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Στοά · Aug 4, 2026

El día que entendí que aquel "nosotros" nunca existió

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Filosofía en la Red · Στοά

En este rincón, no escribo como director ni como editor en jefe de Filosofía en la Red, sino como alguien que también tropieza, duda y busca sentido. Lo que aquí aparece no son artículos ni teorías, sino pausas: fragmentos escritos desde la vulnerabilidad para quienes saben que filosofar también es sostenerse en medio del ruido.

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Hubo un momento en que todo pareció comenzar al mismo tiempo: las conversaciones se acumularon, nuevas ideas llegaban cada semana, y pensé que si reunía a las personas correctas, algo importante iba a suceder. Miraba todo aquello lleno de entusiasmo. Me emocionaba al ver que había movimiento y me sentí aliviado de no ser el único portador de una intuición que solamente había existido en mi cabeza durante mucho tiempo. De pronto había nombres, voces, propuestas; había pequeños pactos. Era fácil pensar que habíamos zarpado juntos, y todos sabíamos, aunque todavía vagamente, a dónde queríamos ir.

Los meses iniciales —y sus años— se sentían como un torbellino interminable. Cada persona encontraba un trabajo que hacer, sugería una solución o brindaba su apoyo para solucionar algo que no había podido prever. Era una sensación rara y hermosa: mi idea empezaba a tener vida propia, ya no dependía completamente de mí. Al menos eso es lo que pensaba. Por eso, tal vez me habitué al plural demasiado rápido. Decía "estamos haciendo", "deseamos hacer", "nos dirigimos hacia", y en esas expresiones había una confianza que ahora me emociona y me causa nostalgia. El nosotros era, además de una promesa, un descanso. Cuando algo se vuelve plural, piensas o asumes que no tendrás que soportarlo solo.

Sin embargo, con el paso del tiempo comenzaron a haber bajas. Algunas podían preverse. Ciertas personas experimentaron un cambio en sus vidas: una nueva relación, un trabajo nuevo, mudarse o una inquietud que requería más espacio. En ciertos casos, las despedidas fueron con gratitud. Sin embargo, hubo otras menos notables, más dolorosas. Empezaron a quedar tareas pendientes que nadie retomó. No hubo discusiones ni un momento crucial, solo una separación que fue creciendo gradualmente hasta volverse común la falta de presencia. Y saber que los lazos no siempre se quiebran, sino que simplemente dejan de existir, es algo difícil de aceptar.

Lo difícil no era únicamente cubrir lo que quedaba pendiente. Había algo más profundo, una sospecha que nacía al término de cada partida: no solo perdía una colaboración cuando alguien se marchaba, también empezaba a desconfiar de la historia que me había contado de lo que estábamos formando. ¿Había sido en realidad una comunidad o tan solo una prolongada coincidencia? ¿Era una convicción compartida o era la novedad de formar parte de algo que todavía no exigía demasiado? Estas preguntas no nacieron de la noche a la mañana. Llegaban al revisar un mensaje sin respuesta, al preparar una reunión con menos asistentes o al encontrar la mesa puesta para personas que ya no pensaban regresar.

No quiero hacer de esto un reproche. No estaría bien. Nadie está obligado a seguir un proyecto únicamente porque en algún momento creyó en él. Hay entusiasmos sinceros que se extinguen, compromisos que se vuelven incompatibles con la vida, afectos que cambian sin que haya traición alguna. Yo también he abandonado lugares en los que creí quedarme un tiempo. Pero comprender las razones no quita el vacío. Una explicación puede convertir una ausencia en algo que parezca razonable, pero no necesariamente en algo liviano. Y cuando las salidas se vuelven constantes, empieza a desgastarse algo que no siempre sabemos nombrar: la confianza en la capacidad de reunir, de cuidar y hacer que otros quieran continuar.

Lo que más me cuesta aceptar no es que se hayan marchado unos pocos. Es la probabilidad de que haya llamado comunidad a algo que, en realidad, dependía en gran medida de que yo no dejara de empujar. Puede que este sea el aspecto más incómodo de esta historia: darse cuenta de cuánto de ese nosotros estaba sostenido por una voluntad individual que seguía encendiendo las luces mientras la habitación se vaciaba desde hace tiempo. Porque es una cosa ver cómo los pasajeros descienden y otra, mucho más dolorosa, cuestionarse si en algún momento estuvieron dispuestos a compartir el viaje contigo, con sus altibajos.

Read the original on filosofiaenlared.substack.com

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