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En mis 20s ★ · May 20, 2026

Nunca me escogían en Educación Física

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En mis 20s · En mis 20s ★

Hay recuerdos del instituto que deberían haberse quedado allí, junto a los apuntes subrayados y los amores que duraron dos recreos. Y, sin embargo, siguen apareciendo en sitios rarísimos de la vida adulta. En reuniones de trabajo. En primeras citas. En grupos nuevos de amigos.

Por ejemplo, la sensación de esperar a que alguien te elija.

Porque sí, podríamos hablar de traumas importantes, pero hoy me gustaría hablar de uno muy específico y que creo que va a remover el pasado de más de una: ser la última en Educación Física.

Ese momento en el que solo quedabais tú y otro chico despistado apoyado en la pared, y uno de los capitanes decía: “bueno… pues ella”.

Como si fueras las sobras de la comida de ayer.

Nunca he entendido por qué en los colegios nos hacían pasar por eso semanalmente. A los trece años ya tienes suficiente con sobrevivir a tus hormonas, tu flequillo y tus inseguridades como para añadir un casting público de habilidades deportivas.

Porque no era solo deporte. Era jerarquía social con peto fluorescente (que es bastante menos fashion y estoy segura de que en Gossip Girl nunca llevaron ese espantoso peto).

Las primeras siempre eran las mismas. La que hacía ballet. La que jugaba a vóley. La que corría rápido sin hacer el ridículo. Y luego estábamos las demás, fingiendo que tampoco nos importaba tanto mientras intentábamos calcular cuánto quedaba para que sonara el timbre.

Yo desarrollé un talento impresionante para aparentar indiferencia.

Uf, qué pereza jugar.” “Mejor, así no corro.” “Me da igual.

Mentira. Todo mentira. Si siempre me ha encantado competir y en cada clase intentaba dar lo mejor de mí. Pero nunca servía de nada. Al día siguiente ya se habían olvidado de si ese juego se me daba bien o no.

Porque cuando tienes esa edad, cualquier cosa mínima se convierte en una prueba definitiva de tu valor como ser humano. Y si nadie te escogía rápido, tu cerebro automáticamente traducía eso a: “debo ser la peor”.

Creo que muchas chicas aprendimos demasiado pronto a ocupar poco espacio.

No correr demasiado raro, no llamar demasiado la atención, no hacer demasiado el ridículo…

Y Educación Física era el escenario perfecto para eso. Tu cuerpo dejaba de ser solo tuyo y pasaba a sentirse observado constantemente. Cómo corrías. Cómo saltabas. Cómo te movías. De repente sudar parecía humillante y fallar un pase casi un delito perseguido por la Interpol.

Así que algunas desarrollamos mecanismos de defensa muy creativos.

Hacernos las graciosas antes de que alguien pudiera burlarse. Fingir lesiones imaginarias. Decir “soy malísima” antes de tocar la pelota para que el fracaso pareciera voluntario.

El humor como chaleco antibalas. Y lo peor es que muchas seguimos haciéndolo en nuestros 20s, solo que ahora la pelota es otra.

Hay algo extrañamente parecido entre esperar que te escojan para un equipo y esperar que alguien te valide de adulta.

Esperar que te contraten, que te contesten a un mensaje, que te inviten al plan o que alguien piense en ti primero.

Y a veces, sin darte cuenta, vuelves a sentirte esa niña quieta en mitad del gimnasio esperando demostrar que merece estar ahí.

Solo que ahora llevas blazer y pagas (medio riñón) a hacienda.

Durante mucho tiempo pensé que la seguridad era algo con lo que nacías. Que había gente naturalmente elegible. Personas que entraban en una habitación y automáticamente parecían suficientes.

Pero crecer también consiste en darte cuenta de que la mayoría estamos improvisando muchísimo más de lo que parece. Incluso las chicas a las que escogían las primeras.

Quiero dejar aquí algo con lo que quizá no estáis de acuerdo y es que las últimas en ser elegidas casi siempre acabaron siendo más interesantes.

Mientras otras perfeccionaban su saque de voleibol, nosotras aprendimos otras cosas. A hablar con la gente. A ser graciosas. A ser creativas. A encontrar formas de destacar cuando sentíamos que nuestro cuerpo nunca iba a ser “el correcto” para Educación Física.

Y honestamente, eso sirve bastante más en la vida adulta que saber hacer una voltereta lateral.

Además, las chicas que crecieron sintiéndose un poco fuera de lugar suelen terminar construyendo identidades mucho más propias. Porque no les quedó otra que descubrir quiénes eran fuera de la aprobación inmediata.

Aunque hayan pasado años, todavía hay situaciones que despiertan algo parecido.

Cuando llegas a una fiesta donde conoces a poca gente, cuando entras a un trabajo nuevo o cuando alguien dice “vamos a hacer grupos” y sientes un escalofrío por todo tu cuerpo.

Y ahí está ella otra vez. La niña de Educación Física. Intentando parecer tranquila mientras espera no quedarse sola.

La diferencia es que ahora sí puedes elegirte tú primero.

Y quizá eso también es crecer. Dejar de esperar a que alguien te señale desde el otro lado del gimnasio y empezar a ocupar sitio aunque nadie te haya dado permiso.

Porque, sinceramente, después de todo lo que hemos sobrevivido desde primero de la ESO, ya iba siendo hora.

En mis 20s x

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