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Hace unas semanas me encontré con la imagen -hecha con IA- de un mujer a la que los científicos denominaron la chamana de Bad Dürrenberg. En realidad, así se denominó a un entierro doble del mesolítico, descubierto en 1934 cerca del río Saale, en Sajonia-Anhalt, Alemania. Es doble porque ella no estaba sola. La datación por radiocarbono ubicó la fecha de su muerte entre 7000 y 6800 a.C. Llegué a su pista gracias a una página que me tiene fascinada en instagram, de nombre ancienteuropeans2, cuyo objetivo es lograr, a través de la inteligencia artificial, la reconstrucción de una imagen corporal y sus vestimentas y objetos, gracias a los datos que se obtienen de ciertas escavaciones y entierros.
La chamana es una mujer adulta de entre 30 y 40 años. En su esqueleto encontraron otro más pequeño, el de un bebé de 6 a 8 meses. No está acostada, está sentada, con el cuerpo del bebé probablemente apoyado sobre su falda. La tumba estaba llena de ocre rojo en polvo y contenía numerosos objetos, más de 140. Entre ellos había un tocado de cuernos y plumas. Un adorno para su cabeza que, entre otras cosas, nos demuestra su status en la comunidad. El mismo status de líder que tienen las mujeres mayores de varias comunidades durante el periódo mesolítico y neolítico temprano. En su espacio de descanso eterno, además, encontraron polen. El Polen refiere a flores que la podrían haber acompañado tanto en un tocado especial cerca de su cabeza, como también con la intención de contar una historia de sus actividades, ya que algunas variantes refieren a plantas medicinales.
Los interrogantes alrededor de ella son fascinantes y están relacionados con algunas cuestiones: el bebé enterrado no era su hijo, sino más bien un bisnieto. En la tumba habían vertebras de otro bebé que había sido el hermano gemelo del niño enterrado junto a ella. El cuerpo de la chamana presentaba algunas malformaciones óseas, lo que sugiere que tal vez esta condición se decodificó culturalmente como signo de habilidades místicas, que le podrían haber dado el status de chamana a temprana edad. Todos supuestos, pocas certezas.
No obstante, hay una cosa de este proceso ritual descubierto que me llamó la atención. Los arqueólogos encontraron un enterramiento frente a esta tumba con ciertos objetos que sugieren que La Chamana fue venerada al menos durante 600 años después. Personas yendo a rendirle culto, tal vez a pedirle cosas, a agradecer o a oficiar rituales que desconocemos. Personas que generación tras generación necesitaron contarla, describirla, construir un relato donde pudieran perdurar los cambios de las dinámicas del grupo, las transformaciones rituales, los misterios. La evolución del lenguaje al servicio de una profunda convicción, la necesidad de narrarnos en continuidad y no como principio y fin.
Tenemos suficiente evidencia de que, hace al menos 8000 años atrás, en regiones desde Francia hasta Siberia, hay al menos un patrón que le llama la atención a los investigadores que es el de los enterramientos de mujeres con niños muy pequeños y el de mujeres con grandes cuernos de ciervos, u otros huesos del mismo animal. En su cabeza hay coronas hechas de plumas y flores. En algunas regiones las piedras como el ambar o la obsidiana eran claves en estos ritos.
¿Y si tenemos mucho más en común con nuestros antepasados de lo que solemos pensar? La necesidad del adorno en nuestros cuerpos, una necesidad ritual diaria que ejercitamos para presentarnos al mundo. La manera en la que lloramos a nuestros muertos y los veneramos a través del tiempo, la forma en la que adoramos a nuestros ídolos y construimos una historia que contar sobre ellos. La forma en la que narramos el amor, la admiración, la magia, lo espectacular, lo que está más allá de nuestra comprensión cuando el mundo parece venirse encima nuestro con toda su inmensidad y nos invita a entregarnos a la incertidumbre, al sentir de una conexión con el otro, con la comunidad.
¿Qué vas a dejarle al mundo? Es una de las preguntas que me susurra en mi cabeza como una voz que atraviesa la pantalla cada vez que veo las fotos de estas personas que ya no nos acompañan. Por momentos mis días, como los de todos, se embaten en qué voy a tener en este mundo, e incluso cuánto. De alguna forma, lo que vaya a dejar se transformó más en la búsqueda de una respuesta práctica relacionada con el bienestar de los que vengan luego de que me vaya. Una respuesta que no tiene certeza al menos por dos razones. La primera, sencillamente jamás sabemos hasta cuando vamos a estar en este mundo; la segunda, tampoco sabemos cómo va a estar este mundo mientras estemos en él. Vivimos atormentados sobre cuánto vamos a tener al finalizar los últimos días de nuestras vidas, cualquiera sea ese, en vez de pensar qué vamos a dejarle al mundo, dos preguntas absolutamente diferentes.
Cuando me quedo leyendo por horas un paper para entender cómo hicieron una investigación sobre algún enterramiento -algo de lo que estoy estudiando y formándome hace relativamente poco-, o cómo era una comunidad no jerarquizada o las tumbas de Skateholm I y II; en todos los procesos descubro lo mismo: los investigadores no están tratando de entender el pasado, están tratando de entender la forma en la que el pasado buscó hablar con nosotros, imaginando un futuro. Y es que en el pasado o en el presente hay un tiempo que se detiene en un mismo lugar: el relato. Pues ante todo somos seres narrativos.
Nada tiene más continuidad en la Historia que nuestra profunda necesidad de contar el mundo y de representar su sentido con símbolos, música y objetos, para poder explicárselo a nuestras generaciones futuras. La fotografía, el video, el celular que puede sacar imagenes, no son inventos para recordar el pasado, sino más bien para narrarnos en un tiempo próximo en el que no podamos contarnos. Por eso creo que, ante todo, una sociedad es a la medida de cómo cuenta sus muertos.
Tenemos más años de historia como humanidad compartida con una visión de la vida relacionada a la resurrección, a la vida después de la muerte, a un pensamiento o un relato que conocemos como del tiempo circular o eterno retorno, en donde hemos tratado de construir mundos en el presente que se parezcan mucho a los mundos a los que pretendemos volver en nuestro futuro ¿Y si muchos de los problemas que encarnamos en la actualidad tuvieran que ver con haber roto, lo que parece ha sido la cosmovisión que más tiempo nos ha acompañado en la historia? Por supuesto que no es que quiera plantear en este artículo lo que cada uno pretenda realizar con su espiritualidad, pero sí me permito pensar cuánto de los malestares que a veces sentimos tienen que ver con la profunda fragmentación social que hoy tenemos en el relato de la vida como comunidad, en relato de nosotros mismos que cada día quedamos más aislados de experiencias con un otro, todos agrupados algorítmicamente no pudiendo relacionarnos con los ancianos, o con los jóvenes.
Una especie de mundo que se cuenta fragmentado y que por consiguiente se piensa así, y una mirada finita en donde sólo nos contamos a nosotros mismos con una pregunta que se cierra con nuestra muerte como si no hubiera nada más, tal vez algo más simple que pensar en la resurrección, sencillamente el otro.
Porque eso hay después de nosotros: el otro.
No puedo saber con exactitud qué voy a dejarle al mundo, pero sé que el día de mañana cuando ese futuro busque cómo le he hablado, ojalá sepan que he cuidado un poco el mundo para ellos.
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