Hoy, 9 de agosto, cumple ciento cuarenta y seis años un carbayón. Estudió Derecho a la sombra de Clarín, escandalizó a la ciudad a los veintiséis y acabó de embajador. Nadie le felicitará. Ni siquiera esta semana, con toda Asturias comprando gafas para mirar al cielo, caerá la ciudad en la cuenta de que le debe una tarta. Se llamaba Ramón Pérez de Ayala.
La escena es de agosto de 1905. Una cuadrilla de señoritos ociosos de Oviedo sube al puerto de Payares con las pupilas de un prostíbulo y un ingeniero inglés aficionado a filosofar. Van a ver el eclipse total de sol del 30 de agosto, el último que cruzó la Península. La sombra pasaba de largo por la capital: había que subir a buscarla. Montan en el tren, duermen en el parador entre niebla y juerga, y al amanecer esperan el prodigio con el corazón encogido. El prodigio no llega. Se hace la oscuridad, sí, pero el sol nunca aparece. Ganaron las nubes. «Las señoras nubes», escribe el narrador con retranca. A la hora de la verdad, solo tinieblas sobre las cumbres.
No fue una crónica: fue una novela. La primera que escribió. Tinieblas en las cumbres, publicada en 1907. Oviedo sale disfrazada de «Pilares» y Payares, de «puerto de los Pinares», pero todo el mundo supo siempre qué era cada cosa y quién era cada cual. Y cuando el eclipse se frustra, el inglés dicta el programa menos confesado de la literatura asturiana: «Ahora, adentro: a comer, a beber y a fornicar». Así, tal cual, en el Oviedín de 1907.
Por eso el libro no llevaba su nombre. Apenas veinte años después de La Regenta, la ciudad que no le perdonó Vetusta a Clarín no estaba para que un hijo de la burguesía local firmara una novela de señoritos y putas. Ayala la publicó bajo seudónimo: Plotino Cuevas. No quería herir a su padre. Hasta la máscara era una broma culta: Plotino, el filósofo de la luz, firmando un libro de tinieblas; Cuevas, la caverna de Platón. La cerrazón obligaba a esconderse; él se escondió riéndose. El seudónimo no le ahorró ni el escándalo ni el destierro.
De aquel gamberro salió después un señor de las letras. Académico electo que nunca llegó a leer su discurso de ingreso. Padre intelectual del 14 de abril junto a Ortega y Marañón, con quienes fundó la Agrupación al Servicio de la República. Director del Museo del Prado. Embajador en el Reino Unido durante casi toda la República, hasta su dimisión en 1936. La guerra lo partió por la mitad: sus hijos combatieron con Franco y él, desengañado de la República que ayudó a traer, trató de congraciarse con el régimen. No le salió. Se exilió en Buenos Aires, volvió a Madrid en 1954 y pasó sus últimos años retirado, más pobre que rico, escribiendo artículos para comer. Murió un 5 de agosto, a cuatro días de cumplir ochenta y dos. Nunca llegó a soplar aquellas velas. Este recuerdo quiere encenderlas.
Ahora las coincidencias, que parecen inventadas por un novelista. El miércoles, tres días después de este cumpleaños, la luna volverá a tapar el sol sobre Asturias por primera vez desde aquel agosto de 1905. Ciento veintiún años. Y esta vez la sombra no pasa de largo: viene a domicilio. Oviedo es la capital española donde más durará la totalidad: un minuto y cuarenta y ocho segundos, según el Instituto Geográfico Nacional. La capital del eclipse. Y el Principado organiza la gran cita de la montaña en Valgrande-Payares. Exactamente donde Pérez de Ayala subió a sus personajes hace más de un siglo. El mismo puerto. La misma espera. Pocos han caído en la cuenta.
Oviedo, finalista de la Capital Europea de la Cultura 2031, tenía en la mano un regalo caído literalmente del cielo. El escritor más europeo de los nacidos aquí —embajador en Londres, europeísta de obra y de vida— escribió la gran novela española de un eclipse. La situó entre Oviedo y el mismo puerto donde ahora se instalará la observación oficial. Y su cumpleaños cae tres días antes del fenómeno. El crítico alemán Ernst Robert Curtius dejó escrito que Pilares tiene en la obra de Ayala la misma significación central que Dublín en la de Joyce. Dublín ha convertido a Joyce en industria: cada 16 de junio, el Bloomsday llena la ciudad de peregrinos literarios. El primero se celebró en 1954, el año en que Ayala volvía del exilio: Dublín estrenaba la fiesta de una novela y aquí el regreso del novelista pasó sin ruido. Nosotros teníamos un día señalado en el calendario cósmico y lo dejamos pasar. El dispositivo del eclipse se llama «El cielo desde el Paraíso». La literatura del Paraíso se quedó fuera. Un eclipse dura dos minutos. Este olvido lleva ya más de un siglo.
Esperemos que la meteorología no sea lectora de Pérez de Ayala. Que el miércoles no se repita el final de la novela, con toda Asturias mirando una oscuridad sin sol. Y si vuelven a ganar las señoras nubes, tampoco será un drama: sabremos qué hacer. Lo que mandaba el inglés.
Felicidades, Plotino.

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