A menudo, dentro de este espacio, me dedico a indagar sobre lo que me enseñaron y lo que construí como ideario de futuro, y todo aquello que realmente me está atravesando en el presente. Suelo hacerlo a partir de libros, películas o derivas tecnológicas, pero hoy quiero hablarles de algo que vivo en primera persona, semana a semana dentro del aula.
Como profesor universitario tengo mi materia “prefe” que es Ciberculturas, donde tengo un palco privilegiado para observar en tiempo real cómo las nuevas generaciones imaginan el mañana. Hace unos años, decidí implementar una dinámica de trabajo con mis alumnxs basada en una disciplina que me gusta y me sirve, y que, a su vez, considero vital para estos tiempos de incertidumbre como es el Design Fiction o Diseño Ficción.
La premisa era sencilla pero el trabajo luego se pondría más espeso, sin embargo, íbamos a usar el diseño para especular sobre futuros posibles. En la segunda presentación que hicieron los grupos, me di los dientes contra un robusto muro cultural que no me esperaba. Mis alumnxs, al imaginar lo que vendrá, construyeron mundos distópicos de profundidades y complejidades diversas. El futuro, para ellos, era un lugar del que había que huir o al menos pasar desapercibido, así que tuve que ajustar las reglas del juego en la siguiente edición.
Arqueólogos de un futuro que aún no existe.
Para entender el enfoque de esta dinámica, es útil recurrir al ensayista y teórico Fredric Jameson, especialmente a su ensayo “Arqueologías del futuro. El deseo llamado utopia y otras aproximaciones de ciencia ficción”. Acá, queda claro que la vocación más profunda de la ciencia ficción contemporánea, según Jameson, no es darnos imágenes fieles del porvenir, sino poner de manifiesto y dramatizar nuestra propia incapacidad para imaginar el futuro, revelándonos los límites absolutos en los que nos encierra nuestro propio momento social.
Este teórico marxista sugiere que la utopía funciona filosóficamente de manera análoga a un vestigio o a una ruina, solo que proviene del otro extremo del tiempo, y ahí es donde entra en juego la herramienta que utilizo con mis alumnos. Luego de sortear las caras de sorpresa, horror y de “llamen a un psiquiatra porque al profe se le voló la peluca”, les propongo jugar a ser arqueólogos de ese tiempo venidero, en el que necesitamos desenterrar los objetos cotidianos que lo componen y crear prototipos diegéticos.
Del cine al aula.
El concepto de “prototipo diegético” fue acuñado por el investigador David A. Kirby en su artículo de 2010, The Future is Now: Diegetic Prototypes and the Role of Popular Films in Generating Real-world Technological Development. Aquí se explica un fenómeno muy particular de la industria del cine. Kirby demostró cómo los creadores de películas, junto con consultores científicos, construyen representaciones de tecnologías posibles para demostrar a grandes audiencias su necesidad, viabilidad y benevolencia. La gran ventaja retórica de estos prototipos en la gran pantalla es que, dentro del mundo de ficción (la diégesis), estas tecnologías existen como objetos “reales” que funcionan correctamente y que la gente utiliza de forma cotidiana.
Este concepto mutó a manos de otro investigador llamado Julian Bleecker (Near Future Laboratory), quien entendió que el Diseño Ficción es justamente una amalgama entre el diseño, los hechos científicos y la ciencia ficción. Bleecker termina proponiendo sacar esos prototipos diegéticos de la pantalla y convertirlos en objetos tangibles que funcionan como tótems o accesorios a través de los cuales se puede contar una historia más grande sobre cómo sería habitar ese futuro. Cabe destacar que el aspecto narrativo de la disciplina y del trabajo en aula es crucial para otorgarle un marco social, económico, cultural, etc., a esos prototipos.
Con esta idea en mente, armé una dinámica utilizando el set de cartas de Design Fiction del Near Future Laboratory. Los estudiantes eligen cuatro cartas (una por categoría, son 4 categorías en total) y, a partir de ahí, deben crear un artefacto que aún no existe. Esto deriva en algunas preguntas que les pido que se hagan para luego articular una narrativa coherente: ¿Qué implica su creación? ¿Quién los crea? ¿Qué problemas viene a resolver? ¿A quiénes ayuda y a quiénes deja afuera?
La dinámica funcionaba metodológicamente bien, pero durante el primer año noté que esos primeros trabajos eran una invitación a la distopía. Al dejarlos crear libremente, lxs alumnxs diseñaban artefactos para la hipervigilancia, para sobrevivir al colapso ecológico o delirios muy interesantes y complejos para corporaciones despojadas de cualquier atisbo de humanidad.
¿Por qué? Porque vivimos inmersos en lo que el investigador Francisco Martorell llama Distopiland. A los ojos de nuestros estudiantes, el capitalismo actual resulta tan natural como la ley de la gravedad, constituyendo el límite absoluto de lo pensable. ¿Le tenemos que dar la razón a Jameson respecto de que parece mucho más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo?
Mis alumnxs, yo mismo, somos el producto de un setting cultural donde la sobredosis de apocalipsis ha generado lo que Héctor García Barnés denomina futurofobia. Es un miedo al futuro que sustituye el deseo por el miedo, sumiéndonos en el cinismo y convenciéndonos de que cualquier lucha por mejorar las cosas está condenada al fracaso.
El futuro en una probeta.
Esas realidades un tanto oscuras que diseñaron lxs estudiantes en sus primeros trabajos no eran una simple preferencia estética,pero sí lo más fácil de imaginar, según sus comentarios. A modo de análisis personal, autoindagación, etc., empecé a entender que estábamos hasta el cuello, sumergidos en una profunda falta de imaginación. Esto me llevó a pensar (una vez más) en una pregunta que Ursula K. Le Guin planteó en uno de esos ensayos clave (y muy querido) de su libro The Language of the Night: ¿Por qué los estadounidenses le tienen miedo a los dragones? Y, por extensión, ¿por qué nuestra cultura occidental contemporánea le teme tanto a la fantasía? Volver a Ursula siempre es gratificante.
Vivimos en una sociedad profundamente utilitarista, dice la autora, dominada por una ética donde la imaginación pura es vista como algo infantil, inútil o como una mera vía de escape más propia de la temprana edad. Le tememos a los dragones porque la fantasía no es “productiva” en términos de mercado, y porque nos exige pensar por fuera de las reglas impuestas. Pero la mutilación de nuestra capacidad de imaginar tiene un costo psíquico y social altísimo.
«Las personas que niegan la existencia de los dragones a menudo son devoradas por ellos. Desde dentro».
Las distopías ineludibles que diseñaban mis alumnxs no eran otra cosa que esos dragones devorando por dentro otras realidades posibles. Al negar la posibilidad de especular y fantasear con alternativas válidas, quizás sus ideas queden atadas al miedo, la ansiedad y el inmovilismo. Necesitábamos otra forma que nos permitiera salir de ese pantano imaginativo, y fue entonces cuando decidí recurrir de nuevo a Le Guin.
Tanto para la escritora como para quienes estudian futuros, predecirlo con exactitud el mañana es imposible (en todo caso hay aproximaciones, no precciones), pero el futuro funciona como «un laboratorio seguro y estéril para poner a prueba ideas, un medio para pensar sobre la realidad, un método». Al entender esto, les expliqué a lxs estudiantes que las cartas que usamos del Near Future Laboratory no eran una invitación a pronosticar el apocalipsis (tampoco su lectura requiere que sea literal lo que muestran o dicen), sino las variables de su propio experimento mental en ese laboratorio virtual llamado aula.
Seamos subversivos e imaginemos un mundo mejor.
Con el ajuste en las reglas de juego y la prohibición de pensar en devenires horribles, al año siguiente lo enfocamos desde miradas más amigables y vivibles. La verdad es que preferí tener un grado de “boludez optimista” en lugar de seguir paseándome por la ingrata sensación de degustar distopías a la carta.
Pero esto no queda acá. Había otro riesgo que era caer en la ingenuidad de la utopía clásica, que suele ser un tanto estática e inmutable; mi idea era poder explorar lo que Kevin Kelly denomina “protopía”, un estado de evolución incremental donde cada año es mejor que el anterior, aunque sea solo por una microcantidad. Las protopías están llenas de problemas nuevos, pero los beneficios superarían ligeramente a las desventajas (o eso esperamos). Para esto, tuvimos que ir incorporando el pensamiento y diseño de futuros, un recorte de las miradas sobre el tema y luego profundizar en las narrativas y discursos imperantes en nuestro presente.
Imaginar futuros preferibles (como proponen los diseñadores Anthony Dunne y Fiona Raby) es usar el diseño para abrir posibilidades que puedan ser debatidas. Exigirles a lxs alumnxs que diseñen un artefacto para un escenario de éxito, asumiendo la complejidad de la convivencia humana (todo puede fallar), es un acto de sabotaje contra la resignación.
Cualquier futuro, antes de ser real, necesita ser imaginado, y si nuestro único horizonte es el fin del mundo o un ecosistema controlador y opresivo sin que tengamos la capacidad de ofrecer resistencia, ese será nuestro presente. Al menos, empecemos a diseñar artefactos para un mañana que valga la pena habitar (y cuestionar) y permitámonos proyectarnos hacia un mundo imperfectamente perfecto.
Bibliografía recomendada
Bleecker, Julian. (2009). Design Fiction: A short essay on design, science, fact and fiction.
Dunne, Anthony & Raby, Fiona. (2013). Speculative Everything: Design, Fiction, and Social Dreaming.
Fisher, Mark. (2014). Ghosts of My Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures.
García Barnés, Héctor. (2022). Futurofobia. Una generación atrapada entre la nostalgia y el apocalipsis.
Jameson, Fredric. (2005). Arqueologías del futuro: El deseo llamado utopía y otras aproximaciones de ciencia ficción.
Kelly, Kevin. (2011). Protopia.
Kirby, David A. (2010). The Future is Now: Diegetic Prototypes and the Role of Popular Films in Generating Real-world Technological Development.
Le Guin, Ursula K. (1979). The language of the night. Essays on Fantasy and Science Fiction.
Gracias por estar ahí

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