Asisto estupefacta a una conversación de sobremesa en la que dos varones blancos cis y heteros le dicen a un tercero de su misma condición que lo que pasa es que no se puede ser tan bueno que a las tías les gustan los malotes y que un clavo saca a otro clavo. Expreso mi desacuerdo pero solamente recibo risotadas, dos minutos antes, en la misma conversación se valoró en voz alta si el cuerpo de una mujer no presente era normativo. El de una mujer claro, jamás valoramos si el cuerpo de un hombre es normativo porque ellos pueden tener más o menos el cuerpo que les dé la gana dentro de unos límites por supuesto. Expresé también mi desacuerdo pero rápidamente me di cuenta de que me estaba equivocando al entrar en esa conversación, debería haberla dejado pasar de largo, Laura, no aprendes. De pronto estábamos valorando si mi cuerpo era normativo. Mi cuerpo. El mío eh, el de la presente, sin haber pedido yo nada, sin entender de dónde venía esta ostia. También expresé mi desacuerdo pero quién soy yo para valorar si mi cuerpo es normativo cuando los carnets de normatividad los emiten siempre sin excepción alguna los varones.
Quiero decir muchas cosas, quiero que dejen de reír, que se callen y me escuchen, pero es imposible, no pueden. Porque nos son varones sacados de un fotocoches o de un chat de incels, son varones progres, aliades, compañeros en la lucha feminista, y están de broma, porque hay confianza. Están en manada, cuando se juntan más de dos, están en manada y por muy listos y deconstruidos y progres y aliades que sean se socializan como les han enseñado de pequeños, en manada, y dicen las mismas bobadas que habrían dicho con dieciséis años. Miro al varón que recibía, escéptico, tan excelsos consejos y le digo no les hagas caso, asiente, propongo que vayamos a pagar.
Hay una canción de Charli xcx que me encanta, se llama “the good ones” y la artista cuenta que siempre termina dejando a los buenos y quedándose con los malotes porque es todo lo que conoce. Y pienso claro que es todo lo que conoces porque desde pequeñas nos dicen que a las tías (heteras) les gustan los malotes así que ellos se comportan como malotes y nosotras para allá que vamos, todo el mundo performa el rol que le han dado. Pero un día descubres que se puede querer sin sufrir, que se puede estar enamorada y feliz sin pizca de dolor, todo transparencia, sinceridad, cuidados, cariño, atención. Y ese día tienes claro que hay que always keep the good ones and let the bad ones go. Nada de bitter kisses, si te gusta lo amargo pídete un campari pero con el good one, o con las amigas.
En el último Liv Strömquist (genia suprema de inteligencia superior a la que venero) habla de consejos que dan los gurús de la masculinidad en internet, uno de ellos es que no te enamores, que no tengas sentimientos, porque hay que evitar a toda costa la posibilidad de sufrir. El machote no sufre, el machote se enfada, hace ghosting, mata, pero no sufre porque sufrir seria exponerse demasiado, es de débiles. Si ves que te empieza a gustar alguien, déjala y busca a otra. Si ves que te podrías estar enamorando, pírate. Ten una relación de poder y de control de los sentimientos, no te impliques, manda, domina, pasa por la vida como un cactus sin sentir, sin vivir. Bueno puedes sentir odio y rabia, esos sentimientos supongo que sí que son machotes así que deben de estar autorizados. Si solamente tienes dos funciones en tu programario la vida se simplifica: ¿Frustración? ¿Despecho? ¿Dolor? ¿Angustia? ¿Celos? ¿Abandono? Nada de eso. Odio y rabia. O un clavo saca a otro clavo y no seas tan bueno que las tías prefieren a los malotes. Sería un poco el resumen, que es una receta que está pensada para que ellos no sufran, las tías no prefieren a los cactus, nadie prefiere a los cactus para tener una relación sexoafectiva, los cactus están genial como plantas en la ventana pero en la cama y en el alma, pinchan.
Me parece tristísimo que hablemos de deconstrucción, de repartir la carga doméstica, de luchar contra las violencias, de educar en la igualdad y sin estereotipos pero cuando llega el momento de los sentimientos y las emociones sigamos dando los mismos consejos, a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes, porque no soportamos el sufrimiento, porque nos molesta, no queremos sufrir ni ver sufrir, no queremos acompañar el dolor, queremos que pase rápido, con una pastilla, o que no pase directamente, queremos la alegría, la felicidad, la euforia constante, eso nos dice el mundo individualista e híper acelerado en el que vivimos, hay que estar bien, hay que disfrutar todo el rato y sino algo estás haciendo mal (esto también lo cuenta Liv en su libro). Pero tranquila que si no estás disfrutando tenemos un producto que puedes comprar para estar bien y cumplir con el mandato. Un producto u ochenta.
Todo se soluciona comprando, y el hiperconsumo y el mandato de pasarlo bien termina aterrizando en nuestras relaciones de larga duración, como en el libro de Miranda July, o como dice una amiga mía que claramente escribe mejor que yo: “en los últimos dos años tengo muchas amigas que han abandonado el barco para saltar a una embarcación más brillante que se veía que era reluciente pero haría aguas. Alguna ya va bien que haya abandonado embarcación porque era una chapuza, pero muchas estaban en barcos decentes, que solo les pasaba el paso del tiempo, ya sabes, la sociedad de consumo también aplica a las relaciones sexoafectivas heteras y monógamas y aburridas de toda la vida”.
Un clavo no saca necesariamente otro clavo. Los cactus pinchan. Quien sufre no necesita siempre que le des una solución, a veces necesita un abrazo y que le acompañes, aunque eso requiera más tiempo y más implicación emocional por tu parte. Keep the good ones, let the bad ones go.
Foto: A.P.
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