Juraría que los escribí: tres o cuatro párrafos sobre mi mochila. Que consulté la web de la cadena en la que mi madre la compró, para saber —ni macuto escolar ni bolsa del gimnasio— la denominación exacta. Juraría que la había mencionado mi amigo R. en un grupo de whatsapp; que esbocé tres o cuatro párrafos en el tren del penúltimo día del año, que los abandoné porque el ruido me impedía concentrarme, que los guardé al cerrar el programa.
Lo reconstruyo con tanta minuciosidad que me desconcierta que nunca sucediese.
Un mes más tarde retomé la idea: se me resistía un personaje, por lo que busqué algún texto en proceso para no cerrar en blanco la jornada. Tecleé “mochila negra”, seleccioné «contenido», no devolvió ningún resultado. Supuse que lo borraría al organizar carpetas. Desde entonces —enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto— he repetido la intención en varias ocasiones, cuando el artículo por entregar no fluía o me desafinaba el tono de la novela, y he abierto mochila.doc.
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La mochila negra representa todas las mochilas de mi vida. No recuerdo las del colegio; mi amiga P., memoriosa, contesta que tampoco. Para qué me lo preguntas, pregunta. Para una cosa que estoy escribiendo. Advierte: en tus libros no me saques. Pero si yo no escribo autobiografía. Pues no me saques, aunque te lo inventes. P. sí me habla de las quejas de nuestras abuelas sobre el impacto de las mochilas en el cuerpo futuro, dentro los libros con sus cuadernos, el material que se añadía con la edad, el bocata en papel de aluminio, las cartitas perfumadas o los primeros ejemplares de Bravo y Súper Pop. En el tránsito al instituto, quizá en los dos primeros cursos de secundaria, una compañera estrenó una mochila con ruedas. Ella, el artefacto, su ligereza, se desplazaban por el barrio en un plano de la realidad incognoscible para P. y para mí.
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La que me regaló mi madre sí obedece a la literalidad del recuerdo de R.: usaba esa mochila durante la feria del libro en la que nos conocimos, en Madrid. En esa edición simultaneé varios empleos —atención en caseta, talleres de escritura en una carpa, gestión de redes para varios clientes— porque necesitaba ahorrar un poco, para no vivir siempre al día. Cerrada la feria, tardaba hora y algo hasta casa; aprovechaba para revisar los perfiles, atender comentarios y peticiones, contestar algún mensaje mío, listar lo pendiente. Cenaba o no, trabajaba algo más, dormía unas horas, despertaba, trabajaba algo más, deshacía el trayecto hasta la feria. El agotamiento me impedía agotarme.
En la mochila negra con la que me conoció R. yo guardaba el portátil con su cargador, el cargador del móvil con su batería externa, una botella de agua fría —o varias, si tocaban firmas de autores—, alguna pieza de fruta, barritas energéticas y bolsas de frutos secos, paquetes de clínex, compresas, un estuche de tela con bolígrafos, la cartera, quizá un cuaderno pequeño, quizá algún libro —ingenua— para el metro. Dependiendo del clima, un paraguas plegable o un abanico o un miniventilador, un fular o una rebequita, protector solar de cara, protector solar de cuerpo. En diecisiete ferias —de 2007 a 2024— he sumado algunos elementos y he prescindido de otros, pero jamás he renunciado al paquete de toallitas húmedas para bebé. Mi recomendación: no idealices este tipo de actividades, porque se trata de trabajo y el trabajo te deshumaniza y te reduce a tu capacidad de producción. Y compra toallitas de bebé.
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La revelación de P. se cuela entre las fotografías de sus hijos en la playa y los audios en los que los jaleo: ¡la mochila rosa! La mochila rosa bebé con el logo impreso en púrpura, un compartimento solo, el respaldo abarcando toda la espalda. P. insiste en el bachillerato, pero a mí me suena del comienzo de la universidad. La noto encogerse de hombros a su lado del teléfono. ¡La mochila gris! La mochila gris, repite ella; fea y basta, con un bolsillo delantero con apenas espacio para los pañuelos y las llaves. La gris era más pequeña y ahí no cabían los libros del instituto, justifica P. Te voy a nombrar cuando lo escriba, advierto. Usa la inicial, me pide: como un testigo protegido.
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Primero libros de texto, luego bibliografía obligatoria, quizá entre ella algún hallazgo —o no— en el que demorarse. Libretas, folios con el reverso libre para no desperdiciar papel. Bolígrafos, subrayadores. Un paquete de pañuelos, un neceser con maquillaje y un peine, alguna muda. Los sempiternos frutos secos y la sempiterna botellita de agua. Ejemplares de los libros de la editorial en la que trabajé. Agendas y cuadernos. Cuando las ferias, una cajita de caudales. El contenido se ha transformado, pero todas las mochilas de mi vida comparten su final: las tiras desgajadas, rotas por el peso.
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Lo intenté con los bolsos pero siempre he necesitado espacio suficiente para acarrearlo todo, correas que me permitieran soportar la carga. Aquella primera mochila negra, la del recuerdo de R., me la regaló mi madre —en su nombre, en el de mi padre— en las navidades de unos años difíciles. Con ella me recompuse. Me acompañó en la bendita rutina nueva, sobre los hombros de un punto a otro de Madrid, y en algunos viajes: de material resistente, con los tirantes acolchados para mitigar el esfuerzo, varios compartimentos, multibolsillos. Al llenarla ocupaba igual que una maleta de cabina. La colmé demasiado; en torno a la pandemia, la cremallera reventó. Escogí otra tan similar que el parecido me embrolla las fechas de las fotografías: un abanico de diez años según la mochila que llevo a cuestas.
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Examinando la resonancia, el especialista me preguntó la edad. Treinta y seis, contesté. Entre la descripción y el reproche: no tiene que ver con lo nuestro, pero tienes la espalda de alguien de setenta.
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Se sucedió el tiempo con su palma de la mano en los lumbares, con su dexketoprofeno crónico, con sus bonos de fisioterapia: treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve, ya. Se sucedió el tiempo y yo lo atravesé lastrada por la segunda mochila negra. La mochila —y yo debajo— la fotografiaban mis amigos desde el balcón de casa, desde el andén contrario del metro; no distinguíamos si yo me prolongaba en ella, o si más bien ella me convertía en posible.
Alas: cera y plumas para Ícaro, poliéster reciclado para mí. El vuelo del verano pasado lo interpreté como una oportunidad para modificar el vínculo con la mochila, acaso renunciar, probar qué tal sin ella. No me atreví, y opté por la tibieza: lo facturé casi todo —ropa, libros y cuadernos, medicación de semanas— y en la mochila me limité a lo básico, el ordenador y los cargadores, la documentación, un libro de poemas, un tubito de crema de manos y las pastillas de esa noche. Perdieron la maleta y tardé varios días en recuperarla; algunos más en situarme. Inquiría a la mochila negra, esmirriada, sobre el butacón: si no me sirves, ¿para qué sirves? Como nunca respondió, me tocó decidirlo por mi cuenta.
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De nuevo este texto un lunes de agosto por la tarde. Salto temporal: siete meses y pico tras el viaje en tren, y la idea, y un año y pico tras el viaje en avión, y la epifanía. Me distraje y me alejé de la novela, a la mañana siguiente me esperaba una cita médica, quería evitar dos jornadas en blanco, abrí mochila.doc. El especialista —martes: salto temporal, planta diecinueve— enumeró algunos procedimientos nuevos y otros que ya conozco. En el cuarto de enfermería, durante la extracción de sangre, un hombre descansaba de la misma prueba a la que me sometería yo —jueves: salto temporal— algunos días más tarde. Tras el biombo, indicó: vale, guárdalas. Sus cosas, entendí: el pantalón con mimo sobre el asiento, la camiseta —algo más descuidada— en el peinazo; los calcetines enrollados dentro de las zapatillas, y una mochila verde, ligera, colgada en el respaldo.
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Me lo advirtieron: para romper el ayuno solo disponían de galletas y zumos con demasiado azúcar, así que preparé medio sándwich de jamón, un tapercito con uvas y anacardos. Los metí en la bolsa de tela con los datos de la cita, la cartera, las llaves, varios paquetes de pañuelos, una botella de agua, el teléfono y los auriculares, un libro breve que intenté leer antes de que me llamaran. Ya en el cuarto me desvestí: las braguitas nada más, ponte la bata, y el resto doblado sobre la silla de la esquina. Me tumbé sobre la camilla, en posición fetal; recalcaron: en posición fetal. Al rato, decúbito supino, la pregunta: has traído mochila. Solo la bolsa verde, dije. Mochila no.
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Todo lo anterior, una metáfora.
📬 Nueva etapa, algunos cambios. Otro nombre para estas cartas, otra imagen —ahora de Mateo Fetén; muchas gracias a Marina Benito por los colores previos—, la intención de mantener el ritmo.
👩🏻🏫 En octubre participaré en el seminario virtual La larga marcha. Literatura, política y justicia social, que organiza Anagrama con Academia La Central; todavía hay plazas disponibles. Y retomaré mis talleres el próximo 13 de diciembre con uno presencial, intensivo, en Redonda House (Valdemorillo, Madrid): un taller de reparación de poemas en el que trabajaremos sobre poemas que no acaban de convencernos, pero que no queremos descartar; un aprendizaje colectivo e intenso, del que disfrutamos mucho en ediciones anteriores.
📬 Además de aquí, me encuentras en Facebook, Instagram y mi web.
⛱️ Te deseo mucha salud, alegría y tiempo para leer buenos libros.

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