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EL TIEMPO.COM -Cali · Aug 22, 2026

Torres del Limonar, uno de los símbolos más dolorosos de la tragedia por el terremoto de 7,4 que se quedó grabado en la memoria de Cali

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Carolina Bohórquez Ramírez · El Tiempo

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A casi dos semanas del sismo, lo que era un referente de vecinos es hoy una zona cero de tristeza, pero también de milagros. Velitas por víctimas. 

Día de velitas por las víctimas del terremoto. Foto: Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO

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Un estrépito ensordecedor pulverizó en cuestión de segundos esos cinco pisos llenos de vida con 40 hogares donde los fines de semana se diluían entre risas en la piscina de la terraza y el murmullo de los carros que bajaban a los garajes subterráneos. Fue allí donde la tierra succionó el conjunto de un cuajo.

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Las Torres del Limonar eran mucho más que paredes de concreto; construidas entre los años 70 y 80, representaban el orgullo arquitectónico entre los barrios Capri y Nuevo Rey, el sueño alcanzado de la clase media profesional caleña y el hogar de una vecindad entrañable donde todos se conocían por sus nombres. 

Así era antes el edificio Torres del Limonar. El terremoto causó su desplome en el sur de Cali.

Así era antes el edificio Torres del Limonar. El terremoto causó su desplome en el sur de Cali. Foto:Google Maps y Carolina Bohórquez / EL TIEMPO

El lunes 10 de agosto de este año, a las 7:34 de la mañana, el violento terremoto de magnitud 7,4 trituró esa historia viva y borró de golpe el tradicional complejo del sur de Cali, levantando una densa nube de polvo gris que oscureció el sector. 

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Van ya dos semanas de aquella mañana de terror que partió en dos la historia de la ciudad; 14 días en los que las familias aún miran la enorme montaña de escombros revueltos, intentando procesar cómo la rutina en armonía se convirtió en una fosa de concreto en un abrir y cerrar de ojos.

Velitas por las víctimas en Cali.

Velitas por las víctimas en Cali. Foto:Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO

Una noche de velitas en homenaje a las víctimas

En medio de la profunda tristeza, el barrio se iluminó este 21 de agosto con una velatón masiva como un homenaje sincero a las víctimas de la tragedia. Cientos de luces encendidas por los vecinos transformaron el dolor del sector en un símbolo de unión y esperanza frente a las ruinas.

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Día de velitas por las víctimas del terremoto.

Día de velitas por las víctimas del terremoto. Foto:Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO

En los primeros días, el caos de la emergencia se congeló ante un gesto unánime. En medio de la angustia de los brigadistas que removían bloques de concreto con sus manos desnudas, se empezaron a escuchar unos golpes sordos. 

Labores de búsqueda y rescate adelantadas por profesionales en Torres del Limonar.

Labores de búsqueda y rescate adelantadas por profesionales en Torres del Limonar. Foto:Jaiver Nieto Àlvarez.

Era un eco metálico  que ascendía desde las profundidades de la destruida Torre B. De inmediato, un bombero elevó el puño cerrado. El gesto se replicó en cadena. Las plantas eléctricas y los rotomartillos se apagaron, dando paso a un silencio que se extendió como una ola, erizando la piel de los cientos de voluntarios y familiares en el perímetro de seguridad.

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Abajo, en el laberinto de cemento, Santiago Aguirre, un rescatista voluntario de 25 años, no esperó la orden de retirada. Encendió su linterna frontal y se internó a gatas por una grieta inestable. Se arrastró sobre varillas expuestas y fragmentos de concreto que amenazaban con ceder ante cualquier réplica. Avanzó boca abajo, abriéndose paso en un espacio confinado hasta llegar a lo que quedaba del apartamento 401.

Rescatistas y ciudadanos forma una cadena de esperanza. El edificio Torres del Limonar en escombros.

Rescatistas y ciudadanos formaron una cadena de esperanza. Foto:Carolina Bohórquez / EL TIEMPO

Allí, pegando el oído a una losa fracturada, la luz de su linterna reveló el milagro: un pesado clóset de madera maciza había resistido el impacto del techo, formando un pequeño "triángulo de vida". En su interior, atrapada de piernas hacia abajo, Diana Troncoso golpeaba la estructura con lo último que le quedaba de fuerzas. El aire en aquel nicho asfixiante se estaba agotando.

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—¡Aquí hay una mujer viva! —gritó Santiago hacia la superficie, rompiendo la tregua del silencio.

A ocho metros bajo las botas de los rescatistas, en un espacio no mayor al de un ataúd, la ingeniera biomédica de 31 años profesaba un arraigo ciego por la vida y sostenía un pulso milimétrico contra la muerte. Había pasado la noche en vela, en total oscuridad. Santiago se quedó ahí, hablándole sin descanso para evitar que perdiera el conocimiento, mientras su piel se teñía de un gris calcáreo por el polvo flotante.

El rescate de Diana Troncoso en Torres del Limonar.

El rescate de Diana Troncoso en Torres del Limonar. Foto:Samir Rojas

Arriba, el desafío se transformó en una cirugía de alta ingeniería que se prolongó por horas. El cabo Sebastián Sánchez operaba a ciegas desde la superficie para deslizar una manguera de suero a través de un ducto de ventilación colapsado. Cuando los primeros rayos del sol iluminaron las ruinas al día siguiente, el alcalde de Cali, Alejandro Eder, confirmaba la angustia general ante los medios: "Los bomberos están a punto de rescatar a Diana. Solo sé que se llama Diana y les pido a los colombianos mucha oración por ella y todas las víctimas".

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A las 30 horas del colapso, el martes 11 de agosto, Diana emergió a la superficie en una camilla rígida, con el rostro cubierto por una máscara de oxígeno, pero esbozando una mirada de alivio hacia su padre, Álvaro Troncoso. El hombre había salido del edificio minutos antes del sismo y, al regresar, descubrió con horror que el hogar de su hija ya no existía. 

Trasladada de urgencia a una clínica, Diana enfrentaba cirugías por lesiones en sus extremidades y terapias para volver a caminar debido a la presión del concreto sobre sus nervios, pero estaba viva. Santiago Aguirre la vio pasar en hombros entre un aplauso unánime de la multitud. Extenuado por el desgaste físico y mental, el joven rescatista se sentó en el cordón de la acera y se soltó a llorar. Cuando la tragedia está siendo asimilada por todo un país en estas dos difíciles semanas, Diana pudo cobrar fuerzas para decir: "Hoy quiero dar las gracias, primero que todo, a Dios por el milagro de la vida, por sostenerme en medio de los escombros y darme esta nueva oportunidad. Gracias a los rescatistas, bomberos y voluntarios que no dudaron ni un segundo. Ustedes fueron las manos de Dios en la oscuridad. Gracias a mi familia y a mis amigos por su amor, sus oraciones y por no soltarme”.

El rescate de Diana Troncoso en Torres del Limonar, el 11 de agosto.

El rescate de Diana Troncoso en Torres del Limonar, el 11 de agosto. Foto:Samir Rojas

El bloque de socorristas —un pelotón de más de 80 bomberos locales complementado por brigadas de Bogotá, Jamundí y especialistas internacionales— no tuvo tiempo para celebrar. Horas antes, el rescate de Carlos Esteban Rebolledo, tras 32 horas bajo el concreto, había inyectado una de las mayores dosis de urgencia. Al salir con una chaqueta de los bomberos cubriéndole el torso desnudo, Carlos Esteban gritaba desesperado a la cadena humana que removía escombros: “¡A unos metros de mí hay un parcero! Él está vivo. ¡Escúchenlo! Traten de localizarlo”.

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La resistencia en las Torres del Limonar se disputaba centímetro a centímetro. Mientras el rescate de Diana devolvía la fe, otra escena paralela, liderada por el voluntario Brian Osorio, paralizaba los corazones. Un murmullo débil emergió de una ranura profunda: “Sí, aquí estoy. Estoy con un bebé”.

La lucha por el bebé Salomón

Era la voz de un padre protegiendo el futuro. Al colapsar la estructura, Juan David Gómez convirtió su propio cuerpo en un escudo de carne y hueso, soportando el peso del techo para salvar a su hijo, el pequeño Salomón, de apenas dos meses y medio de nacido. Cuando los socorristas abrieron el acceso, lo primero que vieron fue la pequeña cabeza del bebé, cuyo tono de piel empezaba a oscurecerse por la falta de oxígeno. 

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Personas ayudaron en las inmediaciones del edificio Torres del Limonar. Foto:Cortesía.

Tras limpiar rápidamente sus vías respiratorias, Salomón soltó sollozos. Aquel llanto fue un bálsamo que hizo llorar a los curtidos brigadistas. Padre e hijo sobrevivieron; el bebé, custodiado por el amor radical de su progenitor, apenas sufrió raspones leves.

Sin embargo, en las Torres del Limonar, el milagro y el luto caminaron de la mano. El drama de Juan David y Salomón se tornó sombrío días después, al confirmarse que la madre del menor, Valentina Vanegas, y su tío, Juan Esteban, no corrieron con la misma suerte. Sus cuerpos fueron hallados sin vida por las brigadas de rescate bajo los escombros de lo que fue su apartamento.

Alegría por los peluditos sobrevivientes

El rescate de Diana Troncoso en Torres del Limonar, el 11 de agosto.

El rescate de Diana Troncoso en Torres del Limonar, el 11 de agosto. Foto:Samir Rojas

La vida también se aferró a las ruinas a través del instinto animal. Antonio, un perro criollo, soportó casi 48 horas sepultado a más de nueve metros de profundidad. Protegido por una bolsa de aire accidental entre dos placas colapsadas, salió batiendo la cola al ver los cascos y las linternas. Para su dueña, Camila Sepúlveda, ver a su mascota con vida fue una señal de fe mientras esperaba noticias de su madre y su abuela atrapadas. Un día después, brigadistas de la Policía Nacional lograron extraer a Renata, una perrita de una familia vecina que soportó 72 extenuantes horas de oscuridad y deshidratación profunda. Su mirada desorbitada y asustada al salir conmovió a los socorristas, aunque la alegría fue agridulce: los reportes oficiales confirmaron que sus cuidadores fallecieron aplastados en el primer piso.

Con el paso de las horas, los lamentos bajo las losas se apagaron y dieron paso al doloroso olor de la descomposición orgánica. Las labores de búsqueda de sobrevivientes continuaron sin tregua hasta el viernes 14 de agosto. Ese día, tras confirmarse mediante equipos de ultrasonido y caninos especializados que ya no quedaban señales de vida, los organismos de socorro cambiaron oficialmente el protocolo de "búsqueda y rescate" al de "recuperación de cuerpos".

Rescatistas y ciudadanos forma una cadena de esperanza. El edificio Torres del Limonar en escombros.

Rescatistas y ciudadanos, en una cadena de esperanza. El edificio Torres del Limonar en escombros. Foto:Carolina Bohórquez / EL TIEMPO

El dolor se extendió hasta el domingo 16 de agosto por la noche, cuando los brigadistas recuperaron el cadáver número 24 reportado como desaparecido bajo la infraestructura. Con la extracción empezó a concluirse la fase de recuperación en el complejo de Capri, abriendo paso a las retroexcavadoras y maquinaria pesada para la remoción definitiva de las toneladas de escombro.

Hoy, dos semanas después del sismo, las retroexcavadoras siguen rugiendo y abriéndose paso entre el amasijo de losas rotas, tuberías dobladas y ladrillos pulverizados que aún cubren el terreno en una manzana completa. También se eliminaron los árboles aledaños a lo que fue Torres del Limonar. 

Justo al lado de las faenas mecánicas, una estructura conocida por los vecinos como 'La carpa de los recuerdos' resguarda álbumes de fotos, juguetes y ropa recuperada por los voluntarios; los restos tangibles de las 64 familias que lo perdieron todo. 

Entre el polvo flotante y el vacío dejado por la muerte de estas 24 personas, queda el eco de los golpes mecánicos bajo la losa y las marcas en las manos de los rescatistas que demostraron que, en medio de la peor tragedia de su historia, Cali se negó a dejar de buscar.

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