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Bajo Colores de Otoño · Feb 7, 2026

I Went Northeast

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Andres Huertas · Bajo Colores de Otoño

El transitorio espacio de un aeropuerto siempre invita a la reflexión. Creo que no importa lo mucho que me molesten — y lo hacen — las horas que de seguro voy a pasar, esperando por aviones e itinerarios, siempre encuentro un espacio para pensar. Entre sándwich fríos de 10 euros, ruedas de equipaje que se arrastran en el suelo y las diversas multitudes que se congregan haciendo filas para cruzar aduanas y seguridad, entre todo eso, siempre hay un tiempo para llenar.

I Went Northeast

Es una frase que viene a mi cabeza de cuando, mientras pienso en mi viaje. El retorno. Es curioso, como viene a mí en inglés, como si quisiera que mi situación tuviera una cierta universalidad, como si quisiera poder expresarme en más de una forma o lenguaje. Es un plagio de todas formas, el año pasado uno de mis artículos favoritos se titulaba I Went Southweast. Sobre el extraño caso de un poeta que un día desapareció.

Pero yo no desaparezco, sencillamente voy al Noreste.

La situación del migrante moderno no deja de ser extraña. Politizada. En cualquier lugar del planeta, la palabra emigrante irremediablemente evoca una repuesta que está atada al desarrollo político de los últimos años. Pero antes que inmigrante, soy una persona… un cualquiera que toma un avión, como los millones que lo hacen desde este aeropuerto. Un cualquiera que hoy parte al noreste, y que como los otros millones que se despiden en los aeropuertos del mundo, sabe que una parte se queda para siempre atrás, tras las puertas de aduana, por siempre exorcizada por las fuerzas de la nostalgia y la memoria. Cruzo con las maletas que me permite migración. Se permite café y dulces.

Viajar no es una de mis actividades favoritas. No cuando se trata de vacaciones, no cuando se trata de encontrar cosas nuevas, o regresar a un antiguo hogar. Me gustan los sitios nuevos y la idea de ciertas experiencias, pero soy escéptico al poder transformativo que algunos atribuyen al viajar. La idea “encontrarse a sí mismo” en tierras lejas. No lo sé, en esta parte me suelo referir a Fernando Pessoa:

Viajar es para los que no pueden sentir

Hay algo de extraño en la experiencia moderna de viaje. Creo que la crítica usual de que se trata de un privilegio de clase, o que se trata de una actividad meramente en servicio de los intereses del Capital, se queda un poco corta o incompleta. Las redes sociales convierten todo en un juego de imágenes y números. Buscamos recrear las fotos de postales y nos decepcionamos cuando no encontramos la experiencia auténtica. Es esa obligación moderna de disfrutar, el mandato es disfrutar, ser feliz, y cualquier cosa que no se asemeje a esto, es un fracaso por parte del individuo. El turista promedio está buscando algo, una satisfacción que está seguro, solo el consumo apropiado en el lugar apropiado podrá saciar. Esta actividad se vuelve entonces extractiva, cada lugar que he visitado estaría mejor sin mí. Salvo por los cuantos euros que puedo aportar a la economía local

Aun así, me gusta ver cosas nuevas. Lugares nuevos que antes quizás solo he visto en películas y fotos. Sobre el verano, viaje con mis padres por Europa central. Los mejores días del año los pase recorriendo las concurridas calles de París, Milán y Roma. Tan asombrado como cualquiera ante épicas construcciones históricas y sitios de kebab barato. Es lo que suelo decir, no es el viaje, es la gente.

Pero hoy, hoy viajo con la firme idea de no tener que tomar un avión más en unos cuantos meses. Me voy al noreste, donde hace 7 años inicie una vida que recién y empieza a tomar forma, y, donde la constante es el frío, la distancia, la sensación de extrañeza que caracteriza la experiencia inmigrante. Ni de aquí porque en Colombia no tengo ni una cama, ni de acá porque mi pasaporte es del color incorrecto.

lo importante es que este contento

Suele decir la gente cuando hablo de estar afuera. Los más ancianos van a insistir en que debo volver, que como la patria no hay dos. Quizás hay algo de verdad, pero patria es otro de esos conceptos que no terminan de resonar. Patria, felicidad. Integración.

Integración. Esa palabra que suelen usar para referirse al deber primario del inmigrante. Integrarse en la sociedad. Y para mí esa idea permanece tan nebulosa como un caldo de salmón.

¿Que significa estar integrado? ¿Hablar el idioma? ¿Conocer las costumbres locales? ¿Participar con fervor en las fiestas de sauna, en las que tener la oportunidad de ver a tu jefe desnudo?

El idioma me puede llevar una vida en dominar, las costumbres las reconozco en calendarios, y lo siento, pero me gana el pudor católico y al sauna no voy a ir sin nada de ropa.

Todas esas ideas de integración, son erróneas. Integración, tal y como se suele entender, es principalmente algo tan sencillo como tener las condiciones materiales para vivir. Podría estar de regreso en mi país, conocer el idioma y las costumbres, recitar los himnos nacionales y vestir la camiseta de la selección de futbol, pero si no tengo los medios para vivir, ¿cuál sería el punto? Integración, migración. I Went Norteast. A una tierra tan antigua como extraña, como será extraña por siempre, y eso está bien. La principal forma como definimos una sociedad es por quienes dejamos adentro y quienes excluimos. La noción de integración es la idea — falsa — de que esa barrera puede ser franqueada. Lo cierto es que es imposible. Siempre habrá una distancia, porque la integración y la cultura no es algo que se pueda aprender en un libro o curso, ni siquiera es, en un modo más generoso, una experiencia vivida, subjetiva. Es algo más. Algo absolutamente intangible e innombrable, son todas esas reglas no escritas que separan un grupo de otro, lo que termina por hacerte — queriendo o no — Finlandés, Colombiano, es la intangibilidad de esos estímulos, esa respuesta libidinal a música, nombres, lugares, comidas, sonidos, que son imposibles, absolutamente imposibles de aprender y transmitir. Pienso aquí un poco en Thomas Nagel y el experimento mental sobre la consciencia, en su paper seminal ¿Que se siente ser un murciélago? Nagel explora como nadie puede realmente explicar que sería “ser un murciélago”. Nadie puede realmente explicar que es esa experiencia vivida de ser de una nacionalidad particular.

I Went Northeast.

La noción de lo que se espera del inmigrante. La imagen difusa que tiene la gente en casa, que van llenando con su propia imaginación. Expectativas y nociones de lo que es y lo que no. Vuelve esa idea de que lo que importa es la felicidad.

Decir que la felicidad no existe es casi tan cliché como decir que todo lo que importa es la felicidad. Me atasco aquí en un eterno retorno, donde todo vuelve al inicio. Creo que todo lo que puedo decir al final, es que hay mucha tristeza en una vida bien vivida. En una vida feliz. Que el mandato casi divino de disfrutar esclaviza mucho más de lo que pretende liberar, que I Went Northeast, de regreso a una vida lejos de todo lo que puedo explicar, de lo familiar. De regreso, hasta que tenga la oportunidad de volver a decir, I Went Southwest.

Read the original on coloresdeotono.substack.com

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