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Cultura de Discos · Jul 31, 2026

Lado B: The Rolling Stones

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Cultura de Discos · Cultura de Discos

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos.

Recuerda que ‘Lado B’ es una sección pensada para indagar en aquellos artistas que hemos reseñado y cuyas obras bien merecen un zoom.

No es fácil hacer una sección de Lados B de mi banda favorita. Y es que si bien nadie lo pidió, me autoimpongo la responsabilidad devota de evangelizar –dentro de lo que se pueda– ese cariz único de viernes por la tarde que suelen evocar Jagger, Richards y compañía.

Contra todo pronóstico, su última entrega me sirve mucho para introducir la orientación de la selección: Foreign Tongues (2026). No porque sea excepcionalmente bueno –hace mucho ya que dejé de ilusionarme con sus nuevos discos, creo que es parte de humanizar a tus ídolos– sino porque después de un tiempo excesivamente generoso en mi opinión, vuelven a emplear un formato que, si bien no el más conocido, ejecutan a la perfección: su sonido rural.

Si bien hablar sobre joyas desconocidas de los Stones también me entusiasma, pues creo que es una banda que normalmente se le reduce exageradamente a sus canciones clásicas empleadas como himnos de revoleo, baile o pilares sólidos de la parrilla, soy un convencido de que la gran epopeya stone tiene que ver más con su ejecución que con canciones puntuales.

Fig 1. Ronnie Wood y Keith Richards, la última pareja responsable del estilo stone.

Ese rasgueo intercalado y entrecortado entre Woods y Richards, Richards y Taylor, Richards y Brian Jones –según la época, la marca registrada de los británicos–, es de los principales responsables de un “aura” que prende, da sed, moviliza, aumenta tu autoestima; las canciones pasan a ser “ejemplos” de esto, más que sujetos de diferenciación individual, por mucho que existan himnos que, entre el clamor popular, han alcanzado dicha diferenciación.

Pero de eso ya se ha hablado mucho. Desde los cada-vez-menos-fiables rankings –de bandas, guitarristas, discos y todo lo que puede generar clics para esas agencias de relaciones públicas encubiertas– hasta expertos y documentales, se habla de la dupla Jagger-Richards como uno de los puntos álgidos creativos en lo que respecta a composición, y en su mayor parte se debe a este estilo que comentamos. Es difícil encontrar mejor evidencia que la atribución de la existencia de un sonido stone, a pesar de que muchos insisten en utilizarlo como objeto de denostación bajo la premisa “suenan siempre igual”. Una cosa es copiarse a sí mismos y otra muy diferente (y diferenciadora) es hacer de un sonido tu rancho, que el mundo lo avale, y de allí explorar diversas bifurcaciones: lo primero es falta de creatividad –o miedo a salir de la zona de confort–, lo segundo, genialidad.

Sin embargo, como comenté, este Lado B no hace foco en el sonido clásico de los stones, sino que referencia a su lado rural: ese sonido country, ese blues que pareciera sentirse en el porche de una casa de Mississippi o en un cuento de Barry Hannah, esa calidez que dan las cuerdas de nylon en “Sweet Virginia”, ese vértigo propio de los bends que podemos encontrar en canciones como “No Expectations” o “You Got The Silver”.

Fig 2. Mick Jagger y Keith Richards en Villa Nellcôte, la mansión donde grabaron gran parte del Exile on Main St. (1972)

Pese a ser sonidos notablemente yankees –podríamos decir lo mismo del rocanrol que tanto pregonan, pero convengamos que en esta materia las bandas de UK desarrollaron su propia derivada–, los británicos logran apropiarse de ese rasgo cultural sin que se sospeche en lo más mínimo su origen foráneo. El comienzo de la selección habita justamente este punto desde la arista country: y es que “Sweet Virginia”, “Far Away Eyes” y “Country Honk” dejan de ser meramente buenas ejecuciones para traspasar la barrera de cualquier ídolo americano y jugar de igual a igual. No hay canción de Glen Campbell, Waylon Jennings o Hank Williams que pueda mirar sobre el hombro a este tridente, y eso ya es mucho decir.

La canción que secunda a este triplete es justamente de su último disco. “Ringing Hollow” dista de ser el suplente jovial y veloz que le da un nuevo aire al juego del equipo, pero sí uno con la experiencia necesaria para mantener el resultado en un partido apretado. En ese sentido, se trata de una canción que sin proponer algo diferente, logra tocar la fibra que te transporta hacia paisajes americanos.

Por mucho tiempo –desde “Indian Girl” en Emotional Rescue (1980)–, sus majestades satánicas abandonaron este sonido acústico reposado en countries y blueses para dar paso a las baladas. Si bien hay una que otra destacable (“Memory Motel” se ubica en terreno fronterizo, “Blinded By Rainbows” podría ser un correcto ejemplar), se trata de un formato que intenta simplificar en exceso la propuesta sonora, y que con el tiempo se ha transformado en algo predecible, comercial e innecesariamente constante –todos sus discos incluían al menos una o dos en este formato–, por lo que este retorno a los orígenes se celebra como el acto político que es (?).

Este último punto explica, en parte, el por qué la selección se centra principalmente en la “época dorada” stone entre 1968 y 1972: el período que concentra los discos Beggars Banquet (1968), Let It Bleed (1969), Sticky Fingers (1971) y Exile On Main St. (1972). Una seguidilla intratable que, obviando a los Beatles, sólo los Kinks y Led Zeppelin igualaron en racha.

Fig 3. Los Stones en el Olympic Sound Studios de Londres, en las sesiones de grabación del Beggars Banquet (1968).

Estos discos, si bien suponen también la mejor escenificación de su vertiente rocanrolera –canciones como “Rocks Off”, “Midnight Rambler”, “Street Fighting Man” o “Brown Sugar” son evidencia de sobra–, tienen también la mejor calibración entre su faceta jarana y su faceta fogata. “Moonlight Mile” logra combinar intimidad y épica como ninguna otra canción de su repertorio. “Love In Vain”, el cover de Robert Johnson, te lleva a la misma estación de trenes que canta, al mismo tiempo que sus bends largos y lentos lloran su desamor. “Sweet Virginia”, en mi opinión la mejor canción de todo su repertorio, te lleva a una sobremesa imaginaria que desafía cualquier supuesta originalidad en la propuesta de C. Tangana.

Sin alargarme más, dejo este Lado B con el convencimiento de que será una selección conocida por muchos –y poco arriesgada quizás– pero por sobretodo, una selección que puede abrir los oídos de muchos otros, y probablemente cambiar el ideario en torno a sus majestades satánicas. Un manifiesto stone de la ruralidad.

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