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EN LA MIRA · Aug 9, 2026

LA SEMANA DE YURI PÉREZ | Cómo Ucrania aprendió a hablar MAGA

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Yuri Perez · EN LA MIRA

Cómo olvidar que hace poco más de un año Volodymyr Zelensky fue humillado públicamente en la Casa Blanca.

La reunión de febrero de 2025 debía culminar con la firma de un acuerdo sobre minerales entre Estados Unidos y Ucrania. Terminó convertida en uno de los enfrentamientos diplomáticos más extraordinarios transmitidos desde el Despacho Oval. El vicepresidente JD Vance acusó al mandatario ucraniano de no mostrar suficiente gratitud. Brian Glenn, periodista de un medio afín a Donald Trump, le reprochó que no llevara traje. Trump le advirtió que no tenía “las cartas” y que estaba arriesgándose a provocar una tercera guerra mundial.

Zelensky intentó argumentar que las concesiones y la diplomacia no habían detenido anteriormente a Vladimir Putin. También advirtió que la distancia geográfica no protegería eternamente a Estados Unidos de las consecuencias de una victoria rusa. Pero, frente a las cámaras, la discusión dejó de ser sobre seguridad europea. Se transformó en una representación pública de jerarquía y subordinación: el líder de una nación invadida debía reconocer que dependía de Trump y comportarse en consecuencia.

La visita terminó abruptamente. La conferencia de prensa fue cancelada y Zelensky abandonó la Casa Blanca sin firmar el acuerdo. La relación, además, ya arrastraba el episodio de 2019, cuando Trump presionó al gobierno ucraniano para anunciar investigaciones políticamente perjudiciales para Joe Biden, controversia que desembocó en su primer juicio político.

Visto desde aquel día, el cambio posterior parece un deus ex machina. Trump elogia ahora la resistencia de Ucrania, reconoce la eficacia de Zelensky y contempla nuevas formas de cooperación militar. El hombre al que había tratado como un peticionario insolente vuelve a ser recibido como interlocutor. Al mismo tiempo, figuras de MAGA que durante años difundieron argumentos favorables a Rusia han comenzado a reconocer que fueron engañadas por la propaganda del Kremlin.

Pero el giro tiene explicaciones. Confluyeron el fracaso diplomático de Trump con Putin, la adaptación militar de Ucrania, la creciente participación europea en el costo de la guerra, las divisiones internas de MAGA y una campaña de comunicación ucraniana que entendió algo fundamental: no era necesario convencer a la derecha trumpista de abandonar su visión del mundo. Bastaba con aprender a insertar la causa de Ucrania dentro de ella.

Cuando Trump regresó a la presidencia en 2025, trató la guerra a partir de una premisa sencilla: Rusia era la potencia superior, Ucrania no tenía las cartas y la forma más rápida de detener las muertes era presionar al actor más dependiente de Washington.

Ucrania tendría que ceder territorio, renunciar a algunas de sus aspiraciones y comprender que Estados Unidos no sostendría indefinidamente su resistencia. Putin, por su parte, sería atraído hacia un acuerdo mediante reconocimiento, diálogo directo y elogios públicos.

Trump ha utilizado repetidamente una combinación de adulación, incentivos y amenazas con dirigentes autoritarios. Reconoce su poder, elogia su inteligencia o fortaleza y establece una relación personal que, en teoría, le permite negociar fuera de los canales diplomáticos tradicionales. Cuando los elogios no producen concesiones, puede recurrir a sanciones, humillaciones o fuerza militar. No siempre es posible distinguir cuánto corresponde a una técnica consciente y cuánto a la fascinación genuina de Trump por el poder personal. En su diplomacia conviven el cálculo negociador, la impaciencia, la búsqueda de reciprocidad y la necesidad de presentar cualquier acuerdo como producto de su influencia.

Con Putin, la fórmula no produjo el resultado esperado.

Trump ofreció interlocución y deferencia mientras concentraba inicialmente la presión sobre Kyiv. Zelensky, después del desastre en el Despacho Oval, adaptó su comportamiento. Aceptó públicamente la necesidad de negociar, elogió el concepto trumpista de “paz mediante la fuerza” y comenzó a reconstruir la relación personal. Su breve conversación con Trump durante el funeral del papa Francisco marcó el inicio de una recomposición visible de la relación.

Putin no mostró una flexibilidad equivalente. La guerra continuó, Rusia mantuvo sus ataques y el acuerdo rápido prometido por Trump no se materializó. El límite de esta diplomacia quedó expuesto en la cumbre de Alaska de agosto de 2025. Trump recibió a Putin con una ceremonia cuidadosamente escenificada, pero las conversaciones concluyeron antes de lo previsto, se cancelaron el almuerzo y una segunda ronda entre las delegaciones, y el presidente ruso abandonó Anchorage sin conceder el alto el fuego que Trump buscaba.

La lógica comenzó entonces a invertirse. Si presionar a Ucrania no conseguía terminar la guerra y Putin no respondía a la deferencia con concesiones, Washington necesitaba aumentar nuevamente el costo de la intransigencia rusa. Para ello, Ucrania tenía que seguir siendo capaz de combatir.

Mientras la relación de Trump con Putin se deterioraba, Europa también estaba cambiando.

La invasión rusa de 2022 ya había impulsado un aumento del gasto militar europeo, pero la presión de Trump aceleró esa transformación. Los gobiernos europeos comenzaron a asumir una parte mayor del costo de sostener a Ucrania.

El nuevo arreglo resulta particularmente compatible con America First. Países europeos y Canadá financian armamento estadounidense que después es enviado a Ucrania. Washington conserva el control sobre tecnologías que Europa todavía no puede proporcionar en cantidades suficientes, la industria militar estadounidense recibe los contratos y Trump puede asegurar que el contribuyente de su país ya no carga solo con la defensa europea.

Europa paga. Estados Unidos fabrica y vende. Ucrania recibe las armas.

La fórmula modificó la percepción política del apoyo a Kyiv. Lo que antes podía presentarse ante los votantes republicanos como ayuda exterior ilimitada comenzó a describirse como reparto de cargas, expansión industrial y venta de productos estadounidenses.

Hay muchas cosas que criticar de Trump, pero también hay que reconocer que ésta fue una victoria política para el presidente. Podía continuar ayudando a Ucrania sin aceptar el lenguaje internacionalista de la administración Biden. Y, pese a los pronósticos sobre la destrucción de la OTAN, su presión contribuyó a fortalecer algunas capacidades militares europeas frente a Rusia.

Algo semejante ocurrió en el campo de batalla. Afirmar que Ucrania está ganando la guerra sería prematuro. Rusia conserva ventajas considerables. Pero Ucrania dejó de parecer condenada.

La combinación de drones de bajo costo, inteligencia, guerra electrónica, sistemas autónomos y ataques profundos contra instalaciones energéticas y líneas logísticas rusas elevó el precio de cada avance. Rusia puede seguir conquistando territorio, pero esas ganancias no han demostrado que pueda destruir al Estado ucraniano ni imponer una victoria rápida.

Ucrania tampoco necesita marchar sobre Moscú. Necesita demostrar que Rusia no puede destruirla, que puede imponerle costos y que Putin todavía tiene algo que perder en una negociación.

Decir que Trump cambió simplemente porque “le gustan los ganadores” reduce una transformación estratégica a una peculiaridad psicológica. Lo importante es que Ucrania recuperó capacidad de negociación. Dejó de ser exclusivamente el actor débil al que Washington debía obligar a rendirse y volvió a convertirse en una posible fuente de presión sobre Putin.

Pero eso resolvía sólo una parte del problema. Ucrania podía mejorar su posición militar y seguir perdiendo la guerra política dentro de MAGA.

Durante años, Tucker Carlson y otros comunicadores presentaron la guerra como un enfrentamiento entre dos civilizaciones: por un lado, una Rusia cristiana y tradicional; por el otro, una Ucrania controlada por élites occidentales, seculares y globalistas. Las disputas alrededor de la Iglesia ortodoxa vinculada al Patriarcado de Moscú fueron utilizadas para afirmar que Zelensky perseguía a los cristianos. La acusación se mezcló con narrativas sobre nazismo, corrupción y despilfarro de recursos estadounidenses.

Para una audiencia marcada por las guerras de Irak y Afganistán, profundamente desconfiada de las agencias de inteligencia, los medios tradicionales y el establishment diplomático, los llamados a “defender la democracia” podían sonar como otro pretexto para iniciar una guerra interminable.

Ucrania necesitaba apoyo político que no dependiera de la credibilidad de las instituciones rechazadas por MAGA.

Parte de ese esfuerzo surgió del Ukraine Freedom Project, una organización fundada por Steven Moore, antiguo jefe de gabinete en la Cámara de Representantes. Moore llegó a Ucrania pocos días después de iniciada la invasión y convirtió una operación de ayuda humanitaria en una red de información y persuasión dirigida, entre otros públicos, a legisladores republicanos, asesores del Congreso y medios conservadores.

La intuición era sencilla: pedir a los nacionalistas cristianos que adoptaran el lenguaje del internacionalismo liberal tenía pocas posibilidades de funcionar. Era más eficaz demostrarles que la imagen de Putin como amigo y protector de los cristianos era una construcción propagandística.

La organización recopiló testimonios de pastores protestantes perseguidos en territorios ocupados, documentó iglesias destruidas y produjo materiales sobre la represión religiosa rusa. El argumento ya no era que los conservadores estadounidenses debían abandonar sus valores para apoyar a Ucrania. Era exactamente el contrario: esos mismos valores podían conducirlos a desconfiar de Putin.

La estrategia comenzó a producir resultados visibles en 2026.

El Ukraine Freedom Project llevó a Andrew Moore, productor del programa de Laura Loomer, a Ucrania. Durante la visita le mostró una iglesia evangélica bombardeada y le permitió acompañar a una unidad ucraniana de drones para observar su trabajo. Andrew regresó con una visión distinta del conflicto.

Loomer comenzó después a reconocer públicamente que había sido engañada por propaganda rusa. Cuando ella misma viajó a Ucrania, su itinerario reprodujo los elementos centrales de aquella estrategia: sitios religiosos atacados, tecnología militar ucraniana, testimonios sobre la vida bajo los bombardeos y una entrevista con Zelensky. Desde el interior de una iglesia dañada, acusó a Putin de hipocresía por presentarse como protector del cristianismo.

La decisión de Zelensky de recibirla difícilmente puede considerarse rutinaria. El presidente ucraniano abrió las puertas a una activista que anteriormente lo había acusado de nazi. En lugar de castigarla por sus declaraciones anteriores, aprovechó la oportunidad de convertir su cambio de postura en un mensaje dirigido precisamente al público que Ucrania tenía mayores dificultades para alcanzar.

Zelensky había entendido el mecanismo: no se trataba de conseguir que Loomer hablara como él. Se trataba de conseguir que pudiera defender a Ucrania hablando como Loomer.

El giro de Loomer y de otros influencers plantea la posibilidad de alguna coordinación, pero no hace falta suponer una operación centralizada para explicar el fenómeno. También puede observarse un circuito de retroalimentación entre Trump, los activistas y los medios MAGA.

Trump cambia de tono y crea permiso político para reconsiderar a Ucrania. Los activistas proucranianos identifican esa apertura y ofrecen a los influencers una narrativa compatible con su audiencia. Los influencers amplifican el mensaje y demuestran que apoyar a Kyiv ya no implica abandonar America First. Trump observa esa reacción y obtiene mayor libertad para endurecer su posición frente a Putin.

La influencia circula en ambas direcciones. Trump orienta a los influencers, pero éstos también ayudan a determinar qué opciones puede presentar a su base sin parecer que traiciona sus promesas.

Eso importa porque MAGA nunca fue un bloque ideológico uniforme. Incluye nacionalistas no intervencionistas que consideran cualquier guerra exterior una traición a America First; sectores pro-Israel dispuestos a utilizar el poder estadounidense contra Irán; republicanos tradicionales partidarios de la OTAN; nacionalistas cristianos atraídos por la retórica de Putin, y seguidores cuya posición cambia con la del presidente.

La guerra con Irán profundizó esas divisiones. Tucker Carlson, Candace Owens y otras figuras se alejaron del sector pro-Israel, mientras Loomer se convirtió en una de sus defensoras más agresivas. La relación de Rusia con Irán permitió conectar ambos conflictos: apoyar a Ucrania podía presentarse ahora como parte de la confrontación contra un mismo eje adversario.

Las iglesias bombardeadas cumplen dentro de ese marco una función política adicional. Permiten disputar a Tucker y a los nacionalistas cristianos el monopolio del argumento religioso. Putin deja de ser el hombre que protege a los creyentes frente al secularismo occidental y puede ser presentado como el aliado de Teherán que persigue a protestantes y destruye templos.

Kyiv comprendió así una segunda cosa: MAGA no sólo podía ser persuadido en sus propios términos. También estaba dividido, y algunas de esas divisiones podían favorecer a Ucrania.

La disputa comienza incluso a proyectarse sobre la sucesión de Trump. JD Vance mantiene afinidades con el sector no intervencionista y con Tucker Carlson; Marco Rubio representa una tradición más favorable a las alianzas, a Israel y al uso del poder estadounidense. El debate sobre Ucrania empieza así a confundirse con otra lucha: quién heredará MAGA y qué significará America First después de Trump.

Nada garantiza que el acercamiento de Trump a Zelensky sea permanente. Trump podría modificar nuevamente su posición si Putin le ofrece un acuerdo que pueda presentar como victoria. Tampoco sabemos si la conversión de algunos influencers sobrevivirá al siguiente cambio de coyuntura.

La estrategia ucraniana se parece a uno de esos clavados de Acapulco: un salto mortal ejecutado desde una altura enorme, entre rocas y con muy poco margen de error. Kyiv apuesta a que puede entrar en el mundo de MAGA, aprovechar sus divisiones y utilizar sus canales de influencia sin quedar atrapado en sus conflictos internos.

Pero ya consiguió algo que parecía improbable después de la humillación del Despacho Oval. Preservó la relación con Washington, consiguió que Europa asumiera una mayor carga, recuperó capacidad militar y encontró una entrada al ecosistema político estadounidense que más hostil le había resultado.

Y lo hizo mediante una operación política más sofisticada que intentar convertir a MAGA al atlantismo, al multilateralismo o al liberalismo internacional. Seleccionó aquellos aspectos de la realidad ucraniana que podían ser comprendidos dentro de las categorías de su interlocutor: cristianos perseguidos, empleos estadounidenses, drones, petróleo, Irán, propaganda rusa y la posibilidad de que Trump consiga la paz que Putin le ha negado.

Ésa puede ser la lección más interesante de la historia. Persuadir no siempre consiste en conseguir que el adversario acepte nuestro marco mental. A veces consiste en descubrir qué parte de nuestra causa puede ser comprendida dentro del suyo.

Ucrania no pidió a MAGA que cambiara de mundo. Aprendió a encontrar un lugar dentro de él.

Yuri Pérez escribe sobre política internacional, cultura, derecho y poder.

Read the original on enlamira.substack.com

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