Hoy te traigo cinco cosas: la pobreza juvenil que las estadísticas oficiales no ven, una empresa de IA que ya vale casi un billón de dólares, máquinas que corren más rápido de lo que nadie predijo, por qué te fías de ellas más de lo que deberías, y el día en que dejaste de tener aficiones.
Un estudio del IVIE y la Fundación BBVA pone número a algo que muchos jóvenes ya intuían. Uno de cada tres hogares menores de 35 años queda en riesgo de pobreza después de pagar la vivienda. La estadística oficial los sitúa en el 24,5%. Cuando descuentas el alquiler y los suministros básicos, la cifra sube hasta el 33%.
El detalle importa porque ese 33% todavía se queda corto. No cuenta a quienes ni siquiera han podido emanciparse, que ya rondan el 65% de los jóvenes. La edad media para salir de casa está en los 30 años, frente a los 26 de la media europea.
De fondo hay un cambio de régimen. En 2008, el 65% de los hogares jóvenes vivía en propiedad. Hoy esa proporción no llega al 41%. Y el alquiler social, que en España apenas alcanza el 3,5% del parque frente al 8% europeo, no amortigua casi nada.
Aquí está el margen. La foto oficial de la pobreza mide la renta antes de la vivienda, justo el gasto que define la vida del que alquila.
Anthropic cerró una ronda que la valora en 965.000 millones de dólares y la coloca por delante de OpenAI (852.000 millones). Sus siete fundadores pasan a tener unos 16.600 millones cada uno. Para hacerte una idea del ritmo, hace un año la empresa valía 61.500 millones. Multiplicar por quince en doce meses no es una métrica de negocio habitual.
El sostén de esas cifras es el cómputo. Según el folleto de salida a bolsa de SpaceX, Anthropic le paga 1.250 millones de dólares al mes por usar su superordenador. Buena parte del capital que entra sale por esa misma puerta.
Lo llamativo es el coro de fondo. Altman habla de inversores sobreexcitados, Zuckerberg menciona un posible colapso, y el día del anuncio Broadcom se dejó un 13% en bolsa. Aun así, el 68% de los directivos del sector planea gastar más este año.
La pregunta económica no es si la IA mejora la productividad. Es si los precios de hoy ya descuentan un futuro que todavía no existe.
A principios de mayo, los mejores superpronosticadores estimaron que, para finales de 2026, los modelos de IA alcanzarían un horizonte de tareas de entre tres y cuatro horas, según la métrica de METR para el percentil 80 de duración. A finales de mayo, un modelo ya había llegado ahí. Siete meses de adelanto sobre la mediana de los expertos.
El dato lo recogía Ethan Mollick, y la moraleja la resumió mejor un comentarista en el mismo hilo. Quien hizo su plan de negocio con los modelos del primer trimestre ya trabaja con un mapa viejo.
Para cualquiera que tenga que decidir inversiones, contrataciones o procesos, el problema no es la velocidad. Es que la velocidad sorprende incluso a quienes se dedican a anticiparla.
Un artículo recién publicado en Experimental Philosophy, con nueve estudios preregistrados y 3.895 participantes, encuentra un sesgo curioso. La gente deduce la moralidad de una IA a partir de su inteligencia. Cuanto más capaz parece el sistema, más se le atribuye no solo competencia moral, también voluntad de hacer el bien.
El problema es que ese vínculo no tiene por qué existir. La llamada tesis de la ortogonalidad sostiene que un sistema puede ser muy capaz y perseguir cualquier objetivo, bueno o nefasto. Que los modelos actuales parezcan alineados es fruto del trabajo de seguridad que se les añade. La inteligencia, por sí sola, no lo garantiza.
Y ahí está el riesgo que señalan los autores. Si el público y los reguladores creen que más listo equivale a más seguro, exigirán menos inversión en la seguridad que produce justamente esa apariencia. Una profecía que se desmonta sola.
Cierro con algo más ligero, una columna de Ramón González Férriz sobre una pérdida silenciosa, la de las aficiones manuales. Tocar el piano, coser, arreglar un electrodoméstico. Cosas que pedían horas, torpeza y constancia, y que casi nadie practica ya.
La anécdota que abre el texto lo dice todo. Un jubilado decide aprender a reparar su aspiradora, busca un vídeo en YouTube y, enlace tras enlace, acaba de madrugada viendo rescates de perros y choques de coche con la aspiradora intacta apoyada en la pared.
El ocio se ha partido en dos, lo que toca hacer y mirar una pantalla. Y la mayor parte del tiempo se confunden.
Visto desde la economía, es un problema de coste de oportunidad. Cada hora libre tiene un precio, y la pantalla puja siempre más alto. Hasta el autor confiesa que, para aprender a zurcir calcetines, terminó preguntándole a una IA.
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