El matrimonio entre los movimientos sociales y las instituciones formales de la política, de los partidos en particular, nunca está exento de tensiones. No es sorprendente entonces que esta unión sea tanto más rica, en idas y venidas, cuando ambas partes tienen un programa y una doctrina que apunta a transformar de raíz la sociedad entera, su matriz cultural, la dominación en sí misma. Por eso la historia del movimiento de mujeres y del feminismo, además de rica cada una de ellas, es tan inagotable cuando se las piensa relacionadas. No son pocos los puntos de desencuentro, y no menos aquellos que los señalan como un hiato insalvable. Desde el momento cero el materialismo histórico es claro en decir: toda dominación es reducible a una diferencia de clase. Desposeídos y propietarios ordenan todo el mundo social, y es a partir de ahí que la injusticia, emergente en este punto, se multiplica en otros lugares. Para los movimientos de mujeres es evidente que esto no necesariamente es así.
Pero la historia de la última afirmación es sinuosa. Primero están quienes la discuten desde la misma izquierda, que por eso ni siquiera quieren llamar a los movimientos de mujeres feminismo, porque asociaban al sintagma una condición burguesa a la que definitivamente deseaban no asociarse. En algún sentido, incorporar las ideas de que una injusticia patriarcal (el mismo concepto, como el de género también, no fue aceptado en la izquierda hasta bien entrado el siglo XX) no se deriva de la diferencia de clases impugna un postulado central del determinismo economicista.
Es Natalia Casola quien reconstruye esta historia en su último libro Las Bolches. Como parte de la colección Pasados Presentes apunta a revisar aquello que de los setenta hasta nuestros días ha conformado el mundo que vivimos, y revisa la relación entre el feminismo y la izquierda en Latinoamérica primero para centrarse en Argentina después, siguiendo de cerca cuatro partidos: el PCR, el PST-MAS, el PCA y el PO. Comienza por pensar su existencia como partidos luego de que la dictadura primero y la caída del muro después acabar con el sueño revolucionario, o mejor, con la certeza de que la revolución no sólo era necesaria, sino posible y, sobre todo, que estaba a la vuelta de la esquina. Después mira al contexto del feminismo global, y ahí es donde una de las hipótesis centrales del libro lo vuelve tan interesante, tan atendible, y tan urgente: dice Casola que, más allá de la mencionada tensión, más allá de todo desencuentro, es muy difícil pensar al movimiento de mujeres, su acelerada expansión global y su avasallante rol en diversos momentos de las últimas décadas sin atender a que, a pesar de todo, hubo en la región una sinergia entre feminismo y marxismo como base de acción común y permanente en la región.
Tal vez el organismo que mejor refleja esto, la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FDIM), impulsada y dirigida por el Movimiento Comunista Internacional (MCI), de inspiración soviética. En él pueden verse las tensiones con el feminismo como ideología burguesa, pero también (con mayor énfasis en el congreso de 1987, cuando la URSS evidentemente se caía y las alianzas con otros agentes urgían con más fuerza) la apertura paulatina hacia sus agentes y constructos teóricos. Puede verse también al movimiento de mujeres acelerando en su lucha por funcionar el FDIM como un catalizador en la ONU para hacer de 1975 el año de la Mujer, que iniciara los congresos internacionales donde temas como el rol ésta en la sociedad, la naturalidad de las tareas de cuidado, de la violencia doméstica y la sumisión ubicua al género másculino eran tratados. También un tema que como pocos dan cuenta de la tensa unión que el marxismo y el feminismo tienen el uno con el otro, al cual el primer congreso se consagra como debate central: ¿Puede el feminismo ser autónomo o debe institucionalizarse como programa de un partido específico?
La pregunta, válida al día de hoy, aunque la respuesta en la práctica pareciera priorizar el primer disyunto, dota de sentido al libro de Casola. No sólo porque toca uno de los núcleos conceptuales de Las Bolches como problema teórico, sino porque hace de ‘’Pasados Presentes’’ una oración que, lejos de contradictoria, se vuelva casi tautológico: aquello que fue una discusión vuelve, y no como espectro, sino como algo que habiéndonos sucedido no deja de pasar aquí y ahora todavía, insistente como siempre.
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