Diana Bellessi lee a Ursula K. Le Guin. Mediados de los setenta, lo sabemos. ¿En Argentina o en Estados Unidos? Dependiendo de la fecha, quizá Bellessi no hubiera finalizado aún ese viaje mítico en el que caminó por el continente americano desde el sur hasta el norte, permaneciendo una temporada en cada país para aprender sobre su poesía y sus poetas; como en su adolescencia le entusiasmaban los libros de aventuras, soñaba con protagonizarlos. Aunque disponía de una gramática, Bellessi insiste en que aprendió inglés gracias a sus compañeras en una metalúrgica en El Bronx.
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Mi año lo han plagado las caídas, propiciadas casi siempre por el suelo mojado; sin percances salvo algún cardenal o algún rasguño. En Bruselas, ante la estatua del rey Balduino —me deslicé sobre un charquito de nata, deslizado asimismo desde un gofre: metafísica— y en las escaleras del Museo de la Ciudad, un peldaño y otro y otro, hasta el suelo de la Grand-Place; me auxiliaron unos españoles que me hablaron en inglés, y en inglés lo agradecí. El resto, en la entrada de metro de Diego de León, sobre las hojas secas de la calle Argumosa, en distintos tramos de una misma calle —por las baldosas de la acera rotas o dañadas— cercana al hospital.
La peor ocurrió en Praga, bajando por la calle Nerudova. Había visitado una de las casas de Franz Kafka, la del callejón del Oro. Noté a alguien muy cerca, noté acelerándose los pasos hasta que chocó su cuerpo contra el mío. Al darme la vuelta me empujó, las palmas de sus manos contra mi pecho; caí boca arriba. El pelo rubio bajo el gorro negro, los ojos claros. Se me abalanzó. Para entonces una pareja de turistas había cruzado de acera hasta nosotros: él forcejeó con el hombre hasta apartarlo, y ella gritó para llamar la atención, mientras se aseguraba de que no me había golpeado la cabeza. Se acercó un grupo de estudiantes, y otro de viajeros japoneses; aprovechando el tumulto, el hombre huyó. No recuerdo los nombres de quienes me ayudaron, pero sí el acento británico. La dependienta de una tienda de recuerdos se asomó cuando me despedía de ellos. La turista explicó lo que había sucedido, y la vendedora reaccionó con naturalidad: ah, sí, el loco. No añadió nada. Nos miró en silencio, por si nos quedaba algo que aportar. Cada cual se marchó por donde vino.
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Revisando borradores de poemas antiguos —doce o trece años atrás— me topé con varios sobre un hombre del que me había enamoriscado. Trataba de recrear una conversación en la que él defendía las bondades del dolor, porque te curten; te preparan para resistir más. Leyéndolos —no releyéndolos: pertenecían a otra persona, muy distinta— me senté en aquella terraza, tiritando de frío —una noche de diciembre o enero, muy tarde: sal de ahí—, forzando mi atención para atraer la suya, intentando convencerme de estar en el sitio correcto.
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Mi prueba médica favorita: la resonancia con sedación. La que nunca repetiría: la punción lumbar.
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Diana Bellessi está leyendo a Ursula K. Le Guin. Sus cuentos le zarandean tanto que necesita contactar con ella, y envía a su editorial una caja con flores de plátano, y una pregunta: «what are you doing to me?». Le Guin contestó con una ramita del desierto de Oregón. El intercambio se prolongó durante tres décadas: muchas cartas, regalos, traducciones.
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Hace un año que dejé mi trabajo como editora, lo que ha transformado mis lecturas. Nada de manuscritos, muchas menos novedades, muchos más libros pendientes, sobre todo documentación para la novela que termino.
Mantengo mi diario de sueños, cuando no los olvido, y el de lecturas, aunque prefiera olvidarlas. He intentado otros con regularidad, y he fracasado con la misma constancia. Me dolió el de la cuenta atrás hasta mi cumpleaños; no encadené más de cinco entradas, una de ellas transcribiendo una tirada de tarot. Abrí un archivo para cuestiones médicas —citas y pruebas, diagnósticos, resultados y estados, detalles—, pachucha.doc, y un álbum en el móvil para las capturas y las fotografías a poemas que guardo para mí; en cierto modo, me conecta con lo que más disfrutaba del oficio.
Una idea que quizá nunca desarrolle: un intento de autobiografía según los poemas que me interpelan, y que varían. El 5 de enero, de Carlos Martínez Rivas: «Por favor, encuéntrate a ti mismo / por fuera». El 25 de abril, de George Oppen (traducido por Kurt Folch): «Así vivimos / Y elegimos vivir // Esa fue nuestra época». El 12 de septiembre, de Adília Lopes (lo intento traducir yo): «Aprendí en un poema de Fleur Adcock que podía comer pan con queso y tomate. Nunca había probado añadir tomate al pan con queso. La literatura me lo enseña todo».
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Descubrimientos en materia gastronómica: tomate cherry amarillo, cúrcuma en aplicaciones improbables, zamburiñas a la plancha.
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Una anotación en mi diario de lecturas, el 3 de agosto: «¿Cómo lo enlazaría todo? La pregunta y su sombra, página tras página. Protege la clave hasta que al final me la desvela. Todo encaja. Me mata de la envidia».
Otra del 11 de noviembre, menos apasionada: «UN PARRAFITO NO ES UN CAPÍTULO».
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El apagón coincidió con una visita a mis padres. Encendimos un transistor para oír la radio, leímos hasta que anocheció. Cuando la señal horaria avisó de las doce, mi madre me abrazó para felicitarme —mi padre ya dormía— y me brindó un regalo de cuyo valor no sé si tiene conciencia: el relato —la memoria— de la mañana de mi nacimiento. Había salido de cuentas y, preocupadas, mi abuela y ella tomaron un autobús hasta el centro de especialidades. Todo marchaba bien, aseguró el ginecólogo. En el trayecto de vuelta, mi madre empezó a sentirse mal; lo que yo identifiqué como un gancho —rotura de aguas en un vehículo de la empresa municipal de transportes— ella lo consideró, sabia, un elemento más de la narración. Aguantó hasta el barrio, avisaron a mi padre, se dirigieron mi abuela y ella al hospital. Nací pocas horas después. Dolió. La primera noche juntas la pasamos llorando: ella por madre, yo por hija. Me dejaron sola contigo, explicó; no te calmabas y no sabía qué hacer. Yo había prejuzgado aquella noche como feliz, cuando sucedió todo lo contrario: el miedo la paralizaba. Tenía veintidós años mi madre, entonces, casi la mitad de los cuarenta que yo cumplía al día siguiente, en ese momento, ya.
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Diana Bellessi pregunta a Ursula K. Le Guin: «¿qué me estás haciendo?». A propósito de aquel contacto —flores de plátano en una caja, una ramita del desierto de Oregón—, Le Guin evocaba: «¿cómo no amarla?».
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Esbocé los fragmentos, pero no lograba dotarlos de coherencia: faltaba el hilo. ¿Funcionaría el texto? ¿Merecía la pena enviarlo?
Regresaba a casa en la tarde de ayer. En la parada, ya acercándose el autobús, caí en mi error: a esa hora y en esta fecha, en ese punto de la ruta, quizá ni siquiera aceptase pasajeros. Entré la última y me coloqué en un punto desde el que no alcanzaba el pasamanos: temía convertirme en la pasajera que, al caer, derribó a un niño y su madre, a un universitario, a un jubilado, unos tras otros sobre otros como fichas de dominó. Y de pronto una mano en la espalda: la palma de una mano en la espalda, una chica de veintipocos agarrándose a la barra con una mano, sujetándome con la otra, o intentándolo. Con el frenazo me agarró por el abrigo. Me tranquilizó: no se preocupe, señora. A la parada siguiente se bajó, como la mayoría. Yo le agradecí el gesto, y avancé hasta el fondo.
🧇 Detalle de una viñeta en el Museo de la Ciudad de Bruselas. Fotografía previa al culetazo.
📚 Este año se publicó la edición en bolsillo (Austral) de mi ensayo Todo lo que hay que saber sobre poesía, y anoté los Diarios (Seix Barral) de Rosa Chacel. Cada mes escribo un artículo desde los libros en La lectura, el suplemento de El Mundo.
👩🏻🏫 El próximo 26 de enero impartiré en la British Library “How to Write a City”, un taller sobre formas posibles de trasladar las ciudades a la literatura, partiendo de lecturas y experiencias, y proponiendo ejercicios para escribir allí mismo. En Londres y en inglés, pero por si alguien conoce a alguien que conoce a alguien que...
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🍇 Te deseo mucha salud, alegría y tiempo para leer buenos libros. ¡Y que 2026 te traiga justo lo que deseas!

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