Hace unos años paseaba con unos amigos por Seúl, por un parque que seguía el curso de un río. Había familias sentadas junto al agua, niños jugando, gente leyendo y cientos de personas caminando.
«Sin duda, lo que más me ha gustado de la ciudad», les dije.
No podía imaginar que, apenas unos años antes, por aquel mismo lugar circulaban más de 170.000 coches cada día.
Encontré una foto:
Esa autopista elevada recorría casi 6 kilómetros.
Cuando en 2003 el alcalde de Seúl propuso demolerla, muchos pensaron que se había vuelto loco. Los ingenieros advertieron del colapso del tráfico, los comerciantes se quejaron porque temían perder clientes y los vendedores ambulantes se sintieron desprotegidos. Al fin y al cabo, muchas familias dependían de la actividad económica que había florecido bajo la colosal estructura de hormigón.
Era un problema de tráfico y comercio, pero también de falta de imaginación.
Tendemos a pensar que el estado actual de las cosas es su estado definitivo. Que las ciudades son así y no pueden ser de otra manera. Pero aquella autopista llevaba allí menos tiempo que muchas de las personas que querían conservarla.
Durante más de 600 años, allí había un río. El Cheonggyecheon atravesaba el corazón de Seúl y formaba parte de su vida cotidiana como punto de encuentro comunitario.
Durante los años 50, sin embargo, el cauce se degradó. Se llenó de basura, aguas residuales y asentamientos informales.
¿La solución?
Rellenarlo de hormigón. Y, años más tarde, construir la autopista elevada.
Una autopista que en los años setenta representaba progreso. Corea del Sur crecía, se industrializaba y apostaba por el automóvil. El río desapareció tanto del plano físico como de la memoria de los ciudadanos.
Es el mismo error que cometemos cuando asumimos que una plaza siempre fue aparcamiento o que una avenida siempre necesitó cuatro carriles.
Pero de nosotros depende hacer el esfuerzo por imaginar estados alternativos.
Volvemos a 2003, cuando el alcalde de Seúl propuso desmontar la autopista y recuperar el río.
Si demoler la autopista representaba un desafío de ingeniería civil, convencer a la gente suponía un reto de ingeniería social. Antes de demoler la autopista, había que demoler la idea de que Seúl no podía vivir sin ella. El Ayuntamiento mantuvo más de 4.000 reuniones con comerciantes, vecinos y asociaciones para planificar el proyecto.
Además, derribar la autopista también requería diseñar todo el sistema afectado. Reorganizar el flujo de coches, fortalecer las redes de transporte público y apoyar a los comercios, entre otras cosas.
Con frecuencia nos quedamos con el gesto visible. Pero lo difícil, y lo interesante, es copiar el sistema invisible que lo hace posible.
Que hace esto posible:
Recuperar el río transformó la ciudad físicamente, pero también su microclima. La temperatura del aire a lo largo del cauce descendió entre 3.3 °C y 5.9 °C respecto a las calles paralelas, reduciendo el efecto isla de calor. Además, la contaminación del aire cayó drásticamente.
Y no fue el agua lo único que volvió. Entre el inicio de las obras en 2003 y finales de 2008, la biodiversidad aumentó un 639 %. Y el proceso continuó: en 2022 ya se habían registrado 666 especies de plantas y animales.
También es cierto que cuando dije que aquel lugar era lo que más me había gustado de Seúl, yo no conocía ninguno de esos datos. Lo dije, sencillamente, porque encontré en Cheonggyecheon uno de los espacios públicos más vivos de la ciudad. Cientos de personas que bajan para comer junto al agua, descansar a la sombra o asistir a un concierto. Donde antes había un río de coches, encontré un río de personas.
Eso no significa que el proyecto sea perfecto, claro.
Costó cientos de millones de euros. El agua del río no fluye de forma natural durante todo el año y la ciudad debe bombear decenas de miles de toneladas de agua al día para mantener el caudal. Algunos comerciantes tuvieron que trasladarse y varios barrios experimentaron procesos de gentrificación. También hubo que mejorar la accesibilidad.
Rasgar la ciudad y volver a coserla no es un proceso sencillo.
Sin embargo, a largo plazo, lo interesante es que el proyecto no solo cambió el paisaje, sino también la mentalidad. Y con ella, la forma de hacer ciudad. Desde entonces, Seúl ha eliminado más de una decena de autopistas elevadas para sustituirlas por espacios públicos más amables donde refugiarse del calor.
La ciudad ya no se entiende como una fotografía estática, sino como un borrador de lo que puede llegar a ser.
Ahora que en el hemisferio norte las olas de calor nos ponen a sudar de nuevo, parece buen momento para preguntarnos:
¿Qué estamos dando por supuesto?
¿Qué espacio inhóspito podríamos recuperar?
¿Dónde podríamos sustituir asfalto por árboles, agua y sombra?
PD. Esas son algunas de las preguntas del capítulo 14 de Cómo hacer hielo en el desierto. El capítulo se centra en cómo renaturalizar las ciudades puede ayudarnos a combatir el aumento de las temperaturas y la incertidumbre climática, con ejemplos en Medellín, Barcelona o Bugesera.

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