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Forever Indie · Aug 23, 2026

David Bowie - “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars”

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Maiah & Gabriel · Forever Indie

Gracias por leer Forever Indie.

Creemos que las canciones no aparecen de la nada. Se construyen con libros, películas, discos, ciudades, personas y años de obsesiones. Esta publicación existe para documentar ese mapa mientras terminamos el primer álbum de Maiah & Gabriel.

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“Soy gay y siempre lo he sido”.

El 22 de enero de 1972, el semanario británico Melody Maker publicó una entrevista en la que David Bowie, cigarrillo en mano y usando una blusa, le decía al mundo entero que era homosexual. Dado que apenas cinco años antes Inglaterra y Gales habían despenalizado parcialmente las relaciones homosexuales entre hombres, semejante declaración significaba en ese entonces una afrenta a la moral y las buenas costumbres, algo que solo sería superado en diciembre de 1976, cuando los Sex Pistols dijeron “fuck” y “fucker” en televisión vespertina.

Artículo original en el Melody Maker de enero de 1972

Aunque el primer sencillo, Starman, no saldría hasta abril, el primer concierto oficial de la gira de David Bowie como Ziggy Stardust sería el 10 de febrero de 1972 en el pub Toby Jug de Tolworth.

Unos meses después de la entrevista en Melody Maker, el 16 de junio de 1972, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars salía a la venta. Pronto se convertiría en el primer álbum de un solista en pasar 100 o más semanas en las listas de éxitos del Reino Unido. Como él mismo Bowie explicaría en 1977 para el canal canadiense CBC, su plan era definir el arquetipo de una estrella de rock mesiánica, utilizando elementos del teatro kabuki japonés, técnicas de mimo y la música más de alcantarilla de Nueva York, representada, principalmente, por The Velvet Underground.

The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars
Contraportada
El disco
Las arañas de Marte
Las letras del disco

Poco más de un año después, el 3 de julio de 1973, al final del concierto que daba en el Hammersmith Odeon de Londres, justo antes de tocar la última canción, Rock ‘n’ Roll Suicide, David Bowie le decía al público que este no solo sería el último show de la gira, sino el último show que darían jamás.

Reproducción en mi cuarto del póster original del último concierto de la gira de Ziggy Stardurst

Lo que ocurrió después es una leyenda urbana, pero hay gente que jura que fue verdad, y estoy yo, que quiero creer que así fue.

“1 año, 4 meses y 23 días. Eso duró la brevísima historia del extraterrestre bisexual y andrógino que cambió el rock para siempre”.

El rumor es que, luego del anuncio, la histeria colectiva desencadenó una liberación sexual masiva. Según cuentan algunos de los asistentes en medios como el Evening Standard, la gente comenzó a desnudarse en masa y, poco después, la audiencia explotó en una orgía colectiva. No hay fotografías de nada de lo que supuestamente pasó en el recinto, pero sí de lo que pasó afuera, cuando los fans de Bowie se arrastraban desconsolados y desesperados, llorando por el piso, convencidos de que su ídolo se retiraba para siempre.

1 año, 4 meses y 23 días. Eso duró la brevísima historia del extraterrestre bisexual y andrógino que cambió el rock para siempre.

Antes de Ziggy Stardust, Bowie estaba cerca de quedar atrapado en el estatus de one-hit wonder. Habían pasado un par de años desde Space Oddity, canción que se hizo espectacularmente masiva al haberse lanzado solo cinco días antes del despegue de la histórica misión del Apollo 11 y nueve antes de que Neil Armstrong pisara la Luna. Habían pasado años desde que las niñas gritaban enloquecidas por The Beatles y Bowie intentaba llenar ese vacío con un sonido mucho más pesado y gótico en The Man Who Sold the World (1970), y luego con un regreso al art-pop de piano en Hunky Dory (1971), que, aunque tiene joyas increíbles como Changes, Life on Mars? y Oh! You Pretty Things, tuvo un mediocre apoyo por parte de su disquera, muy poca promoción, y en su lanzamiento original, nunca entró en las listas de éxitos, pese a contar con muy buenos reviews de la prensa musical.

A pesar de su desesperación, David Bowie contaba con un arma secreta: su nuevo manager, Tony Defries, quien no solo convenció a RCA de firmarlo con la promesa de que sería el artista más importante de los años 70, sino que creó la empresa de management MainMan, que trató a Bowie como una superestrella incluso antes de que se hiciera famoso. Le pagaba limosinas, guardaespaldas y dedicaba gran parte del presupuesto a financiar el guardarropas más extravagante posible, todo para crear una mitología a su alrededor.

Tony Defries y David Bowie

Con esta reforzada libertad creativa, Bowie tenía licencia para robar todo lo que quisiera y darle forma a su concepto de un musical de Broadway llevado al mundo del rock n’ roll. Robó a Marc Bolan, quien había acaparado la energía queer en forma de canciones tan brillantes como su ropa. Cuando vio a The Stooges en el club Max’s Kansas City de Nueva York, robó la actitud punk salvaje de Iggy Pop en el escenario. Y cuando escuchó a Lou Reed, saqueó todo de él: su estilo musical, su lírica callejera, su actitud y hasta su sexualidad (Lou Reed contó que a los 17 años sus padres lo sometieron a terapias de electroshock para “curarlo” de sus tendencias bisexuales).

David Bowie es un vampiro. Lo sé porque yo también lo soy.

En enero de 1998 comencé a trabajar como redactor en el semanario alternativo Urbe. Para un estudiante de periodismo de 19 años en esa Venezuela que ya no existe, era el equivalente endógeno de conseguir un puesto en el Village Voice, la revista MAD e, incluso, Rolling Stone.

“Si me preguntas, no tengo idea de lo que estábamos haciendo. Espionaje kamikaze, surf especulativo, quizás. Definitivamente no lo llamaría periodismo. Eso suena respetable y nosotros éramos más fontaneros que intelectuales”.

Eric Colón, Joaquín Urbina y Gabriel adolescente.

Hace unos años escribí el prólogo del primer libro de mi querido amigo Eric Colón Moleiro, quien lamentablemente nos dejó demasiado joven. En ese escrito traté de resumir, más o menos, la experiencia de ser reportero de ese periódico:

“Si me preguntas, no tengo idea de lo que estábamos haciendo. Espionaje kamikaze, surf especulativo, quizás. Definitivamente no lo llamaría periodismo. Eso suena respetable y nosotros éramos más fontaneros que intelectuales. Sé que mientras duró, la pasamos bien (…) Me gano la vida escribiendo en un periódico que habla de orgías, vampiros, jíbaros, cruising y ravers. Soy más ninja que reportero. Mi trabajo consiste en infiltrarme en los intestinos del apocalipsis y sobrevivir. Después de cada misión, regreso triunfante a la base, como un samurai cibertrónico que escapa de las garras de la muerte y trae consigo cicatrices, un morral lleno de pastillas y una metralleta cargada. Soy el Indiana Jones del zeitgeist, temerario e invulnerable. En realidad, soy más bien un chamito ahí, gallito e ingenuo, al que le gustan los libros, el heavy metal y las hipérboles”.

La redacción de un periódico como este era un lugar extraño, casi místico, donde la información sobre música, cine, revistas y libros flotaba en el aire como un feed analógico de Twitter. Eso se lo adjudico al hecho de que la tecnología era arcaica y perfecta. La Internet era brutalmente lenta, no se podía tener en el celular y, en general, las pantallas eran para trabajar, no para perder el tiempo. Para eso estaba el mágico y decadente mundo real.

En esas circunstancias, un redactor eficiente y rápido como yo podía terminar un artículo que a otro le tomaría cinco horas en solo dos. Esto me dejaba bastante tiempo libre para fumar marihuana en la azotea del edificio y luego sentarme a ver MTV, jugar videojuegos o —lo más común— hurgar en los montones de discos, libros y revistas que llegaban a la oficina, sin dueño aparente, y quedaban acumulados en un rincón.

Uno de esos días encontré, tapado debajo de una edición de Ray Gun, un libro pequeñito firmado por un tal Eduardo Haro Ibars y titulado Gay Rock.

Portada de Gay Rock. El libro es virtualmente imposible de conseguir.
Contraportada

El libro estaba bastante deteriorado, en apariencia. Cuando lo abrí leí que había sido publicado en 1975. Al hojearlo noté que estaba lleno de fotos de rockeros que ya había visto un millón de veces, pero más como una nota al margen en las influencias de las bandas que genuinamente me gustaban en ese entonces, y no como consecuencia directa de mi experiencia con su música. Yo escuchaba grunge, punk, heavy metal y, como establecimos hace poco, Red Hot Chili Peppers y Depeche Mode.

David Bowie en 1998 es un nombre, un concepto, un icono, pero demasiado colosal y atemporal para considerarlo mío. Está a la altura de Michael Jackson o Prince o Elton John, cuya ubicuidad atentaba contra mi percepción adolescente de credibilidad. Kurt Cobain dijo en su famoso MTV Unplugged de 1993: “Esta es una canción de David Bowie”, luego de tocar su versión fantasmagórica de The Man Who Sold the World. Pero no es que uno escuchaba un título y un artista y, con un simple tecleo, podía tener acceso a la totalidad de su discografía, como se puede hacer hoy. A menudo, se te quedaba atrapada la incógnita, sin solución. Por eso me sentía feliz de haber encontrado ese libro.

Rara vez puedes viajar en el tiempo, literalmente, y encontrarte con otra versión, absolutamente desconocida y brutalmente fascinante, de artistas sobre los que realmente no sabes nada.

Pregunté si podía llevarme el libro a casa, a lo que la gente de la oficina respondió con una contundente encogida de hombros, por lo que agarré mi librito y lo metí en mi morral.

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Eduardo Haro Ibars escribió Gay Rock a los 27 años. Cuando empecé a leerlo, salió a relucir lo más esencial del libro. No es sobre rock homosexual o rock interpretado por homosexuales, pero lo titula así porque está intentando darle nombre, en tiempo real, a algo que todavía no estaba codificado por completo. Para él, “gay rock” es una constelación cultural alrededor del glam, pero su criterio no es principalmente musical. Es sexual, visual, teatral y político.

En el libro aparecen Lou Reed y Velvet Underground, Marc Bolan y T. Rex, Roxy Music y Bryan Ferry, Alice Cooper, New York Dolls y, por supuesto, hay un capítulo completo dedicado a Ziggy Stardust y David Bowie. Sin embargo, lo fascinante del libro es que no intenta describir un género musical. Está, más bien, desarrollando una tesis sobre una revolución que se alimenta de la cultura y la estética LGBTQ+ como forma de sacudir el establishment, con una energía muy dramática, muy presente y muy, pero muy, punk: hombres maquillados, ambigüedad sexual, androginia, teatralización del yo, camp, provocación y ruptura de la masculinidad rock tradicional. Esto no es Poison poniéndose tacones para levantar muchachas en Sunset Strip. Es una conceptualización espontánea, agresiva, indetenible y liderada por la juventud de una fantasía utópica de libertad plena y expresiva.

Las fotos

Lo devoré en una noche y particularmente me quedé pegado en las casi 100 páginas finales que traducían docenas de canciones, cosa que, para más contexto, con el generalísimo Franco todavía en el poder por unos meses más en la España de 1975, debe haber sido realmente contestataria tanto para quien escribió el libro como para quienes tuvieron la suerte de descubrirlo primero.

Gay Rock era simultáneamente libro, revista, archivo fotográfico, traductor y mapa para entrar en un mundo que existía al otro lado de la frontera cultural. Un atisbo de libertad dentro del autoritarismo. Lo era para los españoles de mediados de los 70 y lo era ahora para mí, en una Caracas con muchas ganas de todo y acceso a nada.

Así fue que descubrí a David Bowie. No fue por una canción. La leyenda sobre su bisexualidad declarada como forma de rebeldía iconoclasta, el uso de maquillaje, ciencia ficción, teatralidad y fabricación consciente de una identidad se quedó en mí como una obsesión. Mi conexión fue inmediata, pero profundamente intelectual. Al terminar el libro, todavía no había escuchado una sola nota del disco que lo convirtió en mito.

En este despertar todavía no tenía la habilidad de comprender a Bowie como artista y arquitecto conceptual. Estaba demasiado encantado con la fantasía de su personaje, evidentemente. No obstante, fue también leyendo ese libro que entendí que, si bien David Bowie es lo que es, para mí y millones en el mundo, por haber convertido la ambigüedad en espectáculo, la verdad es que había sido Lou Reed quien genuinamente provenía de una contracultura donde esas identidades y prácticas son el sustrato de la narrativa real y no de la fantasía. De eso escribiré en Forever Indie, en su momento.

“Tuve que pararme de la silla y caminar por la oficina, lento y épico, como un flamingo en cámara lenta, simulando tener un micrófono e interpretando, sin la voluntad de poder evitarlo, a una estrella de rock gay que viene del espacio exterior para salvarte del apocalipsis”.

David Bowie y Lou Reed tenían una relación complicada. Sin embargo, Bowie produjo su álbum transformer, que es el que solidificó la carrera en solitario de Reed.

Ziggy Stardust es un mosaico de contracultura que, cuando se analiza críticamente, te hace preguntar si puede esa revolución estética ser incluso más eficaz precisamente porque no se presenta como propaganda.

La propuesta es demoledora. No hay fronteras morales. Eres hombre y mujer al mismo tiempo. Eres heterosexual y homosexual. Persona y personaje. Eres rock y teatro. Tu mensaje es auténtico (porque lo tomas de los rockeros más auténticos del mundo), pero tu propuesta funciona concretamente porque es artificial y efímera. Eres músico, en teoría, pero la función de tus canciones es crear la banda sonora de tu metamorfosis como objeto sexual. Bowie consigue que una estrella masculina de rock pueda presentarse como objeto de deseo, maquillarse, feminizarse, insinuar deseo por hombres, cambiar de identidad, convertir su sexualidad en espectáculo y seguir ocupando el centro de la cultura popular.

El hombre tradicional del rock había dejado de ser la única masculinidad posible.

No es de extrañar que niños entre 14 y 20 años de todo el mundo sucumbieran ante ese superhéroe del espacio como moscas.

Yo, aunque haya llegado más de dos décadas tarde, fui uno de ellos.

Al día siguiente terminé de escribir en 2 horas un artículo sobre quién sabe qué, como siempre, y comencé a rebuscar en la gran pila de CDs de la oficina. La misma estaba repleta de versiones promocionales de cualquiera que fuera la banda impulsada por las disqueras de la época, demos de bandas locales y muchos discos de los que poníamos en rotación perenne para escuchar algo mientras escribíamos. Cibo Matto, Massive Attack, Plastilina Mosh, Soul Coughing, The Beastie Boys, Cake, Placebo, Beck, Blonde Redhead, Björk, Tricky, Portishead, Radiohead.

Sin embargo, bien metido al fondo, arrimado en un rincón, había un segmento con discos dobles, en vivo y compilados. Allí estaba The Best of David Bowie 1969/1974, editado por EMI en 1997.

Portada del compilado. La foto no es mía. Hoy en día solo se puede conseguir en Ebay.

Quité lo que sea que estaba sonando y lo puse. La primera canción fue The Jean Genie, de Aladdin Sane. La segunda, Space Oddity. El David Bowie que yo conocía hasta entonces era el que canta Modern Love y suena completamente distinto a esto que escuchaba ahora.

Portada de Box Set “Loving the Alien”
Interior del libro incluído en el Box Set

Ya en el presente, hace unos años, compré un mamotreto monumental llamado Loving the Alien (1983-1988), que contiene sus discos de los años 80 y de los cuales puedo decir, desde mi criterio actual, que Let’s Dance es su disco más redondo y libre de fallas. Es el más evidentemente perfecto, aunque no sea mi Bowie favorito. Ese lugar lo ocupa The Thin White Duke de Station to Station, tanto que lo tengo literalmente tatuado en el brazo derecho. De ambos discos escribiré más adelante, pero ese día de 1998, yo lo que quería era ponerle sonido a las fotos del libro de Eduardo Haro Ibars.

Mi tatuaje del Thin White Duke, recién hecho.

Pasó con esas dos primeras canciones, pero la emoción se concentró cuando finalmente arrancó Starman y se consolidó como un sacudón a mi identidad cuando sonaron los primeros acordes de Ziggy Stardust y, súbitamente, tuve que pararme de la silla y caminar por la oficina, lento y épico, como un flamingo en cámara lenta, simulando tener un micrófono e interpretando, sin la voluntad de poder evitarlo, a una estrella de rock gay que viene del espacio exterior para salvarte del apocalipsis.

¡Aleluya!

Para 1999, Urbe había engendrado un contendiente digno para luchar en la batalla por la hegemonía cultural durante el primer boom de Internet. Loquesea.com fue un portal que innovó con protoversiones de muchas de las cosas que son cotidianas hoy en día. Teníamos comerciales en MTV, hicimos una red social y hasta un reality que era comiquísimo de hacer, pero que el ancho de banda hacía que se viera en todo el mundo como un slideshow muy lento y pixelado. Por un nanosegundo, en años de Internet, fuimos el 7mo portal más grande de América Latina, tuvimos sucursales en México, Colombia, Argentina, España y Venezuela y nos hacían reportajes en el Wall Street Journal. Obviamente, dos años y millones de views después, el dinero se había acabado, como se acabó en todos los puntocoms de esa época, pero, por un inolvidable período que abarcó un par de años, fui el editor en jefe para toda Latinoamérica de ese monstruo, con una oficina privada del tamaño de la sala de mi casa actual y vista privilegiada al Parque del Este.

Tenía 20 años.

“Mi relación con el rock de guitarras atravesó una desconexión emocional, como la que se tiene con una novia que de repente ya no es la persona de la que te enamoraste”.

Para entonces, mis preferencias musicales se habían vuelto un pastiche inconcebible, principalmente por la aparición de Napster, que de la noche a la mañana me dio acceso a millones de canciones que hasta entonces habían sido imposibles de conseguir, a no ser que tuvieras tarjeta de crédito para comprarlas en Amazon y hacerlas llegar a un mailbox que se pagaba mes a mes. Como editor en jefe, estaba ganando más dinero de lo correcto para alguien de mi edad. Demasiado. Me había mudado a un apartamento en la urbanización Los Palos Grandes con mi mejor amigo y solo me movilizaba en taxi a cualquier lado, pero no tenía ni me importaba tener tarjeta de crédito, porque todo ese dinero lo gasté íntegro en drogas.

El fin del milenio coincidió con la tardía efervescencia de la cultura rave en Venezuela y, con eso, ocurrió el reenfoque de mi atención al descubrimiento, descarga y escucha obsesiva de música electrónica. Mi relación con el rock de guitarras atravesó una desconexión emocional, como la que se tiene con una novia que de repente ya no es la persona de la que te enamoraste.

Públicamente, despreciaba todo el Butt Rock de bandas como Creed, Lifehouse y Nickelback, así como todo el Nü Metal. Aunque secretamente estuviese encantado con Linkin’ Park, mayormente por la voz de Chester Bennington, no había nada que yo odiara más que mezclar rock con rap. Igual, también en silencio, para mí Limp Bizkit era muy divertido y Eminem, totalmente interesante y monstruosamente talentoso. Las bandas que escuchaba cinco años antes, salvo Red Hot Chili Peppers, estaban disueltas o haciendo discos olvidables. Particularmente, me daba (y me da) asco el pop-punk de Blink 182, la reinvención comercial de The Offspring luego de Smash y la supremacía de las boy bands como The Backstreet Boys y N’Sync. Todavía podía apreciar ciertas cosas recientes, como Without You I’m Nothing (1998), de Placebo, o Thirteen Tales from Urban Bohemia (2000), de The Dandy Warhols, pero el empeño de convertir a Coldplay en the next big thing y, mucho más desgarrador, la campaña de Metallica para destruir Napster, hicieron que no volviera a poner sus discos por años, lo que fue mejor, porque hay que verle la cara a la pila de excremento que fue St. Anger. Creo que, de no haber sido por Radiohead y Kid A (2000), no habría encontrado consuelo para lo alienado que me sentía.

Por lo tanto, de tanto odiar el presente, convertí en mi misión entrar todo el día a Napster para encontrar lo más raro e imposible del house, el techno y el drum n’ bass y, mucho más importante, crear una librería magnífica de la música del pasado.

Este ensayo es sobre The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars y David Bowie, pero el problema es que mi cabeza no procesa un análisis de ese disco como obra individual, sino como el resultado colectivo de sus influencias. Luego de descargar todo lo que había grabado David Bowie alguna vez en su vida, seguí deshilando ese pabilo para continuar poniéndole música a las fotos del libro de Haro Ibars, lo que me llevó a toda la discografía de Lou Reed y, muy especialmente, a la de James Newell Osterberg Jr., o, como lo conocemos todos, Iggy Pop.

Portada de mi vinilo de Raw Power. Este disco fue originalmente mezclado por David Bowie. Mi copia contiene un segundo vinyl con el mismo disco mezclado por Iggy Pop
Interior del estuche: los Stooges en pleno
Contraportada… y los pantalones plateados que tanto quería

La decisión que tomé fue bien cerebral. David Bowie era lo mejor que había pasado en mi vida musicalmente hasta ese momento, porque era el equivalente sonoro de haber descubierto a Borges. La escritura de Borges es más gloriosa por la creatividad de sus tesis y la cantidad de referencias que contiene que por el texto per se, que, siendo sinceros, sobre todo en prosa, es extraordinariamente común. Por lo tanto, el valor real de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars está en que deja la puerta abierta para la exploración de un momento cultural total y no solo de un disco.

Si David Bowie, el artista más estratégico del universo, había querido ser como Iggy Pop, pues yo también.

Hay un período de mi vida, justo luego del fin de Loquesea.com, cuando llevé esta metamorfosis hasta el paroxismo. El descubrimiento de Iggy Pop fue así de importante para mí gracias a dos momentos específicos. El primero fue haber conseguido por casualidad, en una tienda de Chacaíto, en Caracas, el CD de Raw Power. El segundo, la película Velvet Goldmine (1998), de Todd Haynes.

“Como un actor de método, incorporé cada cliché presentado en la película, aunque tuve que salirme del guión y no me follé a ningún hombre”.

Velvet Goldmine llevó un paso más adelante lo que había hecho el libro de Haro Ibars. Básicamente, creó un imaginario radicalmente ficticio y fabuloso de lo documentado en Gay Rock. ¿Su mayor virtud? El stand-in de David Bowie, Brian Slade, interpretado por Jonathan Rhys Meyers, no es lo más importante. Es solo el espejo de los verdaderos protagonistas de la película, que son Curt Wild (una combinación de Iggy Pop y Lou Reed que luce demasiado parecido a Kurt Cobain, gracias a Ewan McGregor) y Arthur Stuart, un periodista interpretado por Christian Bale que básicamente representa perfectamente a todos y cada uno de los fans de Ziggy Stardust.

Kurt Cobain o Curt Wild o Kurt Wild o Iggy McGregor

Es curioso cómo la literatura y el cine, dos formas de arte distintas a la música, crearon el imaginario que me deslumbró y que eventualmente solidificó el contexto que se activó apenas escuché las canciones de las que sabía todo lo que había que saber, menos cómo sonaban.

El caso de Curt Wild es fascinante porque Iggy Pop es el punk hecho persona, pero el avatar imaginado por Todd Haynes es una sublimación absoluta del concepto, y eso te hace adicto con mayor fuerza. En las películas y en los libros, las estrellas de rock nunca envejecen, sus diálogos son siempre poéticos y el mundo en sí está iluminado como un escenario, precisamente porque eso es lo que es.

Para finales del año 2001 había moldeado una vez más mi cosmovisión para encarnar a un rockstar que esta vez ni siquiera era real. Fumaba y tragaba pastillas como caramelos, despertaba en mitad de la calle sin camisa y nadando en vómito e intenté escribir un millón de versiones electrónicas de Search and Destroy que yo pensaba eran la respuesta caraqueña de Atari Teenage Riot y, en realidad, sonaban como una pila de excremento aún más grande que St. Anger.

Como un actor de método, incorporé cada cliché presentado en la película, aunque tuve que salirme del guión y no me follé a ningún hombre. Creo que todavía no lo he mencionado, pero Velvet Goldmine es una película increíblemente gay. Si eres un pedazo de mierda homofóbico, no la vas a disfrutar en lo absoluto. Y, aun no siéndolo, hay una escena cercana al final de la película que puede cambiar para siempre la imagen que tengas en tu cabeza de Ewan McGregor y Christian Bale. Pero esa es quizás la maravilla de cualquier mito. Puedes hacer con ellos lo que quieras. Por eso Lupita Nyong’o puede ser Helena de Troya y el Curt Wild de Gabriel Torrelles puede ser agresivamente autodestructivo, inequívocamente amanerado y profundamente heterosexual.

Con mi nueva identidad y un montón de miles de dólares que me dieron como parte del equipo fundador de Loquesea.com (y que hubiese querido haber invertido en su momento, de forma que hoy en día podría ser uno de esos imbéciles que financian el Burning Man), compré un pasaje de ida para estudiar en la Escuela de Letras de Madrid y reinventarme como poeta punketo.

Para ser totalmente sincero, estaba dejando a una novia que tenía en Caracas y yéndome detrás de otra con la que había tenido un tórrido romance químico que no había durado más de 3 meses. Obviamente, lo de la novia no funcionó. Pero estaba en Europa, fumando hachís y viviendo la vida de verdad para poder aprender a escribir.

Todo bien con el plan. Todo mal con lo vergonzoso de la experiencia, que afortunadamente, no quedó retratada en fotos, como pasa con las desventuras de los muchachitos de hoy. En Madrid no encontré ni los pantalones de cuero plateado que quería (menos mal) ni pude maquillarme los ojos de forma que no me viera siempre como un mapache asustado caminando por Malasaña. El montón de productos que me echaba en el pelo para verme más gótico, en realidad, me estaban dejando calvo y, encima, las españolas no querían a un Curt Wild de Machurucuto, sino a un bicho que las sacara a bailar salsa.

Me quedé allá el tiempo suficiente para darme cuenta de que me había gastado todo el dinero en fiestas, comprándole hachís a los manteros del Parque el Retiro y bebiendo vino de caja barato de lunes a domingo, por lo que, aun habiéndome ganado una beca con un par de cuentos estúpidos, cuando mi mamá me llamó para contarme que mi papá se había vuelto loco, me pasé la máquina por el pelo, le encargué el 70% de mis posesiones a mi compañero de cuarto, que me las robó, y me regresé a Caracas, muerto por dentro, ya no como mi propia versión destartalada de Iggy Pop, sino como un desempleado fracasado de 24 años.

Hace poco, Maiah y yo estábamos conversando, como siempre.

Maiah & Gabriel en Caracas, 2009

Hablábamos sobre David Bowie, de quien ella también es una fan acérrima, por sus propias razones. Creo que tratábamos de encontrar similitudes entre el enfoque de lo que estamos haciendo y la manera como Bowie se enfrentaba a la misma ambición creativa.

“La conversación nos llevó al mismo punto muerto de siempre, en el que yo declaro, con vergüenza, que soy un bueno para nada”.

Al principio, la reflexión nos llevó a pensar que la fórmula de la longevidad artística de Bowie es su capacidad de reinvención. Nuestra tesis inicial es que hay un paralelismo entre las “eras” de Bowie y las múltiples transformaciones que Maiah ha tenido a lo largo de su carrera de casi 30 años. Nos refugiamos en esa idea por un rato, pero luego caímos en cuenta de que nuestra tesis tenía una falla. El paralelismo del cambio existe, pero los cambios de Maiah han sido siempre impulsados por la necesidad de dominar un oficio nuevo y no por la simple curiosidad de la exploración.

Bajo esa premisa, Maiah se aleja diametralmente de Bowie, quien, si bien aglutinó a lo largo de su historia múltiples profesiones (actor, músico, director creativo), mantiene una estructura más o menos similar entre una identidad y otra. El cambio se produce en el personaje y no en el artista, para explicarme mejor.

Le dije que veo más semejanzas precisas con gente como Boris Vian (novelista, dramaturgo, poeta, músico de jazz, ingeniero, periodista y traductor francés) y otros polímatas, particularmente David Lynch, a quien Tom Huddleston, autor de David Lynch: His Work, His World (2025), describe en la introducción del libro como “cineasta, guionista, diseñador, músico, fotógrafo, artista visual y avatar viviente de todo lo inquietante”.

Por su parte, David Bowie, al igual que Bob Dylan, Madonna o Steve Jobs, no se ocupa en aprender nada, porque se lo roba todo de una o múltiples personas que son capaces de inventar cosas que él definitivamente no.

La conversación nos llevó al mismo punto muerto de siempre, en el que yo declaro, con vergüenza, que soy un bueno para nada. Cada vez que lo hago, Maiah se molesta conmigo. Pero luego la reto a decir qué es lo que sé hacer y es una pregunta que se le hace difícil de contestar.

En esa conversación le confesé que el día en el que la conocí bastaron 15 segundos (y que me escupiera un trago en mi camisa nueva) para darme cuenta de que todo en ella era perfecto. Maiah, a diferencia de mí, es una artista con todas sus letras: sensible, impredecible y maravillosamente auténtica. También le recordé lo que siempre le digo que vi esa noche en ella. Que en tan solo un instante supe que era un carisma y un talento y una cosa innombrable que me volvió irremediablemente adicto a gravitar a su alrededor para siempre, porque en mi universo ella es, definitiva y totalmente, el sol.

Maiah, a diferencia de mí, es una artista con todas sus letras: sensible, impredecible y maravillosamente auténtica.

Tengo 21 años diciéndole lo mismo, todos los días. Y tiene 21 años tomándome en serio, solo a la mitad. Sin embargo, es hasta hoy, que lo pongo en blanco y negro en este ensayo, que puedo explicar más o menos lo que sentí cuando me encontré por primera vez con ella.

Fracasé intentando ser Curt Wild porque Curt Wild, el concepto, es un artista de verdad. Eso es lo que lo hizo magnético para mí y lo que se reveló al momento que puse mis ojos en ella. Yo no tengo lo que hace falta. Solo puedo procurar quedarme para siempre cerca de ella, a ver si algo se me pega. Y seguir existiendo, hipnotizado, por una pureza e integridad artística que nadie puede matar en 1 año, 4 meses y 23 días, porque no se puede ser una consecuencia del arte cuando eres la causa.

Si acaso, a lo único que puedo aspirar es a ser como David Robert Jones, un impostor y un vampiro, que creó un disco que cambió el mundo y a mí, tratando de llegarle a los pies a lo único que vale la pena emular, que es a esa persona que uno sabe, mejor que nadie, que es una obra de arte real.

A veces puedes tener la suerte de enamorarte de ella.

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