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Cuento contigo · Oct 11, 2025

6x07 Argelia, Un pais para abrazar (II) Sonia Barbosa - Manifiesto de Ramón Parreño

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Lee el podcast de 6x07 Argelia, Un pais para abrazar (II) Sonia Barbosa - Manifiesto de Ramón Parreño

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Hola, ¿qué tal? ¿Cómo estáis? Bienvenidos. Preparados una vez más para un viaje inolvidable en una nueva edición del podcast Cuento Contigo.

Mi nombre es Josep y como siempre agradezco vuestra presencia y ayuda a este podcast de entretenimiento con vuestros comentarios y me gusta.

Agradecemos la colaboración de Interfolio Libros, Ricardo Fité, Sonia Barbosa, Ramón Parreño, La Mala Suerte Ediciones y Alicia Sornosa por su colaboración con este podcast.

Comenzamos. Hoy retomamos el relato de Sonia Barbosa de su Argelia, un país para abrazar. Nos habíamos quedado con Sonia y Toño después de terminar el banquete en la casa de los Saf-Saf y alucinando, si cabe aún más, con la increíble naturalidad y hospitalidad de los argelinos. Pero vamos a continuar con el relato. Seguro que no nos dejará indiferentes.

Capítulo cuarto. La unión hace la fuerza. El Sáhara.

Si hay una carretera, aparte de la Transsiberiana en Rusia, que no olvidaré nunca, esa es la que une Jardaia con Bresina, la N-107. Unos 350 kilómetros de extasiantes paisajes inmensos ya en pleno desierto del Sáhara, tan bello como hostil.

La noche anterior había llovido mucho y atravesamos pueblos en los que la arena estaba aún húmeda, lo cual se convertía en una verdadera trampa para las dos ruedas. Mis manos se agarraban al manillar con fuerza por el estado de tensión de mi cuerpo, el cual iría incresciendo a lo largo del día. No parecían muchos los kilómetros que íbamos a rodar, pero es bien sabido que en el desierto, esto y el tiempo empleado en realizarlo nunca suelen ir a la par. De hecho echamos unas 10 horas en completar un viaje que ha estado repleto de aventuras interesantes. Lo que empezó con un… ¡Qué pasada de sitios! Terminó con un… ¡Ojalá esto se acabe ya! Pues necesitaba descansar.

El primer problema que se nos presentó fue el del repostaje, algo para lo que ya, afortunadamente, veníamos prevenidos. Aunque más bien fue Toño quien arregló la situación, pues nada más y nada menos que en dos ocasiones tuvo que darle de beber a trailera. Ni una sola gasolinera en todo el recorrido. Los letreros de «Attention, son sal o nos?», «Cuidado, zona arenosa» no paraban de repetirse y como dicen que el que avisa no es traidor, así fue que comenzaron a aumentar los problemas. Poco a poco en la carretera las acumulaciones de arena eran cada vez más frecuentes y de mayor cantidad.

«Ups, con esto sí que no contábamos», le dije a mi compañero de ruta, que parecía a estas alturas estar disfrutando un montón de la situación, cosa que yo no. Hasta ahora íbamos sorteando los pequeños muros arenosos como podíamos, pero aquello que teníamos ante nuestros ojos eran palabras mayores. Pensé que tendríamos que dar la vuelta, pero Toño decidió que eso era de cobardes, así que se aventuró a meterse por las dunas con su moto, un enorme caballo, y buscar un camino alternativo. Una vez que había superado el reto, ante lo cual yo estaba admirada, regresó a portra hilera y como si no pasara nada, y no es de extrañar después de la que acababa de llevar, realizó el mismo trayecto posicionando las motos después del muro arenoso para que pudiéramos continuar.

En el camino nos encontramos con tres chicos españoles que nos dijeron que eran vascos y ante la pregunta que les hicimos de cuántos montones más quedaban para que se acabara aquel infierno, nos dijeron que aproximadamente unos cinco o seis, que luego resultaron ser unos ocho o nueve. Toño estaba muy cansado. El calor, además, era asfixiante.

Yo sentía mucho hormigueo en mis manos, las cuales se me quedaban dormidas y apenas podía sentir los mandos del manillar. ¿Cuál fue nuestra sorpresa cuando, a lo lejos, avistamos un vehículo que parecía estar atascado en la arena? Nos paramos a preguntar y ofrecer ayuda. Se trataba de un señor bastante anciano, llevaba un

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