La inteligencia artificial ya forma parte de nuestra manera de buscar información, redactar, organizar el trabajo y tomar decisiones. También está entrando con fuerza en la práctica docente. Pero cuanto más fácil resulta delegar determinadas tareas, más necesario se vuelve preguntarnos qué estamos ganando y qué podemos estar dejando de ejercitar.
Este artículo no pretende rechazar la IA, sino detenerse en una cuestión incómoda: cuándo la utilizamos para ampliar nuestras capacidades y cuándo empezamos a sustituir con ella nuestro propio pensamiento, criterio y autonomía profesional.
La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta muy potente para crear, organizar ideas y reducir tareas repetitivas. A estas alturas, casi nadie lo pone en duda. Pero también introduce un riesgo importante: la descarga cognitiva.
Si delegamos en la IA no solo el trabajo mecánico, sino también la comprensión, el criterio, la toma de decisiones o nuestra capacidad para expresarnos, podemos acabar utilizando la tecnología para pensar menos, en lugar de para pensar mejor. De hecho, muchas personas ya reconocen, no sin cierto reparo, que cada vez les cuesta más idear, resolver o decidir algo basándose únicamente en su propio criterio, y que consultar o validar previamente sus decisiones con la IA les proporciona una sensación de seguridad.
La inteligencia artificial generativa se ha convertido, por ejemplo, en un recurso muy utilizado para redactar, especialmente por quienes no están habituados a hacerlo a diario. «¿Estará bien escrito?», «¿habré utilizado el tono formal adecuado?». La consulta puede ser útil, pero existe el riesgo de delegar por completo la expresión propia. Además, los textos generados por IA suelen presentar patrones, estructuras y fórmulas fácilmente reconocibles, especialmente cuando no han sido revisados ni personalizados.
En este contexto aparece una nueva forma de analfabetismo. Ya no se trata únicamente de no saber leer o escribir, sino de no saber interpretar críticamente la información, formular buenas preguntas, detectar errores, distinguir una respuesta útil de otra superficial o construir una idea propia sin ayuda externa.
Alguien podría sentirse tentado a afirmar que la IA elimina la necesidad de aprender. Sin embargo, aunque parezca paradójico, utilizar bien la inteligencia artificial exige más conocimientos y cultura, además de una mayor capacidad de análisis, criterio y responsabilidad. Cuanto menos sabemos sobre un asunto, más difícil resulta detectar cuándo la máquina se equivoca, simplifica en exceso o nos ofrece una respuesta aparentemente convincente, pero incorrecta.
La clave, por tanto, no está en evitar la IA, sino en utilizarla como apoyo y no como sustituto. Puede ayudarnos a descargar tareas, pero no debería descargar nuestro pensamiento. En el programa La ventana de Cadena SER, el filósofo José Carlos Ruiz habla de un nuevo tipo de analfabetismo: el de no saber pensar sin la IA.
La pregunta en clave educativa no es solo «¿qué puede hacer la IA por nosotros?», sino también «¿qué capacidades humanas queremos seguir entrenando mientras la utilizamos?»: comprender, contrastar, decidir, crear, argumentar y revisar críticamente. Ahí está la diferencia entre una IA que amplía nuestras capacidades y otra que empobrece nuestra autonomía.
Reconozcámoslo: recurrimos a la inteligencia artificial generativa porque, en un momento determinado, necesitamos cubrir alguna necesidad o suplir alguna limitación. No, los profesores no lo sabemos todo. En ocasiones, necesitamos consultar un dato concreto; en otras, encontrar el método, la estrategia o la técnica más adecuada para explicar un concepto. A veces nos falta el qué; otras, el cómo.
En este nuevo auge de la IA, cuando sentimos que nos falta algo, tratamos de completarlo, parcial o totalmente, con la respuesta que nos proporciona la máquina. Seguramente existan otros motivos, pero creo que, en el ámbito docente, la mayoría pueden agruparse en estas cinco categorías.
Falta de ideas: y se las pido a un sistema artificial (¿No podría pedirlas también a un compañero, al departamento o al propio alumnado?)
Falta de conocimiento sobre un tema nuevo que necesito contrastar: y me fio de la IA (¿Ya no están los libros, los artículos, los manuales o las fuentes oficiales?)
Falta de seguridad: y le pido a la IA que valide lo que he preparado (¿Estoy usando la IA como apoyo o como sustituto de mi propio criterio profesional?)
Falta de tiempo: y un software con IA me ahorra parte del trabajo (¿Estoy ganando tiempo para mejorar la enseñanza o solo para producir más deprisa?)
Falta de energía mental: y recurro a la IA cuando estoy saturado. ¿Es una ayuda razonable o una señal de que el sistema nos empuja a producir demasiado?
Cuando hacemos esta incómoda reflexión sobre aquello que nos falta, surgen inevitablemente otras preguntas. Unas tienen que ver con la efectividad en nuestro trabajo y otras con aspectos éticos en el uso de la inteligencia artificial:
¿En qué tareas queremos ser más efectivos con la IA en nuestro trabajo como docentes? ¿A qué otras funciones destinamos el tiempo?
¿Qué otras tareas reservamos exclusivamente para la inteligencia humana? ¿En qué tareas no deberíamos utilizar la IA?
Cada docente tendrá sus propias respuestas a las preguntas anteriores, pero creo que pocos discutirán que existen habilidades profundamente humanas que continúan siendo irremplazables en el aula.
Utilicemos la inteligencia humana para:
Escuchar mejor al alumnado
Acompañar procesos personales
Mejorar la convivencia
Ofrecer observaciones cercanas y significativas
Diseñar experiencias con sentido común
Colaborar con otros docentes
Cuidar la relación con las familias
Reflexionar sobre la propia práctica docente
Decidir de forma ética y pedagógica
Estar más presentes
Se nos ocurren muchas más, ¿verdad?
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