás no solo de este disco, sino de la consecuente y desbordante cantidad de discos que sacó John entre 2004 y 2005. Sacó seis discos en seis meses, como si tuviera que seguir escribiendo y componiendo para encontrar una respuesta a una pregunta, sea cual sea, que lo atormenta.
Durante años ha circulado la idea de que fue John Frusciante quien le dio a River Phoenix la dosis fatal de cocaína y heroína que lo mató de una sobredosis fuera del Viper Room de Sunset Boulevard en 1993. No hay manera de saber si es verdad o no, pero no puedo imaginar el tormento y la culpa de no tener siquiera la claridad del estado en el que estaba tu vida en ese momento.
Para mí, si bien la exploración de la realidad como simulación es la pregunta en la que él y yo coincidimos (junto a los budistas y Alan Watts y Carl Jung y David Lynch y todos los putos locos que admiro), la posibilidad de haber matado a alguien, accidentalmente o no, y de ser acusado al respecto cuando no tienes una certeza que te soporte la conciencia, tiene que haber agregado un peso adicional a la simple búsqueda de claridad espiritual en la que todos, más o menos, estamos.
El John de Curtains hace las paces con eso.
Del resto de su abundante discografía, tanto en solitario como con Red Hot Chili Peppers, escribiré en repetidas oportunidades aquí en Forever Indie. Pero sí me gustaría que esta primera entrega sirviera como prólogo de la narración de todas las partes de John Frusciante que me han construido a mí como músico y artista.
Como un moebius constantemente acelerándose con el uso y abuso de todas las canciones que me gustan, reconfiguradas en mi cabeza.
He dicho antes que hice un disco entero sobre Hollywood yo también. Y tal vez lo saque algún día para que podamos juzgar juntos si John y yo estamos de acuerdo.
Lamento mucho que la culpa, o lo que sea, haya hecho que John encontrara su respuesta en el pesimismo de desaparecer por completo.
Me pudo haber pasado a mí.
Por fortuna mi respuesta tiene dos ojos marrones gigantes, la sonrisa más hermosa del mundo y me ha salvado una y otra vez, a lo largo de 21 años, de los demonios y las preguntas que azotan mi vida.
Ella es lo único que está cuando corro las cortinas.
G.
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