La última noche que pasé con mi abuela fue en un hospital.
Dormía casi todo el tiempo. Su respiración era lenta, profunda, con un gorjeo que no vaticinaba nada bueno. Yo me senté a su lado, sin saber muy bien qué hacer con todo lo que llevaba dentro desde hacía años.
Había pasado mucho tiempo sin ir a verla a la residencia. Demasiado. Parte de mí estaba volcada en mi hija, en su salud, en sobrevivir al día a día. Otra parte, seré sincera, no podía soportar verla así. No me reconocía y yo tampoco a ella. No era la Flora (así se llamaba) que yo recordaba. Fuerte, autoritaria, independiente, con una mala leche que estaba lejos de representar el papel de la abuela de Caperucita.
Cuando me dijeron que estaba muy malita, fui con cierto recelo. Y tal como me temía… esa imagen no se me olvidará nunca. Digamos que ya no la vi fuerte, mucho menos independiente. Era como un gatito desvalido. Un ser totalmente vulnerable. Y esa noche me quedé.
Le puse la música que le gustaba. Le hablé, hablé por las dos. Le enseñé fotos de mi hija. Incluso le puse un documental de su pueblo, una tontería quizá, pero yo necesitaba creer que algo de todo aquello le llegaba. En el fondo, esperaba un milagro. Que abriera los ojos y que nos reconociéramos aunque fuera un segundo.
No ocurrió.
Al día siguiente la sedaron y una noche después, falleció mientras mi madre le sostenía la mano. Por lo menos tengo la tranquilidad de saber que, no partió de este mundo sola.
Pero no hubo despedida grandilocuente. No hubo palabras finales ni frases que se recuerdan toda la vida. Y aun así, conseguí cerrar el círculo. No del todo. Lo suficiente como para poder respirar sin sentirme una miserable.
A día de hoy sigo lidiando con la culpa, con el “tendría que haber ido más”, con el “y si…”. Sigo pensando que no fui buena nieta y que le fallé. El duelo no es una línea recta ni un proceso ordenado. Hay días tranquilos y otros en los que una imagen, un olor o una canción te devuelven al principio.
Lo curioso es que todo esto ha coincidido con la salida de Más Allá, una novela que escribí antes de que mi abuela muriera. Un libro que habla de lo que puede haber después de los vínculos que no se rompen, de ese espacio extraño donde el amor no sabe desaparecer del todo. No lo escribí pensando en ella, la verdad. Pero ahora no puedo leerlo sin sentir que, de alguna forma, siempre estuvo ahí.
No sé qué hay después de la muerte. No tengo certezas. Pero sí sé que el amor no se apaga de golpe. Que a veces llegamos tarde o llegamos como podemos. Y que incluso así, la presencia, estar, aunque sea en silencio, también cuenta.
Esta entrada no es una conclusión. Es solo una manera de dejar constancia de que sigo aquí, aprendiendo a despedirme sin dejar de querer.
Y quizá eso sea parte del viaje
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