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Haz que pase - Innovación · Emprendimiento · Comunidad · Aug 18, 2026

No es el error. Es lo que haces después

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Diego Maury · Haz que pase - Innovación · Emprendimiento · Comunidad

He visto el mismo patrón en varios emprendedores y líderes que fracasan: no se hunden por el error, se hunden por no poder decir “la regué, fue mi error”.

Y no es un problema de ego.

Es que hoy un solo error, mal leído por el público, alcanza para que la sociedad condene a alguien de por vida.

Entre el miedo a esa condena y la posibilidad de reconocer la falla, muchos líderes se congelan, y durante ese momento pierden lo más valioso que puede tener un emprendedor.

Ser enseñable es la cualidad más valiosa de un líder, y la primera que perdemos cuando tenemos miedo de admitir que nos equivocamos.

No es “cualidad más” que suena bonita y ya. Es la única que te permite mejorar cada día.

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Y aquí quiero ser honesto contigo, este texto no es solo para que aprendas, sino también para te reflexiones sobre tí. Es también una crítica a nosotros como sociedad, porque ser enseñable no es una habilidad que solo necesita quien comete el error. También la necesita quien juzga, para poder reconocer cuando alguien lo corrige.

Sobre Andrés Bilbao, trabajo no remunerado, dignidad y nuestra necesidad de juzgar antes de conocer la historia completa.

La semana pasada me encontré con la polémica alrededor de Andrés Bilbao, cofundador de Rappi, por una oferta de trabajo no remunerado.

Andrés Bilbao: “Medellín tiene una ventaja respecto a nómadas digitales que  no se está potenciando” - Vivir en El PobladoAndres Rappi, fundador de Rappi, se vió envuelto en la polémica por la publicación de un puesto sin paga.
Andres Rappi, fundador de Rappi, se vió envuelto en la polémica por la publicación de un puesto sin paga.

Mi primera reacción fue bastante clara: está mal.

No creo que una empresa con recursos, liderada por alguien que representa una historia de éxito empresarial, deba pedirle a una persona que haga trabajo profesional sin recibir una remuneración a cambio.

Sí, la experiencia tiene valor. Sí, aprender tiene valor. Sí, construir portafolio, hacer networking y entrar a una industria pueden abrir puertas.

Pero nada de eso debería convertirse en la moneda con la que le pagas el trabajo a alguien.

Y para mí esto ni siquiera empieza por el dinero.

Empieza por la dignidad.

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Cuando alguien trabaja contigo está poniendo algo que no puede recuperar: su tiempo, su energía, sus conocimientos, su atención y, muchas veces, una parte importante de su vida.

Pagar por ese trabajo no es simplemente cumplir con una transacción económica.

Es reconocer que aquello que la otra persona está aportando tiene valor.

Por eso me cuesta mucho la idea de justificar un trabajo profesional no remunerado con frases como “vas a aprender muchísimo”, “te dará exposición” o “te servirá para tu portafolio”. Todo eso puede ser cierto. Pero no sustituye un salario.

¿Tú pagarías tu renta con exposición?

En lo personal, el único escenario en el que puede justificarse el trabajo no remunerado es el de las prácticas profesionales, cuando forman parte de un convenio formal entre una institución educativa y una empresa, con un objetivo pedagógico explícito.

Fuera de ese contexto, si generas valor real, se te debe pagar.

No porque el dinero sea lo único que importa. Precisamente porque el dinero es una de las formas mediante las cuales reconocemos socialmente el valor del trabajo.

Por eso creo que la oferta de Bilbao fue equivocada. Punto.

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Y aquí es donde, si eres líder, tienes que decidir qué tan enseñable eres de verdad. Porque después de la polémica, Bilbao salió a dar la cara: reconoció el error, pidió disculpas, asumió responsabilidad y tomó acciones para reparar. Y, sobre todo, no intentó convertir la disculpa en una estrategia para evitar la responsabilidad: no dijo “me malinterpretaron”, no culpó a alguien de su equipo, no intentó explicar por qué, en realidad, la gente estaba equivocada.

Aceptó que estuvo mal.

Disculpa pública de Andrés Bilbao

¿Cuántas veces has visto a alguien hacer justo lo contrario? Ser enseñable, para un líder, se ve exactamente así: no en no equivocarte, sino en lo que haces en el minuto después de que alguien te lo señala.

Una disculpa no hace que algo que estuvo mal mágicamente esté bien, pero sí abre la puerta a la reparación. Y eso cambia algo fundamental: la historia deja de ser únicamente la historia del error y empieza a ser también la historia de lo que hiciste después de cometerlo. ¿Tú qué prefieres que la gente recuerde de ti: solo la caída, o cómo te levantaste?

Aquí es donde la crítica deja de ser solo para Bilbao y empieza a ser para todos nosotros. Porque ser enseñable no es una cualidad exclusiva de quien comete el error. También la necesita quien observa, si de verdad quiere ser justo.

Vivimos en una época en la que una captura de pantalla puede convertirse en una sentencia. Una frase puede circular miles de veces. Un video de treinta segundos puede definir la percepción que tenemos de alguien durante años. Y las redes sociales tienen una característica particularmente peligrosa: nos permiten juzgar a personas de las que conocemos apenas una fracción de la historia.

Esta idea me persigue desde otro texto, por un motivo distinto pero con el mismo fondo: cómo una etiqueta puede volverse tribunal cuando creemos que ya explica a la persona completa. Lo conté en Odio el término ‘comunidad gay’. Aquí pasa algo parecido, solo que con otra etiqueta.

No conozco personalmente a Andrés Bilbao. No sé quién es en su vida cotidiana, ni cómo trata a las personas que trabajan con él. ¿Cuántas veces has juzgado tú a alguien completo por un video de treinta segundos? Por eso puedo decir perfectamente “lo que hizo estuvo mal”, pero me parece mucho más difícil afirmar “esta persona es un explotador”. Una cosa es juzgar una acción. Otra muy distinta es convertir esa acción en la identidad completa de una persona, y no creo que tengamos suficientes elementos para hacer lo segundo.

Y aquí está la pregunta que de verdad me interesa: ¿qué hacemos con las personas que cambian?

Todos decimos que las personas pueden aprender, que los errores nos hacen crecer, que debemos asumir responsabilidad y reparar el daño.

Pero cuando alguien efectivamente hace algo de eso, muchas veces no sabemos qué hacer con él. Seguimos usando su error como la definición permanente de quién es.

Si no estamos dispuestos a reconocer la transformación de las personas, entonces realmente no creemos en la transformación.

Solo creemos en el castigo.

¿Tú qué harías si fueras el que se equivocó?

No estoy diciendo que debamos olvidar los errores.

No estoy diciendo que una disculpa obligue a nadie a perdonar.

Estoy diciendo algo más simple: si exigimos responsabilidad, también tenemos que reconocerla cuando aparece.

No escribo esto para defender a Andrés Bilbao. La oferta me parece equivocada, y creo que quienes tienen posiciones de poder económico tienen una responsabilidad mayor sobre las condiciones que ofrecen a quienes intentan entrar al mercado laboral.

Tampoco creo que tener éxito empresarial convierta automáticamente a alguien en una buena persona.

Pero tampoco creo que cometer un error convierta automáticamente a alguien en una mala persona.

Entre ambas cosas existe un espacio enorme, donde caben la contradicción, el aprendizaje, la responsabilidad y el cambio.

Hace algunos años, Eugenio Derbez protagonizó otra polémica parecida: unas declaraciones sobre jóvenes que preguntaban por el salario generaron una crítica fuerte, y después él explicó que sus palabras habían sido sacadas de contexto.

No traigo este caso para decidir quién tuvo razón. Lo traigo porque confirma la misma idea desde otro ángulo: la manera en que alguien responde cuando lo cuestionan también forma parte de su historia, tanto como el hecho que lo puso bajo la lupa.

No podemos controlar la primera impresión que generamos, pero sí podemos decidir qué hacemos después de que alguien nos señala un error. Otra vez, es una cuestión de qué tan enseñables somos.

Hay algo que me gustaría que pudiéramos hacer mejor como sociedad: recordar la historia completa.

Porque recordar no significa solamente conservar el momento en que alguien se equivocó.

También significa recordar qué hizo después.

Recordar el error. Pero también recordar la respuesta al error. Recordar el daño. Pero también la reparación. Recordar lo que alguien hizo. Pero también lo que hizo después de darse cuenta de que estaba equivocado.

Una de mis leyes de vida es esta: no juzgues a las personas por sus errores, júzgalas por cómo los corrigen. La pienso así desde hace años, porque sé perfectamente que somos humanos: la vamos a regar, tarde o temprano, y a veces bastante feo. Pero cuando alguien tiene la intención real de corregir su error, eso habla mucho más de él que el error mismo.

Si eres líder, ser enseñable significa poder decir “la regué, fue mi error” en el momento en que más cuesta decirlo. Si eres parte de la sociedad que observa, significa estar dispuesto a actualizar tu juicio cuando alguien demuestra, con hechos, que corrigió. Lo enseñable de la respuesta de Bilbao no está en haber cometido el error, sino en haber decidido corregirlo públicamente cuando se lo señalaron. Y nosotros solo somos enseñables si somos capaces de reconocerlo.

Porque una sociedad madura no es aquella donde nadie se equivoca. Es aquella donde las personas pueden reconocer que se equivocaron, asumir las consecuencias y tener la posibilidad de cambiar. Y quizá ahí está la diferencia entre justicia y castigo. El castigo se queda en la condena. La justicia, idealmente, busca algo más: que exista responsabilidad, reparación y aprendizaje.

No sé si Andrés Bilbao ha cambiado del todo. Eso solo se demuestra con el tiempo y con acciones consistentes, no con una disculpa pública. Pero sé algo más importante: ser enseñable no es solamente aceptar que tú estás equivocado. También es estar dispuesto a actualizar tu opinión cuando la realidad cambia.

Podemos decir que algo estuvo mal sin convertir a una persona en su peor error. Podemos exigir mejores prácticas laborales y, al mismo tiempo, reconocer una disculpa. Podemos defender la dignidad del trabajo y también defender la posibilidad de que las personas aprendan. Y podemos estar en desacuerdo con alguien sin convertirnos en juez y verdugo.

Así que la pregunta ya no es si Andrés Bilbao cambió. La pregunta es: ¿tú eres capaz de cambiar de opinión cuando alguien te demuestra que ha cambiado?

Nos vemos del otro lado.

Read the original on diegomaury.substack.com

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