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Στοά · Aug 18, 2026

El duelo que empieza después de cerrar

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Filosofía en la Red · Στοά

En este rincón, no escribo como director ni como editor en jefe de Filosofía en la Red, sino como alguien que también tropieza, duda y busca sentido. Lo que aquí aparece no son artículos ni teorías, sino pausas: fragmentos escritos desde la vulnerabilidad para quienes saben que filosofar también es sostenerse en medio del ruido.

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Hay algo un poco tramposo en eso de cerrar. La palabra suena limpia, casi terminante, como si se cerrara una puerta, se apagara la luz y se siguiera con la vida. Pero los afectos no siempre entienden de cerrojos. Uno puede haber dicho lo que tenía que decir, haber aceptado que un vínculo llegó hasta donde podía llegar e incluso haber sido quien decidió apartarse y aun así, semanas o meses después, descubrirte, en medio de algo sin importancia, que sigues extrañando. No con el dramatismo de quien quiere recuperar a toda costa lo “que perdió”, sino de una forma más pequeña, más cotidiana y, por eso mismo, más difícil de explicar.

Me pasa que la ausencia aparece en momentos tontos. Cuando me pasa algo que antes le habría contado casi de inmediato, cuando escucho una frase que habría provocado cierta broma o complicidad, cuando me encuentro pensando una respuesta para una conversación que ya no existe. No es que pase el día mirando hacia atrás, tampoco es que esté instalado en la nostalgia. La vida sigue, afortunadamente, y va llenándose de otras cosas. Pero hay huecos que uno reconoce precisamente porque antes no estaban ahí. Son como esos espacios vacíos que quedan en una estantería después de mover un libro: quizá nadie más los note, pero quien sabía lo que había ahí, sí.

Y lo complicado es que no siempre extrañamos únicamente a alguien. También podemos echar de menos la versión de nosotros que aparecía junto a esa presencia, el ritmo que se armaba entre ambos, la sensación de hacer equipo. Hay vínculos que nos vuelven un poco más ligeros, más habladores, más dispuestos a compartir tonterías; otros despiertan una parte de nosotros que normalmente permanece guardada. Y cuando aquello se termina, no se va únicamente quien estaba enfrente. Se desarma también una dinámica, una manera de habitar ciertas horas, un lenguaje que tenía sentido para dos. Y eso, a veces, es lo que duele: haber perdido esa pequeña cotidianeidad que ya empezábamos a considerar normal.

Supongo que por eso algunas despedidas me han resultado extrañas incluso cuando racionalmente las entiendo. Puedo enumerar las razones, reconocer los límites que se rebasaron, aceptar los desencuentros y discrepancias, admitir que seguir cerca habría sido forzar algo que ya no estaba funcionando. Todo eso puede ser cierto al mismo tiempo que otra cosa: hubo cariño. Y el cariño no suele desaparecer en la fecha que uno decide ponerle fin a una historia. Esa parte me incomoda, porque nos gustaría que las emociones fueran más disciplinadas. Sería genial que “recibieran el memorándum”, por decirlo de alguna manera: a partir de hoy esto terminó, favor de proceder en consecuencia. Pero no. Los sentimientos suelen ser bastante malos para obedecer instrucciones.

Hay también otro duelo, uno menos evidente y que durante mucho tiempo me costó identificar. No solo se pierde lo que ocurrió; también aquello que uno creyó que estaba empezando. Una amistad, por ejemplo. Una cercanía que parecía ir tomando forma, una confianza todavía torpe, pero prometedora, la creencia de que con el tiempo podía nacer algo bonito ahí. Nadie lo firmó. Nadie dijo “esto va a durar”. Sin embargo, uno va colocando pequeñas expectativas sin darse cuenta, como quien deja objetos en una habitación porque supone que seguirá viviendo en ella. Y el día en que todo acaba, toca recoger también cosas que, en realidad, nunca existieron del todo.

Eso puede doler de una forma rara porque, ¿cómo se hace duelo por una posibilidad? ¿Dónde se guarda aquello que no alcanzó a convertirse en recuerdo, pero tampoco fue una fantasía completa? Yo puedo mirar hacia atrás y reconocer momentos reales, conversaciones que disfruté, una cercanía que sentí sincera, al menos desde mi lugar. Lo incómodo aparece cuando comprendes que quizá esas sensaciones no estaban naciendo para ambos. A veces creemos estar construyendo una amistad y del otro lado solo había una buena convivencia, una etapa agradable, una afinidad circunstancial. No tiene que haber engaño ni mala intención. Basta con que dos personas hayan leído de manera distinta las mismas señales.

Y entonces llega una parte que casi nunca aparece cuando hablamos de cerrar ciclos: aceptar que algo pudo significar mucho para mí sin haber significado exactamente lo mismo para alguien más. Esa idea golpea un poco al orgullo, claro, pero no únicamente a él; también nos obliga a revisar el relato que nos contamos. De pronto, aquello que parecía el inicio de algo se revela como algo mucho más breve, o más frágil, o simplemente distinto. El impulso inmediato puede ser desacreditarlo todo: decir que nada fue verdadero, que uno se equivocó por completo, que habría sido mejor no sentir nada. No sé si eso ayuda. A mí, al menos, me parece una forma bastante violenta de corregir el pasado.

Read the original on filosofiaenlared.substack.com

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