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Clásica FM. La música bien contada. Bienvenidos a Solo billete de ida. Esto es Solo billete de ida. Un programa de radio para viajar con la música como guía y las ciudades del mundo como destino. Aquí no hacen falta maletas. Basta con dejarse llevar por las obras y los compositores que en algún momento encontraron en una ciudad la inspiración para crear. Cada semana subimos a este tren sonoro, sin prisas, sin fronteras y con una sola dirección, descubrir cómo la música y las ciudades se han acompañado desde siempre. Hoy viajamos hasta Viena, una ciudad donde los cafés guardan conversaciones de artistas, donde los palacios recuerdan el esplendor pasado y donde la música parece surgir de cada plaza, de cada teatro y de cada rincón. Nuestro viaje nos llevará de la mano de Strauss, Mozart y Beethoven, tres nombres inseparables de una ciudad que convirtió la música en una forma de vida.
Abrochad los cinturones porque comienza el viaje. Dicen que hay ciudades que amanecen todos los días de la misma manera. Viena no. Viena despierta como despiertan las viejas damas que conocen todos los secretos del mundo. Despacio, sin prisas... como si supieran que nadie puede arrebatarles aquello que llevan siglos guardando en la memoria. La luz de la mañana comienza a deslizarse sobre las aguas del Danubio, con la delicadeza de una mano que aparta una cortina de encaje. Los tranvías avanzan con puntualidad de relojería y las fachadas de color marfil parecen desperezarse después de una larga noche poblada de valses, conversaciones y fantasmas ilustres. Sí, amigos, porque en Viena los fantasmas tienen muy buena educación. No asustan, simplemente acompañan. Uno puede entrar en un café cualquiera y juraría que en la mesa del rincón un hombre de mirada inquieta sigue corrigiendo compases sobre una partitura arrugada.
En otra mesa alguien golpea distraídamente con los dedos el mármol mientras escucha una melodía que todavía no existe. Los camareros continúan sirviendo café como si el tiempo fuera una costumbre que solo afecta a los demás. Y entonces uno comprende que Viena no es una ciudad construida con piedra, está construida con memoria. Camino por la Ringstrasse, esa gran avenida que abraza el corazón de la ciudad como una cinta cuidadosamente anudada alrededor de un regalo antiguo. Desfilan ante mis ojos el parlamento, la ópera, los museos, los palacios imperiales y todos parecen formar parte de una misma partitura gigantesca escrita para una orquesta de piedra. Aquí durante siglos la música fue tan necesaria como el pan. No era un lujo reservado a unos pocos privilegiados. Se colaba por las ventanas abiertas de las casas humildes y descendía desde los salones dorados de la aristocracia.
Habitaba los teatros, las iglesias y las plazas. Se mezclaba con el sonido de los cascos de los caballos sobre el adoquinado y con el rumor de los vendedores ambulantes. La música era el idioma secreto de Viena. Y quizás siga siéndolo. Al doblar una esquina, aparece la catedral de San Esteban elevándose hacia el cielo con la obstinación de quienes desean tocar lo eterno. Sus campanas dejan caer las horas sobre la ciudad como gotas de agua en un estanque inmóvil. Y entre ese eco parece escucharse algo más. Una risa infantil. Una nota sostenida. El comienzo de una melodía que alguien silba distraídamente. Porque hay ciudades donde el pasado permanece encerrado en los museos. Pero en Viena, el pasado pasea por las calles. A veces... adopta la forma de un muchacho prodigioso llegado desde el Salburgo que contempla el mundo con asombro y escribe música con la naturalidad con la que otros respiran. ¿Otras veces?

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