En la vasta llanura de la estepa póntica septentrional, donde el horizonte se funde con el cielo y los ríos serpentean hacia el mar Negro, las comunidades humanas han dejado su huella durante milenios. Uno de los testimonios más elocuentes de esta ocupación prolongada es el kurgan Revova 3, un montículo funerario situado en el noroeste de la región, que ha revelado una secuencia estratigráfica excepcional que abarca desde el Eneolítico hasta la Edad del Bronce. Este yacimiento no es solo un depósito de restos humanos, sino un palimpsesto de prácticas rituales, una superposición de significados que los arqueólogos han comenzado a descifrar.
La ocupación más antigua documentada en Revova 3 corresponde al Eneolítico, un período que se extiende aproximadamente entre el 4500 y el 3300 a.C. En esta fase inicial, el lugar no era un túmulo funerario, sino un santuario o espacio ritual. Los constructores eneolíticos prepararon una plataforma, removiendo el suelo superficial hasta alcanzar el limo subyacente, y erigieron un montículo de tierra extraída de un foso semicircular con un corredor orientado al suroeste. Alrededor de este montículo, dispusieron una estructura de piedras alargada en dirección este-oeste. En el centro, excavaron un hoyo donde depositaron restos humanos desarticulados, probablemente dentro de un recipiente orgánico, en una fecha que la datación por radiocarbono sitúa entre el 3711 y el 3639 a.C. (burial 19, (4905 ± 20) BP, PSUAMS- 4763). La posición de los huesos sugiere que el hoyo pudo permanecer abierto durante un tiempo antes de ser sellado, y la naturaleza del depósito, junto con la ausencia de un enterramiento primario, apunta a que el montículo no fue construido sobre una tumba, sino que funcionó como un espacio de culto.
La identidad de los constructores del santuario eneolítico queda parcialmente iluminada por el análisis paleogenético del individuo del entierro 19. Su genoma completo revela un ancestro compartido con la población de Usatove, contemporánea a los yacimientos de Mayaky y Usatove en la región. Aproximadamente la mitad de la ascendencia genética de Usatove se comparte con el acervo genético de la cultura Yamna, que tiene su origen en el área del Cáucaso y el Bajo Volga. El linaje del cromosoma Y del individuo del entierro 19 se remonta a las tierras altas del Cercano Oriente, mientras que su ADN mitocondrial, un linaje también hallado en individuos Yamna del noroeste póntico, probablemente se originó en la estepa local. Este perfil genético mixto —con raíces tanto orientales como locales— sugiere que las poblaciones eneolíticas de la región ya eran el resultado de interacciones complejas y movimientos poblacionales que prefiguraban la expansión de la cultura Yamna.
Varios siglos después del abandono del santuario eneolítico, a finales del cuarto milenio a.C., las comunidades de la cultura Yamna —también conocida como Yamma o Yamnaya— llegaron a la región e incorporaron el antiguo espacio ritual a su propio paisaje funerario. La estratigrafía de Revova 3 documenta esta reutilización de manera explícita. Una nueva capa de limo (mound layer 2) cubrió las estructuras eneolíticas, y en el centro del montículo, casi coincidiendo con el eje del santuario anterior, se excavó una fosa funeraria que contenía el entierro 3, característico de la cultura Yamna. El individuo fue depositado en posición contraída sobre el costado, y dos grandes losas de piedra cubrieron la tumba. Lo significativo de esta reutilización es que los constructores Yamna no destruyeron ni perturbaron el entierro eneolítico subyacente; simplemente lo cubrieron y establecieron su propio espacio funerario justo encima, como si buscaran apropiarse simbólicamente de la sacralidad del lugar sin borrar la memoria de sus predecesores.
Este patrón de apropiación se repite en las capas posteriores del kurgan. Tras la construcción de la segunda capa del montículo, se añadieron tres enterramientos más (burials 16, 4 y 7) en los bordes norte, este y oeste de la estructura, fechados entre el 2885 y el 2204 a.C. Estos entierros, que presentan características típicas de la cultura Yamna, fueron cubiertos por una tercera capa de chernozem que contenía el entierro 15, datado entre el 2456 y el 2030 a.C. Finalmente, una cuarta capa del montículo se añadió después del depósito del entierro 15, conteniendo enterramientos adicionales de la Edad del Bronce. El conjunto de estos entierros Yamna muestra rasgos distintivos de su cultura material: individuos en posición contraída, fosas con repisas y agujeros para postes, cubiertas de madera, estelas antropomorfas, esteras y el uso abundante de ocre rojo.
Los autores del estudio, Svitlana Ivanova y su equipo, interpretan este fenómeno como un caso de «continuidad de espacios sagrados», un patrón deliberado de reutilización ritual de los lugares sagrados de los antepasados por parte de las poblaciones Yamna. Esta apropiación no fue un hecho aislado; otros kurgans de la estepa póntica muestran evidencias similares de superposición de estructuras eneolíticas y Yamna. La interacción de los Yamna con los monumentos preexistentes está bien documentada: erigieron kurgans sobre asentamientos anteriores, enterraron a sus muertos en los montículos de comunidades precedentes, modificaron arte rupestre para adaptarlo a su cosmovisión y, en ocasiones, destruyeron o dañaron estelas antropomorfas eneolíticas para reutilizarlas en sus propias prácticas rituales. Este comportamiento sugiere que la apropiación de espacios sagrados no era un acto meramente utilitario, sino que tenía un profundo significado simbólico y religioso.
La motivación detrás de esta apropiación podría estar vinculada al surgimiento de una «religión de origen estepario» propagada por los pueblos de la estepa, como los Yamna y los grupos de la cultura Corded Ware. Para estas comunidades móviles, la religión desempeñaba un papel fundamental en la creación de un sentido de pertenencia y en el control sobre los territorios que transitaban. Al apropiarse de los espacios sagrados de sus predecesores, los Yamna no solo reclamaban la legitimidad de su presencia en la región, sino que también establecían un vínculo simbólico con el paisaje ancestral, integrando las historias y memorias de los antiguos habitantes en su propia narrativa de poder y continuidad.
La ubicación geográfica del kurgan Revova 3 también pudo haber favorecido su reutilización. El montículo, de apenas 1,1 metros de altura, se encuentra en un punto donde convergen las líneas orográficas, ofreciendo una línea de visión de más de 25 kilómetros a lo largo del río Velykyi Kualynyk. Esta prominencia visual podría haber hecho del lugar un punto de referencia natural en el paisaje, un hito que atraía la atención de los viajeros y que, por su visibilidad, se prestaba a ser investido de significado ritual. Sin embargo, la colocación central del entierro Yamna dentro de la estructura eneolítica preexistente, sin perturbar los depósitos más antiguos, sugiere una intencionalidad que va más allá de la mera conveniencia topográfica.
El análisis genético refuerza la idea de que la continuidad de espacios sagrados podría reflejar, al menos en parte, una continuidad poblacional y cultural entre el Eneolítico y el Yamna. Aunque los Yamna representan una nueva población con un componente genético significativo procedente del Cáucaso y el Bajo Volga, los datos de ADN antiguo indican que existían vínculos genéticos y posiblemente culturales con las poblaciones eneolíticas locales. Este sustrato compartido pudo haber facilitado la apropiación simbólica de los espacios sagrados, ya que los recién llegados no se enfrentaban a un paisaje completamente ajeno, sino a un territorio cuyas marcas rituales les resultaban, en cierta medida, familiares o inteligibles. En este sentido, la continuidad de los espacios sagrados no sería solo un acto de dominación simbólica, sino también un reflejo de una memoria compartida y de una ancestralidad común que trascendía los cambios poblacionales.
A pesar de la riqueza de los datos, el estudio presenta limitaciones inherentes. La secuencia estratigráfica de Revova 3, aunque excepcionalmente bien documentada, representa un único caso, y no está claro hasta qué punto este patrón de reutilización es generalizable a toda la estepa póntica. La datación de los diferentes horizontes de construcción, aunque respaldada por fechas de radiocarbono, deja espacios de incertidumbre, especialmente en los períodos de transición entre el Eneolítico y la Edad del Bronce. Además, la interpretación de los depósitos eneolíticos como un «santuario» o espacio ritual, aunque plausible, depende de una lectura de los restos arqueológicos que siempre está sujeta a revisión. La ausencia de evidencias de ocupación doméstica y la naturaleza de los depósitos de restos humanos desarticulados apuntan a una función no funeraria, pero el significado exacto de estas prácticas rituales sigue siendo objeto de debate.
Al excavar un kurgan para entender la cultura Yamna, los arqueólogos han desenterrado una historia mucho más larga y compleja, una historia de superposiciones y diálogos silenciosos entre comunidades que no se conocían pero que compartían un mismo paisaje y, quizás, un mismo sentido de lo sagrado. El montículo, que a simple vista parece un simple túmulo de tierra, se revela como un palimpsesto de significados, una acumulación de gestos rituales que se extienden a lo largo de dos milenios. Y al reconstruir esta secuencia, los investigadores no solo iluminan el pasado de la estepa póntica, sino que también nos ofrecen una reflexión sobre cómo las sociedades humanas, a lo largo de la historia, han utilizado los espacios sagrados para anclarse en el tiempo y en el territorio, para reclamar una herencia y para proyectar su poder hacia el futuro. El kurgan Revova 3 es, en definitiva, un monumento a la continuidad, pero también a la transformación: un lugar donde las tradiciones se solapan y se reinterpretan, donde los muertos de una época se convierten en los antepasados de otra, y donde el paisaje mismo se convierte en un archivo de memorias compartidas y olvidadas.
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