Esto que comparto es una anécdota del 2024 en uno de los momentos más lindos y significativos que tuve con mis hijos y que considero que puede ser útil ahora que arranca el 2025.
Lo había querido expresar pero no había encontrado tiempo.
Así que, ahora sí, ahí va.
Estábamos de viaje con la familia y decidimos hacer una caminata juntos que nos tomaría varias horas para llegar a un río escondido entre las montañas y luego regresar.
El aire fresco, el sonido de los árboles y la emoción de lo desconocido llenaban de curiosidad nuestros pasos. Pero cuando empezó a inclinarse el camino, la incomodidad nos alcanzó. “¿Cuánto falta para llegar, papá?”, preguntaban mis hijos, dramatizando su cansancio.
Pude ver en sus ojos que comenzaba a asomarse la duda de si el esfuerzo realmente valía la pena.
En ese momento, pude notar también que la caminata dejó de ser un simple ejercicio físico y se transformó en una metáfora de la vida misma.
La vida, al igual que esa caminata, no es un recorrido lineal ni siempre predecible. Deseamos llegar, alcanzar metas, cumplir sueños. Y fijamos ahí nuestra visión. Pero para llegar, primero hay que avanzar. Hay que estar presente en el ahora no solo en aquello que queremos alcanzar para disfrutar el camino. Porque avanzar no es fácil y la tentación constante de detenerse parece cada vez más tentadora.
Pero es ahí, en esos momentos de incomodidad donde precisamente la vida se revela en toda su profundidad.
El esfuerzo no es un castigo ni un obstáculo que deba ser evitado; es el tejido mismo de nuestra experiencia.
Sin esfuerzo, no hay transformación.
Sin lucha, no hay aprendizaje.
Es en la persistencia frente al cansancio y la incertidumbre -“¿Ya de verdad, cuánto falta, papá?”- donde descubrimos nuestras propias fortalezas, muchas veces ocultas hasta que las circunstancias nos obligan a encontrarlas.
La caminata, nos mostró que el cansancio no era el enemigo. Lo era la impaciencia. Somos impacientes por naturaleza, en la vida queremos ver resultados inmediatos, tener éxito sin pasar por los problemas, ver el río antes de haber caminado la montaña.
Pero el camino -de la vida- tiene su propio ritmo, y aprender a caminarlo con paciencia es una de las lecciones más valiosas que podemos aprender. La paciencia no es resignación; es la capacidad de habitar el presente mientras avanzamos hacia lo desconocido. Es confiar en que cada paso, por pequeño que sea, nos está acercando a algo significativo.
La persistencia, por otro lado, es el compromiso con el esfuerzo. Es levantarse cuando las piernas duelen, continuar cuando la mente dice “basta” y recordar que incluso los caminos más difíciles tienen un final. En la vida, como en la caminata, la persistencia nos enseña que el valor no reside en llegar rápidamente, sino en seguir avanzando, porque aún cuando no sabemos cuánto falta sabemos a dónde queremos llegar.
Finalmente, cuando llegamos al río, todo cambió. La vista estaba espectacular, el agua cristalina, y el sonido del flujo del río diluyó de inmediato el cansancio acumulado. Mis hijos, que minutos antes habían considerado rendirse, ahora reían, sumergidos en el agua fría y brillante. “Ni estuvo tan largo el camino, papá”, dijeron.
Ahí llegó el otro aprendizaje: La satisfacción del logro devuelve sentido al esfuerzo. Pero más que eso, se materializó la conciencia de que la vida no se trata solo de alcanzar metas; se trata de bailar entre el esfuerzo y la satisfacción. Cada uno le da sentido al otro. Sin esfuerzo, la satisfacción sería vacía. Sin satisfacción, el esfuerzo sería insoportable.
“Esa caminata fue un espejo de la vida.” Les dije an mis hijos y entre los 3 hilamos esta reflexión.
La vida nos invita a caminar por terrenos desconocidos, a enfrentarnos a retos que nos incomodan y a mantenernos en movimiento, incluso cuando no sabemos si llegaremos. Pero también nos recompensa con momentos de plenitud que hacen que todo cobre sentido.
Y si no llegamos, si las circunstancias nos impiden alcanzar ese río al que aspirábamos, la vida nos ofrece algo igual de valioso: la posibilidad de aprender y de intentarlo de nuevo. Porque al final, no se trata solo de llegar; se trata de avanzar, de descubrir, de aprender. Ese es el verdadero viaje, el que nos mantiene vivos y en constante evolución: La vida es la caminata, y cada paso es crecer.
“Si prestas atención, todo puede ser un gran maestro”

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