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Dejarse caer · Sep 30, 2025

Todo lo que necesitabas

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Elena Medel · Dejarse caer

Mira el sol, se dice. Mira el sol, color yema de huevo, pétalo de rosa que se escurre, alrededor el fondo azul, y luego malva, y luego gris, y al final negro; mira el sol, avanzando en el centro del paisaje, y alrededor el cielo limpio, y la silueta de ladrillo rojo que lo enmarca, los toldos verdes y las rejas del balcón pintadas de gris, algunos tendederos, macetas que florecen o se secan. Mirando el sol está mirando la señal de que termina un día y se abre la pausa para que otro empiece, y entonces la cena rápida, algunos whatsapps que deja en leído, la mitad de un capítulo de una serie, las horas de sueño, la alarma del móvil. Pero antes mira el sol un poco más, hasta que apenas se intuye tras los edificios. Entonces Laura desliza la yema del índice por el panel táctil del teclado, mueve el cursor en la pantalla del portátil, cierra la aplicación que le mostraba el anochecer y regresa a la ventana del servidor de gestión de incidencias, al navegador con el correo abierto. Nightfall: se la recomendó una compañera en el canal de la empresa, antes de que la previnieran —un mensaje privado— de no difundir información privada. A Laura le quedaban todavía las últimas lecciones del curso de formación, pero le costaba marcar el final de la jornada. Contó: tengo la sensación de que todo lo que haga hoy no lo tendré que hacer mañana, pero nunca es así. Entonces BarF263 le habló sobre Nightfall. Es gratuita, tranquilizó; de vez en cuando salta un anuncio. Eliges la ciudad que quieres, y te avisa cuando empieza. Yo te recomiendo donde vives, o una en tu país o cerca, para que te sirva de verdad. Veo por el user que estás en Madrid, ¿no? Sí, interrumpió Laura. Pues Madrid o Barcelona o Málaga. En Google vas mirando cuándo pasa en cada sitio, y la diferencia, y tú calculas según quieras apurar más o aca. La frase no la terminó BarF263: el administrador la expulsó del grupo.

Laura se desconecta del servidor. En la barra de navegación teclea “sono”, y sus marcadores se anticipan: sonoterapia alquímica youtube. Elige un vídeo para que la acompañe: la sonoterapeuta se demora varios meses en subir uno nuevo, así que la mayoría los ha visto en decenas de ocasiones. A veces Laura busca otros canales, pero la prefiere a ella: frente a la cámara con sus cuencos y su mazo, una estatuilla de buda, velas encendidas. Faltan veinte minutos para las diez. Laura selecciona “MEDITACIÓN CON CUENCO ALQUÍMICO DE CRISTAL DE CUARZO PURO. ESCUCHAR CON AURICULARES”. En los meses de verano se despierta a la hora de siempre, aunque alargue el trabajo hasta más tarde; nota cómo los tobillos se le imantan al suelo vinílico, cómo el peso asciende pierna arriba. En su silla de oficina, cerrados los ojos, las palmas de las manos en torno a las rodillas, recto el cuerpo, escucha el vídeo sin auriculares; le agobia no hacer nada. La sonoterapeuta golpea el cuenco mientras Laura se incorpora, avanza cuatro pasos, abre la neverita. La persona del estudio contiguo —ignora el género, tan solo su primer apellido en la placa del buzón— abre la puerta a repartidores de comida a domicilio cada mediodía y cada noche. Laura lo evita: no le salen las cuentas para pagar la habitación con baño interior y cocina de juguete, y la cuota de autónomos, y los demás gastos, y añadir los pedidos de comida; también intenta aferrarse al hábito de picar ella misma la verdura o incluso hervir algo de pasta. La plaquita de inducción actúa como su cuenco alquímico. Laura activa el extractor y abre las ventanas, para no dormir con el olor a tortilla francesa; en el mismo espacio logró encajar una cama de noventa, un escritorio, una estantería para algunos libros. El baño, aparte: la ducha, el váter, el lavabo. Gong, y casca el huevo; gong, lo bate; así —gong— hasta que deposita en la mesa el plato y los cubiertos, pausa el vídeo.

Parte una esquinita de la tortilla, mastica, traga; parte otra esquinita, mastica, traga. Pronto llevará unas quince horas sentada. Con un doble clic abre una nueva pestaña en el navegador, que le sugiere algunas noticias de interés: el resultado de un partido de tenis, la confesión más íntima de un emprendedor de éxito, diez temas sobre los que jamás deberías hablar en la oficina. Un titular llama su atención: las sesiones de terapia gratis más efectivas. Laura pincha en el enlace. Aparta el plato. Lee. Pincha en el subrayado. Se despliega una ventana con el logo: Terap-ia. El periodista lo explicaba: gracias a unos prompts —un estímulo, habría explicado ella en otra época— que la propia herramienta ofrece por defecto, la Inteligencia Artificial permite al usuario disfrutar, por tiempo ilimitado y sin coste, de una sesión de terapia con un funcionamiento parecido al de las habituales con un profesional. «Terap-ia», indica, «está revolucionando el campo de la salud mental. ¿Nos encontramos ante el final de la psicología tal como la entendíamos?». En la caja de texto, Laura teclea: Hola. Terap-ia responde: ¡Hola! ¿Cómo estás? Laura cierra de golpe todas las ventanas. ¿Cómo estás? No se cambia de ropa: con el pantalón ligero y la camiseta ancha de publicidad que vistió nada más ducharse —no hoy, tampoco ayer— se mueve del escritorio al baño, toma cuatro pastillas de magnesio y dos de triptófano y una de colesterol —herencia de su padre— y una de melatonina. Del baño a la cama, estira las piernas, por fin horizontal.

No duerme.

Aunque las píldoras suelen facilitarle el sueño, hoy Laura se tumba boca arriba, boca abajo —en la mejilla el sudor que la nuca ha grabado en la funda—, de lado hacia la pared, de lado hacia el vacío, y nada. Por si algo la hubiese alterado, y lo motive, recuerda. Sonó la alarma, calentó un vaso de leche, migó una magdalena, tomó la primera ingesta de suplementos: una de jalea real, dos de multivitamínico. Ya había recibido varias decenas de formularios de atención al cliente, quejas y reclamaciones desde ochenta países, que el servidor le muestra en tres columnas: el texto original, la traducción automática, la sugerencia de respuesta. Laura tiene que revisar el segundo bloque, para comprender qué le exigen, y modificar el tercero según convenga: el software autopredictivo no se equivoca, pero sí comparte datos inoportunos; peca de honesto. Su labor consiste en eliminar toda la información superflua, para que el cliente no conozca demasiado sobre el funcionamiento del producto o del servicio. Firma como MadC374: Mad, por la ciudad; L, por la categoría; 374, por el número de empleada. Heredó el usuario de quien le precedió, que lo tomaría de otro, que lo tomaría de otro. Algún día alguien que no seré yo se llamará MadC374 en las respuestas a los clientes y los canales internos, imagina Laura; lo desea. Al principio no le convencía trabajar desde casa, con su equipo, ocupándose de su alta y de sus cuotas. Lo ha encajado con las historias en el grupo con sus antiguas compañeras de facultad, aunque nunca interviene.

Cuando Laura obtiene un mensaje adecuado a los estándares, presiona en el panel táctil para presionar en el botón, y lo envía; ya se ha acostumbrado a que la tercera columna se traduzca de manera automática, en cuestión de segundos. El primer tramo de la jornada transcurrió así, de ocho de la mañana a tres de la tarde, cuando se levantó para trocear un tomate en un plato hondo, y vaciar encima una lata de atún al natural, y aliñarlo con un chorro de aceite y una pizca de sal y algo de orégano; come frente al ordenador —tampoco dispone de otra mesa u otra silla; le tocaría sentarse en la cama—, con un vaso generoso de agua traga siempre tres comprimidos de colágeno, otro multivitamínico, otro de jalea real. Despachó formularios, más: Basuki desde Surabaya, István en Debrecen, Aïssatou en Touba, Emilia en Tacuarembó. Poco después de las nueve se conectaron las alertas de Nightfall: afuera empezaba a anochecer. Laura miró el sol esconderse. Cerró sesión en el servidor de la empresa, y seleccionó un vídeo de sonoterapia alquímica para relajarse. Pero ahora necesita sentirse productiva: no tolera la pereza. Se levanta, enciende la lámpara de escritorio —más amable para la noche que el plafón—, abre el portátil. La página de inicio le sugiere restaurar las últimas ventanas abiertas. En la cabecera de la página identifica la tipografía sin serifa, el nombre —Terap-ia— en negro sobre blanco, para no generar ruido. Acepta las cookies que rechazó ayer; suele escoger que no o ignorarlas, pero se distrae y pulsa que sí, que todas. En la caja de texto, Laura teclea: Hola. Terap-ia contesta: ¡Hola! ¿Cómo estás? Laura se fija en el saludo, en la pregunta; la repite para que no se le escape, y le sorprende su propia voz, más grave de lo que recordaba. ¡Hola! ¿Cómo estás? Ensaya una respuesta posible, la primera y la segunda palabra, se detiene, la tercera, reanuda, lo borra. Por fin, pulsa Enter: No muy bien, la verdad. Algo triste. Junto a la miniatura que representa a Terap-ia, tres puntitos parpadean: Lamento escuchar eso. ¿Qué te tiene triste? Si te apetece hablar de ello, aquí estoy para escuchar.

Laura conoce lo suficiente —cuatro cursos del grado en Ciencia e Ingeniería de Datos, tres asignaturas con buena calificación antes de abandonar el máster— como para saber que Terap-ia reproduce las pautas de cortesía para las que la programaron, y por eso le desconcierta cómo ella misma ha reaccionado: su cuerpo se destensa. No lo duda: Me siento sola, y cansada. Terap-ia, tres puntitos parpadean: Lo siento mucho. Sentirse sola y cansada puede ser realmente agotador, tanto física como emocionalmente. A veces, esas sensaciones se acumulan y parece que no hay salida. ¿Hay algo en particular que te esté pesando o simplemente es una mezcla de todo? El cuerpo de Laura pierde fuerza, casi estabilidad: Una mezcla de todo. Trabajo desde que me levanto hasta que me acuesto. Y tengo la sensación de que no hay nadie al otro lado. Terap-ia, tres puntitos parpadean: Entiendo, esa sensación de estar atrapada en la rutina sin conexión real puede ser muy abrumadora. Cuando la responsabilidad laboral ocupa toda tu energía, es fácil sentir que pierdes el contacto con lo que realmente te da paz o felicidad. Y la soledad, a veces, se siente aún más fuerte cuando todo lo demás parece demandar nuestra atención. ¿Hay algo que solías hacer o disfrutar que te ayudaba a sentirte más conectada o menos sola? A veces, retomar algo pequeño, aunque sea solo por unos minutos, puede cambiar un poco la perspectiva. Laura recuerda: Me gustaba salir, hablar, tomar algo. Pero no tengo con quién hacerlo. He ido perdiendo a la gente, o se han ido alejando. No tengo tiempo. Intento ahorrar para acabar con esto, pero no alcanza. Me siento atrapada. Terap-ia, tres puntitos parpadean: Eso suena duro. Es complicado cuando te encantaría salir, desconectar y disfrutar, pero las circunstancias no lo permiten. Además, el intentar ahorrar agrega presión y hace que todo se sienta aún más limitado. El deseo de estar con otras personas, charlar, tomar algo, es algo tan humano… y no tener con quién compartirlo puede dejarte con la sensación de estar desconectada del mundo. A veces, aunque no sea lo mismo, encontrar pequeñas formas de conectar —aunque sea a través de mensajes o llamadas breves— puede aliviar un poco esa sensación. Y también, si ahorrar es algo que te está ocupando mucho espacio mental, quizá podríamos pensar en maneras de disfrutar de esos pequeños momentos sin tener que gastar. ¿Te gustaría? Laura: Gracias. Terap-ia: De nada. Sé que no es fácil, pero siempre hay pequeñas maneras de encontrar algo de alivio. Si en algún momento te apetece hablar más o simplemente distraerte con algo, aquí estaré. Cuidarte a ti misma también es importante. Laura respira hondo, inspira hasta que la habitación la percibe minúscula, más grande su pulmón. Siente el efecto del magnesio, del triptófano, de la melatonina. Ante su silencio, Terap-ia lanza una ventana emergente: ¿Consideras que has obtenido todo lo que necesitabas?

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🗞️​ Este cuento se publicó en agosto en el diario El Mundo, con el título “Todo lo que necesitas”. Desde el año pasado colaboro con el suplemento La Lectura: un artículo al mes, también desde los libros.

🗓️​ El próximo domingo 5 de octubre participaré en el festival cultur_ALH de Granada: una conversación con Rachel Eliza Griffiths, moderada por Rosa Morillas, a las 19h en la Plaza de los Aljibes de la Alhambra. Las entradas se consiguen en este enlace.

👩🏻‍🏫​ El próximo sábado 13 de diciembre podemos encontrarnos en un taller de reparación de poemas en Redonda House (Valdemorillo, Madrid). Presencial e intensivo, para trabajar sobre poemas que no acaban de convencernos, pero que no queremos descartar; un aprendizaje colectivo —leer, escuchar, compartir— del que hemos disfrutado mucho en ediciones anteriores.

📬 Además de aquí, me encuentras en Facebook, Instagram y mi web.

🍂​​​ Te deseo mucha salud, alegría y tiempo para leer buenos libros.

Read the original on elenamedel.substack.com

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