Compra aquí The College Dropout. Y si estás fuera de Colombia, cómpralo aquí.
Así lo recuerdo. Así me gusta recordarlo.
Los rayos del sol rebotaban en el carro blanquísimo, recién lavado por mi papá. Era domingo y, como todos los domingos, estábamos en Chinauta, a setenta kilómetros de Bogotá hacia el sur: tierra caliente. A finales de los ochenta mi abuelo había adquirido el terreno a cambio de unos muebles, por eso a la finca le puso «Cambalache». Por eso y por el tango de Santos Discépolo. Lo escuchaba sentado junto a la piscina, con una Club Colombia fría: «Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé».
Era domingo y, como todos los domingos, el almuerzo era en la finca de mis tíos, Chamanaló, a diez minutos de Cambalache. Yo ya estaba listo, y me subí al carro con el balón de basket a esperar a mis papás y mis hermanos. Me gustaban esos paréntesis, un pequeño mundo del que yo era el único habitante.
Supongo que pasé por varias emisoras, aunque tal vez fue la primera. El piano que evocaba el lujo de un casino de Las Vegas, la voz robusta que rebotaba sobre él, las frases que vibraban como cables de alta tensión. Había descubierto algo, pero no sabía qué. Me sentí súbitamente lejos de la piscina, del horno de barro o del árbol de pomarrosas que estaban a pocos metros. Había descubierto algo y no tenía palabras para nombrarlo.
Era 2003, yo tenía nueve años e ignoraba que 50 Cent había sobrevivido a nueve balazos frente a la casa de su abuela, se había quedado sin contrato discográfico y había embestido de nuevo con 50 Cent Is the Future, God’s Plan y otros mixtapes en los que se había apoderado de los beats más populares del momento para decorarlos con coros pegadizos y detallados relatos sangrientos; ignoraba que Dr. Dre —experto en pulir diamantes en bruto, como Snoop Dogg o Eminem— lo había firmado y juntos habían creado Get Rich or Die Tryin’, publicado en ese 2003, del que hacía parte el tema que me hipnotizó: «P.I.M.P», una exposición concisa de los principios del proxenetismo: «I don’t know what you’ve heard about me / But a bitch can’t get a dollar out of me».
Cuando mis papás y mis hermanos se subieron al carro solo sabía que quería más. Esa descarga eléctrica, esa bestia feroz, ese huracán carismático, no tenían nada que ver con Coldplay o Juanes o cualquier cosa que sonara en la ruta del colegio. Nunca había estado cerca de algo así, y lo sabía.
Así lo recuerdo: ese domingo fue la primera vez que escuché una canción de rap.
Quería más y fui por más. Dos años después ya había quemado mixtapes caseros que incluían «In Da Club» y «21 Questions» de 50; los escuchaba saltando en el sofá de la sala de mi casa. Ya me habían preguntado en el colegio si era rapero o hopper, y el tono del interrogatorio me había dejado claro que era un asunto serio. Pero aún no sabía qué era un álbum, nunca había escuchado uno entero. La decisión fue rápida en esa tienda de discos de Salitre Plaza a la que me llevó mi mamá para canjear un bono de regalo. En la estantería superior estaba The Massacre, el segundo de 50 Cent, publicado en 2005. Él me miraba desde la portada —con el ceño fruncido y los músculos del torso exagerados— como retándome a no elegirlo.
Solo con recorrer los muros de su biblioteca se puede ver cómo es una persona, escribió en sus diarios el escritor argentino Ricardo Piglia. En mi biblioteca musical, The Massacre es un punto de partida.
Un sábado por la mañana, antes de mis clases de inglés en el Colombo del centro, me di cuenta de que «A Baltimore Love Thing» —el ecuador del álbum— no era lo que yo pensaba. Hasta entonces le había prestado atención al coro aparentemente romántico, y a algunos versos sueltos sobre los conflictos de una relación de pareja. Esa mañana, a la acumulación de escuchas le sumé toda mi concentración. Ahí estaban los versos sobre televisores robados y el síndrome de abstinencia, sobre agujas y cucharas, sobre una adicción que hacía volar. No era una canción de amor, sino sobre la heroína. Y darme cuenta me hizo sentir parte de un lenguaje secreto, que se revelaba ante mi escucha atenta. Todavía busco ese lenguaje secreto en cada nuevo disco.
Escuché The Massacre una y otra vez, en busca de los huevos de pascua que no había captado al inicio. Estaba obsesionado con todo el disco, desde la balacera que marca el inicio. Cada vez que ponía MTV, ahí estaba el video de «Candy Shop», y aprendí algo sobre mi deseo al ver a esas bailarinas casi desnudas. En el colegio repetía el coro, «I’ll take you to the candy shop / I’ll let you lick the lollipop», pero esa no la capté, asumí que a 50 de verdad le gustaban mucho los dulces. Y en mi habitación jugaba a que yo también era un villano —como también jugaba a lanzar genki-damas luego de ver Dragon Ball Z—, que la tierra se estremecía bajo mis pasos y mis enemigos temblaban al escuchar mi nombre, como en «Piggy Bank»; no tenía enemigos, pero de eso me podía encargar después.
Piglia también dice que los libros que marcan nuestra vida son aquellos de los cuales recordamos con nitidez el momento en que los estábamos leyendo. Me puedo ver en mi habitación, sentado frente al computador, repitiendo el video de «I’m Supposed to Die Tonight», impactado ante el estoicismo gélido con el que espera su muerte; me veo admirando el lujo aterciopelado con el que se desliza en «Ryder Music». The Massacre también era como una película. Y así como tantos raperos cuentan que de niños gravitaron hacia Tony Montana luego de ver Scarface, el campo magnético de 50 me atraía a pesar de que no tenía nada que ver conmigo. O precisamente por eso. Más allá de mis juegos, no quería matar ni morir, ni siquiera quería pegarle a nadie ni que me pegaran. Tampoco quería enemigos. Pero cuando me ponía mis audífonos y repetía como podía sus letras, podía dejar de ser un niño para imponer una voluntad concreta, para imaginar esa voluntad. Me olvidaba de mis terapias para aprender a pronunciar la «r» y de mi cuerpo todavía débil que no podía devolverle el golpe a Juan Ricardo, un mancito de la ruta, por ahí cinco años mayor, que me daba gatos por no saber cuál era la capital del Imperio Azteca.
Al interior de The Massacre podía protagonizar mi propio videojuego. Las vidas parecían infinitas: solo podía ganar.
La fecha de lanzamiento de Curtis, el tercer disco de 50 Cent, era el 11 de septiembre de 2007, la misma que la del tercer álbum de un rapero —otro— con tanta confianza que no distinguía entre su nombre de guerra y su nombre de pila, que borraba la distancia entre un escenario y su cotidianidad. No había ninguna barrera entre ambas partes de sí mismo, ningún antifaz ni capa que se quitara al volver a casa. 50, un bully experimentado, casó una competencia con él —el otro—: quien vendiera más copias en la primera semana se llevaría el anillo de campeonato, y el que perdiera se retiraría de la música. Del otro rapero había pillado nada más un par de temas en MTV, no lo consideraba una amenaza. Error mío: debí haberlo hecho tras escuchar los sencillos de Curtis, azucarados y sin proteína, y más aún luego de escuchar al otro rapero en La W, la emisora predilecta en mi casa, que sonaba incluso en dos radios a la vez para que mi mamá no se la perdiera desde ningún rincón. Julio Sánchez Cristo, para mí tan lejano del rap como mi abuelita, presentó la canción: se llamaba «Stronger». El título del álbum sería Graduation. Y el rapero, el otro, era Kanye West.
El sistema económico del rap se estaba desmoronando en 2007. El crítico Paul Thompson asegura que la batalla de ventas entre Curtis y Graduation —junto con el lanzamiento de Tha Carter III de Lil Wayne en el verano de 2008— fue el último eco de su bonanza comercial, propulsada por la venta de CD. Casi mil millones de unidades se habían distribuido por todo Estados Unidos en el 2000, y para 2007 esa cifra se había reducido a la mitad. El derrumbe lo causaron internet y la piratería, una dupla que las grandes disqueras no supieron interpretar, mucho menos enfrentar.
El infame pirata virtual Dell Glover filtró primero Graduation que Curtis a inicios de septiembre, y aún así Kanye West salió vencedor con 957 000 copias vendidas en la primera semana, casi trescientos mil más que su oponente.
50 Cent, el tipo más duro del rap, hecho a prueba de balas, había caído.
O eso fue lo que pensé, tremendista, a los trece años. Más tarde entendí que el duelo había sido amistoso, una estrategia de marketing provocativa que los benefició a ambos. Las 691 000 unidades que movió 50 en la primera semana, un número enorme, de ninguna manera representaban un fracaso. Su derrota, más bien, fue sonar como si tuviera mejores cosas que hacer que rapear con ganas. Guardé nada más dos temas de Curtis en mi MP3, e incluso esas los borré antes de que acabara el año. De esta manera implacable lidié con mi primera decepción musical.
El declive de 50 Cent hacia el final de los 2000 ha sido ampliamente interpretado como seña de un declive más amplio, el de todo el rap callejero. Paul Thompson propone un análisis más sencillo: luego de tres álbumes en cuatro años, de infinidad de mixtapes, de impulsar a su colectivo G-Unit, 50 estaba agotado. Si los artistas vienen al mundo con un número limitado de flechas doradas en su carcaj, como le dijo Francis Ford Coppola a María Gainza, 50 ya las había gastado todas.
En esa batalla de ventas entre 50 y Kanye también se habían enfrentado dos visiones distintas —casi opuestas— del rap. 50 era el más peligroso de su barrio y de cualquier otro, su pistola era más pesada que la tuya y no tendría ningún reparo en usarla de nuevo para sumarte a su lista de víctimas; era el prototipo de bandido convertido en rapero, prototipo que hasta entonces había dominado el rap. Su derrota no fue el fin de este modelo, Estados Unidos tiene una fascinación curiosa con los outlaws que, retando las probabilidades, logran ganar la carrera, tal vez porque confirman el Sueño Americano a punta de fuerza, tanto física como de voluntad. Sin embargo, el triunfo de Kanye sí demostró que aquella había dejado de ser la única carretera hacia la cima, que eran otros tiempos.
Kanye representaba esa otra forma de alcanzar el estrellato. No solo había vendido más discos que un titán comercial como 50: inauguraba un nuevo paradigma que sacudió toda la estructura del rap.
Esto lo empecé a entender dos o tres años después, sumergido en una investigación voraz sobre todo lo que tuviera que ver con hip hop. En 2007, aunque no me gustó Curtis, tampoco escuché Graduation. De hecho, pasaron un año y una mudanza a otro país antes de que escuchara a Kanye.
Chocotejas, pecanas, maíz gigante, una camiseta de la selección de fútbol: de Perú conocía lo que mi papá nos traía de sus viajes de trabajo a Lima. Una vez volvió con la traducción al español del quinto libro de Harry Potter, varios meses antes de su publicación oficial. La portada era pálida y las hojas se fueron despegando a medida que Harry y Hermione descubrían el sexo juntos y Ron mataba a Harry. Le dije a mi papá que me parecía que ese libro no lo había escrito J.K. Rowling. Él me respondió que en el semáforo donde lo compró le habían prometido que era el original.
En Bogotá a veces iba a los entrenamientos de basket con la camiseta de la selección peruana, y así había empezado a descubrir la jerarquía implícita que gobernaba Suramérica. Encima estaban Argentina y Brasil; Chile y Uruguay estaban a la misma altura de Colombia; y la base de la pirámide eran los demás países andinos, Perú, Bolivia y Ecuador. Les dije a mis compañeros del equipo que me iba a vivir a Lima por el trabajo de mi papá y ellos me hablaron de la Perubólica y de la Señorita Laura, del carrito sanguchero y de que pase el desgraciado, de las llamas y las indígenas. Me convencieron de que nos estábamos yendo de un país jodido a uno peor. Probé con varias excusas para quedarme en Colombia; ninguna funcionó, ni el plan de quedarme a vivir con mi madrina, ni el de agarrarme bien duro a las patas de la cama.
Me tomé mis primeros dos guaros en la despedida que me hicieron mis amigos del colegio Reyes Católicos. En un salón comunal de Recodo del Country, Vico C se relamía ante los antojos insaciables de «La vecinita» y yo, torpe para el baile, parado en una esquina, miraba todo lo que dejaba atrás con la intención de grabarlo en mis retinas. Nunca usé el regalo que me dieron, una camiseta con las fotos y los nombres de toda la promoción, pero mis palabras de agradecimiento fueron grandilocuentes, pomposas. Una relación a distancia no le pareció buena idea a mi novia de dos meses y así falló mi último intento de quedarme aunque me fuera. Buena decisión, no nos habíamos dado ni un pico.
El cielo de Lima me pareció un techo sucio que no dejaba pasar la luz. Era el 23 de julio de 2008, me acuerdo de la fecha exacta: el primer día de los casi cinco años que pasamos en Perú con mi familia. De camino a la nueva casa, mi papá tomó la Costa Verde, una autopista atrapada entre un acantilado y el océano Pacífico, que reflejaba el color panza de burro del cielo. Arriba estaba la ciudad, el carro avanzaba junto a la playa. Era invierno y ejercí el derecho al melodrama que todavía tenía a los catorce años. Desde la ventana del carro encontré triste ese mar de olas bravas. En la nevera de la casa había helado de lúcuma, un sabor que desconocía. No me gustó.
Reyes Católicos era un colegio mixto y laico, pero sin ningún desarrollo deportivo; en una ocasión perdimos 104-4 contra el San Carlos. Mi papá nos preguntó cómo queríamos que fuera nuestro nuevo colegio y con mis hermanos le pedimos que se mantuviera mixto y laico, pero con un buen nivel en basket. Solo escuchó la última parte y escogió el Colegio de la Inmaculada, una potencia atlética, aunque masculino y jesuita.
Yo era el líder del equipo de Reyes. Tenía algunos movimientos de poste, cierta movilidad, podía repartir el juego y mi olfato para los rebotes era misteriosamente agudo. Pensaba que para mi edad era, por lo menos, decente. Hasta que entrené por primera vez con el equipo de Inmaculada. Era casi otro deporte: todos eran más fuertes, más rápidos, con mejor puntería y conocimiento táctico que yo. La mayoría era parte de la selección nacional. Había varios postes de mi tamaño, así que ni siquiera me sirvió mi altura, ese atributo que ni flaquea ni se aprende. Cada entrenamiento era una marea agreste que me revolcaba y yo luchaba por mantenerme a flote. Pasaron meses antes de que pudiera seguirles el ritmo.
Un ecuatoriano me gimió al oído para desconcentrarme durante los pocos minutos que jugué en mi primer partido. El Colegio San Ignacio de Loyola, de Piura, era el anfitrión de los juegos deportivos jesuitas. Piura está cerca de la frontera con Ecuador y es de las ciudades más calientes de Perú, pero no dije nada cuando el coach Padilla nos dijo que para la inauguración de los juegos teníamos que llevar el buso. Llegué puntual, en pantaloneta y sudando bajo mi buso. Todos los demás estaban en camiseta, pero con el pantalón de educación física. Así aprendí que en Perú «buso» se refiere a un pantalón de sudadera. «Ay, Colombia», se quejó Padilla. Lo repitió varias veces ese primer año: «Ay, Colombia».
La distancia cultural me configuraba como presa fácil para bromas y malentendidos, y mis compañeros la aprovecharon. En una feria gastronómica de comida piurana me dijeron que probara ese pequeño pimentón rojo, que era muy rico. Ya sabía que eso era un rocoto y que picaba fuerte, pero yo era bueno para el picante así que mordí. Les di gusto: fingí que ardía más de lo que ardió.
Antes del viaje a Piura, mis compañeros habían insistido en que era importante que aprendiera a gilear, a coquetear. Hugo me repetía que para caerle bien a una «flaquita» en una fiesta tenía que decirle «Amix, ¿bailas? Si no, ni cagando cachas». Ya sabía que cachar era tirar, pero le dije a Hugo que sí, que iba a decir eso, se lo iba a decir a todas.
En los cinco días que estuvimos en Piura, nos hospedaron las familias del colegio San Ignacio. Yo me quedé con los Pastrana. Los papás se llamaban Maribel y Daniel y tenían tres hijos: Daniel, Marco y Sheyla.
La última noche fue de fiesta, una kermés en el San Ignacio a modo de clausura de los juegos. Arturo, un troglodita de uno noventa, me dio otro tip: tenía que acercarme a una «flaquita» y agarrarle el ojo como ritual de apareamiento. Antes de responderle que no les iba a seguir más el juego, que era inocente pero no tonto, vi que Sheyla estaba con sus amigas en la otra esquina. «Espere y verá», le dije a Arturo, y atravesé el patio del colegio; Wisin y Yandel cantaban sobre un cuerpo brutal que todo hombre desearía tocar. «Sígueme el juego», le pedí a Sheyla al acercarme. Hice una pinza con mi pulgar e índice y la cerré a un centímetro de sus párpados. Ella se río desconcertada, yo le agradecí mil veces y le dije que después le explicaba.
Volví caminando sin prisa, erguido, con tres puntos que no merecía pero que había sabido fabricar.
Ellos lo celebraron como una canasta ganadora en el último segundo.
«¡Puta, güevón, estás locazo!», gritó Arturo, y en sus gruñidos y sus risas de hiena escuché algo cercano al respeto.
Ganamos el torneo fácilmente; era una más para ellos, pero la primera medalla de oro para mí. En Facebook encontré la foto de la ceremonia de premiación: mi camiseta ni siquiera tenía número.
Pienso en mis primeros días en Perú y entonces pienso en Piura. Pienso en los chifles —como patacones cortados en láminas muy delgadas, pero mejores—que me regaló Maribel, una de las primeras muestras que tuve de la superioridad de la comida peruana. Recuerdo la fuerza del agua helada de la ducha. Puedo verme echado en la cama, escuchando en mi MP3 una canción de Bow Wow y Omarion, rap infantil que ya había cumplido su función como una camiseta que me quedaba pequeña. Necesitaba otra banda sonora.
Por esos días acompañé a mi papá a Polvos Rosados, un centro comercial conocido por sus buenos precios, sus productos de imitación y su variedad, más pequeño pero también mucho más cerca de nuestra casa que Polvos Azules, un monstruo de varios pisos en el centro de Lima. Mi papá buscaba algún repuesto para alguna cosa y yo me distraje en un puesto de música pirateada, buscando rap por fuera de mi mundo privado, más allá de mi computador, de mis audífonos. Así había encontrado mi primer disco —una compilación de Universal que me presentó a Nelly, Wu-Tang y DMX— y uno de mis primeros contactos con el rap en español —un combinado que compré en Cartagena, a los doce, en una excursión con el colegio; Cartel de Santa y las versiones en español de Cypress Hill fueron parte de mi iniciación—. Me emocionaba con el rap que encontraba afuera de mi casa: confirmaba que había otros como yo.
Interrumpí los regates de mi papá en el puesto del lado y logré que me diera cinco soles. De todos los discos que había, un mixtape me llamó como me había llamado The Massacre tres años antes. Lo compré sin pensarlo y, como cuando compraba un nuevo juego para el Play, casi sentía como si vibrara en mi mano. Llegamos a la casa, prendí mi computador y de una lo puse. Un año después de la derrota de 50, al fin iba a descubrir cómo sonaba, de qué hablaba, quién era Kanye West.

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.