La semana pasada se publicó el episodio de La vida secreta de las madres al que tuve la gran alegría de ser la madre invitada. Para promocionarlo, hay tres cortes en instagram. En dos de los cortes hablo de algo tan transgresor como: que queremos que vuelvan los vagones familiares a los trenes (al menos a los de renfe) y que al final del día las madres de clase trabajadora estamos demasiado agotadas como para tener un debate asertivo con nuestres hijes sobre porqué es importante lavarse los dientes.
Sí. He dicho hijes. Ahí empieza todo.
Si dices hijes en un vídeo, se te llena de trolls. Primero llegan cucarachillas a decir bobadas, luego se lo pasan por sus grupos de “vamos a odiar a la gente woke para que tenga miedo” y llegan los bots. En un momento dado ya lo pasan a los grups “escuadrón de la muerte digital” y ahí te amenazan de muerte. Hoy un comentario pedía un francotirador. Todo esto en los vídeos en los que hablo de maternar, porque en el vídeo en el que hablo de lucha de clases, políticas del tiempo y conceptos mucho más llamémoslo marxistas, ahí no han llegado las cucarachas. Es más fácil odiar a las madres. Cualquiera sabe ser mejor madre que tú, malamadre, malcriadora, vamos a llamar a un francotirador, hay que matar a las madres que dicen hijes.
Si entras a los perfiles, hay gente real, lo cual es verdaderamente lo más preocupante porque esta peña tiene derecho a voto, viviría más tranquila pensando que es una granja de bots dirigida por un incel. Cuando ves que gran parte de esa bilis sale de estómagos reales con derecho a voto, pues piensas varias cosas. La primera es que faltan gulags. La segunda es que menuda vida más miserable si tu pasatiempo es ir a tirarle hate a otras personas, qué mala piel se te debe quedar. La tercera es que gracias por viralizarme el vídeo, he ganado ya más de 500 seguidoras. La cuarta es que menuda pena que no dije “expropiar todos los pisos de los grandes tenedores, tomar los medios de producción y eat the rich”. Pero después de todos estos pensamientos más o menos espontáneos y poco razonados, entras en la reflexión un poco más profunda.
[Quiero hacer una pausa aquí para deciros que estoy bien, no quiero que os preocupéis por mi, suelo cerrar los comentarios cuando se viraliza un post y empieza a llegar púrria]
Volviendo al diagnóstico de la situación, estuve pensando en tres cosas:
La primera es en lo bien diseñado que está el algoritmo para viralizar el odio, así cuando un contenido empieza a recibirlo, rápidamente llega sugerido a más cuentas antidemocráticas, cuentas falsas, bots, etc, y puedan ir a potar todEs juntEs a la sección comentarios.
La segunda es que cuando recibes un ataque de odio masivo en internet, a las personas que están de acuerdo contigo y que son mayoría no se atreven a comentar por miedo a los trolls (y me parece normal, a nadie le gusta que le amenacen con un francotirador, que la insulten o que amenacen con tratar mal a sus hijes). Y entonces esas cuentas venenosas acaparan el espacio. Y parece que son más, aunque sean menos y la mitad sean cuentas falsas coordinadas por cuatro incels.
La tercera, y esta creo que es la más relevante, es que hay una gran parte de la sociedad sumida en un malestar profundo. Un malestar que se les mete dentro de los huesos como un reuma. Un malestar de no llegar a fin de mes, de no tener tiempo, de estar solo y aislado, de no tener espacios comunes, de no triunfar, de no vivir la vida que querría, un malestar tan alienante que solamente encuentra consuelo en el realismo mágico, la culpa es de las feministas, los gays y los migrantes. Por culpa de esa gente tu estás mal. Y la única neurona que tengo activa (en la vida en general, o quizás al final del día, en el agotamiento) pues no está para soluciones complejas. Está para recetas fáciles. Necesito odiar a alguien porque me siento mal y no tengo inteligencia emocional, necesito formar parte de un grupo porque me siento aislado e alienado, necesito que la culpa de que mi vida sea un fracaso sea de otra gente y no mía (porque con la meritocracia que te han metido en la cabeza, la culpa del fracaso es tuya y no del sistema, entonces el malestar aumenta). Entonces bueno, pues pensaba en esto.
A una madre que dice hijes hay que odiarla. Que fácil es odiar a las madres. Las madres tienen la culpa de todo. Las madres mienten. Las madres son malas. Las madres piden el divorcio para arruinar a los padres. Las madres de ahora no hacen más que quejarse. Las madres borrachas, las madres con minifalda, las madres que viajan, las madres que no están dónde deberían estar.
Hay mucho malestar social, y la ultra derecha no hace más que alimentarlo porque vive de ello. Creo que es una misión importante generar ilusión y generar soluciones sencillas para iluminar a una gran parte de esas personas que están sufriendo tanto y solamente reciben pastillas de veneno. El primer paso es decirles que sí, que claro que están mal, que no, que no es su culpa si no cumplen con las expectativas que les generan influencers y gymbros, y que claro que se sienten solas y aisladas. Lo siguiente es decirles que no están solas, que somos muchas las que no llegamos a fin de mes, las que gastamos una fortuna en vivienda, las que no tenemos tiempo. Lo re siguiente es un abrazo, y darles causas por las que luchar, espacios dónde participar, dónde se den cuenta de que no están solas, y vean que juntas somos mucho más fuertes.
Y luego una ración de soluciones fáciles: todos nuestros problemas son causa directa o indirecta de que existan multimillonarios y no paguen casi impuestos. Así que tu enemigo es el multimillonario y hay que cazarlo para que pague muuuuchos impuestos. Redistribuir la riqueza. Y luego ya pasamos a la complejidad, pero eso mucho más luego, primero señalemos a los ricos, tax the rich, tax the rich, tax the rich.
Todo esto molaría que lo haga alguien que tenga paciencia porfi, yo no tengo, soy más de gulag.
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