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Claroscuros · Aug 31, 2025

Claroscuros N°5

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Claroscuros · Claroscuros

Claroscuros responde a la emergencia; intenta explicar, nombrar, dar razones y sentido a la realidad de esta segunda década del siglo XXI que parece tomada por el sinsentido absoluto.

Dentro de este esfuerzo, convocamos a pensadoras y pensadores salvadoreña/os, provenientes de diversas disciplinas, a aportar sus miradas y valoraciones respecto de la reciente reforma constitucional en El Salvador. Con un primer grupo de estos textos, publicamos la edición especial: “Bukele da el golpe de gracia a la democracia en El Salvador” (disponible aquí). En este 5º número ofrecemos más análisis de la construcción de este liderazgo de ultraderecha en el “pulgarcito de América”. Vale la pena conocer las diversas perspectivas ofrecidas y advertir sus confluencias, matices y énfasis.

No pasó mucho tiempo entre las declaraciones de Nayib Bukele, en las que vociferó “tenerle sin cuidado que lo llamen dictador”, y el atropello de la Constitución en el que incurrieron los 57 diputados de su partido Nuevas Ideas, habilitando su reelección indefinida. La afirmación devino en ley. Las reflexiones que publicamos nos permiten advertir que, este giro descaradamente autoritario del bukelismo, tiene poco de novedoso. Más bien, hunde sus raíces en la injusticia estructural como esencia de un pueblo que, a falta de mecanismos democráticos mínimos, ha creído encontrado en sus verdugos a sus salvadores. La naturalización de la violencia, la arbitrariedad y la discrecionalidad han posibilitado la emergencia del “fenómeno Bukele” en El Salvador.

La “autocracia electoral” ha logrado concentrar todo el poder en un reducido clan político empresarial y sus aduladores, garantizando, a partir del 31 de julio, su perpetuidad. Al menos hasta que el pueblo despierte de su “fascinación por el carnicero”, pues no hay dictadura que dure para siempre. Hemos hablado, hablamos ahora y continuaremos hablando de la “crónica de una muerte anunciada”, donde la muerte es la de la exangüe democracia en El Salvador. Aún nos queda este resquicio: narrar la ignominia, sumarnos a quienes vienen narrando y anunciando este “golpe de gracia” contra todo lo que supone una república.

Carmen Elena Villacorta

• Análisis

Por Liza Onofre, periodista y escritora salvadoreña

Una noche de 2011, frente a una casa de Santa Tecla, ciudad cercana a San Salvador, se detuvo una camioneta todo terreno sin apagar el motor. De la casa, que había sido convertida temporalmente en comando de campaña de un partido minoritario de corte socialdemócrata, salía apresurado un especialista en seguridad que a su vez era uno de los cuadros políticos de este partido, habló brevemente con el conductor de la todo terreno y volvió con la cara iluminada y unos materiales de propaganda electoral. Yo, que había visto la escena desde una improvisada sala de reuniones, le pregunté al especialista ¿Quién era? “Es Nayib” me decía muy entusiasmado “Es que vamos en coalición en Nuevo Cuscatlán”. Le pedí a mi interlocutor que me dejara ver los afiches y ahí estaba Nayib Bukele; solo su fotografía, una camiseta del FMLN y poco más. El mensaje era él. Tenía 30 años.

Solo se han necesitado catorce años para que Nayib Bukele acumule un poder casi total en El Salvador y para que su accionar y discurso lo coloquen dentro de los santos patronos de la ultraderecha latinoamericana contemporánea. El Nayib de 30 años era de izquierda y antisistema. Se presentó como una suerte de superstar de la política, un libertador digital y revolucionario. Una alternativa fresca a la extrema derecha neoliberal oligárquica y, por otro lado, se sentía como un político joven que actualizaría al FMLN, un partido que a nivel de narrativas decía conservar el itinerario revolucionario de cambios estructurales a favor de las clases históricamente oprimidas.

El FMLN le dio a Nayib Bukele un aparato político y unos distintivos partidarios, que le sirvieron de materia prima para armar su propio relato y proyecto ideológicamente ambiguo: sí a favor de los pobres, pero sin una hoja de ruta o plan de nación establecido. Como buen publicista, sabe que los mensajes creativos calan y no es necesario hacer reformas educativas o institucionales para que las “audiencias” tengan esa sensación (cuando no subidón) de que, en efecto, un hombre por sí solo, puede cambiar una situación históricamente injusta para las mayorías.

Sus periodos como alcalde de Nuevo Cuscatlan (2012) y luego edil de la capital (2018) le dieron tiempo suficiente para abjurar del FMLN y crear lo que primero fue el movimiento y luego el partido Nuevas Ideas. El FMLN hizo lo posible por impedir la inscripción de Nuevas Ideas como partido. Cuando se le cerraron todas las vías, el Bukele de entonces logró que Cambio Democrático (CD), aquel partido socialdemócrata, le diera su matrícula electoral para correr como presidente. Luego, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) decidió cancelar a CD y era tan genial la idea de bloquear la primera candidatura de Bukele a la presidencia, que casi todas las fuerzas políticas lo terminaron convirtiendo en un mártir ante la opinión pública.

Bukele entonces se afilió, a contrarreloj, al partido GANA, una escisión de ARENA fundada por el expresidente Tony Saca, y que agrupaba a un sector de derecha de base popular, menos burguesa o de privilegios oligárquicos. Tony Saca en este momento sigue en prisión por cargos de corrupción.

Contra todo este movimiento procesal electoral, Nayib Bukele fue elegido, a las buenas, como presidente en 2018. Y de ahí todo fue para abajo. Comenzó un viaje distópico. Una distopía de ultraderecha. En su primer mensaje de toma de posición dijo que iba aplicar “medicina amarga”, y esta es una de las pocas promesas que ha cumplido.

Bukele apostó a una estrategia de erradicación total de las pandillas que consistió, básicamente, en un estado permanente de suspensión de garantías constitucionales y capturas masivas que dio el golpe de efecto que necesitaba.. Los pandilleros empezaron a estar recluidos en cárceles barbáricas y la gente, especialmente las clases trabajadoras que hacen uso del transporte público, pudieron salir de nuevo a sus labores, a estudiar y recrearse sin el temor de terminar o comenzar el día con un disparo en la cabeza. El siguiente gran acierto fue, y es, su campaña de comunicación permanente, on y off line, de obras públicas con nombres “cool” para proyectos que casi no se han cumplido, como la construcción de un aeropuerto en el oriente del país o una escuela por día.

Así, sus principales medallas de batalla son la proyección de El Salvador como un destino turístico tropical libre de pandillas y una modernización de tramoya. Para lo primero ha instaurado un régimen de abolición del debido proceso y de garantías penitenciarias. Lo anterior se aplica a acusados de asociaciones ilícitas, pero también ha alcanzado a personas inocentes: estudiantes, defensores y defensoras de los derechos humanos, como Ruth López, disidentes políticos, periodistas e incluso antiguos hombres de confianza. En el área de la obra pública, la falta de planificación técnica es la norma, todo se ve improvisado, cuando no desmantelado como en el caso del patrimonio cultural, y armado solo para fotografías o “renders” que convencen a pocos. Sus obras faraónicas se ven precisamente como eso, como un juego de tramoyas para una interpretación dramática, quizás más bien trágica o ya definitivamente esperpéntica.

Un factor determinante para que la contundencia de este régimen se profundice y se vuelva crónico es que para buena parte de los salvadoreños vale la pena que la seguridad pública se lleve de encuentro la estructura democrática del Estado. A El Salvador se le ha educado en que los ideales de convivencia democrática son más bien discursos irrelevantes, ingenuos, que no ponen las tortillas en la mesa ni aniquilan a los delincuentes. La población salvadoreña no echa de menos una estructura de estado de bienestar o escudo social porque nunca lo ha vivido. Es una nación que ha tenido que atrincherarse en el miedo y el hambre. Bukele es la promesa de al menos salir sin miedo. ¿Por qué habría que exigirle rendición de cuentas si parece que su crueldad tiene sentido? Es ese destino trágico de algunos pueblos: la fascinación que le despiertan sus propios carniceros.

Bukele ha traspasado todas las líneas rojas que no traspasaron el FMLN y ARENA después de la guerra civil: cambiar la distribución del territorio para crear una aplanadora legislativa y evitar la representación de partidos pequeños, aprobar la reelección presidencial, controlar la Fiscalía para emprender verdaderas operaciones represivas contra periodistas y defensores de los derechos humanos, destruir patrimonio cultural sin justificación, no rendir cuentas, habilitar una mega cárcel que es un centro hemisférico de violación de derechos humanos.

Ahora, el sistema carcelario ideado por el bukelismo ha sido subcontratado como un nodo transmisor de la política inhumana de deportación de personas migrantes de la administración Trump, en la cual según denuncias de venezolanos, que fueron retenidos en esa cárcel, se les perpetraron toda clase de abusos, incluyendo agresiones sexuales. EL CECOT y otros presidios son la amenaza definitiva: “o estás conmigo como mi porrista o estás en detención”, que más que una detención es una sentencia de muerte.

El milagro de Bukele no llega hasta los presupuestos familiares. La economía sigue estancada, se han manoseado los fondos de pensiones y hay dineros públicos que acaso la deep web sabe donde están ya que han sido sustraídos por el experimento del Bitcoin como moneda de uso corriente, experimento al que debe bajarle el protagonismo, pues en el último acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) le dijeron que, para que les pueda pagar, debe dejar de jugar al casino digital con las cuentas públicas.

Para entender la facilidad con la que Nayib Bukele ha ido desmontando una por una las garantías constitucionales y el sistema de contrapesos salvadoreño producto de los Acuerdos de Paz hay que precisamente ubicarnos en los años posteriores a 1992. Bukele no viene del vacío, es producto de décadas de descalificación, por parte principalmente de la derecha y su amplio espectro de vocerías, de la idea de que los derechos humanos son un obstáculo para la prosperidad y el orden. En la misma línea, estas voces calificaron de haraganes, revoltosos o ilusos a cualquier grupo de la sociedad civil, líder o lideresa política que planteara una alternativa de justicia social al proyecto neoliberal. El estado de bienestar tiene mala prensa en El Salvador. En sentido figurado, a Bukele la izquierda le dio la matriz y la derecha un polígono de tiro.

Una población permanentemente sometida al hambre, a la angustia de vivir por décadas en modo supervivencia y alimentada con el discurso de que la violencia es una herramienta válida para enderezar las cosas, incluso puertas para adentro en el hogar, es el terreno social idóneo en el que un programa totalitario de ultraderecha encuentre su masa electoral.

La escritora y ensayista mexicana Karina Vergara Sánchez comparte un concepto que es el de “umbral de la ignominia”. En este concepto, Vergara Sánchez expone ese riesgo tremendo dentro de las sociedades sometidas a una existencia atroz (producida por las grandes brechas de la pobreza, la violencia, el crimen organizado entre otros conflictos sociales crónicos) que consiste en que una vez se pasa un límite horroroso ese horror se normaliza. Así, si lo normal es que una mujer que desaparece sea encontrada muerta y, si en medio de este estado de cosas, hay una que aparece con vida, pero quizás mutilada, desnuda o totalmente traumatizada eso no es tan malo. Esa escala moral, surgida de ir alcanzando nuevos umbrales de la ignominia, es un billete de ida a la total descomposición nacional. Bukele ha ido acostumbrando a sus cheerleaders y followers nacionales y extranjeros, reales y digitales, a subir el umbral de la ignominia sin tregua y sin pausa.

Ahora el umbral de la ignominia ha subido a un territorio espeluznante o quizás ha encontrado nuevos bajos. La reelección indefinida. En medio de estos cambios, Washington dijo que saludaba la primera reelección inconstitucional de Bukele. Ahora que el presidente “reelecto” anuncia reformas que la constitución no permite para repetirse a sí mismo sólo la historia sabrá cuántas veces, la diplomacia de la metrópoli vuelve a decir que hay que dejar que los salvadoreños se gobiernan como quieran. Estados Unidos sabe lo que pasa.

Este posicionamiento diplomático nos dice que a Washington esta descomposición le es funcional. Pero… ya hubo otro en el istmo. Manuel Noriega, fue hombre de las geopolíticas de los 80. Todos sabemos lo que pasó en Panamá. Tengo la corazonada, y no quisiera tenerla, de que este capítulo en El Salvador va a tener que cambiar por medio de una intervención externa. Los salvadoreños y salvadoreñas en este momento tenemos una capacidad limitada de cambiar el rumbo de nuestra nación. Pero todavía tenemos esa capacidad. Hemos sido una sociedad que ha contenido y contiene muchas formas, experiencias y genealogías de resistencia. Esta fase de la historia no será la excepción.

El Salvador es signatario del Estatuto de Roma, ese que se invoca para apresar internacionalmente a los carniceros del Sur. Por tanto El Salvador es un Estado Parte de la Corte Penal Internacional (CPI). Ya se habla de potenciales denuncias por crímenes contra la humanidad hacia el reformador salvadoreño a contramano; que ha reformado la democracia para desmontarla a velocidad hipersónica en lugar de hacer cambios para profundizar el disfrute de los derechos ciudadanos. ¿Se acabará la fascinación? ¿Cuánto más crecerá la ignominia? ¿Morirán los y las presas políticas en prisión?

Hasta los imperialistas más poderosos del momento han resultado no ser omnipotentes. En Centroamérica no te acomodes mucho, siempre pasan cosas.

La figura de Nayib Bukele y los superpoderes que ha acumulado en El Salvador -en buena parte por activas y pasivas de los propios salvadoreños y por la patente de corso emitida por Washington- me recuerda arquetípicamente a este personaje alucinado del Coronel Walter Kurtz, interpretado para la eternidad por Marlon Brando, en la también legendaria película Apocalypse Now (adaptación de la novela de Joseph Conrad, El Corazón de las Tinieblas). Kurtz es un desertor rebelde y a la vez un líder temible que gobierna una población agonizante que le teme, pero lo acompaña, porque su presencia siniestra también contiene algún tipo de protección. Nuevamente, la fascinación idealizada del mal. Es un coronel estadounidense invasor en Vietnam que reconoce sus crímenes de guerra y a la vez les dice a los soldados que han llegado a por él “Tienes derecho a matarme, pero no tienes derecho a juzgarme”.

La crueldad es el signo de los tiempos políticos y Bukele es una de las representaciones más gráficas, contiene a la vez la adoración y temor de muchos, tanto dentro como fuera de El Salvador, que no conocen otra cosa más que el déficit en la existencia humana. ¿Su poder está en cuenta regresiva como en algún momento lo estuvo el del Coronel Kurtz?

Dialoguemos con la realidad. A pesar de la represión, de la persecución y el exilio, en la escena política asoman los rostros y los nombres de la resistencia en las biografías de hombres y mujeres políticos jóvenes. Una nueva generación, distinta a la que protagonizó aquella guerra civil que traicionó, y no lo sabíamos, a este proyecto de dictadura.

Por Eric Lombardo Lemus, escritor y periodista. Phd en Comunicación por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y Visiting Fellow en Kellogg Institute de la Univerdad de Notre Dame.

¿Cómo darle uniformidad a lo que fue una fórmula publicitaria ideada entre un grupo de amigos de confianza en Nuevo Cuscatlán? ¿Cómo darle ideología a algo que surgió como un movimiento y no como una organización política? ¿Cómo ponerle marca a esa oportunidad que surgió en 2019 para llegar a la presidencia? ¿Cómo saltar de una municipalidad chica a la capital y luego dar el paso más acariciado por cualquiera que quiera servirse del erario público para convertir el nombre de la familia en algo que perdure en las marquesinas?

La historia política de Nayib Bukele empieza al revés, si se quiere mirar desde el ángulo de lo que significa la construcción clásica de un proyecto presidencialista con una bandera, un discurso, un color, un himno.

En su caso, esa suma de accesorios y parafernalias que enarbolaron los partidos emblemáticos del fin de la guerra civil salvadoreña se simplifican en un nombre cuya inicial (la letra N) es vital para construir donde no hay más que cartón espuma. El proyecto de Nayib se llama Nayib y, si se busca un apellido, pues no hay más que Bukele.

Fiel a la usanza que vivió este país centroamericano a principios del siglo XX con la dinastía de la familia Meléndez Quiñónez, ahora es el turno de los herederos del otrora emprendimiento textil de Almacenes Norma (sus camisas y guayaberas fueron una pieza infaltable en la historia escolar de los niños que vivieron durante los años 70 y 80 bajo la sombra de la disciplina castrense).

Con la sartén por el mango de la política criolla salvadoreña y con viejas nuevas ideas, Bukele conduce a El Salvador a un efecto moebius para que la sociedad repita el camino por las viejas estaciones de todos conocidas, como si la vida de un país es semejante a un subte recién pintado, pero con los asientos mullidos y desvencijados.

Sin embargo, vuelvo a la pregunta esencial con la que arranqué este texto: ¿cómo se le da forma política a una idea que necesita una marca, si el grueso de tus amigos tiene estudios universitarios inconclusos, fue a una universidad privada gris, proviene de los otros dos partidos políticos a los que maldijo o son personas que tampoco brillan demasiado? Es acá donde el llamado “Chuck Norris” de la fórmula presidencial que acompaña a Bukele desempeña un rol clave.

Quien fue visto en la posguerra como un abogado constitucionalista de referencia, de aspecto sobrio y pensamiento afilado, ahora desempeña un cargo vicepresidencial lejos de las funciones decorativas que tuvo en los gobiernos de antaño. Félix Ulloa es la persona que enlazó esta madeja llamada Nuevas Ideas con algo que necesitan para perpetuar en el poder la marca de la familia Bukele a un plazo no menor a 20 años.

El viernes 31 de enero de este 2025 fue discretamente anunciada la creación de una escuela política, con el acompañamiento de la Embajada de China en El Salvador. Junto al vicepresidente del país, que encabezó el lanzamiento del denominado Instituto de Formación Política (IFP) de Nuevas Ideas (NI) estaba el embajador chino, el señor Zhang Yanhui.

La creación de una escuela política dentro del oficialismo es un tema que viene estudiándose “desde hace más de un año con la asesoría de China”, según reveló un confidente que solicitó omitir su identidad. Esta persona perteneció al disuelto Partido Comunista Salvadoreño (PCS) y relató que “Félix (Ulloa) fue a China con Xavi (Zablah) con el objetivo de formar a los cuadros de Nuevas Ideas”.

Zablah es el primo hermano de Bukele y desempeña el rol de ser el rostro de esta marca política en proceso de construcción. “Félix firmó un convenio con la escuela de cuadros del Partido Comunista de China”, aseguró la fuente. Si bien no existe registro de dicho acuerdo, Ulloa sí viajó con Zablah Bukele a Pekín en abril de 2024. De hecho, el lunes 8 de ese mes sostuvo un encuentro con Liu Jianchao, el ministro del Departamento Internacional del Comité Central (IDCPC) del Partido Comunista de China (PCCh).

De acuerdo con los medios oficiales de comunicación, Liu afirmó que “tanto el PCCh como el Partido Nuevas Ideas son partidos gobernantes y ambos enfrentan la tarea de mejorar la capacidad de gobernanza, promover el desarrollo nacional y mejorar el bienestar de la población”.

“El PCCh está dispuesto a fortalecer los intercambios de alto nivel con el Partido Nuevas Ideas, profundizar el intercambio de experiencias en la construcción del partido y la gobernanza estatal”, resaltó el IDCPC.

El lanzamiento de la escuela de educación política del llamado partido cyan fue organizado en el populoso municipio de Soyapango, otrora bastión del caído en desgracia Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Debido al reordenamiento creado por la Asamblea Legislativa, que sigue las instrucciones de Bukele, Soyapango ahora es parte del distrito San Salvador este y era gobernada por el alcalde José María Chicas, un antiguo militante del Frente que se cambió oportunamente su camiseta política.

Chicas auspicio el lanzamiento de la escuela y proporcionó instalaciones municipales para que la sede de la escuela empezara con viento en popa en el corazón de Soyapango, donde hasta hace tres años era una ciudad escenario de la guerra entre las pandillas.

Curiosamente, tras el evento de la inauguración del IFP, que contó con la presencia del primo de Bukele y el círculo de confianza presidencial, el alcalde Chicas cayó en desgracia por la denuncia de maltrato animal en un albergue municipal para perros callejeros.

Contrario a otras figuras políticas caídas en desgracia del bukelismo, a Chicas se le permitió abandonar sin prisas El Salvador luego que Bukele ordenó que estaba “despedido del cargo” a través de su cuenta en X.

En un mensaje en redes sociales y por inverosímil que parezca, el presidente se pasó la ley y la voluntad del electorado si partimos del hecho que el alcalde fue elegido popularmente.

Ciertamente no hay certeza de nada, pero al releer la información oficial difundida por Pekín, la asesoría del Departamento Internacional del Comité Central del PCCh prometió “fortalecer el entendimiento mutuo, promover los intercambios y la cooperación entre los departamentos homólogos de ambos partidos, centros de investigación y medios de comunicación, y promover el desarrollo sostenido, sano y estable de las relaciones entre China y El Salvador”.

A modo de conclusión, surge una pregunta inevitable: ¿podrá el proyecto personalista y familiar dinástico de Bukele mecerse al ritmo de los vientos orientales o no hay certeza de si el acompañamiento chino permitirá que Nueva Ideas sea algo más que una agrupación de viejos conocidos? ¿Cruzará un buen sendero o acabará moviéndose al ritmo del viento que sacude los árboles de bambú?

• Dialogos

Pedro Zelaya es un estudioso de la literatura hondureña. También se dedica a la corrección de estilo. Estos datos, que corresponden a un escueto currículo no hacen justicia a su curiosidad y constante búsqueda de manifestaciones literarias que se alejan de los cánones. Si bien su país es incluso periférico en el contexto literario del istmo, él da un paso más excéntrico y atisba expresiones que superan la adscripción a tradiciones transnacionales o a proyectos identitarios.

En esta primera charla nos acercamos a su país. Su visión de crítico literario, ha propiciado una charla donde surge un panorama lejano al empantanamiento en los llamados “significados flotantes y vacíos" de una militancia concreta. Esta es la primera entrega de un proyecto que el propio Zelaya se ha trazado por comprender a la literatura de su país sin desdeñar, como se verá a continuación, aspectos políticos de Honduras que, como su nombre lo indica, entraña unas sinuosidades casi inexpugnables para quienes vivimos lejos de allí.

Entrevista:

Hubo unos partidos tradicionales en distintos países de América que, en este nuevo siglo, se erosionaron, ¿qué ocurrió en Honduras?

Han existido, primordialmente, dos partidos políticos: los liberales y los conservadores, llamados “nacionales”. En Honduras no ha habido un Gobierno de izquierda; los liberales, como dice Jorge Amaya, son una derecha moderada. En 2009 hubo un golpe de Estado, pero las iglesias católica y protestante, así como los empresarios, dijeron que no fue tal; desde ese año hasta el 2021 gobernó el Partido Nacional. Durante ese período, las elecciones se dieron de muy mala forma. En 2013 las elecciones las ganó Salvador Nasrralla pero le dieron el triunfo al Partido Nacional y su candidato Juan Orlando Hernández que ha estado vinculado con el narcotráfico.

De los años que yo estoy estudiando, Honduras nunca ha tenido un clima estable; ha habido una guerra pasiva.

Además de estos dos partidos, hay familias poderosas que someten a esas opciones políticas. Son diez las que gobiernan a Honduras, lo curioso es que ninguna tiene apellido hondureño sino judío o palestino… eso no está mal, pero, cuando el estado de Honduras ha sido tan débil y no da respuesta a los ciudadanos, surge el descontento. Así es como en 2022 entra en juego el partido libertad y refundación que se llama libre, que, aunque se diga de izquierda, mantiene prácticas de los partidos anteriores.

¿Cuál ha sido la conducta del gobierno presidido por Xiomara Castro con el de Estados Unidos?

Estados Unidos siempre ha estado vinculado a Centroamérica y mucho más a Honduras, pero de acuerdo a sus intereses y no a los de la ciudadanía de los países del istmo. Estados Unidos siempre ha “decidido” la historia. Castro se ha encontrado con un estado muy maltrecho y buscó mayor independencia ,pero es muy difícil. La embajada que tenemos en Tegucigalpa es muy poderosa y, por tanto, ha sido infructuoso cualquier intento de independencia.

Los intelectuales hondureños, ¿qué papel han jugado en estas relaciones de dependencia y con el poder político del país?

En Honduras, si en casa presidencial no hay una biblioteca o una zona donde se le dé importancia al libro y al documento, que es la primera casa del pueblo, como se suele decir, no hay un espacio en otra instancia. Ya lo decía Rafael Heliodoro Valle: mejor me quedo, aquí en México, porque siento que soy importante. Entonces la intelectualidad ha tenido muy poca repercusión; muchas personas de las que están cercanas al presidente de turno no son realmente intelectuales. Ahora ha habido muchas que han luchado en las calles, pero no han tenido una formación, sino que han escuchado a otras que sí son intelectuales.

La Universidad Nacional Autónoma de Honduras es una voz confiable pero no para los gobiernos; es crítica, pero, al parecer, los gobiernos no han tenido interés en tomar en cuenta estas sugerencias.

En el ámbito literario, la figura de quien escribe, ¿corresponde a la de alguien que da la espalda a la vida pública o tiene alguna incidencia en la misma, más allá de intervenciones en el campo estatal?

Dan a conocer las obras que escriben y todo eso, pero tampoco hay un incentivo a la lectura. Cuando yo estudié letras en el y en el 2000, éramos cinco personas por clase cuando no eran materias generales en letras. Teníamos que hablar con un profesor para decirle que íbamos a llevar un curso para que el coordinador de la carrera de letras pudiera habilitarnos.

Los escritores tienen grandes problemas de dar a conocer sus obras. Entonces hay que se dedicarse a otras cuestiones porque no se puede sobrevivir con la literatura. Se puede y se hace lo que tenemos muy poco y sí hay profesores que están interesados, pero tampoco hay interés en ver esos espacios. Por ejemplo, está Helen Umaña, que es una de las escritoras más reconocidas Wendy Cálix.

En cuanto a lo pueblos originarios, no se ha incentivado en fortalecer sus lenguas sino que se ha ido fortaleciendo el español. Son cinco siglos y medio que hemos tenido el español en Honduras. A los hondureños se les debería promover la lectura desde los poderes. No sabemos si hay personas con interés en la lectura pero, si mi estómago no está lleno, ¿cómo voy a leer?

Se despoja a los pueblos indígenas de su identidad para que arropen al hispanismo. Pero también tenemos el choque de Estados Unidos; hay Colegios de clases media y alta promueven el inglés… no es malo, pero también a la cultura y ello socava nuestra identidad hondureña.

Entrevistó: Andrés Felipe Escovar

• Artes y cultura

Compartimos uno de sus relatos

A Pedro Romero Irula

A la gente le da miedo perderse en el Centro. Eso es lo primero que oigo en boca del taxista que me recogió esta mañana en el Hotel Hispanoamericano. A la gente le da miedo perderse, repite, mientras vamos en el tráfico asfixiante de la Juan Pablo. Yo ya había escuchado algunas cosas que se decían sobre la capital, había leído las noticias de lo que se hallaba en las alcantarillas y en las bodegas, en los predios baldíos y en los callejones que terminaban cerca del río Acelhuate. Pero no me lo creía. Lo había escuchado en las noticias de otro país, con quince años de distancia entre esta realidad y la que había dejado en mi remota adolescencia.

Por eso, cuando escucho al taxista diciendo aquello, le pido que hable, que me siga contando.

Casi nadie se acerca al Centro, dice mientras me escruta por el retrovisor, nadie se queda de noche desde hace como diez años, cuando comenzó todo esto, ni siquiera los soldados. Las autoridades dicen que no saben nada, que no hallan nada, pero yo creo que eso es mentira, dice reanudando la marcha. También dice que todos esos restos, esas manos, piernas, torsos y brazos que la gente encuentra con horror en las cunetas, luego de cada temporal, no son más que un montaje de ciertos grupos de poder para adueñarse del centro de la capital. Así lo dice, y por cómo lo dice, me resulta imposible no acordarme, de pronto, de cierta historia que alguna vez me contó mi mamá.

Mi vieja había crecido en el barrio La Vega, en uno de esos condominios que resisten todavía al lado del Acelhuate, y recuerdo que una vez me contó una historia siendo apenas un niño… algo relacionado al agua, algo sobre la materia que alimentaba al río. La verdad, no recuerdo muy bien de qué iba la historia, pero sí recuerdo que hablaba del agua y que el cuento me asustaba.

Ahora, cuando el taxista que me conduce a la Fábrica de Cerámicas me habla de las cosas que pasan en el Centro, no puedo evitar pensar en la historia que una vez me contó mi mamá.

***

Bajo y hago la primera entrega.

Cuando regreso, el taxista se queja porque ya no le quedan más cigarros. Me pide permiso para ir por un par, y de paso, buscar un baño, pero yo le digo que no. Nos falta una carrera. Ya son más de las cinco, joven, no es bueno andar a estas horas por el Centro, me replica desde el espejo. ¿Cuál es el miedo?, le digo. Le voy a pagar el doble, agrego. No nos tardaremos nada. Yo también quiero ir al baño.

El hombre tose, y reiniciamos la marcha.

Bajamos por la tercera calle oriente y cruzamos a la derecha, buscando el paseo Independencia. Vamos en silencio, viendo cómo el tráfico y la luz se van apagando a medida que avanzamos por los viejos edificios de la urbe. No hay rastro de indigentes ni de prostitutas, mucho menos de policías o soldados. Sólo basura y agua podrida, baches, árboles mutilados, moscas en los drenajes sin tapaderas. El cielo es una mancha gris. La ciudad me parece mucho más chica. De niño, la recordaba intransitable, inmensa, llena de buses y comercios informales; pero ahora me parece un barrio de mala muerte donde me contó aquella historia de miedo mi mamá. Me pregunto si fue entonces cuando empecé a odiarla en silencio, a repudiarla en el abismo de su ignorancia y obstinación. Pienso en reprogramar la entrega, pero sé que eso es imposible. Ya es lo último, me digo como para convencerme, mientras veo el lomo del cerro San Jacinto asomándose al final de una curva. Sólo espero terminar con esto y tomar el primer vuelo a Dallas, regresar a casa, olvidarme por un tiempo de los negocios, de las entregas, de esta ciudad extraña con nombre de patrono universal. Las ciudades cambian, me dice el taxista, como si hubiese estado leyendo mis pensamientos. Las ciudades se mueren, le digo, y luego agrego: ¿qué es lo más loco que ha hecho usted en este lugar? Aquí siempre pasan cosas, sonríe sin quitar la vista de la calle, cosas de las que nadie habla, pero que pasan todos los días … cosas… ya sabe… todo el mundo lo sabe: la gente tiene miedo de mencionarlas, un miedo horrible, sí, algo horrible, escupe por la ventanilla. Quizás, lo más loco que he hecho en mi vida sea vivir aquí, ríe.

Cuando llegamos a la destilería, un par de gotas comienzan a caer en el parabrisas.

El edificio tiene al frente una valla con letras enormes que dicen TIC TACK junto a la silueta de un gallo oxidado. Estamos en el barrio La Vega; lo sé porque me llega el rumor del río, y porque recuerdo las fotografías que todavía se conservan en el viejo álbum de mamá: condominios, puentes antiguos, callejones. El taxista se voltea a verme, se apunta a la oreja, y me grita: ¡Oiga! ¿Oye? ¿Lo oye? ¿No lo oye? Le digo que no con la cabeza. Mire, le repito, no me tardo nada, sólo entro y salgo. Espere.

Pero tan pronto me bajo del taxi, comienza a caer la lluvia.

Corro hasta la recepción, pero ahí no encuentro a nadie, ni recepcionistas ni vigilantes: nadie. Doy un vistazo por las bodegas, pero el edificio parece vacío. Una botella de latón, en la torre más alta de la fábrica, no deja de vomitar lluvia: el agua se rebalsa y comienza a anegar la parte baja del estacionamiento. Saco mi teléfono. Telefoneo a mi contacto, pero la llamada nunca enlaza. Insisto un par de veces, y el resultado es el mismo. Son casi las seis de la tarde, pienso, mientras oigo el golpe monótono de la lluvia chocando en el techo de latón.

De pronto, veo la puerta del baño abrirse. Se desliza sola, despacio, con un chirrido metálico que termina con un golpe seco en la pared. Al fondo, entre la penumbra, distingo la silueta blanca de un sanitario. Tengo deseos de orinar y entro, pero al momento de abrirme la bragueta del pantalón, un olor ácido me golpea de lleno. No soy yo: es el agua. Un agua verde que comienza a salir a borbotones por el resumidero del lavamanos, a escurrir violentamente por el tanque del inodoro, a salirse del retrete. Retrocedo y veo cómo el agua se va filtrando lentamente por el piso, extendiéndose por las baldosas, lamiendo el azulejo de las paredes, besando mis zapatos y empapando más y más mis pies. ¡Ey, usted!, ¡Salga ya!, escucho que gritan en la calle, pero yo no puedo apartar la vista del agua que comienza a anegar el piso, a inundar los muebles, a lamer los muros, y no me queda más remedio que correr y trepar por unas gradas que me llevan directamente hasta la segunda planta del edificio.

Cuando me asomo a la ventana, compruebo que el taxista se ha marchado, y que donde antes había una calle, ahora hay una marea espumosa y verde que comienza a inundarlo todo. A lo lejos, oigo el estallido del río azotando en las murallas de concreto cada vez con más fuerza. Pero el agua que aquí abajo se mueve es totalmente distinta: no es ni gris ni lodosa, sino verde y pestilente, con muchas cositas que se asoman y se revuelven, cosas que flotan y se hunden en el movimiento de la creciente, y entre esas cosas que se deslizan por la corriente, veo ojos, torsos, brazos, piernas y cabello.

Me derrumbo, conmocionado.

Observo mis pies desnudos, o lo poco que queda de ellos, y recuerdo, en ese instante, las palabras del taxista, y aquella historia extraña sobre un tipo de agua, sobre la materia que alimenta al río de esta ciudad maldita, y que una vez, siendo apenas un niño, me contó mi mamá.

Ricardo Hernández Pereira (El Salvador, 1985). Editor, narrador y docente. Sus relatos aparecen en Memorias de La Casa: 12 narradores (Índole, San Salvador, 2012); Tierra breve: antología centroamericana de minificción (Centroamericana, San Salvador, 2018); en la revista Cultura 122 (DPI, 2017); Voces desde el encierro: antología de cuento latinoamericano (Editorial X, Guatemala, 2020).

Es autor de Soft machine (Índole, 2021) y ganador del IV Premio Nacional de Literatura ‘José María Méndez’ en la rama de Cuento con Los lugares que abandonamos (Editorial Universitaria, 2024).

Fundador también de Pantógrafo Editores y creador del podcast literario BibliófilosSV.

• Invitaciones

Recomendamos está iniciativa de formación impulsada por académicos/as de universidades de toda Latinoamérica y por la Articulación centroamericanista O Istmo a través de la plataforma de CLACSO.

En tiempos de crisis sistémica, pensar rigurosamente la realidad próxima y más allá para avizorar el futuro -en la medida que sea posible- para actuar en consecuencia, se vuelve urgente. Por eso recomendamos está instancia formativa acerca de las posibilidades y escenarios de emancipación de nuestra región. Todavía estás a tiempo de inscribirte en la página de CLACSO, puedes acceder a ella aquí.

Contenido:

  • Procesos emancipatorios y de liberación en América Latina: un vuelo natural en tiempos de inteligencia artificial en disputas sobre el futuro

  • El nombre y la denominación de América Latina: poderes, identidades, territorios y territorialidades

  • Estados-nación y procesos revolucionarios en América Latina: El declive de Centroamérica: ¿Revoluciones sin cambios revolucionarios?

  • El papel de los sistemas electorales en los Estados-nación latinoamericanos y su relación con los procesos emancipatorios

  • El quetzal (Centroamérica) entre el águila (EE. UU.) y el dragón (China): disputas por canales y fantasías interoceánicas en la eterna área geoestratégica latinoamericana

  • La cuestión socioambiental y las luchas populares en América Latina y el Caribe: de la emancipación humana a la emancipación de la naturaleza

  • Luchas populares por la Soberanía y Seguridad Alimentaria en América Latina

  • Espiritualidades centroamericanas: memoria, acción colectiva y su relación con los procesos emancipatorios

  • Bigtechs, aceleracionismo y tecnofeudalismo en la economía política de la geopolítica global actual

Información técnica:

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