RSS Amplifier

Set de Lectura, por Eduardo Puppo · Jun 14, 2026

Vivencias. Hawaii 1992: Copa Davis en el paraíso (aunque perdimos 5-0)

0
Sign in to vote or save

Eduardo Puppo · Set de Lectura, por Eduardo Puppo

• Después del sorteo: el equipo local, con Agassi, Sampras, McEnroe y Leach, y el visitante, Alberto Mancini, Javier Frana, Martín Jaite y Christian Miniussi.

Artículo #214
Por Eduardo Puppo


L
a historia es corta y no tiene demasiado misterio. En 1992, la Copa Davis enfrentó a los Estados Unidos con la Argentina por la primera rueda del Grupo Mundial, y la sede elegida fue Hawái. No era lo más lógico del mundo desde el punto de vista deportivo, pero nadie encontró motivos suficientes para quejarse demasiado.

Hasta allí viajamos con un pequeño grupo de periodistas. El trayecto, reconstruido de memoria, fue más o menos así: Buenos Aires–Lima–Los Ángeles–Honolulu–Kona, en la isla grande de Hawái. Casi treinta horas en total, sumando escalas, cambios de avión y esas esperas en aeropuertos que, a cualquier hora de la madrugada, parecen instalaciones abandonadas. La aerolínea de arranque fue Aerolíneas Argentinas; el resto, alguna combinación entre United, American o Hawaiian. Lo que sí recuerdo con claridad es que cuando llegamos, no llegábamos más. En algún punto del viaje, alguien preguntó si después de Los Ángeles ya estábamos “cerca”. La respuesta fue cruel: faltaban casi seis horas más sobre el Pacífico.

Compartí el vuelo con dos de los jugadores del equipo argentino: Martín Jaite y Christian Miniussi, el Minu. Buena compañía para un viaje largo. En una de las escalas aproveché para entregarles un ejemplar de Tennis World Argentina, el diario-revista que editaba por entonces, recién salido de imprenta. Algo para hojear, para matar el tiempo, para no mirar el reloj cada veinte minutos. A esa altura, cualquier objeto impreso tenía categoría de entretenimiento de lujo. Un diario propio, además, permitía fingir que uno estaba trabajando y no simplemente envejeciendo en una sala de embarque.

El tramo que más sorprendió fue, en efecto, el de Los Ángeles a Honolulu: cerca de seis horas de vuelo. Si uno mira el mapa, las islas parecen estar ahí nomás, a un ratito del continente. El mapa miente. El Pacífico es enorme y no le importa lo que uno piense.

• Observando de cerca uno de los entrenamientos argentinos.

Una importante nota al margen: el vuelo salía pasado el mediodía. Muy temprano recibimos un llamado inesperado y tristísimo: nos avisaban que mis suegros habían sufrido un choque muy fuerte en la avenida Libertador, a la altura de Núñez, cerca del Club Obras Sanitarias. Una camioneta se descontroló, se cruzó al carril opuesto y los embistió. En la desesperación salimos disparados al lugar; ya se los habían llevado al hospital. Por suerte, solo tenían heridas que requerirían internación y tiempo de recuperación. Con un primo me encargué de la denuncia en la comisaría mientras mi esposa iba al hospital; allí nos encontramos y, al comprobar que todo estaba bajo control, decidimos que yo viajara igual a la Copa Davis.

Llegamos a Hawái y el escenario era, en efecto, paradisíaco. La sede del encuentro era el descomunal hotel Mauna Lani, uno de esos resorts que hacen sentir que el mundo real existe en otro planeta. Las canchas de cemento al aire libre estaban dentro del complejo; el estadio había sido montado especialmente para la ocasión, con tribunas temporarias y una capacidad que, aunque era mayor, en el recuerdo aparece como algo íntimo, casi doméstico para los estándares de la Copa Davis. Se salía del hall principal, se cruzaba una calle, y ahí estaba.

• Junto al equipo argentino: Frana, Francisco Mastelli (capitán), Mancini, Miniussi y Jaite.


Mi rol oficial era el de jefe de prensa del equipo argentino, a través de la Asociación Argentina de Tenis. En la práctica, eso significaba coordinar comunicaciones previas y en tiempo real, facilitar el acceso de los periodistas y resolver los pequeños problemas que aparecen siempre. Aunque en este caso no había demasiado que resolver: todo era chico, acotado, manejable. La sensación era la de un torneo de barrio con presupuesto de lujo.

La teoría que circulaba —nadie la confirmó oficialmente, o al menos no me quedaron datos en la cabeza— era que la USTA había elegido Hawái como sede en parte por razones turísticas, o por alguna oferta económica que superó a las de otras ciudades. Viendo el lugar, costaba llevarle la contra.

• El Hotel Mauna Lani, sede de la serie (fotos actuales).

El equipo local era, con todo respeto, una pesadilla. Pete Sampras, Andre Agassi, John McEnroe y Rick Leach. El resultado final fue 5-0 para ellos. Sampras venció a Jaite y a Mancini; Agassi venció a Mancini y a Jaite; y en dobles, McEnroe y Leach superaron a Frana y Miniussi. No fue una sorpresa, pero el equipo argentino compitió con dignidad. Con ese rival, en esa cancha, en ese contexto, era lo que se podía pedir.

• La foto con periodistas argentinos. Parados de izq. a der.: Tom Gorman (capitán estadounidense), Guillermo Salatino, Juan José Moro, Claudio Cerviño, César Litvak –con quien compartí habitación–, y yo. Sentados. Andre Agassi junto a su novia, y Tatum O’Neal con su esposo, John McEnroe.

La cena oficial fue uno de esos acontecimientos que uno no olvida, generados por esto de cubrir el deporte. Al aire libre, con danzas tradicionales hawaianas, músicos locales y una atmósfera que oscilaba entre lo solemne y lo informal sin escalas. En algún momento de la noche busqué concretar la idea de conseguir una foto grupal con el equipo estadounidense, como recuerdo para los periodistas argentinos que habíamos viajado hasta ahí.

El jefe de prensa local —creo que era Ed Fabricius, quien también manejaba la comunicación del US Open, aunque no lo juro— había sido accesible desde el primer día. Se lo había planteado apenas llegamos.

“Cuando haya un hueco”, me dijo.

Y así quedó, flotando.

En medio de la cena me buscó:

“Ahora”.

No era el momento ideal para una convocatoria organizada. Llamé a los colegas que tenía cerca, avisé como pude: WhatsApp estaba fuera de la imaginación de todos y no teníamos teléfonos celulares; yo había adoptado el fax para muchas de mis convocatorias de conferencias de prensa en la Argentina.

Aquí, otra acotación: recuerdo al querido Juan José Moro utilizando el viejo DynaTAC 8000X de Motorola, el “ladrillo” de Movicom, para entrevistar a Gabriela Sabatini después de ganarle a la alemana Steffi Graf en la final de Boca Raton en 1991. Pero en Hawái no era el caso.

Fuimos todos a la mesa oficial. La foto se tomó en quince segundos, literalmente. Nos pusimos atrás, alguien disparó la cámara. En el cuadro quedaron Agassi, Tatum O’Neal —por entonces esposa de McEnroe—, el propio Supermac, el capitán Tom Gorman, y cinco de los nuestros.

Sampras, según se disculpó Fabricius después, estaba en el baño. Juan Szafran, uno de los periodistas argentinos, tampoco llegó a tiempo; no lo encontré en esa breve fracción de tiempo para juntarlos. Fabricius dijo “listo, gracias” y el operativo concluyó.

La foto quedó como suelen quedar las grandes gestiones de prensa: con casi todos los imprescindibles y un ausente perfecto. En este caso, el ausente era Sampras, que había elegido el único lugar del resort donde no llega ningún jefe de prensa. No fue perfecto, pero se hizo. También había viajado el equipo de ESPN con José Luis Clerc como comentarista y, tal vez, algún periodista más.

Estar en el Mauna Lani era para aprovecharlo, porque al menos yo no iba a tener muchas otras oportunidades de pisarlo. Ubicado en Costa Kohala, con habitaciones del tamaño de un departamento porteño. Mi roommate era César Litvak, enviado especial de El Gráfico. Los dos mirábamos el techo con la misma cara: ¿cómo llegamos hasta acá?

Un día entré al ascensor y estaba Tatum O’Neal con un cochecito de bebé y las manos ocupadas. La ayudé a subirlo. Me agradeció. Vivíamos en el mismo piso, con esos pasillos que daban a un hall enorme —palmeras incluidas, por si faltaba algo. Otro día me crucé con Sampras (vivencia que puede leerse por separado). Y así. Todo era demasiado.

El viaje de vuelta deparó una última escena memorable. En la van al aeropuerto y después en la espera en Honolulu, el grupo se mezcló de nuevo: Jaite, Minu, Agassi, McEnroe y sus respectivas parejas, más varios periodistas argentinos. En algún momento de esa espera, Agassi tomó la iniciativa y propuso comer algo:

“Los invito a unas hamburguesas, ¿están todos OK?”

Hambre había. El lugar elegido: un McDonald’s, pudo ser dentro del aeropuerto o en los alrededores. Así que ahí estábamos, la “delegación” completa —jugadores, periodistas, figuras del tenis mundial— comiendo hamburguesas bajo luces de neón en Honolulu. No hubo discursos ni brindis. Agassi pagaba, McEnroe estaba ahí como si aquello fuera perfectamente normal, y nosotros aceptábamos con la dignidad de quienes llevaban demasiados husos horarios encima como para discutir el menú. Otro privilegio.

Fue la última actividad en común antes de que cada uno tomara su vuelo al destino elegido.

El regreso a Buenos Aires lo hice con Jaite, con Miniussi y algunos colegas que habían viajado por otras líneas aéreas, pero que terminamos todos en el mismo Jumbo 747. Treinta horas de ida, un poco más de treinta de vuelta. Y en el medio, Hawái, el 5-0, una foto con el tiempo justo y unas hamburguesas de despedida.

El “Hawái 5-0” fue el título de mi nota en la revista, en alusión a la serie policial estadounidense (Hawaii Five-0) que se había emitido años antes en todo el mundo.

Cuando llegué a Ezeiza –podría ser cerca de las 6 o 7 de la tarde– me tomé un remise y por fin hice pie en mi casa*. Mis suegros ya estaban en la suya, con el auto en el taller y el cuerpo sin secuelas.

* Toque final: en esos años viajaba con una valija grande, aunque fuera una semana. Hawái no fue la excepción. El tema fue que la perdieron en las escalas. Hice la denuncia en el aeropuerto después de esperar un buen rato mirando la cinta girar en loop. Tenía un seguro y, por primera vez en mi vida, rogaba que no apareciera: adentro solo había ropa sucia. Creo que el plazo para cobrar era de tres semanas para hacer el reclamo, no sé la cifra exacta, pero imaginaba unos 300 dólares por no lavar nada. No resultó: el día veinte me tocaron el timbre con la valija intacta.

Otras anécdotas:

• Ahí, donde marca la flecha amarilla: el baño de la sala de prensa del estadio Louis Armstrong (el antiguo) en Flushing Meadows de los años ochenta.

Lee la historia completa

• El autor de la nota durante la edición 1991, cuando tuvo la experiencia.

Read full story

La primera vez que vi jugar al estadounidense Pete Sampras fue en agosto de 1990, en Flushing Meadows y por casualidad. Como siempre ocurre durante los primeros días de cualquier Major para un periodista, al deambular de cancha en cancha me detuve en una donde el austríaco Thomas Muster definía un quinto set contra el peruano Jaime Yzaga. Después del ti…

Read full story

• El equipo argentino en la Plaza Roja de Moscú: Juan Ignacio Chela, Alejandro Gattiker –capitán–, Lucas Arnold Ker, Gastón Gaudio y David Nalbandian.

Lee la historia completa

© Copyright 2026 Eduardo Puppo - Prohibida su reproducción

Fotos: Álbum personal EP / Promoción turística Mauna Lani

MENSUAL - SEMESTRAL - ANUAL

Sin posts

Read the original on eduardopuppo.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.