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🎙️ Soy Israel Alcázar, co-fundador de Thinking With You donde llevamos más de 11 años acompañando a organizaciones en sus procesos de evolución organizacional. Si necesitas ayuda con alguno de los retos en tu equipo u organización. ¡Hablemos!
Últimamente parece que el mundo del software se está acabando porque cualquier chaval con una suscripción a Claude Code puede replicar una herramienta compleja en un fin de semana. Es lo que algunos han bautizado como el SaaSpocalipsis, un pánico colectivo que ha hecho caer las acciones de las tecnológicas ante la creencia de que la IA ha democratizado tanto el código que ya nada tiene valor. Pero si te paras a pensarlo con un poco de calma y dejas de escuchar a los profetas del desastre, te darás cuenta de que estamos cometiendo un error de bulto: Pensar que el valor de una empresa de software reside solo en sus líneas de código es como pensar que el valor de un restaurante es solo la receta de su salsa secreta.
El concepto de vibe-coding está muy bien para fardar en X, pero la realidad en las organizaciones es otra muy distinta. Puedes clonar la interfaz de Salesforce o de Reddit en dos tardes, pero no puedes clonar a cien millones de usuarios ni una década de datos críticos que mueven el negocio. La IA es un arma simétrica y si un atacante puede usarla para copiarte, tú, que ya estás establecido, puedes usarla para mejorar diez veces más rápido. Tienes la distribución, tienes la confianza y tienes el cliente. Eso no se replica con un par de prompts bien tirados desde el sofá de casa.
Leía esta semana un artículo de Finbarr Taylor, In defense of SaaS donde habla de los muros que la IA no va a derribar tan fácilmente y que Taylor llama: Los fosos
El primero es el trauma organizativo que supone cambiar de sistema. Sustituir una plataforma como Workday no es un problema técnico, es una cirugía a corazón abierto en la cultura y los procesos de una empresa que puede durar años. A esto le sumas el historial de datos acumulados que ninguna aplicación recién nacida puede ofrecer y tienes una barrera de entrada brutal. Al final, las empresas compran software para minimizar riesgos, no para jugar a los experimentos.
Hay una verdad en el mundo corporativo que se está pasando por alto: los directivos no siempre buscan lo mejor o lo más barato, buscan a alguien a quien culpar si las cosas salen mal. Es el viejo mantra de que nadie ha sido despedido por contratar a Salesforce (o a Mckinsey). El software empresarial es, por encima de todo, una transacción de confianza. Los compradores necesitan saber que hay alguien al otro lado del teléfono a las dos de la mañana y que la empresa seguirá viva dentro de tres años.
Un agente de IA autónomo no te va a dar la cara en una junta de accionistas cuando el sistema se caiga.
Incluso si aceptamos que las interfaces van a desaparecer porque los agentes de IA harán el trabajo por nosotros, esos agentes necesitan una infraestructura sólida donde depositar los datos. El sistema de registro, la seguridad y el cumplimiento legal de normativas como la GDPR o SOC 2 son barreras burocráticas que un proyecto de fin de semana no puede saltar. Por mucho que cambie la forma en que interactuamos con las máquinas, los cimientos del negocio siguen siendo los mismos.
Me gusta mucho la comparación que hace Taylor con la comida. Pensar que el software es solo código es como creer que la nutrición lo es todo. Puedes fabricar un bollo industrial lleno de vitaminas, pero eso no lo convierte en una comida real. De la misma forma, un código generado por una IA puede parecer funcional, pero no es una empresa de software ya que una empresa de software además del equipo técnico debe contar con un equipo comercial que venda el producto, equipos de atención al cliente que resuelvan las dudas de los clientes, equipo de legal y compliqnce que cuide de las normas a cumplir.
En cualquier caso, ya sabemos que lo que vende es el miedo y en este caso los mercados lo asumieron pero no debemos dejar de entrenar nuestro pensamiento crítico y entender bien el contexto real.
Creo que si que la IA puede provocar que las empresas mediocres sufran y desaparezcan, pero las grandes van a usar esta tecnología para hacerse jodidamente imbatibles.
Donde sí que veo una carnicería real es en el mercado de las micro-aplicaciones de nicho y en esas herramientas que solucionan problemas muy puntuales.
Hablamos de toda esa morralla digital que antes nos obligaba a pasar por caja o a tragarnos publicidad infame. Piensa en las típicas aplicaciones de seguimiento de gastos, esas que solo servían para anotar qué habías gastado en el súper y poco más. O las calculadoras de hipotecas y rentabilidad de inversiones, que eran negocios enteros basados en una fórmula de Excel con una cara bonita. Antes perdíamos una mañana buscando la “mejor app de flashcards” para que los chavales estudiaran o un gestor de hábitos que no fuera un infierno de notificaciones. Hoy, todo eso es chatarra tecnológica porque alguien con tiempo y ganas puede pedirle a una IA que le monte una interfaz a medida y, de paso, que le analice los datos sin que salgan de su control.
Hoy, gracias a que la IA nos ha quitado el miedo a los que tenemos alma de ingenieros pero poco tiempo para picar código, nos estamos volviendo artesanos de nuestras propias soluciones. Yo mismo me he montado una app para ayudar a mi hijo con las matemáticas y conozco a otros que han hecho lo propio para que sus hijas estudien la tabla periódica mejor. Esa industria de las aplicaciones pequeñas es la que está realmente herida de muerte. Porque, seamos realistas, ¿para qué voy a comprar tu solución genérica y cerrada si puedo parir una en diez minutos que se adapte exactamente a lo que necesito en mi casa o con mi equipo?
Ahí es donde el “vibe-coding” pasará la guadaña sin ninguna piedad.

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