Empecemos por aclarar que hoy te escribo casi trasnochado. Lo de anoche fue una agonía. No sé desde dónde me leés, pero acá el partido de Argentina empezó a medianoche y terminó cerca de las tres de la mañana.
No está directamente relacionado con el tema de esta columna, pero me quiero detener un minuto en esta tradición de ver fútbol. Específicamente, a la Selección. Que siento que es algo con lo que muchos podemos resonar.
A mí, particularmente, me pasó eso de nacer en una familia donde ya me dijeron de qué equipo era. A partir de ahí, hacer de ver los partidos una tradición. Aunque jugar al fútbol siempre se me diera fatal. Hay una mística en eso. Lo cierto es que cada vez que veo fútbol siento que tengo cerca a mi abuelo.
Hace años se fue, pero él era un loco de Boca y del fútbol en general. Fue quien me inició en esto. Luego, el amor por la camiseta argentina quizás sea de familia o quizás cultural. Porque en mi casa me enseñaron que no querer a la patria era no querer a mi madre. Y amo a las dos.
Ver jugar a la Selección, sentir la piel de gallina, sufrir en cada minuto, gritar con fuerza cada gol, llorar de emoción, sentir cómo se me acelera el corazón. Son todas cosas que me remiten a mi casa, a cuando era niño, a lo que siento, de alguna manera, como mi identidad de argentino.
Porque mi abuelo me hizo patriota en ese sentido. Y me enseñó que en Argentina no teníamos muchas cosas. Todo tiembla, la economía falla, la crisis es general, pero nos unimos para gritar un gol. Y jugamos (y alentamos) hasta el final. Porque se puede ser muchas cosas, pero pecho frío jamás.
Mi abuelo también decía que como se era en la cancha se era en la vida. Y quizás así seamos los argentinos: apasionados, mañosos, corriendo pelotas hasta el final, gritando y llorando, dejando la vida en cada partido. Como en esa promesa de nuestro himno nacional que entonamos con fuerza y vigor: “O juremos con gloria morir”.
Quizás esté todo conectado y no sea exagerar. Quizás haya mucho más en esos sentimientos que el fútbol genera.
Dejando de lado el Mundial y volviendo a lo que nos compete, hoy quiero hablar de las famosas almas gemelas.
Seguramente hayas escuchado mencionarlas, así que no me voy a detener en su definición. Pero, en ese checklist de lo que hay que conseguir a determinada edad o de los objetivos generales que una persona suele mencionar, aparece el de “encontrar a mi alma gemela”.
Hay algo curioso en esa idea de que ahí afuera, en un mundo de miles de millones de personas, hay una que está destinada a acompañarte. Me parece que es hasta desesperante. Al menos creer que solo existe una.
Es una idea atada al amor de tu vida, la media naranja, el hilo rojo. No me malinterpretes, no estoy diciendo que no crea que algo así exista. Solo cuestiono el hecho de que sea una sola. De que tengamos que cargar con la presión de encontrar (y reconocer) a quien está destinado a acompañarnos hasta el último de nuestros días.
Al menos en mi experiencia, he conocido más de una persona que consideraría mi alma gemela. Y no todas fueron en carácter de pareja; algunas todavía están a mi lado y son de mis amigos más cercanos.
Creo que hay algo tramposo en esa idea que se hizo tendencia. Algo que nos hizo creer en las almas gemelas como nuestro ideal de pareja cuando, en realidad, se trata de mucho más.
Es una compatibilidad que permite a la relación adaptarse y avanzar. Algo innato que te hace sentir en casa incluso junto a alguien que conociste hace apenas unos días. Las almas gemelas, al encontrarse, se sienten en total y completa paz. Hasta pueden comunicarse sin hablar. Se entienden porque vibran en una sintonía especial.
No sé si creo en eso de que hay una sola persona que tenemos que buscar desesperadamente (y encontrar). Como tampoco creo que, si no la encontramos, jamás sabremos lo que es amar.
Sin embargo, creo que hay almas que se conocen desde hace siglos y que, al reencontrarse, saben cómo manifestarlo. Hay vínculos que trascienden vidas y lo podés identificar. No es tan difícil ni descabellado. No se trata de magia o conjuros, sino de esa simple sensación de familiaridad que te genera alguien.
Eso de conocer a alguien, mirarlo a los ojos y decir: “Siento que nos conocemos”. Y que la confianza emane sin más.
No creo en el amor de tu vida. Creo en los amores de tu vida. Y creo que, al cerrarte a una sola persona en todo el mundo, también te cerrás a miles de otras conexiones que podrías experimentar.
Que, quizás, no todas las almas gemelas están destinadas a coincidir en todas las vidas. Puede que en esta no se deban reencontrar.
A✨
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