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Cuando Rómulo Augústulo fue depuesto en el año 476, este acontecimiento sería llamado por los historiadores como “la caída del Imperio Romano de Occidente”. Odoacro, el jefe germano que lo depuso, simplemente notificó a Constantinopla que Occidente ya no necesitaba un emperador propio, mandó a Rómulo al retiro con una pensión anual, y asumió el gobierno de Italia. No hubo ejércitos enfrentados, ni ciudades asediadas. Fue un trámite administrativo.
Que ese momento parezca una ruptura dice más de la narrativa posterior que de los hechos. La imagen del bárbaro que destruye Roma es la que nos han contado, pero no es la realidad. El proceso real no fue una invasión, sino una transformación lenta, que operó durante más de un siglo, y el hecho más significativo es el cargo militar del Magister Militum, el general en jefe del ejército romano, el militar más poderoso del Imperio después del propio emperador. Rastrear quién ocupó ese puesto entre los siglos IV y V es ver la transformación en cámara lenta.
Para entender lo que ocurrió en el siglo IV y V hay que entender primero qué era el ejército romano clásico y cuándo empezó a dejar de serlo.
El ejército que conquistó la Galia, que cruzó el Rin y el Danubio, que sometió a Judea y extendió el Imperio hasta Mesopotamia, era fundamentalmente un ejército de ciudadanos romanos organizados en legiones. Los auxiliares (soldados reclutados fuera de Italia, incluyendo germanos) existían desde hacía siglos, pero operaban en unidades separadas, bajo mando romano, con un estatus subordinado. En conclusión, eran un complemento.
El llamado período de la Crisis del siglo III, entre los años 235 y 284, vio desfilar a más de veinte emperadores en cinco décadas, la mayoría muertos por sus propias tropas. Las invasiones se multiplicaron, y el Imperio tuvo que responder reclutando cada vez más rápido y con menos criterio. La necesidad de cubrir miles de kilómetros de frontera con hombres disponibles llevó a una práctica que con el tiempo se volvería normal: contratar a grupos germanos enteros como unidades militares bajo sus propios jefes, a cambio de tierras y pago. Eran los foederati.
Los auxiliares servían en el ejército romano y obedecían la cadena de mando romana. Los foederati servían junto al ejército romano bajo sus propios líderes tribales, conservando sus estructuras internas, su cultura y en muchos casos su lengua. Roma no los integraba: los contrataba.
A finales del siglo III y durante el IV, la presencia germana en el ejército romano dejó de ser marginal. Primero llegaron como soldados rasos, luego como mandos intermedios, y luego como generales. El sistema funcionaba porque muchos de ellos eran extraordinariamente competentes y ferozmente leales al Imperio que los había incorporado. Pero la lealtad al Imperio y la lealtad a Roma como concepto cultural eran dos cosas distintas, y esa distinción tardaría en volverse visible.
Constantino I creó el Magister Militum alrededor del año 312 como parte de una reforma que separó el mando militar del civil. Hasta entonces, los gobernadores provinciales ejercían ambas funciones simultáneamente: administraban el territorio y comandaban las tropas estacionadas en él. Constantino consideró esa acumulación de poder una amenaza y la desmanteló, creando una jerarquía militar independiente encabezada por el Magister Militum.
Era el cargo más poderoso del Imperio después del trono. El Magister Militum controlaba el movimiento de tropas, decidía la estrategia defensiva, nombraba a oficiales subalternos y era el interlocutor directo del emperador en todo lo relativo a la guerra. En la práctica, cuando el emperador era débil o menor de edad, el Magister Militum era quien gobernaba realmente.
Los primeros titulares del cargo eran de extracción romana o profundamente romanizada. El cargo era demasiado nuevo, demasiado estratégico y demasiado cercano al trono para confiárselo a alguien que no fuera de confianza plena dentro de los círculos del poder tradicional. En ese momento, la idea de que un hombre de origen germano pudiera llegar a ese puesto era no solo improbable sino institucionalmente impensable.
Flavio Estilicón nació alrededor del año 359. Su padre era un oficial de caballería vándalo al servicio del ejército romano, y su madre era romana. Creció dentro del sistema militar imperial, ascendió por sus capacidades y por sus alianzas, y hacia el año 383 ya era lo suficientemente prominente como para ser enviado como embajador al rey persa Sapor III. Era el tipo de hombre en quien el Imperio confiaba sus asuntos más delicados.
Su posición se consolidó de forma definitiva cuando el emperador Teodosio I le entregó en matrimonio a su sobrina Serena. Teodosio estaba vinculando a este hombre de sangre vándala con la familia imperial de forma permanente. Poco después, cuando Teodosio murió en el año 395 dejando a sus dos hijos (Arcadio en Oriente y Honorio en Occidente) como sucesores, Estilicón afirmó haber recibido del emperador moribundo el encargo de tutelar a ambos.
Honorio tenía diez años cuando llegó al trono, y Estilicón tenía el ejército.
Como Magister Militum de Occidente, Estilicón enfrentó de forma casi inmediata la amenaza más seria que el Imperio había visto en décadas: Alarico y los visigodos, que tras la muerte de Teodosio vieron el momento como una oportunidad y comenzaron a moverse por los Balcanes y hacia Italia. Lo que siguió fueron años de un conflicto donde un general de origen vándalo defiende Roma de un rey godo, en un Imperio que ya depende de soldados germanos para sobrevivir.
Estilicón venció a Alarico en la batalla de Pollentia en el año 402 y de nuevo en Verona en el 403, expulsándolo de Italia en ambas ocasiones.
La facción de la corte que odiaba y temía a Estilicón llevaba años trabajando para desacreditarlo, alimentando la desconfianza del propio Honorio hacia el hombre que lo había protegido desde niño. En el año 408 las acusaciones de traición se formalizaron, y Estilicón fue arrestado mientras se refugiaba en una iglesia de Rávena y ejecutado el 22 de agosto de ese mismo año.
Parte de las tropas bárbaras que servían en el ejército romano bajo el mando de Estilicón, al enterarse de su muerte, desertaron y se unieron a Alarico. Decenas de miles de familias bárbaras que vivían dentro del territorio romano fueron masacradas por la población romana tras la muerte de Estilicón. Aquellos que sobrevivieron buscaron refugio con Alarico, engrosando su ejército. Dos años después, en el 410, Alarico saqueó Roma durante tres días. Era la primera vez en ocho siglos que la ciudad caía ante un enemigo.
El Imperio no sobrevivió mucho tiempo a la eliminación del único hombre que había sido capaz de defenderlo. La ironía es verificable: lo mataron acusado de ser demasiado bárbaro para proteger Roma, y sin él, Roma fue incapaz de protegerse a sí misma.
Flavio Aecio era romano de nacimiento, hijo de un general de origen parcialmente escita. Pero su biografía desmiente cualquier pureza de esa categoría desde edad muy temprana. Siendo adolescente fue entregado como rehén a los visigodos, práctica habitual en la diplomacia romana de la época para garantizar acuerdos de paz. Años después fue entregado de nuevo, esta vez a los hunos, donde vivió durante un período prolongado en la corte de la confederación huna. Aprendió a montar, a combatir y a pensar como ellos. Cuando volvió al mundo romano era, en todo lo que importaba militarmente, un hombre de dos mundos.
Esa experiencia fue su mayor activo político durante décadas. En el caótico período que siguió a la muerte del usurpador Juan en el año 425, Aecio regresó a Italia al frente de un ejército de sesenta mil hunos que había reclutado personalmente entre sus contactos en las estepas. Lo hizo para negociar su posición dentro de él, y el resultado fue que obtuvo un alto mando militar a cambio de disolver el ejército huno y enviarlo de vuelta.
Durante las décadas siguientes Aecio construyó su poder sobre ese mismo principio: Roma lo necesitaba porque él era el único romano capaz de negociar con los bárbaros en sus propios términos. Era el intermediario indispensable entre el Imperio y el mundo que lo rodeaba. Utilizó mercenarios hunos para aplastar a sus rivales romanos, firmó acuerdos con visigodos, francos y burgundios, y manejó las fronteras occidentales con una habilidad que ningún general romano de su época podría haber igualado precisamente porque ninguno de ellos conocía el mundo bárbaro.
Llegó al Magister Militum y se mantuvo en ese cargo durante más de veinte años, convirtiéndose en el último romano que ejerció un control real sobre la situación militar de Occidente. Los historiadores modernos lo llaman, el último de los romanos.
En el año 451 su carrera culminó en los Campos Cataláunicos, en la Galia. Atila y los hunos habían cruzado el Rin con un ejército que las fuentes antiguas describen con varios cientos de miles, cifras que se consideran exageradas, pero que en cualquier caso representaba la amenaza militar más seria que el Imperio había enfrentado desde hacía generaciones. Aecio reunió una coalición que incluía visigodos bajo su rey Teodorico I, francos, burgundios, alanos y contingentes romanos. Era un ejército fundamentalmente germánico bajo mando romano.
Atila fue obligado a retirarse y nunca volvió a penetrar tan profundamente en territorio romano. Fue la última gran victoria militar del Imperio Romano de Occidente.
Aecio no sobrevivió mucho a ese triunfo. En el año 454, el emperador Valentiniano III lo convocó a una audiencia privada y lo mató con sus propias manos, ayudado por sus guardias. Un año después, dos soldados que habían servido bajo el mando de Aecio asesinaron a Valentiniano III durante un ejercicio militar en el Campo de Marte. El Imperio había empezado a devorarse a sí mismo de forma ya irreparable.
Flavio Ricimero era nieto del rey visigodo Walia por línea materna. Por línea paterna descendía de la realeza sueva. No había en él nada romano excepto el nombre latino, la educación que había recibido al servicio del Imperio y la ambición que ese sistema había cultivado en él desde joven. Llegó al Magister Militum en el año 456, tras derrotar a una flota vándala en Sicilia y a un ejército visigodo en el norte de Italia.
Y durante dieciséis años fue el hombre más poderoso del Imperio Romano de Occidente.
La lista de emperadores que Ricimero hizo y deshizo es la demostración más elocuente de lo que el Imperio era en ese momento. En el año 456 depuso al emperador Avito, que había llegado al trono con apoyo visigodo y cuyo reinado Ricimero consideró inconveniente. En el 461 ejecutó al emperador Mayoriano, al que había apoyado inicialmente pero que resultó ser demasiado competente e independiente para los intereses de Ricimero: Mayoriano había reorganizado el ejército, recaudado impuestos con eficiencia y planeaba recuperar el norte de África. Ricimero lo arrestó, lo torturó durante cinco días y lo decapitó. Puso en su lugar a Libio Severo, un senador sin ningún poder real que murió en el 465, probablemente envenenado, aunque las fuentes no son precisas. Después vino Antemio, propuesto por el emperador de Oriente, que culminó en el episodio más extraordinario de su carrera: en el año 472, Ricimero sitió Roma.
No fue un ejército extranjero el que puso cerco a la capital simbólica del Imperio. Fue su propio general en jefe, con un ejército compuesto en su mayoría por burgundios y otras tropas germanas bajo su mando, atacando la ciudad para deponer al emperador que él mismo había colocado en el trono cinco años antes. Roma fue tomada y saqueada durante varios días. Antemio fue ejecutado, y Ricimero puso en el trono a Olibrio, que murió de enfermedad pocas semanas después. Ricimero murió a su vez en agosto del mismo año, 472, probablemente de una hemorragia cerebral.
En dieciséis años había nombrado a cuatro emperadores, depuesto a cuatro, saqueado Roma y demostrado de forma incontrovertible que el trono imperial era un título que él concedía y retiraba según sus intereses. Pero nunca pudo ser emperador él mismo, ya que la ley romana, que seguía vigente, lo impedía expresamente: su origen germano lo inhabilitaba para el cargo más alto del sistema que él ya controlaba completamente.
Cuando Odoacro depuso a Rómulo Augústulo en el otoño del año 476, no estaba destruyendo nada que no llevara décadas en proceso de transformación. Rómulo Augústulo ni siquiera era reconocido como emperador legítimo por la corte de Constantinopla, que consideraba a Julio Nepote (exiliado en Dalmacia desde el año anterior) como el verdadero emperador de Occidente.
Odoacro mantuvo el Senado romano en funcionamiento, siguió usando el latín como lengua de administración, y emitió moneda con iconografía romana. Gobernó Italia durante casi dos décadas con una burocracia que era, en su mayor parte, la misma que había servido a los emperadores anteriores.
Estilicón, Aecio y Ricimero ya habían demostrado con sus vidas que el Imperio podía funcionar con germanos en su centro. Cada uno representó una etapa del proceso: Estilicón, el germano integrado en Roma que murió defendiéndola de otros germanos; Aecio, el romano cuyo poder real era indistinguible del bárbaro; Ricimero, el hombre que ya era el Imperio en todo salvo en el título. Cuando Odoacro llegó, la transformación llevaba un siglo completándose.
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