A los 22 km paré.
Llamé a casa. Venirme a buscar.
Había salido convencido. Dos días, 90 kilómetros, desniveles no desdeñables. En la cabeza era una sinfonía perfecta. La realidad fue otra. El track me mandaba a cruzar una pieza sembrada. Un lugareño al que encontré ya lo decía: “por aquí no pasa nadie”. Luego una ladera interminable entre hollagas y espinos, donde cada senda se cerraba y me sacaba del rastro una y otra vez. Me miraba las piernas —arañadas, exfoliación natural del monte— y miraba el pantano de Alloz allá al fondo. Sin moverse.
No avanzaba.
¿Lo curioso? Bajé tranquilo. Contento, incluso, de optar por la salida fácil. El plan B.
Porque hay una diferencia entre rendirse y retirarse. Rendirse es soltar porque duele. Retirarse es decidir que hay algo más importante que el resultado del día: seguir pudiendo salir mañana, más fuerte y más lejos.
Venía de una lesión. La ruta era cerca de casa y eso te baja la guardia —no la revisé como debía—. Aparte, los éxitos pasados no garantizan nada en el presente. Duele reconocerlo.
Y la rodilla empezó a avisar.
Ahí ya no lo piensas. ¿Para qué arrastrarme si luego estoy parado un mes?
Toca continuar, pero en otra ocasión.
El especialista me ha mandado estiramientos de cadera, ejercicios de glúteos y seguir entrenando. Quizá de otra forma.
No va de llegar. Va de seguir pudiendo salir.
Una retirada a tiempo es una victoria.
Nos vemos ahí fuera.
—Edu
P.D. El vídeo del día, por si quieres verlo desde dentro.
P.D2. Si te llama esto de moverte rápido, lejos y ligero:
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P.D3. (y va la tercera😅) He vuelto a salir, el otro día, una vuelta para desentrañar los recretos de Urbasa. Lo disfruté.
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