Seguro que conocéis frases del tipo Leer es viajar sin moverte de casa, por ejemplo, o Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro, de Emily Dickinson. Recuerdo sumergirme en otros países desde bien pequeña, leyendo por la noche con una linterna bajo las mantas. Con las aventuras de Los Cinco, de Enyd Blyton, me enamoré de Inglaterra para siempre, de sus costas escarpadas, de sus paisajes verdes y sus acogedoras casitas de campo, de sus islas y castillos misteriosos. Sobrevolé Australia, el Polo Norte o la Amazonia con Gerald Durrel en Un fantástico viaje en globo, con unas ilustraciones maravillosas que tengo grabadas para siempre en mi mente. No sé las veces que lo leí, redescubriendo cada vez que lo hacía qué lugar tan increíble y diverso es este planeta en el que vivimos. En Nube de noviembre, de Hilary Ruben, acompañé al joven pastor de la tribu masai Konyek en sus aventuras imaginarias, demostrando que no hay barreras para nuestra mente y nuestros sueños. La fantasía siempre me gustó y en El Hobbit, de J.R.R. Tolkien disfruté como nunca viajando a pie por la Tierra Media al lado de Frodo Bolsón y de Gandalf. Siempre será mi mago-sabio favorito del mundo mundial, que diría Manolito Gafotas.
Son muchos los libros e historias que me acompañaron de pequeña, que me abrieron los ojos a la inmensidad del planeta Tierra y que fomentaron en mí la imaginación y la curiosidad. No lo sabía pero se había plantado la semilla del viajar, del conocer y explorar. Y la sensación de que la vida iba mucho más allá de las fronteras de mi pequeño mundo infantil. Tras cada lectura el universo se expandía, había descubierto un nuevo rincón en el mundo, otro idioma, otra cultura muy diferente de la propia.
Qué suerte tuve de tener padres viajeros, ya que crecieron y se retroalimentaron en paralelo leer y viajar. Con apenas un año ya me llevaban de aquí para allá. Salíamos en coche cuando era todavía de noche y yo dormía en el asiento de atrás, envuelta en cojines y mantas cuando todavía no se usaban los cinturones de seguridad ni las sillitas de niños obligatorias. Despertaba cuando llevábamos unas horas de trayecto y mirar por la ventanilla y ver paisajes o ciudades desconocidos me creaba una felicidad indescriptible. Íbamos a Andalucía, los Pirineos, Portugal o el sur de Francia, normalmente en búsqueda de verde, ríos y montañas. Observaba en silencio todo aquello y me imaginaba la vida de aquellas gentes. Después preguntaba: ¿Dónde estamos? Y saboreaba las palabras.
Viajar es salir de casa, moverte a un pueblo, ciudad, paisaje o continente nuevo. Conocer personas, aprender idiomas, compartir y descubrir tradiciones, músicas e incluso aromas. Da igual si recorres unos pocos kilómetros en coche, tren o bicicleta o si coges dos aviones para irte a la otra parte del mundo. Pero creo de verdad que podemos viajar también con un libro entre las manos, siendo niños o adultos, en un rincón acogedor de nuestra casa o en un café soleado cercano. Quizá por eso, cada vez que abro un libro, una parte de mí vuelve a encender la linterna bajo las mantas y se prepara, otra vez, para salir.
Anna
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