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de sostenible a antifrágil · Aug 9, 2026

El peligro de los libros

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Francisco Colom · de sostenible a antifrágil

Siglo X a. C. En algún pequeño palacio de la Grecia antigua, un hombre espera junto a la entrada mientras dentro termina de servirse la cena.

Cuando lo hacen pasar, los invitados comen carne asada y beben vino. Él se sienta, afina el instrumento y empieza a contar una historia. Una que no está escrita en ninguna parte.

Durante horas recita guerras, viajes, venganzas, naufragios y regresos. Conoce cientos de episodios y un repertorio de fórmulas que le permiten construir el relato mientras habla. Es una historia viva: la próxima vez que la cuente no será exactamente igual.

Así circulaba buena parte de la cultura hasta hace poco. Las historias, las costumbres y los conocimientos se transmitían a través de la voz. Si nadie los recordaba, desaparecían.

Por ello, los narradores orales entrenaban la memoria desde niños. Y, con el tiempo, encontraron una herramienta para hacer su trabajo más fácil: la poesía. El ritmo y la repetición ayudaban a fijar las palabras. Si una secuencia fallaba, la música se rompía y delataba el error.

Aunque hoy solemos colocar poesía y eficiencia en extremos opuestos, la poesía nació para resolver un problema muy práctico: el olvido. Como una suerte de disco duro, la poesía permitía almacenar información dentro de un cerebro humano. Una tecnología de la memoria.

La Odisea nació en ese mundo. Formaba parte de una especie de enciclopedia oral. Entre dioses, viajes y naufragios se transmitían conocimientos prácticos, normas, costumbres y formas de comportarse. Y no existía una versión definitiva. Cada narrador podía alargar una historia, acortarla o modificarla según el público. Lo cuenta Irene Vallejo en El infinito en un junco.

Homero, anciano y ciego, recita sus poemas acompañado de una lira ante un grupo de oyentes en la Grecia antigua
Homer, Auguste Leloir, 1841

Pero aquel mundo de la cultura oral no dominaría para siempre. Durante la segunda mitad del siglo VIII a. C. empezó a extenderse por Grecia una nueva tecnología: el alfabeto.

La palabra escrita sufrió al principio cierto estigma. Vallejo cuenta que muchos griegos preferían que las palabras siguieran cantándose. Entre ellos estaba Sócrates.

Sócrates desconfiaba de los libros porque pensaba que debilitarían nuestra memoria. Si el conocimiento quedaba guardado fuera de nosotros, no lo incorporaríamos de la misma manera. Temía que acabáramos confundiendo tener acceso al conocimiento con poseerlo. El «efecto Google» de hace 2.500 años.

Sócrates habla y gesticula ante un grupo de discípulos sentados a su alrededor, que escuchan sus enseñanzas
Socrates Teaching His Disciples, Josef Abel, 1807

La escritura erosionó la memoria individual, es cierto, pero enriqueció la memoria colectiva. Le dio alas de papel para viajar de un lugar a otro. Y de un siglo a otro. Los límites de la memoria y la experiencia humana dejaron de ser los límites del conocimiento. La escritura ayudó a crear nuevas formas de filosofía y ciencia.

Hubo que pagar un precio. Si la tradición oral era orgánica y cambiante, ahora para cada historia hubo que elegir una versión y fijarla. Como dice Vallejo, «salvar aquella herencia exigió herirla de muerte». Y es que solo sabemos que Sócrates defendió la oralidad porque Platón lo dejó escrito.

Sócrates, rodeado por sus discípulos, continúa hablando mientras extiende la mano hacia la copa de cicuta antes de su muerte
The Death of Socrates, Jacques-Louis David, 1787

Durante siglos, los libros no eran libros, sino rollos de papiro. Había que desenrollarlos con una mano mientras la otra volvía a enrollar lo ya leído. Insisto en recomendar el libro de Vallejo para profundizar en todo esto.

Después apareció el códice, el antepasado directo del libro actual. Permitía escribir por las dos caras, encontrar un pasaje con más facilidad, transportar más texto y leer con una sola mano. Pero algunos intelectuales lo rechazaron y se erigieron en defensores del rollo de papiro. Para ellos, el cambio era señal de que los tiempos degeneraban.

El rollo no desapareció al día siguiente y ambos formatos convivieron durante siglos. Pero no todo consiguió pasar de uno a otro. Como esas películas en VHS que tenemos pero no podemos disfrutar, muchos textos nunca fueron copiados al nuevo formato. Una vez más, la nueva tecnología permitía conservar cultura dejando atrás, al mismo tiempo, parte de ella.

Un joven coronado de laurel lee un rollo con poemas de Homero ante un pequeño grupo reunido en una terraza de la Grecia antigua
A Reading from Homer, Sir Lawrence Alma-Tadema, 1885

Siglos después, otro trampolín tecnológico. En 1469 llegó la imprenta a Venecia. Como cuenta Alexander Lee, apenas cuatro o cinco años después, el monje y copista Filippo de Strata pidió al gobernante de la ciudad que frenara las máquinas. Le preocupaba que las nuevas prensas inundaran la ciudad con libros baratos, errores y contenidos que consideraba basura.

«La pluma es una virgen», escribió, «pero la imprenta es una puta».

Además, copiar un libro a mano no servía únicamente para reproducir palabras. Era una disciplina que exigía atención y aprendizaje. Algunos temían que la impresión hiciera ese esfuerzo innecesario.

Estos aguafiestas acertaban, al menos en parte. La imprenta reprodujo montañas de basura. Multiplicó textos malos, propagó errores y acabó con buena parte del mundo de los copistas. Pero también permitió que millones de personas accedieran a conocimientos que antes estaban fuera de su alcance.

Gutenberg y otros tres hombres trabajan alrededor de una imprenta mientras observan una de las primeras hojas recién impresas
Invention of Printing: Gutenberg Taking the First Proof, Johnson, Fry & Co., 1869.

Escucho hoy argumentos parecidos sobre la inteligencia artificial, el diseño generativo y otras herramientas digitales. Sobre cómo amenazan a la cultura de la arquitectura. Se habla de pérdida de capacidades, de homogeneización y de una avalancha de imágenes producidas sin criterio. Sospechas que ya acompañaron la llegada del CAD y, más tarde, de BIM.

Esta tecnofobia está parcialmente justificada.

Juhani Pallasmaa lleva años defendiendo el vínculo entre la mano, el ojo, la memoria y el pensamiento. Ha advertido que los métodos informáticos de dibujo y diseño pueden separar procesos de imaginación de la experiencia corporal. Me cuesta discutirlo. Es evidente que dibujar a mano activa mecanismos que otras herramientas se saltan.

Pero me resisto a la idea de que cada nueva tecnología ponga en peligro la «cultura». Muchos años después de inventar la escritura, seguimos componiendo canciones. Miles de personas corean versos en un concierto, aunque no necesiten la poesía como herramienta para conservarlos.

La tecnología no tiene por qué extinguir lo viejo y, a veces, puede impulsarlo. Por ejemplo, dibujar a mano sobre un iPad me permite compartir el dibujo a tiempo real con un compañero de equipo al otro lado del Atlántico.

La novedad no siempre elimina lo que existe, pero sí lo reubica. Lo reorienta hacia ese espacio en el que aporta más valor.

Por lo tanto, cómo defiendo en Cómo hacer hielo en el desierto, la cuestión no es pelear contra las herramientas, sino decidir qué queremos construir con ellas. Y por qué queremos construirlo. Que la herramienta sirva al proyecto para que el proyecto no sea esclavo de la herramienta.

La cultura oral perdió su memoria prodigiosa y el dibujo digital modificó nuestra relación con la mano. La inteligencia artificial también vaciará algunos cajones. Pero eso no significa que la arquitectura desaparezca, solo que deberá encontrar la manera de seguir siendo relevante.

No debemos olvidar que cada generación convierte en tradición aquello que la anterior percibió como amenaza.

El pasado que echamos de menos fue el futuro que otros temieron.

Cómo hacer hielo en el desierto

PD. En 2023, ante la avalancha de títulos generados con Inteligencia Artificial, Amazon tuvo que limitar el número de libros que una persona podía publicar al año. Se decidió que cada persona podía publicar un máximo de 1.095 libros al año. Tres libros al día.

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Read the original on fcolom.substack.com

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