Por Carmen Elena Villacorta
Una artista e intelectual salvadoreña radicada en Holanda, un sociólogo del derecho argentino y un escritor y periodista hondureño dan vida a este, el séptimo número del Boletín Claroscuros. El nombre de la edición “Los caminos de Centroamérica” alude a esta condición de permanente tránsito, región-puente entre las dos grandes masas continentales de América, proclive a expulsar a su población, por diversas razones: sísmicas, climáticas y geográficas, pero, sobre todo, políticas, sociales y económicas.
Decidido a recorrer esos caminos centroamericanos, Matías Castro de Achával —oriundo de Santiago del Estero, en el noroeste argentino— tomó un avión a Panamá y desde allí fue aventurándose en buses que lo condujeron desde el emblemático país del Canal, hacia Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala. En cada país fue ganando cómplices para su causa por una asociación que aglutine a la sociología del derecho a nivel latinoamericano (ALADES). Su comprensión de América Latina es abarcadora, buscando trascender los tres o cuatro países de siempre. América Latina, asegura Matías, está compuesta por 33 países, que incluyen a toda la América Central y el Caribe.
Como es sabido, los tentáculos centroamericanos atraviesan fronteras, muros, persecución migratoria y el propio océano atlántico. Desde Países Bajos recibimos el material artístico con el cual Lidice Michelle Melara Minero decidió acompañarnos en esta edición. Su vida está marcada por las migraciones políticas en el istmo, tal como se expresa en el fragmento de su crónica “Entre dos revoluciones…”. La versión completa de este fragmento puede leerse en el libro (1989: Crónicas de la memoria y el cuerpo), obra ilustrada por la autora, publicada a inicios de este 2025 por la editorial costarricense Uruk y editada por la Articulación centroamericanista O Istmo. Un libro entero en diálogo con la idea de Centroamérica como “puente y estrecho” de nuestro continente que recoge las memorias de 30 autoras y autores, testigos del tiempo presente de la región.
Los tránsitos dentro del istmo se producen en el espacio y en el tiempo. Así lo evidencia el diálogo con Ariel Torres Funes, intelectual hondureño que nos ofrece un amplio análisis sobre las elecciones de este domingo 30 de noviembre en Honduras, con una perspectiva histórica que permite conocer parte de los Claroscuros de este país centroamericano. Dos elementos resultan cruciales para comprender la historia política hondureña: el pacto bipartidista entre dos expresiones de una élite antipopular y antidemocrática (el Partido Liberal y el Partido Nacional), y la injerencia de Estados Unidos que ha usado el territorio hondureño como retaguardia estratégica, especialmente en el convulso periodo de la “crisis centroamericana” de la década de 1980. Honduras, del que poco conocemos, fue noticia en 2009, cuando el presidente electo Manuel Zelaya fue depuesto por el Congreso Nacional, la Fuerza Armada y los sectores de la economía concentrada. La Casa Blanca avaló el golpe de Estado legitimando el orden conservador que se reinstauró tras la salida forzada de Zelaya. La crisis política generada a partir de entonces dio lugar al surgimiento del Partido Libre, actualmente en el poder bajo la presidencia de Xiomara Castro de Zelaya. Acerca de todo esto Ariel Torres nos ofrece su punto de vista, crítico, informado y actual.
Gracias a nuestra artista y a nuestros entrevistados y gracias a Uds. comunidad de Claroscuros por continuar transitando nuestra región: sus realidades, heridas y esperanzas, su resiliencia, creatividad y esperanza.
• Diálogos
Entrevistó Andrés Felipe Escovar
Ariel Torres Funes es un comunicador social e investigador hondureño que, además de realizar análisis políticos, ha escrito ficciones. Hace unos días, ante la cercanía de las elecciones presidenciales que se realizarán en su país, tuve la oportunidad de charlar con él. En su panorama basculan particularidades propias de Honduras –una ficción como todas las construidas a partir del oprobio y la ignominia en nuestro continente y cuyos nombres y banderas propician orgullos futbolísticos o militares— y líneas comunes que hacen de su país un puntal en la experiencia ístmica de la región.
Ariel: Se desconoce bastante la realidad hondureña a nivel latinoamericano. Tal vez tuvimos más protagonismo durante la década de los 80, en la Guerra Fría, y nuestra participación en medio de un istmo totalmente convulso, lleno de guerras. Honduras fue un poco la base militar de Estados Unidos; acá no hubo una guerra civil, no hubo un estallido de guerrillas y siempre hemos estado muy cerca de los intereses estadounidenses y lo seguimos estando.
Con el presidente Trump, ha cambiado bastante esa relación, sobre todo de parte de ese gobierno hacia nosotros. Como país, tenemos todavía esos fantasmas de injerencia estadounidense; ya no sabemos qué tanto es cierto, pero está en el imaginario esa presencia en casi todas las áreas: culturales, políticas y económicas. Cada cuatro años, esa actividad tiene más relevancia, pues se lo entiende como un actor que legitimó nuestra democracia electoral.
Estamos a las puertas de unas elecciones un tanto convulsas, aunque nosotros estamos acostumbrados a elecciones de esta naturaleza; para nosotros, las elecciones traen mucha incertidumbre. Regresamos a la democracia electoral desde 1982, estamos a punto de elegir al onceavo presidente o presidenta. Antes hubo un período gobernado por juntas militares o con la administración de civiles, pero siempre con la presencia altamente cercana del poder militar. Desde 1982 se paró, entre comillas, esa dinámica y se pretendió que los militares estuviesen bajo el mando civil.
Este es un momento importante para medir cuál es el nivel y la calidad de nuestra democracia. Honduras es un país dominado por los partidos políticos con el Consejo Nacional Electoral como ente encargado de dirigir y planificar las elecciones. Hay tres partidos políticos que lo dirigen y desde ahí ya presenta problemas. Ese sistema electoral partidista nos ha hecho mucho daño y ha sido la clave de los partidos políticos para no perder su poder; ellos se dieron cuenta, desde 1982, que si tomaban el poder de las reglas electorales todo este sistema iba a pasar por ellos. No hay un estado técnico profesional, sino clientelista.
También es un estado altamente militarista. Los militares tienen gran importancia en las elecciones; son los encargados constitucionalmente de vigilar y transportar las urnas al centro de votación. Ese papel lo vimos en las elecciones primarias (acá se hacen elecciones primarias el mismo año de las elecciones generales, en 2025 fueron en marzo) y hubo muchos conflictos con el transporte de las urnas, sobre todo en la capital y en San Pedro Sula, donde las urnas eran transportadas por buses interurbanos. Las urnas no llegaban a los centros de votación y mucha gente terminó votando a las 12 de la noche o no votó.
Recordemos que también las elecciones son un gran negocio, son sumamente costosas para un país empobrecido como Honduras.
En el gobierno está Xiomara Castro, que es parte de la familia Zelaya, esposa del presidente Manuel Zelaya Rosales que fue depuesto en 2009. Intenta todavía la narrativa del socialismo en siglo XXI, no supieron darse cuenta de que todo ese discurso ha se ha transformado en América Latina. Venezuela ya no es la misma de 2007 donde podían incluso financiar los proyectos en estos países. Se mantiene una narrativa un poco de Guerra Fría. Libre, que es el partido de la presidenta, en frente tiene a contrincantes como Salvador Nasralla, del Partido Liberal, el más antiguo del país y las elecciones anteriores un aliado estratégico de Libre. De hecho, en esta última elección hicieron una alianza para sacar del poder a Juan Orlando Hernández, que ahora está condenado en Estados Unidos por narcotráfico.
Luego se quebró esa alianza y los liberales tomaron un discurso bastante anticomunista; Nasralla habla de temor al comunismo y a la izquierda, a pesar de que los Zelaya, en la práctica, no se diferencian mucho de los gobiernos que siempre habíamos tenido. Honduras ha sido un país altamente conservador, entonces ese discurso impacta a nivel de publicidad, pues polariza y la polarización mueve votos.
Por el otro lado está el grupo que va por la continuidad de Juan Orlando Hernández, cuyo candidato es Nasry Asfura. Está vinculado a actos de corrupción, no tiene mucho crédito moral frente a la sociedad, pero dirige el Partido Nacional, el que mantiene el voto más duro de los tres, es el partido más disciplinado. Sin importar los escándalos, sus bases se mantienen fieles.
Prevemos las elecciones más disputadas en la historia de Honduras. Son tres candidatos que están muy similares en las encuestas. Los tres pueden aducir un fraude y se pueden declarar ganadores. Todo eso genera un temor en la sociedad y se piensa que puede haber una crisis post electoral fuerte, como la que tuvimos hace ocho años, en 2017, donde se reeligió a Juan Orlando Hernández.
Cuéntanos la perspectiva de país de los diferentes partidos.
A inicios del siglo pasado se vivieron en disputas internas en el Partido Liberal y de ahí surgió el Partido Nacional, digamos el ala más conservadora. El Partido Liberal, como su nombre lo indica, tuvo, en algunos momentos, un carácter un poco más más liberal, más social, un poco más progresista, más allegado a los derechos de la ciudadanía. El Nacional ha sido el partido más conservador, más ligado a los conceptos tradicionales de la familia, la iglesia, la empresa privada… Eso es un poco a nivel histórico.
Desde 1982, a nivel práctico, no ha habido muchas diferencias entre el Partido Liberal y el Nacional. El primero también es altamente conservador, tuvo una división con el golpe Estado, que fue hecho por el propio partido en el Congreso. Le propinaron la destitución a su propio presidente por diferencias, en ese caso un tanto ideológicas, porque quien vino a romper esa línea fue Manuel Zelaya que, en 2006, llegó como un candidato del Partido Liberal que respondía a la línea defensora de la empresa privada. Zelaya cambió en 2007 y en 2008 se acercó a Hugo Chávez, recibió dinero de Venezuela y eso no gustó en el Partido Liberal; él tomó un rumbo hacia el ALBA.
De esa ruptura del golpe de Estado nace Libre, un partido que se autodenominó de izquierda. Tuvimos un presidente de derecha en el 2006 y, dos años después, dijo “yo soy de izquierda”, fue un poco extraño todo ese cambio: hubo una “revelación ideológica”. Entonces Libre, así como el partido Nacional, nació del partido Liberal. Nunca antes la izquierda estuvo representada a nivel electoral y eso radicalizó también al Partido Liberal.
El narcotráfico también empezó a influir de manera directa en los partidos políticos y los tres están cooptados. Ahorita estoy trabajando en la realización de perfiles de todos los diputados por los tres partidos y no hay ninguna diferencia entre izquierda y derecha frente al narcotráfico. Todos tienen intereses directos. Te cito tres ejemplos, uno por partido: en la familia de Manuel Zelaya, su hermano sale en un video negociando con todos los capos, él era el vicepresidente del Congreso. En el Partido Liberal, su expresidente, que fue cambiado hace poco, es un exconvicto en Estados Unidos por el tráfico de droga y lavado de activos. El Partido Nacional tiene como su líder de los últimos años a Juan Orlando Hernández, condenado a 45 años en Estados Unidos.
¿Qué grupos de narcotráfico hay en Honduras?
Honduras está en una situación delicada, porque está entre Colombia y México. Lo está Centroamérica, pero justamente es el centro de Centroamérica. Esto nos vuelve un país de trasiego y se ubicaron estructuras corruptas. Hubo primero esa relevancia de los carteles colombianos y luego, con la explosión de las bandas mexicanas, que empezaron a ganar mucho terreno, nos encontramos entre los dos polos. Por ello tienen que corromper y acercarse al poder político. Empezaron a aparecer estos carteles que vieron la posibilidad de no esconderse y de convertirse en clase política; ya no sólo estaban detrás de los políticos, sino que estaban en frente de la política. El caso más claro ha sido Juan Orlando Hernández, donde nos dimos cuenta de que el Estado estaba en función de los intereses del narcotráfico y el gran problema es que eso sigue así.
¿Cuál ha sido la posición del gobierno de Xiomara Castro con Estados Unidos?
La geopolítica ha cambiado mucho con Trump. Este gobierno de izquierda siempre había pedido una menor injerencia norteamericana. Con Trump, digamos, se cumplió un poco la demanda, al no darnos importancia como lo daban los gobiernos demócratas, entonces para este gobierno ha sido bastante fácil. Yo creo que este gobierno de Xiomara Castro celebró que Trump cerrara a USAID, porque, a través del cierre, la sociedad civil crítica ha perdido funcionamiento. Entonces, ahí le hizo un favor a los Zelaya.
Estados Unidos es un país muy definitivo, todavía a nivel económico; las remesas son nuestro mayor ingreso. Si acá se desploma la migración, se desploma la economía del país. Somos un país pobre, pero medianamente estable, económicamente nunca nos ha sucedido lo de Argentina, por ejemplo, o la inflación venezolana, o la caída incluso en México de la moneda, eso nunca sucedió acá, sobre todo porque nos mantienen las remesas, nos mantienen los migrantes. Uno de cada diez hondureños vive en Estados Unidos y el migrante va para mandar dinero acá: hay un compromiso familiar; el migrante no va sólo para ganar su dinero allá y hacer su vida, siempre manda dinero. Las deportaciones masivas y la mayor vigilancia en la frontera han generado una mayor crisis económica en Honduras.
Esto nos ha llamado a abrir relaciones con China, por ejemplo; yo creo que se dieron cuenta de que China también financia. Se cortaron relaciones con Taiwán y abrieron relaciones con China y ahora vemos un gobierno chino bastante cercano al gobierno hondureño. Este da dinero sin mucho control, así como antes Hugo Chávez no pedía rendiciones de cuentas cuando apoyó económicamente al gobierno de Zelaya. Los chinos son un poco similares en ese sentido: poco les importa realmente la transparencia en el manejo de su dinero con tal de mantener la relación e ir abriendo las puertas a megaproyectos de construcción hidroeléctrica, se habla mucho de un proyecto interoceánico.
Honduras es un país de 10 millones de habitantes, no representa mucho para China, pero es un país que está a dos horas de Miami en vuelo, entonces geopolíticamente es agarrar el patio trasero, como decían los gringos, y empezar a controlarlo. Ya tienen gran influencia a nivel centroamericano, están en Costa Rica, en Panamá, en Nicaragua, en El Salvador, creo que sólo Guatemala se está resistiendo a abrirle las puertas.
Dicho todo esto, las elecciones son legitimadas por los gringos; uno vota aquí, en Honduras, y diez horas después esperas que el representante de la embajada gringa dé el espaldarazo al ganador. Por muchas disputas que haya, cuando sale el representante estadounidense se termina la discusión. Entonces se espera de Estados Unidos cuál va a ser su papel frente a estas elecciones que genera mucha incertidumbre, donde el fraude es muy probable. Esperamos a ver cuál sería la posición de Estados Unidos, que ha avalado fraudes en el pasado; en el 2017 apoyó a Juan Orlando Hernández; él era un aliado incondicional de ellos a nivel geopolítico.
¿Cuál es la situación de los movimientos sociales?
Honduras ha sido un proyecto neoliberal. Desde el fin de la Guerra Fría fue un proyecto para desmovilizar al movimiento social. Y el neoliberalismo, en los noventa, desapareció al movimiento social como lo concebíamos antes, de sindicatos, de centrales obreras. Esto hizo que surgiera un movimiento más de sociedad civil, pero ya de oficinas, ya de sociólogos, de historiadores, hay mucho más profesional en ese sentido y es menos representativo de sectores.
Con la llegada de un gobierno de izquierda que prometió mucho, incluso puestos, se debilitó bastante a esa sociedad civil. Con los Zelaya se ha cooptado un poco a esa sociedad civil que sí fue beligerante con otros gobiernos de derecha. Ahora muchos líderes trabajan con el gobierno. Además, se ha desfinanciado por todo el asunto del recorte a USAID. En las últimas dos décadas, este es el momento más débil de la sociedad civil. Lo que queda de independiente y crítico es muy poco.
Ciertos medios de comunicación que mantienen su independencia hacen las investigaciones que antes hacía en la sociedad civil, pero hay muy poca voz de la sociedad civil. Está ahorita muy alineada al gobierno y eso ha debilitado una crítica, ya no hay mucha resonancia de la crítica a este gobierno. Es un panorama de ese sentido bastante debilitado.
¿Se alinearon al gobierno los medios privados?
Los medios tradicionales generalmente han sido parte de la empresa privada y de los grandes consorcios. Son muy conservadores. En ellos ha habido mucha oposición al gobierno, pero responden a los intereses empresariales de sus propietarios. Entonces, si hacen investigaciones y críticas al gobierno, siempre están ligadas a los intereses de sus dueños.
Han surgido, en internet, como en todos los países de América Latina y del mundo, medios independientes que investigan, hacen, fiscalizan de alguna manera lo que hace el gobierno, pero no son masivos, son un círculo muy reducido de la sociedad. El gobierno ha invertido mucho en sus propios medios. Los medios públicos del Estado se conciben como partidistas. No son medios públicos como tal, sino que responden a los intereses de cada gobierno cada cuatro años. Ahora, como también todo el terreno pasó a las redes sociales, hay una disputa de quién pone más dinero en ellas.
Presentamos un fragmento de nuestra conversación con el sociólogo, abogado y docente, presidente de la Asociación Latinoamericana y del Caribe de Derecho y Sociedad (ALADES), Matías Castro de Achával. Con este encuentro inauguramos el canal YouTube de Claroscuros, un nuevo espacio en el que compartiremos análisis e información relevante en torno de Centroamérica.
“Cuando pensamos en Latinoamérica a nivel académico e incluso político muchas veces hay una tendencia a tomar los países centrales. Por supuesto Argentina, para los argentinos, la soberbia, Brasil, Colombia, por ahí Chile, México, por supuesto, pero había como un gran salto. Había como cinco o seis países y decíamos bueno, somos la Asociación Latinoamericana. Y yo decía “no, si es latinoamericana tiene que contar con todos, porque si no, no es genuinamente latinoamericana”. Y me intrigaba mucho esa historia [...] Centroamérica tiene una riqueza histórica muy interesante, una riqueza política, de mucha violencia, pero también de mucha resistencia, de construcción de políticas muy interesantes. En términos académicos también era un espacio desconocido para nosotros y finalmente por eso le incluimos el Caribe: Asociación Latinoamericana y del Caribe, no sé si hay una identidad propia de estos países que dan a la costa del Caribe. Coincido en que hay una identidad centroamericana.
Hay algunos espacios que encontré, por ejemplo, ACAS, la Asociación Centroamericana de Sociología, que entiendo que están ligados a ALAS, que es la Asociación Latinoamericana de Sociología, pero por ahí no hay tanto contacto. Por ahí los latinoamericanos entre nosotros no nos contactamos tanto y nos encontramos en Europa o en algún tipo de instancia internacional y no estamos viendo qué hacemos, cuando además tenemos cosas en común y luego ciertas particularidades. Aquí mismo en Argentina pasa, en el norte argentino hay ciertas particularidades que no tenemos en el puerto, en Buenos Aires […] A la vez hay ciertas problemáticas comunes, cierta historia en común, cierta historia de separación común. En el sur también ha habido separaciones que han sido artificiales, que han sido impuestas y eso genera una proyección de construir un camino. Para mí ha sido fantástico conocer la región.
En ese viaje mi idea fue transitar por tierra, porque me parecía que era algo… Cuando uno vive y ve la realidad también. Costa Rica fue una experiencia muy buena, tuve la oportunidad de estar en varias universidades, por supuesto en la Universidad de Costa Rica (UCR) y en la Universidad Nacional (UNA), las dos universidades, y también en la Tecnológica había un colega mío, sociólogo, algunas conversaciones tuvimos […]. Hay desarrollo, hay maestrías […] Hay gente joven que está realizando proyectos de investigación, académicos. Muy, muy interesante Costa Rica me pareció.
De Costa Rica me fui ya no me acuerdo a dónde […] a Nicaragua. Ahí fue un poco más difícil, les confieso, Nicaragua fue un proceso difícil, primero tenés que llenar unos formularios, etc. etc., para poder transitar. Tratamos de contactar a muchos colegas de la academia y el poder judicial, no logramos concretar ninguna reunión. Para mí ha sido una experiencia maravillosa por lo menos conocer Managua y estar, pero no pudimos concretar en ese momento al menos la incorporación de gente de Nicaragua. Después se incorporó un colega que coordina un doctorado en una de las universidades de Nicaragua, pero que está viviendo en Colombia, coordina medio a distancia.
Seguí viaje. Pasé de ahí creo que fui a El Salvador o a Honduras. Honduras también maravilloso, porque ahí sí tuvimos reuniones incluso en la carrera de sociología, vinculados a la Facultad de Derecho, se incorporó gente activamente, pude entrevistarme con la que era en ese momento directora de la escuela judicial, gente que había participado, funcionarios, ministros o ministras de justicia. Honduras estaba viviendo un proceso muy interesante también y había mucho trabajo desde esta perspectiva más crítica hacia el derecho y hacia los procesos institucionales y políticos, tan es así que se conformaron distintos grupos con los cuales hoy estamos trabajando en la posibilidad de un congreso nacional y también con otros actores, no solamente académicos, sino también de la sociedad civil.
Después pasé a El Salvador, que ahí sí fue un proceso un poco más complejo, complejo porque, bueno tuve la oportunidad de tener conversaciones, entrevistas y charlas con las universidades, también con la procuración de la Nación, gente que estaba trabajando en una tarea bastante titánica que era controlar la legalidad de los procesos que se están dando en El Salvador y estar muy atentos a eso. Estuve ahí, dicté, de hecho, una especie de conferencia para los actores de la población de El Salvador, y con grandes amigos, muchos de ellos que forman parte de la Asociación Latinoamericana o esta asociación centroamericana.
Y, finalmente, me fui hasta Guatemala; finalmente no, porque después también me fui a Belice. En Guatemala ha sido una experiencia interesante. Gente de la universidad y, sobre todo, gente de movimientos sociales. Justo habían vivido un proceso electoral, que lo vivían con mucha esperanza, pero a la vez con ciertas tensiones internas. Pude vincularme a algunos movimientos sociales, movimientos de derechos humanos, algunos movimientos feministas, incluso, y de pueblos originarios, indígenas, en una perspectiva interseccional podríamos decir, que tienen en sus trabajos. El Arzobispado conocí ahí la ODHAG, que es la oficina de Derechos Humanos del Arzobispado, que están haciendo una tarea muy interesante, encontramos, cuando tuve unas jornadas de trabajo y de reuniones, veíamos muchas similitudes entre lo que fue el proceso del Nunca Más argentino, en 1983,1984, con el retorno a la democracia, y lo que habían vivido en Guatemala mucho más recientemente. Ahí me parece que hay un trabajo interesante que se viene haciendo de construcción histórica, en mantener la memoria de lo que ha significado las violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Ha sido una experiencia muy interesante.
Después sí hice un viaje rápido a Belice, intentando incorporar gente vinculada a los estudios socio-jurídicos con las miradas más críticas. Hay algunos trabajos interesantes también en términos de pueblos originarios, pueblos indígenas. Ha sido un poco más difícil, porque también ahí está la otra parte de Centroamérica y del Caribe, podríamos decir, que es la parte angloparlante con una historia que tiene muchas particularidades, pero que a mí me parece que es muy rica y que hay que incorporar de algún modo en la identidad latinoamericana y caribeña que estamos queriendo conseguir. En Belice tuve algunos encuentros y quedamos en que íbamos a seguir conversando.
Se da lo que se da, supongo, en los países, por lo que estuvimos conversando con colegas de los países de las pequeñas islas caribeñas, con una historia angloparlante, que hay una distancia en principio por el idioma y por cierta historia institucional que parece separarnos, pero la cercanía no solo geográfica, sino mucho de los problemas que estamos viviendo en términos sociales, políticos, institucionales, nos acercan. La idea es también incorporar.
Esto fue un poco el resumen de ese viaje, en general con actores académicos, pero también se ha dado la oportunidad de conversar con actores del ámbito del poder judicial, miembros de la Corte Suprema de varios de estos países, de escuelas jurídicas y también actores sociales, referentes de movimientos sociales, de movimientos más amplios […] Habrá sido un mes. Quedé vinculado sobre todo a Panamá, tuve la oportunidad de volver y seguir trabajando con gente de Panamá que está muy entusiasmada. En Costa Rica y Panamá hay muchas instituciones internacionales también.
Hay otra cuestión de Centroamérica que es cierta centralidad geográfica—esto no es sólo en las aerolíneas, que muchas pasan por ahí— hay una centralidad para Latinoamérica que es muy interesante. A veces se dice se hacen congresos en Argentina, pero Argentina queda en el sur del sur, implica para un mexicano, para un centroamericano, para un colombiano un traslado enorme. Me parece que en Centroamérica hay una centralidad geográfica que debería ser un punto de referencia que nos unifique a todos. Para mí ha sido una sorpresa, sospechaba, pero constatar que hay gente que está haciendo laburos interesantísimos, desde lo académico, desde lo institucional, trabajos que tienen que ver con mejorar las condiciones, no solo desde el punto de vista teórico, sino práctico, de mejorar, en lo que me toca a mí, el acceso a la justicia, a la administración de justicia o los accesos a ciertos derechos. Creo que ahí hay una potencialidad enorme.
Te invitamos a escuchar esta charla completa en nuestro canal:
• Artes y cultura
Por Lidice Michelle Melara Minero
“-¡Qué temprano llegas, mami! – dije cuando cruzó la entrada de la puerta.
Le vi su cara, cansada, alargada, ojerosa, demacrada, descompuesta, sin sonrisa. Detrás de sus lentes grandes saltaba la misma mirada, triste, sin saber a dónde dirigirla, igual que ese día en que sus ojos me contaron la muerte de Tamara. No tenía que hablar, otra vez no necesitaba palabras. La abracé, me abrazó; sus lágrimas incontenibles lo decían todo. Comencé a llorar. Ahí estábamos, los tres abrazados ante una nueva ausencia.
Poco fue lo que nos informaron sobre la muerte de Pavel en medio del caos y la clandestinidad. Supimos que había caído en combate el 16 de noviembre de 1989, en la calle La Joya de Ciudad Delgado. Pavel, conocido en el frente de guerra como el Gordo Rudy, era parte de una escuadra: al mando estaba Marlon Ende, un compañero de Verapaz, San Vicente; Manuel, a quien cariñosamente llamaban Lempita, originario de Copán, Camotepeque, Nejapa; y Alberto, un combatiente de origen chileno. Los cuatro murieron esa mañana en combate.
De esa manera, la ofensiva de 1989, una batalla, un pedazo de la guerra que parecía por momentos lejos, a cientos de pasos de distancia, la que escuchábamos día a día con un profundo sentir, nos tocó de cerca, en medio del corazón. Y a pesar de que había crecido en dos procesos revolucionarios paralelos, en los que se remarcaba la muerte como la expresión máxima de la entrega por la causa, el heroísmo revolucionario, esto de poco me sirvió. El dolor era intenso, inexplicable. La muerte de Pavel (o Rudy, como lo llamaban poco antes de morir) más bien acentuó la sensación de que en las guerras todos salimos perdiendo. Ese fin de año, mi familia, que físicamente se había reducido a tres, pasó una de las fiestas más tristes que recuerdo, y abrazó en la memoria otra perdida en silencio
Lidice Michelle Melara Minero. Socióloga con máster en Ciencia Política, ambos por la universidad “José Simeón Cañas (UCA)”, San Salvador, El Salvador. Actualmente es investigadora independiente e integrante del equipo de Investigación Memoria Histórica Sobreviviente en El Salvador de la Posguerra de la Universidad Western, Ontario. Sus líneas de investigación son la derecha, la revolución, el conflicto armado y la violencia en particular sobre El Salvador. En su trabajo como artista visual, aborda también estos temas, así como, la ausencia, las pérdidas y la resiliencia.
Contacto: melaraminero@yahoo.es / Página web
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