El 2025 fue un año raro. De esos en los que parece que cada semana había una noticia que cambia la conversación. Y una de esas conversaciones —por fin— se volvió pública y masiva: ¿las redes sociales como Instagram y TikTok son dañinas para la salud mental?
Después de casi diez años de borrachera con el feed infinito, nos llegó la cruda.
Empezamos a hablar de “screen time” como quien habla de azúcar o alcohol: con culpa, con chistes, con intentos de moderación. Mucha gente intentó una limpia digital de Instagram o TikTok. Otros simplemente se dieron cuenta de que ya vivían dentro de la app, scrolleando cada día un poco mas.
Y al mismo tiempo, los gobiernos empezaron a reaccionar. En varios países la respuesta fue directa: prohibir o limitar el acceso de menores a redes sociales.
En Australia entró en vigor una ley que, a partir de diciembre de 2025, prohibe que menores de 16 tengan cuentas, y pone una carga fuerte sobre las plataformas: deberán tener sistemas para detectar edad y se exponen a multas millonarias si no cumplen.
Francia (con Macron empujando el tema) se movió hacia una prohibición para menores de 15, con discusión y avances legislativos ya en enero de 2026.
España también ha hablado de medidas similares (menores de 16) y la conversación va en esa dirección.
En todo el mundo se esta explorando la prohibición a las redes sociales como primera respuesta.
La pregunta es: ¿por qué justo ahora? ¿Qué cambió?
Lo que cambió: ya no es intuición, ya hay evidencia (y mecanismos)
Lo que cambió es que ya tenemos resultados de lo que ya todos sabíamos. Hoy tenemos más datos y mejor lenguaje para describir lo que está pasando. La evidencia apunta a algo preocupante: el de uso de redes sociales se asocia con problemas de salud mental, especialmente en adolescentes.
Jonathan Haidt puso el tema sobre la mesa con The Anxious Generation, un libro que cuenta una historia que incómoda: cambiamos la infancia por una infancia mediada por pantallas, y eso reconfiguró socialización, autoestima, sueño, atención, ansiedad. Un deterioro de salud mental generacional.
Y cuando ves datos como los que publicó el Center for Disease Control (CDC) eEstados Unidos, el golpe es brutal: 57% de niñas adolescentes reportaron sentimientos persistentes de tristeza o desesperanza, y ese número incrementó casi un 60% en la última década. Más allá del debate académico de “qué porcentaje es redes vs. otros factores”, el panorama es claro: algo se rompió, y las redes no están ayudando.
Entonces los gobiernos dicen: “ok, protejamos a los niños”. Y la forma más inmediata de hacerlo es: prohibirles el acceso.
Suena simple. Suena resolutivo. Suena como “problema resuelto”.
El detalle: prohibir a menores no es la solución de verdad.
El problema es que las mismas prácticas que hacen que las plataformas sean dañinas para menores también las hacen dañinas para adultos.
La solución real no está solo en prohibir. Está en regular el diseño adictivo y los algoritmos de recomendación. Las plataformas no son “malas”. No se despiertan pensando “hoy voy a arruinarle el día a un adolescente”. Pero sí tienen un objetivo extremadamente simple: maximizar tiempo de uso para vender más anuncios.
Y para cumplirlo, optimizan dos cosas:
Ganchos psicológicos que te hacen regresar
Feeds personalizados que te mantienen ahí
Veamos ambos.
1) El diseño adictivo: recompensas variables y “retroalimentación intermitente”
Hay un truco psicológico que todos conocemos: las recompensas impredecibles enganchan más que las predecibles. Es el principio de la “recompensa variable”: no saber cuándo llega el premio hace que revises más.
En las redes sociales, ese “premio” puede ser un like, un comentario, un DM, una notificación, una reacción. Nir Eyal lo describe en el libro “Hooked.” No es solo que haya “contenido bueno”, es un diseño completo para crear hábito. Pequeños disparadores, acciones simples, recompensas, y un “enganche” que te hace volver.
No necesitas ser un genio para sentirlo: abres la app “un segundo” y sales 35 minutos después sin saber qué pasó.
2) El feed personalizado: el algoritmo que solo entiende una religión… retención
El feed no es “lo que publican tus amigos”. Hace muchos años que ya no es. Es un sistema de recomendación de contenido. Y esos sistemas funcionan con señales: que te gusta, si compartes, si comentas, si sigues, si bloqueas, si te quedas hasta el final.
En pocas palabras: el contenido compite por tu atención, y el algoritmo premia lo que te mantiene pegado a la pantalla.
El resultado se vuelve cómo selección natural: para sobrevivir en el feed, el contenido tiene que volverse cada vez más intenso. Más provocador. Más emocional. Más polarizante. Más violento.
Esto no pasa porque alguien sea villano. Pasa porque, si el sistema está optimizado para retención, lo que maximiza retención sube.
Y aquí entra la parte más oscura: cuando el algoritmo aprende qué te “agarra”, también aprende qué te hunde.
Por ejemplo, si una niña está pasando por un episodio depresivo, el sistema puede interpretar sus señales (qué consume, qué repite, dónde se queda) y reforzar ese estado emocional: más contenido triste, más aislamiento, más desesperanza disfrazada de “relatable”, más videos que normalizan el vacío como identidad. Y en vez de sacar a la persona de la espiral, el feed le muestra contenido para mantener ese estado emocional.
No porque el algoritmo “quiera lastimar”. Simplemente porque quiere retener.
Entonces… ¿qué hacemos? Prohibir es controlar la entrada, regular es cambiar las reglas del juego.
Prohibir a menores puede ser un parche útil en algunos contextos. Pero si nos quedamos ahí, es como tapar una gotera con cinta mientras la tubería está a presión.
Si en serio queremos reducir daño, hay que regular prácticas concretas. Por ejemplo:
Prohibir feeds personalizados para menores (o al menos obligar a un modo cronológico / no-optimizado por retención).
Transparencia real: que las plataformas expliquen, en lenguaje claro, qué señales usan para rankear contenido y qué objetivos optimizan.
Opciones de control de verdad: apagar el feed infinito, poner límites nativos, ver contenido en lotes, no solo “tu tiempo de pantalla” como regaño.
Restringir patrones de diseño adictivo: notificaciones agresivas, nudges manipulativos, loops de recompensa diseñados para compulsión.
Etiquetado de riesgo o “modo seguro” para temas sensibles (salud mental, autolesión, trastornos alimenticios), donde el default sea protección, no engagement.
La idea no es moralizar ni prohibir el acceso a internet. Es algo más simple: alinear incentivos. Hoy la plataforma gana cuando tú pierdes tiempo. Y eso es un diseño socialmente tóxico.
¿Y en México cómo estamos?
Aquí apenas estamos empezando a hablar del tema, pero el panorama está mas que claro: según datos públicos (por ejemplo del IFT), el uso de redes sociales entre menores creció muchísimo en los últimos años. Y lo vemos en casa, en la escuela, en la calle: todo mundo esta pegado a su teléfono.
La tentación de copiar la solución rápida —“prohibamos y listo”— va a aparecer. Pero si de verdad queremos una respuesta inteligente, necesitamos algo más ambicioso: regulación del algoritmo, del diseño, y de la opacidad.
Porque esto no es un tema de “niños vs adultos”. Es un tema de infraestructura mental. De atención. De construir la sociedad que queremos.
Las plataformas no son buenas ni malas. Son máquinas de incentivos. Y como sociedad, nos toca decidir qué incentivos permitimos.
La cruda del scroll infinito ya llegó. Lo que sigue no es solo culpar al usuario por “no tener fuerza de voluntad”. Lo que sigue es cambiar las reglas del juego.
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